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20 de agosto de 2011
15 de agosto de 2011
OLEMOS A SEXO
Lentamente, apoyó la cabeza en mi muslo izquierdo. Con voz cansada y serena dijo: -Olemos a sexo. Fue como si un rayo de luz finísima me atravesase el cerebro. ¿Qué es el olor a sexo? –me dije. ¿Es el olor a mí (y ya sabemos a qué me refiero)? No creo. ¿Es el olor a ella? No. ¿Ambos, mezclados? Puede ser. ¿Y mi sudor? ¿Y el suyo? Ya se aproxima, pero, ¿y el olor de nuestras ropas? ¿no es importante? Claro que sí. Y el de los restos de nuestros respectivos geles de baño. Y el de los tentempiés que nos habíamos comido cinco minutos antes. Sí. Y también nuestros alientos. Claro. Y después de tantas vueltas... ¿no colabora también el olor de las alfombrillas del coche? ¿Y el de la tapicería? Por supuesto. Y el olor que entra por las ventanillas con el sonido insistente de los grillos. También.
Todo eso junto, pensé, forma parte del olor de esos momentos que llamamos “sexo”. Entonces me di cuenta de que los olores que pueden emitir dos personas abrazándose repetidamente son muy pequeños. Al menos si los comparamos con la constelación de aromas que componen lo que creo que es el olor a sexo. Lo solas que pueden llegar a estar dos personas amándose en el centro del universo. Y sin embargo acabamos siempre “oliendo a sexo” ¿Qué pasa con la infinitud de aromas que nos rodean y se mezclan con nosotros? Nada, no pasa nada. El olor de dos personas amándose transforma en “olor a sexo” el olor de un coche viejo en una noche húmeda. Y lo mismo pasaría si se amasen al lado de un cañaveral en verano, o dentro de una habitación con insecticida... Nada importa realmente. Amándose en el centro del universo, en cualquiera de sus rincones, sin que sus olfatos pasen por alto el olor de las comidas, el de las alfombras sucias, el de un coche mohoso, el de un río estancado, el de una habitación cerrada, el de las cañas con los mosquitos zumbando... sin que pasen por alto ni uno solo de los olores que les enmarcan, esas dos personas acabarán “oliendo a sexo”, ya sean millonarios o pobres como ratas, de religiones contrarias, ya estén sus países en guerra o vivan en el paraíso en la tierra, aunque tengan que permanecer escondidos para salvar la vida, aunque vivan acosados por la podredumbre, aunque naveguen en el mar de su propias lágrimas, aunque la vida les haya erizado el pelo, aunque no tengan ni idea de qué será la belleza, aunque nunca nadie haya pensado en ellos, con hambre o con empacho, esas dos personas abrazándose olerán a sexo. Porque son esas dos personas las que con la humildad de sus besos, de sus caricias y respiraciones acaban impregnándolo todo. Y sus olores son un canto victorioso. Porque el amor es la única piedra que podemos alzar ante el mundo.
Bajé un poco la cabeza. Ella tenía la suya cansada y serena sobre mi muslo izquierdo. Acerqué mis labios hasta rozarle la cara y susurrarle: -No quiero oler a otra cosa.
COSAS APRENDIDAS
Algunas veces me miras ajena a los cataclismos que produces en mi. Acaricias mi cara y dices cosas que me iluminan y me hacen flotar en la calma de la noche. Y me amas despacio. Y esperas –ingenua- mis respuestas.
Yo te beso un dedo y aprieto contra mis labios mi silencio. Yo no tengo en mi pecho un pájaro azul para darte. No tengo un soplo de viento fresco que regenere tus aguas. Sólo se me ocurren palabras, frases que otros inventaron.
No quiero amarte con ellas. No con las caricias que puedan darte otros. No con besos que di en otros labios. No puedo darte palabras que aprendí viendo una película, que el director leyó en un libro de papel amarillento que fue copiado de un pergamino casi quemado y que hablaba de algo que en la noche de los tiempos creyó leer un poeta viejo y cansado en una piedra desgastada por la lluvia y el paso de los animales.
Callo y te amo sin decírtelo. Porque no quiero acabar vistiendo los mismos defectos de nuestros padres. Porque con las palabras aprendidas vienen los sentimientos aprendidos. Y yo no quiero acabar como los que llaman Chelsea, Janis María o Kevin a sus hijos.
