20 de septiembre de 2016

19 de septiembre de 2016

BUENA LETRA



Cuando tengo un momento de calma, normalmente recién levantado, cuando todavía no he dejado del todo el ritmo y laxitud del sueño, cuando aún no me he centrado en las problemáticas y jodiendas que me esperan en el bregar del día, y tampoco me ha dado tiempo aún de caer en la cuenta de que sin hacer nada ya vengo jodido de fábrica, porque nada ni nadie me ha respondido a las preguntas importantes que me hago desde chico, aliñado con la certeza de que encabezonarse en eso es peor que dejarse llevar por la voz pasiva, y hacer lo que se hace, y vivir mi vida como normalmente se vive, es decir, aceptando sin resistencia que vivir es irte dando cuenta de que eres hombre muerto, y eso hay que despistarlo o entretenerlo como buenamente se pueda, con los fondos y el tiempo libre que te deje un trabajito en condiciones, con el amor (ardor sincero, picor de emergencia) que puedas improvisar con la compañía que tengas a mano y te acepte y te aguante y aún os guste, mientras la salud de ambos lo permita, mientras mantienes las fuerzas para redactar sentido, mientras el caos acaba de desperezarse y viene a decir que te has metido en su sembrado y reclama su imperio, mientras ocurre todo eso y yo me decido a ir dejando de enlazar despreciables sandeces subordinadas, cuando tengo un momento de calma, como decía antes de liarme, disfruto, al sentarme a escribir, más allá de la pertinencia, acierto o gusto por lo que al escribir me salga, disfruto, digo, con el abstracto movimiento del dibujo de la buena letra sobre el papel. A algo fluido y tranquilizante me refiero. A la letra cantada de una nana antes de saber hablar me refiero. A algo que es como pintar o bailar sin pensar me refiero. Volver a aquel estado de completa libertad y desapego que da el no tener conciencia ni necesidad de expresar nada.

En ese momento de calma en que puedo recrearme, más allá de lo que escriba, caigo en la cuenta de que más allá del papel de salvavidas en este tiempo de caída, temblor y zozobra, el bolígrafo que estoy heredando de mi padre, también es perfecto para esto.

El mundo seguirá avanzando, y mi momento de calma, de alegría, va a llegar y quedar por escrito, más allá de la debacle y más allá de lo que diga.


Jag.
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INSECTOS

 (PENDIENTE EL VÍDEO DEL RELOJ Y EL VASO DE AGUA)

Estoy en primera persona en el sofá polipiel blanco de la biblioteca de mi pueblo, con mi padre en la cama del hospital, con mi madre en la butaca de la habitación del hospital de la cama de mi padre. Escribo con un bolígrafo heredado que poco a poco se va dejando la piel. Seguramente será bien difícil encontrar recambio, pero me estoy aplicando frenéticamente, para que toda esta maldad se gaste. Escribo esto en folios reciclados de un curso de mosaicos que les he impartido a las hijas y los hijos de mis primeras alumnas. No hay gota de beatitud en esto, y no tengo tiempo para la dulzura.

