Que la tala y la quema sucedan al verdeo. Que todo pase. Que pasen tus ojos que no me miran. Que pasen tus preocupaciones prefabricadas. Que de pronto me vea en un momento de risa ambigua en que no me importe una mierda si soy el campeón de las ideas o el rey de la especulación barata, si soy de mentiras piadosas o de mentiras despiadadas, de ideas preconcebidas o de idealizaciones proyectadas. Que todo reviente y se desmorone. Y que te vea empequeñeciendo, cuando miro hacia atrás. Que me vea un paso por delante, al menos. Más allá de las sutilezas que distinguen tu indiferencia de tu frialdad, mi dolor de mi sufrir, la generosidad de la entrega. El derroche del desperdicio. Caminar, despreocupado, y dejar atrás tus abrazos o tus ansiedades, tus caricias o tus magreos, tus besos o tus morreos, tu burla, tu desparpajo, tu indolencia, tu espontaneidad, tus razones, tus excusas.
Que haya pasado el tiempo y me vea despidiéndome con sana alegría de este tiempo perdido.
Que arda todo el campo, si es que no sabemos plantar armonía.
Que yo vea cómo, poco a poco, se va haciendo más y más delgada la interminable cola pestilente de ese inmenso monstruo que cabalgas. Notar, aunque con restos de frustración, que el aire se me vuelve más fresco, más amable y lógico, mientras te alejas.
Barcelona, 15_2_2014
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