EN EL PIE
Teníamos el coche cerrado. La noche era negra y el sueño se nos espesaba en los ojos. Nos mirábamos en la oscuridad y sentíamos que todo había sido perfecto. Al menos hasta el momento. Entonces, en un movimiento lento, muy suave, como si mis manos –ciegas y torpes en la oscuridad- tuviesen miedo a despertarla, le desanudé una de sus sandalias color arena. Me abracé a su tobillo y le besé el pie.
Detrás de mi beso, a través de mis labios hacia su piel, fueron pasando los amargores, los trozos de corazón astillado, las úlceras de las súplicas que nunca me oyeron, el escepticismo feroz que taladró mi vida. Todo fue posándose en su pie con mi beso, como los restos de un naufragio, diseminados en una ancha playa vacía, de arena fina y cielo azul.
Yo no hablé y ella no habló. Se limitaba a mantener la pierna a la altura de mis besos.
En ningún momento dije “sin ti no puedo vivir” o “eres lo mejor que me ha pasado en la vida” o cualquier otra FRASE HECHA que pudieran haberle dicho decenas de tíos que en las paradas de autobús, en las bibliotecas universitarias de provincias, en bares de copas y chupiterías, en establecimientos de comida rápida, en los semáforos en rojo –a través de las ventanillas de sus propios coches-, o sentados –desolados- en el bordillo de una acera, DECENAS –digo- de tíos que a todas horas buscan y ofertan AMOR.
De toda la carga de mi beso sólo quería que supiera que YO estaba con ELLA. Que la estaba amando sin frases hechas, sin condiciones, sin red.
Pero estas palabras se me ocurren ahora, que escribo, y no entonces –quizá entonces hubiesen sonado a jerga convencional de enamorados-. Yo sólo le besé el pie. Era lo máximo, lo mejor, lo único que tenía para ella.
La miré en la oscuridad, estaba mordiéndose los nudillos, o tapándose la boca, no lo sé. Pero estaba muy callada. Mirándome. Quieta. Y sentí que mis culpas se perdían en el cielo limpio.
SUCH A PERFECT DAY
Si la tortilla estaba líquida por el centro (había sido hecha a fuego demasiado rápido) con las patatas cortadas en trozos demasiado irregulares, la lechuga de la ensalada estaba babosa y falta de condimento, y la fruta estaba espachurrada, y no compramos bebida y el agua se había calentado (la nevera se calaba) y no pudimos comprar el pan que queríamos y tuvimos que apañarnos con uno que ni fu ni fa.
Si por todos lados encontramos escombros, papeles, botes de plástico, plantas resecas, latas, vidrios rotos, espinos. Si no había agua ni para mojarse los pies y el calor nos asfixiaba. Y las piedras nos pincharon y también las mantas que pusimos en el suelo. Y constantemente pasaba gente, excursionistas despistados, madres jóvenes que quieren llenar grandes botes de agua en chorritos pequeños, incluso cabreros vociferantes con sus veinte treinta cuarenta cincuenta cabras ocres marrones negras manchadas que pasaban muy, muy, muy, des, pa, cio.
Si se arrugó y se ensució nuestra ropa y se nos rayaron las gafas. Si las ramas de las adelfas nos obligaban a acurrucarnos contra el suelo pedregoso del que salían raíces puntiagudas astilladas que se nos clavaban en la espalda. Si el sol se movía rápido y nos dejaba sin sombra. Si nos acorralaban las hormigas, nos hostigaban las avispas los tábanos los escarabajos.
Si incluso nos dijimos frases que nos recordaron antiguos dolores y nos hicimos daño y discutimos y por eso salimos de allí corriendo y mirando el reloj sin darnos la mano sin darnos un beso y equivocando la vereda. Si nos resbalábamos y nos pinchábamos los pies con las espinas de varias especies de cardo gracias a nuestro calzado inapropiado.
Si se hacía tarde y la moto no cambiaba y todos los semáforos estaban en rojo. Si los cascos nos aplastaban las orejas y no podíamos cerrar los brazos, cada uno con dos mochilas.
Si había huelga de taxis en la estación y no encontrábamos aparcamiento... ¿por qué a pesar de todo esto, cinco minutos antes de separarnos estábamos callados y tristes? ¿Es que es posible que entre nosotros haya algo bueno, algo que sea capaz de convertir este cúmulo de despropósitos en un bonito día de campo?
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