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8 de diciembre de 2012

NIDOS EN LOS NOGALES


Tú, que tan ajena  a mis debates escondes aires salados tras el mostrador, y con dulzura inocente me dejas ver un poco de la blancura deliciosa del pan de tu dentista, sonriendo, y me enseñoreas el chip con la voz suave, tú, que me llevas dos días faltando al trabajo, que me has puesto a afeitar antes de tiempo, que has hecho que me duche dos, tres veces en un día y has hecho, además, que insista más que otros días en zonas que no se ven y que no creo que en realidad huelan tanto, tú, hermosa y diligente, pidiendo perdón por lo que no debieras, tan sólo con el simple gesto de mover los dedos de una mano en un fichero minúsculo, las pupilas de los ojos recorriendo una pantalla invisible para mí, tú, que con el simple murmurar de tu aliento casi introspectivo me enviaste a mí, o en mi dirección al menos, tu poquita de brisa de la mañana mientras yo, pobre de mí, estaba aún por recuperar el resuello de veintidós o veintitrés escalones por planta, y en el desatarse de mi batalla de fogonazos y pálpitos y persecuciones y expediciones a la caza de señales verdaderas, o al menos veraces, convincentes, yo, patético unas veces, indefenso la mayoría, dudé si escuché que me decías “Dios” o “diez”, que da igual, créeme, en este contexto, pues para el caso a mí me sonaba a “unidad”, ¡la unidad, figúrate! Ambos frente a frente, separados apenas por un triste mueble de aglomerado, tú, que haces estas cosas en horario laboral, aunque no estén contempladas en las negociaciones del convenio colectivo, tú, digo, conseguirías de mí, intuyo, hazañas de héroe anónimo que no desmerecerían en páginas de épica cotidiana.

Eso era. Que lo sepas. Date por advertida y tírate el detalle de poner en frascos dosificadores la bondad de tus efluvios e inciertas ensoñaciones, divina roedora de mis entrañas. Tenme, en lo que puedas, un poco de justa clemencia, no vaya a ser que un día me encuentres por la calle, henchido de amor iluso, y sin disimulo, y delante de gente que conozcas empiece a mirarte con cara-de-cuánta-ropa-me-llevas-siempre-de-más-corazón. Mientras los elementos me dejen un margen, siempre mantengo en niveles aceptables mi caballerosidad, mas, te lo advierto, si no te comportas, vas a saber cierto el día menos pensado que sí, que yo plantaría ginkgos por ti, que reordenaría filas enteras de sauces o abedules a tu elección, que subiría encantado a buscarte nidos a los nogales, que blanquearía los naranjos bravíos por ti. Sólo lo tendrían que desear los labios de tu boca, y mis muros de piedras acumuladas en años de falsas alarmas y vergonzosas reorganizaciones vitales tras la decepción, se vendrían abajo en jubiloso estrépito. Y verías mi parte blanca, mi aroma oculto, mi más dulce y deseable afán latente.

Por eso, deja pasar los ríos, deja la flor de tu cerezo temblando en la bonanza del viento cálido, mientras la hierba alta ondea colina arriba.


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19 de mayo de 2012

ELECCIÓN

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Ayer tarde, ante la despedida inminente, preferí aceptar mi cobardía natural a encontrar valor para fingir normalidad o alegría.


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15 de mayo de 2012

Cada vez que tú parpadeas,

el mundo se sume en un profundo sueño. Por suerte, el miedo a que todo se haya acabado, desaparece a cada instante en que tú abres los ojos para seguir mirando. La vida que te encuentras es el estallido luminoso de un amanecer que sonríe, mientras las tinieblas se retiran.

Avanza pues, sin temor, y no lo mires todo desde tus recuerdos. Escucha a tu corazón, pues sabe que el Amor encuentra su lugar atravesando la estepa helada y el olor de las cenizas, con el simple esfuerzo de sentirse despertando al mundo que se renueva cada vez que parpadeas.

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1 de mayo de 2012

LO QUE SÓLO LAS MELODÍAS ENTIENDEN.


Sí, ya sé que la estupidez puede ser rotunda y consistente, ruidosa como una explosión de la verdad. Sé que también puede constituir el centro de toda una vida, la mía, por ejemplo. Puede ser el eje alrededor del cual puede girar todo, la estupidez. El criterio, el principio rector, la pauta y el referente, la luz de mis pasos. Sé, de alguna manera en la que no me he de extender, que uno puede llenar la vida de buenos propósitos, nobleza en los gestos y honestidad expectante en su relación con las cosas, en las reacciones que ofrezca el mundo a tu acción, a tu intención y a tu presencia misma. Y puedes intentar ser el mejor que puedas ser cuando echas el primer pie a la calle al empezar el día, puedes ser eso, y al mismo tiempo, estar engordando hasta la saciedad a esa estupidez que preña la vida, esa misma estupidez que te pone de los nervios y te deja desarmado y sin consuelo posible, porque no encuentras enfoque que pueda paliarla o disimularla, fuerza que oponer a su acción y efecto incontenible. Sí, puedes estar dando vida a esa misma estupidez que todo lo gobierna y que hace que tengas las esperanzas justas con respecto al futuro lejano y oscuras sospechas del porvenir inmediato: Esa estupidez que suena a verdad, puede estar ahora mismo viéndose alentada por tus mejores, aunque ciegos o inocentes o descuidados buenos propósitos. Terrible.

No hay dónde uno pueda esconderse cuando descubre que, a pesar de la honestidad en la intención, uno puede descubrirse trabajando a la contra de sus alientos, tapando sus propios colores.

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Dios dijo a los poetas que construyeran un arca en la que tendrían que guardar todas las cosas que amaban en la vida. También les dijo que vagaran, con los ojos bien abiertos, por el mundo anegado y procuraran encallar –al bajar las aguas- en una tierra húmeda y fértil alejada del mundo que refundaría Noé con su mujer y todas las demás parejas de animales. Pero ellos lo dejaron todo para el último momento, y con las primeras lluvias todavía no se habían organizado entre ellos. No les dio tiempo a recoger todas las cosas que amaban en la vida, y muchas de esas cosas quién sabe si perecieron entre las aguas o consiguieron llegar sanas y salvas a una tierra lejana que nadie ubica.

Como tampoco habían construido el arca que les dijo Dios, tuvieron que colarse de polizones, empapados, con sus escasas pertenencias, en el Arca de Noé. La convivencia en el Arca fue un desastre desde que los descubrieron, y aún así, cuando por fin tomaron tierra, les persiguió de por vida el terror de Noé de pensar que una de las hijas de las hijas de las hijas de las hijas de sus hijas pueda acabar juntándose con el hijo del hijo del hijo del hijo del hijo de uno de esos poetas del diablo, que huelen raro y se reproducen como conejos. Imagino que Dios estará algo mosca con los poetas. No sé.


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¿Qué plan tiene ¨Trópico de Cáncer¨, por ejemplo? Me ahogo en mis propios devaneos. Pierdo, sin razón aparente, la fe en los saltos del gorrión. Mi absurda inseguridad. Si se puede pensar sin un objetivo fijo, si se puede pasear sin un ritmo prefijado ni un destino claro, ¿por qué no se va a poder escribir así, por el puro placer de ver moverse el bolígrafo mientras avanza por el párrafo? ¡Joder! ¿Qué espero para ponerme a escribir sin más?


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A veces hacemos las cosas siguiendo un impulso, dejándonos fluir por un pálpito, por un instinto turbio. La razón está en penumbras, o se esconde, o se aburre. Puede revelarse por el camino, en la propia acción de recorrerlo. Y puede revelarse como un fin glorioso o como un ánimo sencillo que sólo quería servir de interruptor de tu caminar. Y a veces las razones son ingenuas, hasta tontas y decepcionantes. Y la verdad es que nunca acabo de aprender lo corta que viene a ser la lógica en mi vida. Me siento extraño en el camino recto. Sospecho de los propósitos bien definidos, de las áreas bien delineadas. Las medidas exactas. Los sentimientos bien acotados, las relaciones clasificadas y los afectos minuciosamente conceptuados. Todo viene demasiado corto o superficial, o exasperantemente largo o ridículamente profundo hasta hacerme perder el hilo de las cosas, mi relación con el qué, el por qué y el para qué. La verdad es que a veces todo viene cabalgando una solemnidad que huele raro. La verdad es que a veces lo racional hace la vida menos lógica. Más inhumana en términos humanos. Menos animal en términos animales y menos animal en términos humanos. La verdad es que la mayor parte de las veces, tanta racionalidad nos arruina la vida, nos jode la perspectiva que nosotros mismos nos construimos como animales racionales. La verdad es que a ese pobre animal racional que (opinamos que) somos, lo único que le salva del desastre total, del sinsentido, de la nada más cruda, es el resto del recuerdo que le queda de su prerracionalidad. Y la última verdad de este párrafo, es que a veces en nuestra vida sólo encontramos sorpresas en las grietas y resquicios de nuestra ilusión de control. A veces sólo hay emoción en nuestros desastres.


