8 de enero de 2018

Dos mitades

El camino 
en el que nos encontraremos
está hecho de dos mitades.
Voy a ir y volver,
una y otra vez,
pasando por tu puerta,
haciendo mi mitad,
hasta que me gaste.
Hasta que sientas,
como yo siento,
que quieres
la luz,
el aire
que obtendrás
haciendo la tuya.
Jag.
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Esta tardenoche


te he visto de perfil
de lejos, arreglando
una estantería de la calle,
estabas preciosa, y el cuerpo,
entre alegría y llorera, casi
se me descompone.
Llegué después a casa,
temblando con la idea
de que si sólo por verte de lejos,
cada día estoy dando con gusto
forzados rodeos a mi vida,
qué camino no habré de tomar
si me llega contigo
el tiempo de los besos.
Jag.
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4 de enero de 2018

Cuando te dije


la primera vez
te quiero,
era mi flor más hermosa,
metida en una maceta.
La riego y la cuido
cada día con el sol
y con la luna.
La llevo despierto
como mi flor soñada.
Aunque no pueda crecer
como las flores
que riegas y cuidas
en la tierra de tu campo.
Jag.

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PEQUEÑOS ANIMALES QUE NOS MIRAN DESDE LA MALEZA


Avanzo entre nubes pensándote, y en días salpicados encuentro el aliento de ponerme delante de ti. Con esas ganas de vivirte en lo que pueda, te saludo, y en una mano el ansia, en la otra la cautela y el miedo previsible a que te sobre mi corazón asomado a la boca. Normalmente queda todo muy correcto, por mi parte y por la tuya, me parece. Todo es un juego fresco y susurrante de gorriones que se refrescan en una fuente. Algo se me ilumina desde que entro por tu puerta, a pesar de que todo se resume en buenos días, y gracias, y no se merecen, y sonrisas y amabilidad como apresurada de la venta al detall. Y tu cuerpo pequeño tan quietecillo entre tantas vitaminas. Y tu voz, que me acaricia sin que lo sepas.

Cuando nos despedimos suelo irme temblando como el andar inseguro y maravillado de un potrillo negro lustroso con un lunar en la frente y la placenta colgándole en la grupa. Porque algunos días consigo tragarme los nudos de todo lo que tengo por decidir, y me invento alguna palabra o un gesto mínimo que te diga que cómo estás quiere decir de mi ansia por que estés bien, mayormente, que buenos días no significa ay qué buenos son los días en general precisamente, sino más bien al mismo tiempo dos cosas:

1- Ay, qué buenos son los días que consigo atreverme a dar un paso hacia ti, y

2- Qué buenos deseo los días contigo, si te viene bien, a partir de ahora.

Pero todo esto, de sencillo es tan complejo, ya lo sabes. Lo poco que ayudaría de entrada mi simple temblor. Lo poco que sirve para nada el no saber dónde meterme cuando sé que te tengo ahí de cerca hablándome de cualquier cosa en un espacio cerrado.

Todo difícil y sencillo como pedirle a los cielos que un día digas mi nombre con tu voz de pájaro. Tan razonable y desquiciado como que un día vas a entender sin explicación este morir de ganas de ir contigo de la mano por ejemplo a un paseo por el campo. Y que los vientos y las plantas y las piedras nos sugieran lo que debemos decirnos por el correcto desarrollo de nuestras naturalezas, que las aguas y los pequeños animales que nos miran desde la maleza, nos susurren la canción justa para que tú y yo nos encontremos de algún modo en algún momento articulados. Tan sencillamente lo deseo, y tan ingenua, sin saber nada, esta oscuridad mía intenta pasos nuestros en la clara mañana. Quererte como los niños chicos quieren. Quererte sin andar estudiando quién eres, qué das, qué quieres. Qué tenemos que romper, qué construiremos. Quererte tan porque sí para siempre en este momento fugaz hasta el final de los tiempos.