No nos perdamos: una fácil tristeza me trasuda aquí, mientras leo y escribo, y oscuramente se debate y compone, descompone y recompone en arrebatos de hosquedad, culpa, rencor, rabia, furia ciega, comprensión clarividente de algunas cosas, resquemor, aceptación, la sorda incomprensión de algunas otras cosas, cerrazón, inutilidad, patética resistencia al oscuro desarrollarse de la lógica natural por la absurda imposición del protocolo familiar, personal, ético, social, cultural, moral, político y religioso, aquí, aguantando, atragantando y deseando que mi universo personal reviente en lágrimas que, sincera y desprendidamente, desearía con más que mi fervor que sirvieran para algo a personas o circunstancias de  lugares y épocas remotas, y que todo yo acabe en mil pedazos en serio, que todo esto cambie, y que todo llegue a una nada negra impenetrable y definitiva, y que nada acabe sino en un vacío blanco de amor que me eligió delante de algún tipo de té verde de cuyo nombre propio y cosecha no me acuerdo, que algo evolucione hacia algún tipo de aliento desconocido que deje algún resquicio a la esperanza por lo bello y lo justo, o que permita la alegría de saber que mirar no es siempre cuestionar y plantear incomodidad y preguntar algo peliagudo con respecto al natural encuentro de lo que nació diverso y se supo unidad, con un igual, que algo reaccione milagrosamente, si cabe, y conceda posibilidad a la buena convivencia puntual –siquiera- de dos personas que ponen a prueba su capacidad de seguir amando a pesar de la decepción, atravesando la caída y la falsedad y el hastío por el falso brillo de las soluciones que tradicionalmente aporta la comunidad como dirección a seguir para una vida digna y saludable, el coche, la novia y el piso, el seguro, el matrimonio y las letras, el progreso, el éxito y la realización, la muerte, los hijos y los vecinos, la gloria, el prestigio, la vida social, y la separación y la mudanza de todo lo conocido, echando sinceramente en falta el haber nacido bobo imbécil anonadado por los logros de algún craso, famoso deportista plusmarquista de babeos, chupadas y gemidos fingidos henchidos magreados de falsa alegría en twitter, harto simplemente, óiganme, harto de ser quien soy, con mis elementales puntos de no retorno, callejones sin salida, justificaciones arrugadas y adaptadas a las pobres y falaces tersuras de mi alma, a la pobre limitación de mi corazón para responder dignamente al amor instantáneo que esa mujer me dejó ver, cansado, digo, mortalmente cansado de no saber decir la palabra siguiente, ruido o murmullo de la conversa que ella, valiente, humilde y fresca y natural, me abrió en su momento, como una pequeña mandarina fragante en mitad del camino polvoriento, inteligentemente floreciendo en el apresurado lapso entre dos coches que se precipitaban hacia sus ranchos embaldosados de mármol de los restos de la casa de sus cuñadas y cuñados, recortada amorosamente sobre el fondo del ladrido de un perro ocioso, algo más allá de las últimas zarzas salvajes, comidas de polvo, por donde paseábamos por las tardes, después del colegio, cuando éramos chicos. Desalentado, ebrio de desesperanza, con todo el amor que tengo por dar y desperdicio, en esas, digo, y en mucho más, que me niego a profundizar, que ya me he pasado de la admisible lógica tensión del glúteo que desentraña palabrería que se arroga tiempo e importancia en un medio digital, en esas que digo, y leyendo el maravilloso capítulo “Lasius niger”, en el que su protagonista asiste a una conversación desesperada, descubre un nauseabundo e inquietante matiz de sangre seca, viaja por pliegues de piel y trozos de tela, y logra sobrevivir al impulso que debe tomarse, lógicamente, para conseguir que un teléfono móvil de modelo cualquiera, en perfecto estado de funcionamiento, acabe impactando, según mal no recuerdo, más allá de las frases hechas, y definiendo el centro exacto de una serie de circunferencias concéntricas en crecimiento diametral ascendente en algún punto (determinado por el azar) de la superficie de un lago helado, o de un río negro.

Y por el camino, BIP, sí, soy yo, no te has equivocado, pero no quiero hablar ahora contigo, deja tu mensaje y piérdete.

Por el camino, BIP, en mitad de la mañana indiferente a la tragedia, estás llamando al teléfono tal y ahora no puedo contestarte, deja grabada tu monserga.

Por el camino, BIP, déjame un momento morir tranquilo, me has pillado hasta los cojones de mi vida, deja tu mensaje si consigues esperar hasta oír la señal, y te llamaré en cuanto pueda.

Yo, que no sé darle forma a mi sentido de la desorientación, y por tanto, maldita pobre aspiración que puedo alimentar en crear un mensaje coherente, o bello, o útil, o de interés, o de diversión, o de construcción, o de esperanza, o de fe, o de compañía, o de elusión evasión compartida, yo, en esas que digo en que me encuentro, mientras leo y padezco y disfruto ese azorado desamor que me tengo y que por el momento me campa montuno y libertino por la vida, en ese penoso prometedor contexto, digo, leo, y vivo, y lamento, y anoto, y observo en un repente que un insecto diminuto, en breves e instantáneos arranques electro-estertóreos se me está moviendo por la mano.