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Algunas veces me porto como un hombre: tengo ante mis narices cosas que me gustan y cosas que no me gustan; peleo por las primeras y peleo contra las segundas.

Algunas veces me porto como un imbécil inservible: peleo contra las cosas que me gustan porque me huelo que son mentira y me van a decepcionar, peleo por las cosas que no me gustan porque tengo la esperanza de estar equivocado con ellas, por si tienen el puntito que esperaba encontrar en todo lo que de entrada me gustaba y probé y resultó insípido.


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Sí. Era ella. Llevo algunos días llamándola mentalmente. Suena básicamente ridículo e inmaduro, quizá porque también es, a grandes rasgos, el mismo juego al que tontamente me confiaba cuando tenía quince años o así: la llamo mentalmente, me imagino conversaciones con ella, acerco mis itinerarios a los que considero suyos, me visto a conciencia, alegro la cara a conciencia y me pulo una sonrisa a conciencia. Como preparado para encontrármela de improviso a la vuelta de la esquina. Me lavo los dientes a fondo. Me froto a conciencia incluso lo que no se va a ver y lo que probablemente tampoco se va a oler. Y lo que en mis tiempos de aprendizaje pseuductor era acercarme a su colegio, pasar por su calle o por los rincones escondidos en los que yo sabía que fumaba con sus amigos, ahora se convierte en pasar por la calle en la que sé que trabaja. Uno se imagina que ella, como si no tuviera otra cosa que hacer en su horario laboral, va a estar asomada a la ventana de su almacén, precisamente en el momento en que uno pasa. Y como es gratis y uno hace su propio guión, ella me va a reconocer desde la cuarta o la quinta planta, caminando entre furgonas aparcadas y contenedores de reforma, y no me va a reconocer y ya está, sino que va a ver algún signo de belleza que me distingue entre el resto del paisaje, va a apreciar algún don que no tengo computado, y por eso, al verme le va a brotar una cancioncilla silbada en el corazón, mientras me ve caminando hacia el taller, sorteando bicis caras pintadas a brocha, y va a suspirar por algo irresistible que va a encontrar en mi andar gracioso y descuidado, que se juega el tobillo sobre el adoquinado vacilante, oculto bajo la hojarasca de los plátanos de indias de Pujades.

A ella la vocecita le sale suave. Casi no le quiere salir del cuerpo. Me emociona. Al menos, mientras está de buenas, que es lo poco que le conozco... Porque su vocecita enmedio de la frustración, o la decepción, o el desespero... No, no será una cancioncilla que te pones antes de ir a dormir...

El caminar solo mientras uno piensa en ella, la soledad, también antes de empezar a pensar y a caminar, y ambas cosas juntas, la soledad pura, digo, te deja tiempo y te da aliento para imaginar sin límite. Uno puede construir despacio su propio valor y su propia fe. Y una vez en estas, ya ves claro que nadie va a venir a recortarte el guión.

La soledad y la imaginación te hacen libre.

Y como la vida imaginada la hace uno a su medida, pues ya me iba yo poniendo nervioso cuando me iba acercando a la calle donde la conocí, tan fugazmente. Y yo me iba diciendo, vete tú a saber si no me florece alguno de estos frutos de la imaginación, que para anchura, la de la realidad. Y qué hago entonces, me decía. Y el andar y el respirar se lo encuentra uno condicionado, porque vete tú a saber, también, cómo va a reaccionar tu anhelada si de improviso te ve aparecer por una calle de barrio obrero, vete tú a saber si no se conforma con reclamar tus atenciones. Vete tú a saber, además, si no se va a poner, ebria de entusiasmo, a lanzar besitos jugosos, mientras se arroja al vacío loca, transida al menos, de amor y se planta, como en las películas épicas de Zhang Yimou, flotando delante mío en la acera, con la ropa vaporosa flotándole alrededor, a cámara lenta, como una sílfide, o una ondina, descuidando mágicamente sus encajitos y enseñándome las carnes que no le conozco. Y todo esto va a ser mirándome profundamente a los ojos, y sé que ambos, de mutuo acuerdo, vamos a posponer nuestra jornada laboral. Vete tú a saber...

El juego es tonto, y ella en realidad nunca se asoma, y uno tiene que tener fe o paciencia o un inquebrantable espíritu lúdico-constructivo para seguir adelante con una magia débil e infundada, que no da pistas. Y esto, de entrada, no facilita las cosas. Pero uno sigue adelante con esas cosas, por aburrimiento, o porque no se lo cuenta a nadie, o porque total, qué daño haces imaginando. Y la cosa es que uno se deja guiar por una espinita que tiene clavada en el sentido, y se empecina en perseguir un aroma indescriptible, o un rayito de sol que se cuela por un agujero del cielo encapotado de otoño, uno continúa con esas tonterías, y en el sitio que uno menos se lo espera, plaf, florecen los tesoros que marcan y embellecen los días normales.

Sin ninguna razón, como gobernado por un control remoto, aquel mediodía me remoloneé en la tienda de cómics al salir de Lesseps. No tenía para comprar y no tenía ganas de sufrir, pero aún así entré. El mismo control remoto me envió, posteriormente, a haraganear a la tienda de videojuegos que llevan unos niñatos repelentes que siempre me dejan claro que la gráfica de mi ordenador está obsoleta. Después, el mando me desvía a Travessera, sin una razón de por medio, y con la misma arbitrariedad, me para a los pocos metros, para que vuelva sobre mis pasos y continúe bajando por Gran de Gràcia. Y todo esto para qué, pregunta uno enmedio de la normalidad, mientras la magia acaba de tejerse...

Todo esto porque sí, porque ella venía a cruzarse conmigo en Sant Domènec. Cargada de vidrio, camino del contenedor, supuse.

1. ¿Vive en mi barrio?
2. ¿Trabaja en un bar-restaurante de mi zona?
3. ¿Ayuda en una mudanza o una limpieza de una casa de mi vecindario?

Me crucé con ella con el corazón en un puño e incapacitado para saludar y resolver siquiera la duda primera. Su cara seguía adelante. Sin duda, ese era su precioso perfil, con su mirada indiferente, a mi entender, absorta en un punto lejano del final de la calle, haciendo esquina con sus propios pensamientos... Sí, el recogido del pelo mientras caminaba, también, también seguía adelante, y me dejaba atrás, y yo, en mi absurdo momento atenazado, no tenía otra que irme despidiendo de ella, tan ajena, tan fragante, tan solícita y enfocada vete tú a saber en qué, y pasaba, y a cada paso se me hacía cada vez más lejana, cada vez más pequeñita, como centrándose en un plano general de despedida, y yo callaba, y le miraba la figura, o más bien ciertas partes de la figura que le iban bailando deliciosamente bajo el pantaloncillo holgado... Que sí, que sí, que era ELLA, que acude a mi llamada, para poner su puntito de miel a mi mañana que languidece. Era ella, el encuentro está fundiendo a negro, y no me ha reconocido, ¡ay!

Igual que cuando tenía quince años o así, oye.

Supongo que en su mundo propio, en aquel momento, sólo había espacio para aquella simple trama de transición de Sant Domènec a Gran de Gràcia. Supongo que no había ánimo, o peor aún, las cartas ya estaban echadas. Aceptarlo, supongo. Lo cierto es que no tuve el valor o la seguridad para proponer un giro, para poner mi texto e incidir en su paseo de mediodía. Salí de su plano sin que me enfocara un segundo. Ni con el pensamiento, como si me hubiera pasado a través. Dos películas distintas en la misma localización. ¡Ay! Y sin embargo, el guión de la mía, avanzaba a su lado, se alimentaba con lo poquito que podía encontrar y estaba engordando como una vaca: la vida me manda tesoros. Fugaces shots imprevistos. Intensas fases de arrebatadora poesía puntual. Yo sé que algo maravilloso e invisible está latiendo por debajo de las tramas inconexas. Se están escribiendo nuevas escenas. Que no caben en mi mente ni en la suya. Yo sé que, inconscientes, cobardes, despectivos, ociosos y despreocupados, estamos poniendo nuestra parte propia de sabor en este caldo que nos contiene. Estamos unidos y distantes en la vastedad de las calles y plazas. En los trabajos, en los sufrimientos, en nuestras vanas alegrías y placeres atesorados con rabia, con consciencia y desesperación. En la pelea de sabores amargos y dulces en la boca. Estamos rumiando una partitura común en la distancia. Estamos perdidos en nuestras particularidades, como el segundo violín y el timbal de una gran orquesta en la que el director se retrasa. Porque él, el director, también está mortalmente ocupado en su trama, a la que juzga primordial, única, imprescindible, sin saber que en su mano está el dar sentido a toda una sinfonía, el desarrollar hacia un buen fin los sonidos particulares, el proyectarlos hacia una armonía global que le revelará el sentido de sí mismo, que le colocará en el mundo y abrirá los ojos del instrumento más remoto. El director de nuestras alegrías y quejidos, de nuestros ratos ociosos, de nuestras lagunas de desesperanza y ceguera, el que domaría tanta euforia inútil, tanta frustración estéril, está absorto e inmóvil, concentrado en su individualidad, sin saber qué hacer con su batuta. A poco que abriera los ojos fuera de su ombligo, revelaría un sentido global que abriría todos los ojos en la construcción del universo. Sería el cocinero de este potaje general.