Esos pequeños ojos que nos miran, curiosos y asustados, desde la maleza, saben mejor que nosotros de lo que quiero decir cuando hago un movimiento raro y tú te escondes en cualquier cosa; esos pequeños ojos saben perfectamente y sin palabras que amarte es añadirle una lógica desde nosotros a la fuerza de los vientos, que amarte es ayudar con honestidad a la temperatura de la tierra, con tus manos y las mías, amasando a besos un pan que serena el curso de los ríos, el llorar de los mares por la luna, y la fruta maravillosa que nace de las grietas de los cataclismos.

Y cómo va a ser nuestro abrazo, no puedo evitar preguntarme constantemente. Mas el incendio debe callarse en mi pecho, por ahora.

Debo acercarme a otras cuestiones ajenas que también responderían a alguna pregunta tuya.

Y ya está bien. Para qué alargarme poniendo banderitas en el hambre que te tengo, si ya está escrito el quererte como un niño chico.

Jag.
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2 de enero de 2018

SOL EN UNA HABITACIÓN REMOTA

A pesar de que se me ha ocurrido pedirte a la vida, yo no dejo de pensar que algunas veces me da miedo empezar a hablarte, y no me siento preparado para empezar a probar tu silencio.

Aunque he sabido siempre que hay que salir a buscar las cosas que van a ocurrir, no hay que hacer nada, en realidad. No hay que ser nada, en realidad, y no es por la intención que todo florece o se precipita. Yo, de entrada, no dejo de pensarte, tan inútilmente, con toda esta pobreza y música lamentable que a veces se me ocurre. Fíjate.

Yo sé que tú sola ya eres el amor.

Yo lo sé sin tener que conocerte de nada. Eso se sabe desde el nerviosismo indescriptible que me revoluciona los líquidos que viven en la oscuridad de las entrañas, pugnando por salir.

Mi vida ya mejora porque digo tu nombre. Mi vida ya se alegra por saber que tan mínimamente eres alguien para mí.

Y sé que tú sola ya eres el amor, y sé que la vida entera es un fogonazo colosal que ya no recordamos, y que está de más ponerme a ofrecerte qué ni cómo ni cuándo. Eres el amor ya sola, y para qué me necesitas entonces.

Pero yo no puedo evitar deducirme o proyectar lo poco que podría haber de mí en alguna habitación remota de la casa de tu alma, o debajo, al menos, de la alfombra de tu pensamiento.

Tú sola eres el amor, y yo no quiero romperlo, no quiero molestarte ni estar de más en eso. Pero no tengo fuerzas para evitarte.

A pesar de que cuando, antes de irme, después de habernos dicho lo justo amablemente, tus ojos se zambullen en el tapiz de tu pantallita, y tus dedos eligen algo demasiado alejado de mí, y te empeñas en poner todo tu corazón en artefactos que escupen decenas de papelitos fosforescentes, a pesar de eso, yo no dejo de decirme que no quiero inventarme tu timidez, que no quiero acabar trastabillándome otra vez en el desaliento, para acabar otra vez hundido e inoperante en la desidia de un presente que, espeso y hastiado, se me ha quedado a comer sin que lo haya invitado.

A pesar de lo que ves, a pesar de lo que no ves ni piensas, yo solo soy el amor.

Yo lo sé, y tú y yo, de entrada, ya tenemos sin esfuerzo el infinito regalo.

Yo quiero vivir. Y no puedo evitar pensar constantemente en intentar saber hasta cuánto seríamos capaces de construirnos.

A pesar de lo que ves, a pesar de lo que no ves ni piensas, yo no hago más que intentarme guapo, o audaz, o curioso. O cercano, o gracioso. Yo qué sé. Algo apetecible. Algo.

No hago más que intentarme para ti. Algo que consiga alzarte los ojos, y decirte con todo que estoy aquí, así de cerca, o así de tuyo o así de para la vida y para ti. Así como alguna vez en la vida, en una oración o en un descuido, acabamos pensando con un temeroso susurro que algo así podría alguna vez estar y ser aquí, así de cerca, así de nuestro o así de para la vida y para nosotros.

A pesar de lo que ves, a pesar de lo que no ves ni piensas, no hago más que intentarme para ti. E intento ser o hacer lo que no sé todavía para que de alguna manera te parezca vital y bueno, incluso urgente, ponernos ahora mismo, en donde podamos, a hacernos la alegría.

Jag.
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