En breve y delicado espasmo imprevisible como el lunar de la persona amada.

He levantado la atención de la lectura, momentáneamente, pensando en si será una pequeña araña saltadora, que a su modo se movía. Enlazando ociosamente la hormiga de mi lectura, que se aferra a la mano para no volar con el móvil, con mi madre aferrada a la habitación del hospital, con mi padre aferrado a la cama, a la vida, al deber, a la costumbre, a la esperanza, al poder, al orden, a la decisión, al dominio, a la entrega, a todas esas cosas que temo y me niego a anotar por subrayar la certeza de que la vida sigue su curso hasta su extenuación natural, porque acaba encontrando el cierre de su lógica, y no porque yo arrime desgana, ponzoña desesperanzada ni argumentado claudicarse, enlazando todo eso, el insecto de mi mano inmóvil da unos cortos vuelos, y se revela como cosa parecida a mosquita frutera que también camina como arácnida carnívora que nerviosa se mueve por la promesa de la podredumbre.

No quiero llegar a nada. Mierda y colonia saturan ahora los poros de mi vida. Competiciones que no aplaudí me apuntaron sin pedirlo al concurso de este mundo. Estoy cansado de callarme la boca y estoy agotado de saber que juzgar y reflexionar y argumentar y progresar y aprender no sirven absolutamente para nada, llegados a cierto punto de vacuidad, inoperancia, desesperanza, decepción e indefensión, por ejemplo. Sólo apunto que pensando en los tres insectos que en este momento me coinciden en el ánimo, yo no me he movido para nada.

Tengo toda mi alma en disposición, toda mi sangre pronta a alimentar hipotéticos vergeles, pero no encuentro mis fuerzas para ofertarme como algo amable. Lo injusto sigue a sus anchas, como digo, acumulando mierda, colonia, explosión. El que hace de bibliotecario baja otra vez a fumar, y de pronto me doy cuenta de que llevo un tiempo en que no me rasco por los mosquitos, ni me molesto por las injusticias, ni pisoteo a las cucarachas.

No tengo fuerzas para bregar con la imbecilidad supina de este mundo. Y yo sé que no soy quién, que no soy digno de decir qué ni desvelar por qué ni puedo culpar a cuándo, pero algo me susurra que los insectos sobrevivirán. Algo hay, que impregna, riega y constituye el éter, que sonríe bobamente, y que por pura vagancia y suficiencia dejará de hacer el ocioso gesto sencillo de aplastarlos y borrarlos de la consideración y la memoria de toda esta insensatez que percibimos como una lógica natural.

Yo sólo propongo que algunas veces el corazón tiene que relajar la tensión del grifo de las ganas de vivir.

Y supongo que el mundo me aplasta, y la verdad me fumiga y me taladran las circunstancias. Ya no sé distinguir miseria ni flor delicada. He perdido el metro de la nobleza, la medida de lo que se pudre. Me sonríes con toda la fe, la fuerza y la esperanza de tu joven anhelo. Y pasarás. Te desvanecerás entre las nubes ardientes de mi alma infernada. Si te viera esta mañana, no te reconocería, y encontraría extraña tu mirada limpia virginal del nuevo día.

No voy a ser capaz de reconocer al amor, aunque me salga al paso, y me mire limpio, frente por frente. Yo supongo que estoy cansado para que alguien me quiera.


Jag.
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Algunas veces, la mesa


está coja
de las cuatro patas, por suerte.
Es ahí, en mitad, desolados,
de nuestra impaciencia,
como encontramos
espíritu, momento,
humildad, nobleza
para saber cómo daremos
digna respuesta
a la impaciencia
de los demás.
Jag.
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Como todo


lo que se siente y parece,
soy más
y soy menos
de lo que se ve.
Jag.
17_9_16


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