Pero se retrasa. Y ella sigue, irremisiblemente hacia el contenedor, templando sola su instrumento, ajena a mi melodía. Manejando una luz que le vi y me ahoga. Se me ensaña la voz que le recuerdo, mientras pasa de largo, tan rápida, tan fría y ausente. Su cara, es como de puente sobre un riachuelo...

Y venía despreocupada, como una naranjita verde que me he encontrado rodando calle abajo. Y por dentro voy como silbando mi canción: todo va a ir bien, todo va a ir bien. Una música que no se sostiene, pero que es la única luz que me recibe enmedio de la noche oscura. El corazón se aburre en las estaciones del dolor. Pero ella está cerca y está lejos, como colocadita en el escaparate de una confitería. Pego la nariz al cristal, y me relamo. Ah, esa graciosa manera que tiene...

Aquel día me miró fugazmente, y con una especie de sabiduría juguetona, como de polilla descalza, parecía saber que estaba despertando algo bueno y escondido en mí. Algo grandioso, vital e insustituible estaba ayudando a mantener vivo en mí. Porque cuando ella viene descalza y se asoma a mi mundo, aunque no esté pensando en quedarse, aunque venga absorbida por sus cosas, aunque no logremos ni una mala tangencia, sólo con su presencia callada, sólo con leves retoques y susurros hace que mis monstruos retrocedan. Porque ella, sin furia, sin ruido ni intención, con tan sólo su lírica sencilla y despreocupada, hace que mis monstruos quieran irse, por su propio pie, sin violencia, entre miedosos y avergonzados.

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Poemas, canciones contra los monstruos.

Los días pasan lentos para las cosas que se hacen esperar. Los días se estiran como una agonía de goma eterna. Ella ya tuvo su tiempo de improntar, con su paseo fugaz, sus hierros en mi recuerdo. Las dulzuras que le intuía o le proyectaba. Sus bellezas evidentes. Su previsible capacidad para el placer. Sillitas en el porche en una interminable y aburrida tarde de verano. Ella en mi recuerdo obstinado. Y todo lo demás en exasperante quietud.

Cuando el espíritu de los días está columpiándose en algún extremo, en un desquiciado y sofocante invierno interior, o en una llanura gélida e incomprensible que sólo devuelve el eco empobrecido, humillado, de tus propios pasos en soledad, cuando sólo se tiene esa desazón, esa especie de resuello mal avenido, uno pone demasiadas esperanzas en la cara de los domingos de la gente, que es, al fin y al cabo, la cara que ponemos delante de los desconocidos. Malo, si hemos puesto toda nuestra apuesta en lo posible. Malo si todo consiste en esperar. Malos negocios llevan a turbios presagios que se ciernen sobre los corazones confiados que se lanzan al futuro cercano a lomos de la poesía. Desolación y desengaño llenarán los graneros del que se entrega a los perfumes que intuyen en semillas que no han de prosperar, pues nada crece cuando sólo se le riega con pálpitos, cuando sólo se le abona con promesas.

A veces uno quisiera que el peso de los días, sus fibras, sus músculos y tendones, los alimentos que los yerguen y los hacen avanzar, los aires que respiran y engrosan sus alientos, las brisas que renuevan la sangre, sus consecuencias y proyecciones, todas esas cosas que mantienen de pie la máquina tangible de lo que somos, a veces a uno le gustaría que estuvieran hechas del mismo material que los poemas y las canciones. Y sí, ya se puede poner a protestar enérgicamente tanto y tanto majareta elevado y distinguido, elegido por el hado por sus pasmosas habilidades para entrar en estado alfa. Cuando todo explote, yo voy a ser el último en negar los mundos que hay en los cuadros, poemas y canciones. El último. Son mundos paralelos al que te recibe cuando abres un ojo por la mañana, maldita madre, con lo bien que me iba y lo bonito que estaba todo mientras soñaba. Son mundos preciosos e imprescindibles en esta mezquina vida de mierda. Y un vientecito frío me acaricia la cara serena. Lo he dicho, y no he de avergonzarme por reconocer, a dos o tres manzanas de la madurez, que he dedicado mis mejores perreras obstinadas, mis más magníficos valores, enconos, energías y abalorios espirituales a la construcción y mantenimiento de evanescentes y formidables mundos paralelos al mundo de la gente.

Con maravillosos soles artificiales puedes seguir adelante sólo en mundos artificiales. Paralelos.

Todo adquiere una rara belleza cuando estás henchido por un arrebato poético o hinchado por un acceso calenturiento. Las mujeres, pongamos los dos pies asentados en el frío mármol de la realidad tangible, no son canciones. Tampoco son canciones ni el AMOR, ni sus derivados, sus imitaciones o sucedáneos. Todo es mucho más que los remedos de la poesía, por suerte. Por buena y por mala suerte. Para lo bueno, la realidad es más buena de lo que podemos anhelar, tiene mucho más que todo de lo que le pidamos, la realidad. Pero también tiene holgura en mezquindad. Lo que livianamente pretendemos glosar en cuadros, poemas y canciones, en realidad, tiene una grandeza y una hondura que no podemos soportar. Generalmente. Por eso hay artistas, poetas y cantores, para dar al mundo medidas ilusorias de la realidad, de su acceso y de su control. Son juegos para la holganza. Son refugios para la infinitud y armaduras contra el desespero.

Pobre de mí, puedo poner mis más altas aspiraciones, mis más profundos anhelos en seguir de cerca los perfumes de sus carnes, en ir dibujando de cerca los itinerarios posibles, por ir acercándome al contacto cálido de su secreto, de sus promesas. Y puedo construirlo todo en soledad, con un mínimo estímulo del recuerdo primero, con apenas la primera huella de su presencia en mi mundo, cuando mi mundo era virgen y andaba desorientado añorándola sin saber dónde estaba ni quién era ella. Y también puedo construirlo todo, reforzar los pilares, asentar los cimientos y revestir las paredes con mis mejores colores mientras ella, en una mañana de otoño incipiente, como descuidada, se pone alegremente a pasear su vida por la mía. Estoy perdido. En los descuidos están los mejores universos. En esos descuidos de su belleza inconsciente. En su maravilla no compuesta. Los universos imaginados. A medida del amante, a medida del poeta. A medida del soñador. Universos ideales y con una estructura concisa, tan queridos por la mente volátil y el caprichoso corazón errabundo.

Puedo, pobre de mí, construir y cerrar toda una epopeya alrededor de su gracioso deambular inconsciente por la praderas de mi alma. Todos los retos poéticos son posibles: ensanchan la frente y el horizonte del poeta y del amante, renuevan sus fuerzas, suplementan sus capacidades y frenetizan hasta el éxtasis sus humores, sus líquidos. Puedo hacerlo, pobre de mí, e insertar como perlas en un himno sus sonrisas que se transforman en dentelladas, sus adhesiones que evolucionan a desprecios, sus perfumes, que acaban siendo pestes. Puedo amontonar buenos propósitos, afinar el oído sólo para la canción amable, amoldar la fibra sólo para la construcción, pero la vida real pondrá nuevas preguntas a mis más atinadas respuestas. La vida real vendrá más gorda, más fuerte, más alegre, agria y desempachada. Si tu sueño, mientras alguien como ella viene por la calle, adquiere solidez y talla suficiente como para construir tu mundo paralelo, pleno de poesía, guarda de todas formas un espacio para la amargura o la alegría del porvenir. Con todo cuidadosamente improvisado en tu mundo idealizado, te encontrarás, tarde o temprano con que, aunque también provienen de tu imaginario, tus monstruos acaban siendo más persistentes, pacientes, tenaces, profundos y efectivos que la más atinada y sólida de tus soluciones poéticas.

En la vida real, cuando encuentras respuestas, descubres que las preguntas han cambiado.


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Es ahora, cuando la pienso paseando como princesa borrosa en el recuerdo, desdibujada en lo improbable, ahora, cuando recupero, refugiado en distancias, mi desazón natural, mi especie de nerviosa indiferencia ante el dibujo de los avatares. Es ahora, digo, cuando acepto con naturalidad el solaparse de esas dos perspectivas ante mis narices. Y lo veo todo a la vez, conviviendo en armonía simultánea, en una misma mirada, en un mismo olfato. Ninguna de las dos me viene priorizada sobre la otra, ni más enfocada, ni más ni menos transparente. Todo ubicado en un mismo tiempo y lugar, en un mismo sentir o percibir o como se le quiera llamar. Ni se excluyen ni se complementan. Ni se miran de frente ni se dan la espalda. Ni una es la verdad ni la otra es su reflejo en el espejo. No hay delante ni detrás, ni arriba ni abajo. No son dos opciones a elegir, creo, son dos verdades en su plenitud y validez. No están compitiendo por mis atenciones ni por mis preferencias. No lo necesitan y tampoco entenderían esa competencia, ni la prisa, ni la elección, ni los celos. Son dos. Y tienen cabida.

Todo está en mi naturaleza y todo está tranquilo y en equilibrio. Todo suena en mi canción, que se va componiendo y va sonando en dos mundos simultáneos. Creo que casi nadie lo entiende, pero perdería tensión compositiva si parara a explicar algo que está creciendo ante nuestros ojos, en directo, y que en su propio crecimiento se está explicando a sí mismo, o no. Tengo que estar sereno ante las cosas que mi mente o mi corazón no saben desvelar en un primer momento. ¿Quién soy yo, de todas formas, para pretender entenderlo todo? A veces las cosas nos vienen como una amalgama de largos trozos de cuerda embrollados en un cajón. Es sólo nuestra ansiedad, nuestra prisa por desenredar del resto al menos uno de esos trozos, la que hará que se aprieten nudos que en realidad no estaban hechos. Es nuestro afán por encontrar, con torpe precipitación, una de las posibles utilidades, la que convierte un abanico de posibilidades en un todo infernal, inútil e ingobernable.

Con su cuerpecito sonriente, trae su canción sencilla, esa que yo veo capaz de acabar, uno a uno, con mis monstruos. Sin esfuerzo, pienso. Sin hacer prisioneros, creo. Toda una limpieza. Y la vida en esa parte de la estantería es una delicia. Un amor. Una construcción sólida y sin peso, sí señor. Yo supongo que mi felicidad, y miedo me da la palabra, no puede hacerse ni tener sentido si me quedo sólo en esta opción etérea de entre todo lo que siento o percibo o como se le quiera llamar. Ella viene, pero yo sé que es mucho más que su canción, mucho más que mi poema. Entregarse a una ensoñación es vivir imprudentemente, es malgastar el tiempo y el espacio que ocupas en torpes, patéticas, arbitrarias e infantiles priorizaciones. Es anudar en un todo indescifrable la simultaneidad de las posibilidades. Entregarse a la impaciencia.

El perseguir los placeres, el establecer como único principio rector de la vida la consecución de satisfacciones –también en el amor- nos lleva a un reblandecimiento del espíritu. Sé que todos tenemos derecho a ser felices, a vivir lo mejor posible. A amar y sentirnos amados, y aunque profundizar en qué es una y qué es otra cosa daría para un texto simultáneo, ocurre que nos cegamos en la obtención de lo que consideramos nuestros derechos. Perdemos la perspectiva, inmersos como estamos en esa búsqueda, y acabamos entregados a soluciones más facilonas que profundas. Amar y sentirse amado es mucho más exigente con nosotros de lo que estamos, la mayor parte del tiempo, dispuestos a admitir. Piden un compromiso, y una profundidad de planteamiento que muchas veces estamos obviando, y medimos lo que es amar y ser amado como un torpe balance entre satisfacciones y precios –físicos, emocionales- que hemos de pagar. Un desastre. Amar y ser amado, a veces, no es más que el disfraz que le ponemos a las conquistas de nuestro orgullo. Y lo confundimos todo, y todo lo estropeamos cuando medimos la validez de nuestros afectos y sentimientos, sin plantearnos su calidad, y sintiéndonos ya satisfechos mientras veamos cumplida una cierta cuota personal de placeres recibidos. Una alegría epidérmica y basada en un hedonismo egoísta y ciego: acabamos perdiéndonos en la búsqueda de la satisfacción casi instantánea. La alegría se vuelve plana y perezosa cuando se habitúa a la vida holgada. Sus articulaciones se anquilosan cuando vive permanentemente en un paisaje sin cimas, depresiones ni charcos que sortear. De la mano de los placeres nuestra felicidad va cabalgando un caballo epiléptico: avanza, sí, pero su marcha es imprevisible, no sabe adónde va ni cómo acabará.

No quiero dogmas ni himnos baratos, no quiero puercas banderas ni palacios que nos alberguen bajo su manto. La mano que protege es la misma que exige, bajo otros perfumes y disfraces. Yo necesito creer en algo más que en una mirada dulce, cálida y espesa como un tazón de miel y limón al calor del fuego. No creo en los tatuajes de la fascinación, que se vuelven manchas imborrables, pues ya amé y probé a vivir en dulce compañía para verme más solo que cuando he de calentar solo toda la cama en invierno. No quiero calores postizos mientras mi alma está ahogada de multitud y friamente desamparada a un tiempo. No quiero amor barato, basado en poesía resultona, en oraciones de catecismo viejo que acabarán alejándome de la vela de mi fe y me harán resbalar de mí mismo. Sé que todo es contradicción y suena incomprensible. Lo sé, y admito la vergüenza de desnudarme, impúdicamente, y mostrar lo que no sé expresar y lo que no podré solucionar. La crueldad. El desencuentro eterno. La resolución del vacío. La risa embriagada de mi ineptitud. Sé que puedo hacer mucho más que sentirlo. Hay mundos completos más allá del pedir perdón a todo bicho viviente que se dé por aludido mientras echo sal a mi herida, sólo porque ha encontrado hueco entre su tiempo de pagar facturas y las energías que dedica a mantener lo que entiende por amor. O compañía. O construcción. O simplemente vivir. Claro que puedo hacer más que elevarme por cuatro coincidencias, por cuatro anécdotas alrededor de una cara preciosa, con su culito inspirador y sus tetitas oscilando amorosamente hacia mí. Ya lo hago: doy sazón a la música, a la poesía, y me quedo, tan sereno como vaya sabiendo, en el cemento.

Desde pequeño lo pienso, y nunca, NUNCA he entendido cuánta melodía inconclusa manejaban todas ellas, cuánto verso germinal y puro se traían entre manos, y siempre acabé viendo cómo acababa todo resolviéndose en el lado de tanto becerro que, cagándose en toda esa lírica, se dedicaba a hacer el imbécil, el machito, el compañero seguro de sí mismo o el cazador-recolector mucho mejor que yo. Supongo que ellas querían todo eso que yo no les sabía dar... El puto teatro barato con que se construyen las cosas de la vida.

No soy de la talla de este mundo. Pero soy algo más que un faro en la niebla. Tengo más de niebla que de luz, pero la bombilla la tengo a tope, si es que eso sirve de algo. Soy mucho más que un asidero, un aliento momentáneo, una silla confortable o una mano oportuna. No quiero esa competición. Me quedo en el paso de antes, por mi inmadurez, por mi obstinación, por mi cobardía o por mis luces. Estoy ocupado. Y no hay miedo. Cuando se manifiesta el AMOR, todo el universo se pone a sus órdenes. Todo se deja dirigir por su sabia y sencilla divinidad.

El amor es el interruptor de tus mejores cosas.

Mientras ella pasa de largo, y aunque mis planes siguen adelante, veo cómo se me borran los itinerarios hacia la cáscara del placer. Que tampoco estaría mal, creo. Por débil, por imbécil, por aprendiz sin plan, me queda un regusto de frustración, pero sigo adelante con mi debilidad, con mi imbecilidad que tiene algo indefinido por aprender. No enfrentaré una vida de ilusión, no perseguiré una estúpida vanidad, no me entregaré al gusto de encontrarle un desconchón y meter el dedito y cerrar los ojos y hacer crac-crac, o ras-ras una y otra vez en compulsiva fruición hasta que no quede nada que desconchar. Hasta que no quede nada de ella o nada de mi. Hasta que todo reviente o todo acabe deslizándose hacia algo más fácil o más atinado o más pertinente o más práctico o más chulo o más elegante, pero que por supuesto tampoco entenderemos ni sabremos manejar. Me niego, y me hago un airoso salto carpado hacia otro amor no consumado. Mientras otra verdad más contundente no consiga apartarme de estos penosos planes, la veré pasar de largo y seguiré adelante mirando al vacío, aunque se me mantengan presentes sus hermosos desconchones.

A duras penas avanzo, y casi no me siento de este siglo, entregando mis enconos y obsesiones a alguna melodía indescrita que celebra algo alrededor de lo eterno, de lo puro. No me siento de este siglo, pero tampoco me siento de espaldas al mundo si pongo mi empeño en aplicar estos valores, esas melodías, al campo semántico del amar y el sentirse amado.

Y a pesar de toda la confusión que haya proferido mi voz, que por encima de ésta resuene una voz última: mi canción no es un himno de renuncia.

Oídlo, atesoradlo en vuestro corazón, muchachas del mundo.

Sigo dando porculo con mi cancioncita, porque tolero mejor una fase de frustración inicial, basada en esa fe que construyo día a día, desde mi interior hacia fuera, que el directo claudicar de los que tararean una canción aprendida que no les alimenta. Tengo que alejarme de la playa de los conformistas, aunque acabe varado en la playa de los perdedores. Mantengo mi rumbo hacia la inopia, hacia la posibilidad no decepcionada, aceptando los embates y las zozobras propias de la poesía. El amor surge de esa lírica. Su verdad y mi solidez se alimentan de esas tempestades. Sigo, pues, con mi canción anacrónica, sigo adelante con mi batalla perdida por la eternidad y la pureza. Saliendo fuera de los momentáneos relámpagos de mi fe, sólo podría aspirar a tararear, con el resto, un mal FUNK, que con encomiable empeño y sin convicción por mi parte, acabaría alargando pobremente los ardores de la bravata inicial. En apenas diez instantes de euforia acabaría adaptando sus compases a la sórdida realidad de que nadie puede prolongar eternamente una acometida de la sección de vientos. Nadie. En ese amor que ya tenemos instituido, las cúspides tienen la pasión justa para unos breves paseos por la meseta. Nos enseñan que el éxtasis es un raro momento condenado. Nos enseñan a corear un amor que acabará bajando a descansar y agotarse al llano.

Ése amor interrumpe mis mejores cosas, aunque no sé dónde están.


...

Algunas cotas que tienen que ver con nuestra felicidad sólo son posibles en las canciones. Al menos sólo adquieren consistencia estable en las canciones. Ciertas cosas que nos alimentan el alma son sólo fugaces matices. Lugares de paso. Aunque intensos, no son más que evanescencias que hay que atesorar y aprovechar al vuelo. No podemos construirnos parapetos decentes con el aroma de la flor del cerezo, ni con el vuelo entrecortado de un pajarillo. En el mundo real esas cosas, aunque en plena y rotunda validez, acaban teniendo un peso relativo, una importancia prescindible. Y aún así, alguien tiene que encargarse de alimentar esos aromas invisibles...

Todo incauto que haya probado a basar su vida en materiales así, poéticos e inaprensibles, espirituosos, improbados, independientes a la lógica, desasistidos por el sentido común, ajenos al beneplácito o a la aceptación por parte de la opinión general, todos los temerarios que, queriendo o sin querer, sabiendo o sin saber, acabaron apartándose de las formas, del camino sensato, todos ellos van viviendo sin resolver, y siempre aceptando mejor o peor la tensión que genera la coexistencia de su mundo paralelo (que tiene sus lógicas, formas y fines propios), con las lógicas, formas y fines del mundo real. La vida no está hecha para entregarla a la construcción de la sensibilidad, para el alimento de lo inútil que ellos consideran imprescindible. La vida no está hecha para los que se entregan a la consciencia de que hay que renovar, mantener y cimentar el sustrato espiritual de todo lo visible. Todo insensato que acaba asumiendo esa fractura va derechito hacia una normalidad enajenada, desquiciada. Acaba aceptando hasta los límites de lo posible que es un polizón en la vida normal.

Como uno de los nietos de los nietos de los nietos de los nietos de los nietos de los que bajaron del Arca que soy, ya no recuerdo cuál era la cara de asombro, de alegría o de estupefacción del abuelo del abuelo del abuelo del abuelo de mi abuelo cuando, como todos, empezó a deambular para buscar su propio lugar en este mundo encharcado. No sé de quién vengo a descender, y no quiero preguntar demasiado, no vaya a ser que se me desate una furia ciega o se me encone la vena del placer. Sólo sé que no soy de la talla de este mundo. Pienso en la vida, y se me ocurre que el agradecimiento y la mala leche los tengo en un equilibrio delicado. Aunque, básicamente, me siento solo la mayor parte del tiempo, me resisto a renunciar al otro tipo de amor, el que revisa y zarandea las cosas hasta que se le cae la piel muerta. El amor que todo lo renueva y nunca tiene miedo. Ese amor que hace de interruptor de mis mejores cosas. Es el amor por el amor. Es el amor por mi canción, que nunca acaba. Y no quiero marcar distancias con los inconformistas ni con los alelados. No desdeño la posibilidad de ser al menos el meñique de una mano de millones de dedos que modelan ese amor. Ni ellos ni yo sabemos dónde tenemos la cara, pero sí la borrosa convicción de que hay que hacer crecer un sol interior, un sol que no se ve, pero que igualmente da una luz necesaria para vivir.

Sabemos que ese sol tiene que seguir adelante, porque hace crecer flores hermosas que llenarán campos invisibles con su profundo aroma inaprendido.

A los que estamos en esto, por nuestros caprichos nos conoceréis, y por una especie de iluminación enajenada y algunas reacciones eléctricas. Dejadnos un espacio, un respiro. Vivimos acosados por los requerimientos de dos mundos solapados: el mundo que todo el mundo ve, que premia con nuevas exigencias, y el prado que cada uno de nosotros está dejándose crecer en el corazón, mientras caminamos por la calle. Os pareceremos unos atontados que viven embobados en no se sabe qué. Y tendréis algo de razón: al tiempo que seguimos inmersos en las prisas de todo el mundo, estamos paseando con las manos en los bolsillos por nuestro propio campo interior, y silbamos mentalmente la canción que cada uno se va inventando, la que a cada cual, buenamente, le hace crecer jacintos en el alma. Cantamos para nuestros adentros, acompañando a una voz que nos dice:

-Haz lo que sólo las melodías entienden.


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9 de abril de 2012

CUANDO TODO PARECE CONSUMADO,

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Siempre hay que guardar la esperanza o la precaución, según el caso, de que lo imprevisto encuentre su momento y lugar. No esperarlo, pero sí saberlo y hacerle su sitio en la despensa y en el corazón.

Ocurrirá cuando al héroe se le presente todo de cara, ocurre cuando el villano se relame enmedio de su señorío del mal. En el primer caso, la historia iba demasiado melosa, en el segundo, todo iba abocado a una tragedia plana y sin finalidad. En ambos casos, el imprevisto tuerce o redirecciona la vida para que nada sea aburridamente bueno ni desesperadamente malo. En cualquier caso, ocurre lo que mejor le venía a la película: hay una guindilla en el postre, hay un milagro que controla el incendio devastador, y lo único que importa, a fin de cuentas es que, viendo cómo al bien se le fortalece el carácter, viendo cómo al mal se le puede hacer frente, el espectador nos recordará como un momento constructivo, y nos habremos ganado su aplauso.


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6 de marzo de 2012

LINKO



El cuadro del pintor, el texto del escritor, la canción del músico son como su muro de Facebook: lo que acaban compartiendo con la gente no es más que una mezcla de lo que saben hacer, lo que sienten adecuado, lo que pueden decir, lo que piensan pertinente y lo que ven interesante o comprensible.

Generalmente se tiende a confundir al cuadro con el pintor, al texto con el escritor y a la canción con el músico. Pero igual que una persona es mucho más que lo que publica en su muro de Facebook, las obras son los restos de un grito de amor balbuciente que llegan desde el fondo de una caverna oscura.

Los cuadros, textos y canciones empapelan los muros de la gente, y están en las bocas, y quizás en los corazones de admiradores y groupies. Pero esos pintores, escritores y músicos no están haciendo nada más que ensayar formas de decir:

-Te estoy buscando a ti.


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4 de marzo de 2012

CLICKA

. Hambre es. Y cambiarás de peinado. Te dirán ven e irás. Y te dirán tú, y con tu más fina consciencia lo serás. Y cambiarás los aromas, las temperaturas de todo el aire alrededor con las alegrías, con los quejidos propios del cuerpo a cuerpo. Mirarás con la intensidad, con la certeza de que lo que te salva, lo que te eleva, lo que te da alimento y calma tu sed no siempre lo tienes cerca, amable o de tu lado. Mirarás con el amargor de la certeza de que lo bueno, lo bello, lo necesario y primordial, se va o se gasta, se marchita o empieza a mirar para otro lado. No tengas miedo. No mastiques culpa, que es una bola eterna que nunca consigues tragar. Mantén alta la barbilla y saborea también lo que no puede ser. Hambre es. Y me mirabas en penumbra. Gracias por el click, gracias por poetizarme el ruido. Gracias por salpimentarme el zen. Gracias por tu dedo nervioso, por tu ojo amable, por tu candor comprometido. Gracias por jugar. Por salir de paseo, a tu manera, suspirando a mi lado. Gracias por dejar suelta la piel, aunque todo esté a oscuras, en la distancia. Gracias por tener los ángulos que no te voy a conocer. El todo es una utopía de los dioses. Y qué sentido tendría una despensa surtida. Qué emoción habría en un bocado lleno: a nada sabría el plato de todos los sabores. Hambre es. Y hoy me quiero quedar acostado. Que el amor me espere sentado en los quicios y umbrales de lo que no ha de ser. Que prueben a entenderse la decepción y la esperanza. Que carguen y descarguen los camiones del deseo, mientras acabo de apañarme un decorado más allá de la ironía. Una casa habitable. Un paisaje que me mantenga en las ganas de andar despierto. Hambre es, y más me alimenta lo anhelado que lo cierto. Más me llena el bocado imaginario que las reglas convenidas en este teatro que apesta. Déjame y tú verás cómo construyo mi primavera. Dame un espacio, un momento para que se agoten o se alejen o se me olviden de una vez los ecos de las tormentas. Hambre es, al fin, juntar todos los atisbos y ponerles un lacito o un orden, y dejar bien claro, encima de la mesa, que soy mucho más que mi perfil. Más hondo, más grande, más lejos o más hijoputa. Más guapo y más indeciso. Más luminoso y más apestoso. Más caprichero y más decente. Más sorpresivo y frágil. Más constante y oscuro. Más vitalista y posesivo. Más tierno, más impresentable y desprendido, audaz, generoso, cabal y saborido que cualquier cosa que te pongas a pinchar en mi perfil. Hambre es, escucha, toda esta simiente digital. La paseo por el mundo, en visitas descaradas o anónimas del uno al otro confín. Hambre es el paso del calor al frío y vuelta a empezar del llanto a la risa, pues vienen a ser las mismas lágrimas en una misma mueca, y total, qué gano esforzándome en esa distinción. Hambre es todo ese amor digital que tú juegas a manejar en pared o en privado, aunque yo te lo esté escribiendo en un papel sucio, con un bolígrafo que se gasta, en tiempo real, alejado del WIFI, con corazón y semen de carne y hueso. Coín, 4 de marzo de 2012 .

20 de enero de 2012

CADA DÍA ES UN COMIENZO RENOVADO.


Yo, que me conozco, o al menos me conocía, sé que igual que no me hacen falta razones de peso para levantarme por la mañana con mi mejor sonrisa, yo, que igual que soy capaz de avanzar tranquilo entre nubes de tormenta, lluvias de veneno, y ríos, mares, océanos de puercas señales disuasorias que se desbordan en su mezquindad, igual que soy un hombre libre de elegirme feliz entre tanta pobre miseria, tanto sentir opaco, tanto hablar obtuso, tanto opinar liviano, igual que sé mantenerme limpio y ajeno a toda esa mierda, igual que me mantengo inocente ante la maldad, comprometido entre la indiferencia general y, se me ocurre que tampoco soy torpe en el mantener en buena forma esa capacidad de seguir viviendo apasionado, absorto y hambriento de cosas que no entiende la mayoría, y aún así, sigo, con toda la honestidad y pureza que encuentro, tendiendo mi mano para intentar encontrar otra mano que sepa o pueda o quiera jugar conmigo a este juego, o por lo menos, haciendo visible –aún tragándome los nudos de la decepción- mi intención de extender esa mano con honradez, para dar y para pedir, para construir, para ayudar a construir, o como mínimo para hacer esa postura bonita de despegar la mano del cuerpo y ofrecer la palma mirando al cielo, y que se escenifique ese afán ofrecido, que se vea, no importa si alguien se ríe, y hacer todas esas cosas en voz alta y que se sepa que sí, que disfruto en plenitud de cada segundo de mi libertad para hacer y sentir todo esto, de frente a las cosas que siento, aunque la lógica, la gente a la que yo quiero amar y el mundo normal acaben dándome la espalda, y sí, seguir haciendo las cosas que dicta mi sentido de la dignidad, y que se sepa que no, que el sabor incomparable de la libertad que manejo para seguir adelante con todo eso, no me embriaga, no me adormece, no me atonta en la vanidad ni en el enmimismamiento, y es precisamente esa libertad la que me abre los ojos y me muestra mi incompletitud, y me revela la certeza de que sólo con la ayuda de los demás puedo ser el que quiero ver cuando me encuentro en soledad, sin máscaras, desnudo de excusas y atenuantes… Ése que te digo que soy, ese que te digo que conozco, ése que sabe a su manera burda que sin amor el Hombre no es más que un átomo desgajado de la Ley Natural, y que por eso, ese que te digo que soy, vuelve una y otra vez, y se empeña en componer la mejor sonrisa de su cara para colaborar, en conciencia, con la buena marcha del complejo y sencillo rodar de la mecánica natural, ése, digo, igual que puede avanzar manteniendo sana y fuerte la alegría, igual en el campo floreado que en el espino, igual en el manantial que en la tierra agrietada, en la ventolera desquiciante y en el amable y templado susurro de la primavera, ése, porque se conoce, o al menos se conocía, también sabe que igualmente sin razones de peso, sin señales que le empujen, sin enfermedades evidentes en el ánimo, sabe que nunca está demasiado lejos el día en que se puede levantar con capacidad suficiente para colmar los arsenales e impedimentas de las legiones de la melancolía. Y cuando se da ese día fatal, ése que te digo que conozco, sabe que la fuerza que antes tenía para la alegría sin motivo, muda en una energía incontenible obstinada en levantar muros de tristeza. Y la única medida la da el perder el resuello. Y ese que te digo que soy, viéndose al pie de esos muros de aislamiento, se encuentra aún con fuerzas para cavar una zanja profunda hasta la caída del sol, hasta encontrar un aire irrespirable, viciado de soledad. Y el campeón de la alegría se pone a entretener las fuerzas de la desesperación y ensaya despedidas de su parte sosegada. Y todo lo acabo haciendo por el placer agónico de mirar, desde el fondo del agujero que cavo, cuánto he conseguido alejarme, por mi mano, de la luz de las estrellas del cielo.



Muchos de los que me conocen dicen, a pesar de todo, que me frecuentan por mi sonrisa. A éstas alturas, no sé si lo dirán con algo de sorpresa condescendiente con mi ingenuidad, pero supongo que, desde su propia perspectiva al menos, están en lo cierto. Mucha gente, por mi risa fácil, me ha tratado como un tontolaba que está de espaldas a la realidad, pero más bien, esa risa fácil se debe a todo lo contrario: soy un tontolaba mirando a la realidad a los ojos. Pocas veces me he reído por descuido, y nunca me he reído para engañar. Mi casa siempre ha estado preñada de chistes buenos. Ni regalo mi risa ni la desperdicio. A veces, ciertamente, puedo estar riendo de un nerviosismo que viaja hacia la desesperación. Pero siempre río con los ojos abiertos. Valoradlo. Valorad mi empeño en la apuesta por lo que avanza, por lo gozoso. Valorad mi pelea contra los muros de tristeza que yo mismo he levantado. Nada es gratuito. Soy una semilla que crece por alejarse de la tierra que la acoge. Con agua y pan de mi pueblo, con alegría sincera, voy camino de una tierra extraña. El descontento es mi entusiasmo, a veces. La desesperanza es la fuerza, casi siempre. Soy un gorrión solitario posado en una rama de almendro. La disfruto, colmado, aún sabiendo que no ha de durar. Envuelto en su frágil aroma, limpio y preparo mis plumas, esperando el mensaje fatal que traen las primeras agujas del viento frío: el hogar verdadero siempre está más allá, y hay que levantar el vuelo. Más y más lejos. Levantar la barbilla y tener presto un brazo para la caricia y otro para el denuedo. Un pie para agradecer mi lugar en la tierra y otro emprendiendo la marcha hacia mi verdadera casa, que no sé dónde está. Siempre más lejos.

No soy nadie. Apenas uno que ama, ríe y llora con toda su ambición y premura, como si el amor y la risa fueran a gastarse para siempre, como si a los ojos agotados de lágrimas se les abrieran los paraísos.

No es encontrar el amor, desengáñate, es construirlo cada día. Con las pobres o las sofisticadas herramientas de tu alma. No es atreverte a afrontarlo cuando lo encuentras, es atreverte a vivir atrevido. La vida es el encuentro, y no el amor. En soledad, el amor es un medio y la vida es su fin. Es a ella a la que tenemos que hacer el honor. La vida, la que se escribe con mayúsculas, es mantener en tensión el ansia por renovarte cada mañana al levantarte. Es encontrar amor y risa, mientras haces todo lo posible por olvidar que la vida soñada en la noche es más amable que el día que te espera.



Tu alma es más ancha que lo que le has recorrido. Tu corazón es más profundo que lo que le pides. Todo TÚ es más capaz que ése sucedáneo de vivir en el que te han conformado. Acuérdate de cuando no tenías dientes y sólo querías masticar. Acuérdate de lo difícil que era dar dos pasos seguidos sin caerte, de cuando tu desafío era encontrar pronto una pierna o la esquina de un mueble para agarrarte, para levantarte rápido y seguir en el intento. Acuérdate de aquella alegría por lo sencillo. Acuérdate de aquella inmunidad ante el desaliento, de aquella serenidad inconsciente que te elevaba como una pluma por encima de tu propia pequeñez. Acuérdate y saborea lo que conseguiste. Digiérelo de una vez. Verás que por el camino has olvidado la consciencia de tu grandeza. Pídele hoy cosas imposibles a tu alma. Las tiene. Ponle metas inalcanzables a tu aliento, a tu corazón. Agárrate a la alegría del pez que no necesita explicar qué es el agua. Atrévete. Atrévete a escribir en el blanco con la pasión de tu última tinta. Atrévete a dibujar en el vacío con tus colores que se gastan. Haz de tu vida el himno del aroma de los cerezos que languidece en el crepúsculo. Atrévete y serás como la primera voz de Dios, que se renueva.



Todo ha de continuar, y tengo que mantener la mirada arriba y afilada. Las últimas mitades se confunden con todo lo que se renueva. Tengo que mantener vivo el ardor en mi espíritu, mantener la fe en cuanto puedo construir con mi hambre, con mi ceguera, porque, antes aún de haberte hablado de pálpitos, hilos o tangencias, ¿cómo se escribe que volvía a ti sin haberte conocido? ¿cómo se escribe la primera palabra de la luz, sumidos en la más virginal oscuridad?

Todo debe agotarse para dejar sitio a lo que viene retoñando. Es ley natural. Es sencillo como amar, como sudar. Es constructivo como soñar mientras siguen creciendo las hojas en el campo. Eficaz como sonreír sin elegir, acertado como decidir sin juzgar. Las señales no tienen signo ni cariz. Las señales son de cambiar o de continuar. Son de despertar o de seguir adormecidos. Las señales no se crean. No se eligen. Se imponen por sí solas, y se les echa cuenta o se las obvia, y todo continúa, con naturalidad, condicionado por nuestro gesto. Lo posible y lo imposible viven juntos en nosotros. A dónde tú señales se dirigirá el universo.

Igual que inspirar y expirar forman mitades de una misma respiración, igual el amor entra y sale, va y viene en nuestras vidas sin dejar nunca de estar en su justa naturaleza. Y está hecho de montañas heladas y de llanuras ardientes, y el más tonto le pilla todo el sabor y el más atinado no se lo explica. Y tiene el alma llena de proezas, aunque se maquille, a veces, con el color de los destemples. Y mira a donde quiere y a veces parece que su voz no te toca. Pero siempre, siempre es atinado. Es justo en el grado que pone a sus presencias y sabio en sus ausencias. Es libertino y descarado en los pasos que da, para irse sin rendir cuentas, pero viene fresco e inocente, aunque vuelva como un viejo gato en celo: si viéndolo cansado, sucio y magullado, lo reconocemos, acabaremos comprendiendo, y nunca nos parecerá inoportuno.


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29 th Affliction Crossroads.

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Para asegurar, al menos, un buen comienzo, podría decir que, la verdad, entre aquel mediodía y la mañana siguiente había conseguido, salpicadas, algunas horas de paz.

El momento que vivía era de un equilibrio delicado. El dolor y el amor me venían de la mano. Deseos. Retos y montañas. Anhelos e infecciones.

Alimentando afectos y confianzas, el tiempo se me acabó echando encima y ya esa tarde, a la hora que era, no me iba a poner a trabajar. Me había tomado –enterita- una botella de vino con JW por Joanic. Entre una cosa y otra, en realidad, no me había quedado cuerpo de ir a preguntarle el nombre a una librera de la que no olvidaba la sonrisa. Me quedé en la casa, tirado en el sofá mientras oscurecía, escuchando canciones de las que nos gustan a mí y a mi hermano.



A veces, algo parecido a la suerte, la buena o la mala, la que tú mismo haces o la que te encuentras, decide que el amor o el dolor son una falsa alarma. Un desengaño o una feliz equivocación. Y esa misma suerte te deja espacio para que la mires desde el ángulo que quieras.

A día de hoy todo sigue una senda templada.

Aquella noche me dormí leyendo “El Amor es el infierno” (Groening) mientras comía chocolate. Y me dormí con la dulce y engañosa percepción de que, entre todo lo que me afectaba, yo podía decidir qué iba a mantenerse a flote y qué iba a ir a peor. Así que acabé dándole la razón a Montse, cuando me dijo que yo estaba equivocado.


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17 de enero de 2012

A VECES

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Me porto como un vendaje
que busca herida.

Y no.

Ya está bien de tanta confusión.

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14 de diciembre de 2011

Ven,


si quieres
saber de mi alegría,
la que me da
hambre de resucitar
cada día.


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13 de noviembre de 2011

ESTILAZO


De pronto, un día como hoy, caigo en la cuenta de que soy mayor que la mayor parte de los futbolistas en activo. Es la edad madura, creo. Y lo es no sólo porque haya pasado un tiempo y observe que la ley de la gravedad está cada vez más de mi parte, lo es no sólo porque la mamá Natura me ha criado por dentro como un fundamento esplendoroso que ya está casi listo para caer del árbol, y dejar esparcidas y libres, mis semillas por la tierra, no. Es la llamada edad madura no sólo porque por alguna sabia mecánica oculta, mis líquidos empiezan a rezumar, fragantes, a la superficie, y añaden brillo y color a la piel, que por el mismo misterio me hacen adquirir un aire atrayente, jugoso y apetecible para pájaros, mamíferos arborícolas o rastreros, insectos de toda condición, quelónidos oportunistas, reptiles de costumbres omnívoras, carnívoros en horas bajas y, en fin, bestias de variado pelaje que celebran tu descenso a la base de la cadena alimentaria. Se llama edad madura no sólo por esto, sino también porque entiendes, de alguna manera, que ya sea en el complejo estómago de un rumiante, ya sea bajo las elementales pezuñas de un cornúpeta ungulado, tu estado de madurez anuncia que vas estando preparado para corroborar la continuidad de los ciclos naturales, donando tu corporeidad individual al mantenimiento de otra especie, al mismo tiempo que optimizas la aspersión de tus semillas.

La edad madura se llama así porque tienes de pronto el tino o la resignación para entender, sin dar un espectáculo lamentable, que llega el momento en que tienes más edad que el número que calzas. Y con aparente presencia de ánimo asistes a la estabilización del número de tu pie, mientras la edad sigue avanzando sin descanso. Aunque te coman los nervios por dentro, acabas guardando tu poco de talento para no montar el pollo: eso es la madurez.

Yo me he plantado en esta edad y he entendido que no ayudan los estertores innecesarios. Como cuando un explorador cae en arenas movedizas, que mientras más se mueva, peor. Hacer espectáculos con lo de la edad va más hacia lo patético que hacia lo espectacular. El mundo es de los jóvenes. Coleccionan planes, promesas y expectativas. Sus entendederas están pautadas por los ardores de la sangre fresca. No tienen tiempo ni sintonía para comprender los debates de la melancolía. Lo único que les resultaría enjundioso recibir de tu parte, sería, por extraño o por interesante, un cierto empaque, una solidez, e incluso un aire de serenidad ante la ineludible ridiculez del hecho vital: te mueres y la Liga sigue.

Y sin embargo, aunque haya conseguido domar las fiebres de la juventud, aunque haya instalado en mi normalidad la certeza de que el más allá está más acá de lo que me contaban en catequesis, aunque tengo los dos pies plantados en la convivencia civilizada, hago balance de cómo me ha ido en todo este tiempo, y no dejo de pensar que voy a ser un viejo inaguantable. Nadie puede planificar cómo reaccionará ante lo irreversible: las manchas de vino tinto, el amor que va y viene, la calvicie, la vejez y la muerte. Por mucha intención que le pongo, no puedo dejar de ver el peligro de acercarme a la vejez como el que se acerca a la segunda niñez, protestando por la mínima, reclamando todo, señalando fallos y vociferando por las ridículas componendas de la vida, pues, eso sí, uno va aprendiendo, con el reblandecimiento de la pulpa, que nada de lo que uno calla acabaría resultando más vergonzoso que el haberlo callado.

Mi protesta principal sería la de que, después de tanto ruido, después de tanto debate hormonal, en qué ha evolucionado uno, qué es lo que ha cambiado, y me refiero a cambios en la raíz, dejemos aparte los signos de desgaste y las sabidurías del cuajo, que sustituyen a las del ardor de la sangre. Casi nada ha cambiado en esencia. A día de hoy tengo 43 años, y tengo que seguir inventándome la vida. No he aprendido a dejar de añorar con todas mis fuerzas las cosas que me faltan. Tampoco ha mejorado la convivencia con todo lo que me sobra. No acabo de perder la resistencia a morir acunado por la desesperación, el aburrimiento, la decepción, la parálisis, el aislamiento, la mediocridad, la ignorancia, la mezquindad, el adocenamiento, la crueldad, la barbarie, la insensibilidad y la pobreza de espíritu, mayormente. Podría alargar miserablemente mi lista de la disconformidad, pero sería una energía invertida en mala baba, sería seguir desperdiciando mi tiempo, que sé que es precioso. La madurez es aceptar también que el pie se queda en una cierta talla mientras tus años avanzan, y todas esas cosas deleznables siguen adelante, pese a tus esfuerzos por señalarlas, corregirlas, paliarlas, evitarlas, reinterpretarlas, reubicarlas o incluso ignorarlas, todas esas cosas, digo, siguen lozanas y frescas como rosas tempranas. Las mierdas de la vida no envejecen. Hoy tengo 43 años y me percibo, perplejo, como habiendo heredado una casa vieja. He estado toda la vida de reformas, intentando cada día que mi vida sea medianamente habitable, pero mirando siempre de reojo la posibilidad de que un día me alcance el desaliento.

Quizá por eso, esta tarde me ha dado por plantearme las formas. Por si acabo mudándome a la negrura impenetrable.

...

No es bueno el mal karma sin humor. No es bueno ni recomendable. Si llego al extremo de que sólo me salgan crudezas y destemples, entiéndase, que no encuentre tamiz para mi negatividad y acabase corriendo desbocada por mis papeles, estoy pensando que mi naturaleza está más cerca de la desvergüenza sin contemplaciones de Cèline, con su posibilidad para la mordacidad y el distanciamiento irónico, que de la glacial inteligencia fustigadora de Cioran.

Quede por escrito que mi grisura blandengue encuentra cobijo en lo que he leído de ambos. No es que nada me esté pidiendo decidir, que toda decisión va a parar al mismo boquete, pero la tarde, entre indignada, ansiosa, protestona, floja, escéptica e incluso ociosa, me ha llevado a pensar en eso: si tengo que soltar mal karma, que no sea sin humor. Quede también en este escrito, que mi intención de poner risa (la mía o la tuya) en mi negrura, no es por suavizar. No, que todo reviente, que no se arreglaría nada con medio incendio o media catástrofe. Más que nada, lo hago por constatar por escrito el apoyo que encuentro en cierta tradición regeneradora que aún tengo por esclarecer y asentar.

De entrada, ya pienso que este planteamiento es estúpido, pues llegado el momento de caer a la altura de mis cimientos, qué importarían esos detalles en mi forma o en mi redacción. Pero no, todavía no he llegado a eso, y sí, por qué no voy a pensar en esas cosas ahora, en frío, cuando todavía puedo mantener a distancia prudente mi temida actitud de ardamos-todos-en-la-misma-grasa.

Así, y puede que no más por ocupar la tarde en pasatiempo escrito, o por haber intuido no sé dónde las orejas al lobo, hoy me planteo lo dicho, que de llegar a un extremo rabioso, si me veo en ese punto de empezar a soltar chorros de vinagre caliente, sea porque haya llegado a la temperatura de ebullición mi nivel de amargura, sea porque en mi ceguera obtusa no encuentre otra opción que la de desfogar, entiéndase, montar el pollo porque ya no me quede gota de esperanza en la buena marcha de la negociación conmigo mismo, con los demás, o con el propio mundo, si no tengo a mano otra salida que empezar a soltar kilos y kilos de mierda ante el temor de tener que reprimirme y abonarme –por esa represión misma- a una mala leche estable, si ya tengo presentido el dolor –que ya es real cuando se imagina o intuye- de que morderme la lengua me llevará a la úlcera, si es eso lo que, aunque sea desbarrando, tengo que compensar o solucionar, que no sea sin humor.

Eso me lo pido, mientras aún esté a tiempo.

Nuestra oscuridad más impenetrable no está tan lejos como nos parece. Nos acompaña en un cómodo segundo plano hasta que algo le da pie, y entonces, se acabó tu ilusión de protagonismo. Y por eso mi patético intento de aceptar antes de tiempo las llagas antes de la herida.

Aceptar la cercanía de posibilidades que me lleven a un punto de descontrol momentáneo o sin vuelta atrás, y fantasear con que podría sobrellevar la situación, más bien o más mal, escribiendo. Asimilar que no voy a aguantar mucho rato callado o impasible ante parajes de arrogante estupidez o incomprensión descarnada, entender con la mayor frialdad posible que puedo ser la víctima o el causante de injusticias y enfermedades, comprender que puedo esperar de mí, entonces, arranques de desesperación, ofensa y ruido inútil. Y me planteo que, cumplidos esos temores, tengo que encontrar el paso alternativo o compensador del lanzarse de cabeza a la picadora, al tirar los días abrazando explosiones. Y veo que tengo que poner empeño en entender la posibilidad de mi parte cruel, bregar con situaciones violentas, impertinentes, sucias y vergonzosas que, por mi claudicar, mi apoyo tácito o mi iniciativa, incluso, acaben oscureciendo este mundo. Puedo verme finalmente en eso, ¿por qué habría de ocultarme ese temor?

Yo era fuerte y limpio como un río transparente. Tenía en el corazón un cierto signo brillante y certero que me hacía flotar por encima de las distinciones entre bondad, candidez y tontura. Mi energía era como un gas, podía estar amoldada a la forma que la contuviera, pero todo sería momentáneo. Libre. Como un venero que no sabe de fangos ni de aguas oscuras. Mi trabajo escrito, que era inocente, y por tanto fuerte y decidido en su limpia inconsciencia, no sabía nada de hondas e imborrables suciedades. No entendía las impurezas, y quería, en su juventud temprana, ennoblecer con belleza el tiempo que me fuera dado. Quería llenar de manjares exóticos la despensa de mis apellidos. Quería sembrar de luces mi pueblo. Quería construir un palacio imponente en el centro de mi familia, en el suelo y en la idea de mi país. Quería una canción hermosa que cantaríamos con un aliento, una fuente de cordura nutritiva, una huerta de banderitas blancas que limpiarían la atmósfera. Pero mi trabajo escrito creció conmigo. Se ha contaminado con mi estupefacción, y no he sabido mantenerlo alejado de la rigidez descarnada de mis fantasmas, que me echan a un lado de la cama y me quitan la comida de la boca. Ahora sé que contengo tormentas, ahogados y devastadoras inundaciones. También, para mi dolor, soy libre en eso.

Por eso hoy me pregunto si no será lícito desear, a modo de baboso intento crepuscular, que con el vómito que malamente contengo en la boca del corazón, no salgan al menos algunos cuajarones de humor. Esto no se puede prever, pero con la edad, mi escrito y yo mismo, hemos evolucionado de tontos a tontos sin remedio, y ese crecimiento ya nos permite ciertas licencias acerca de lo que podemos desear. Total, repito, flores y vómitos, irán juntos al mismo boquete.

Finalmente puede imponerse la parte más mísera de mi humanidad, la que no puede taparse con orgullos ni enmendarse con lacitos. Si al final va a acabar el caos atrayéndome a sus filas, antes de que el dedo me tiemble demasiado, quiero señalar mi último resquicio digno, y no entregarme alocadamente a lo enfermo, al triunfo de la barbarie. Quiero encontrar, en la medida de lo posible, un aire de resolución en ese paraje de abandono que va a ser mi escepticismo sin retorno. Un brote verde insignificante en medio del monte calcinado.

Humor pues, quiero en mi senda ardiente.

Esa sola intención, con ese hormigueo nihilista que me sube de las uñas de los pies arriba, me está apaciguando el espíritu maltratado. El corazón jadeante, rodeado, atosigado por tanta belleza mema, por tanta construcción banal, por tanto amor fingido, tanta música hueca, casi se me serena ante esta posibilidad: la de que tú estás sola o solo, en tu cuarto, en una biblioteca o en la playa, o en un parque de una ciudad que no he visitado, y en un tiempo que no veré, tú, que estás sola, que estás solo, ante un papel o una pantalla, estás leyendo páginas de mi desespero, de mi claudicación, y te has reído.

No quiero soltar mal karma sin humor.

Si mi vida, finalmente, ha errado y sólo encuentra estampidas de enloquecidos ungulados rabiosos que se precipitan sin remedio hacia un abismo espinoso e insondable, y en sus cerebros primarios ya barruntan el trastazo colectivo y fatal, yo tengo que intentar que la suma de sus berridos desesperados y los pedos que se tiren mientras agitan inútilmente las patas en el aire, compongan para nosotros una música decente de final feliz, de manera que mi escrito, su encuentro con la fatalidad y el sentido que acabe destilando del tiempo que estoy viviendo, al fin, tengan un tufo aceptable.

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