31 de enero de 2014

LA ESTRATEGIA DEL INTERESANTE

Estoy en un sitio escuchando música haciéndote un retrato imaginario con un bolígrafo gastado, con las gafas del lejos. Todo está nublado.

Salgo por la puerta, saludo al portero, y me encuentro de sopetón con una mujer impresionante que está sentada cruzando una pierna y mirándome a los ojos. Le digo buenas noches y el portero me está diciendo que hasta mañana ¿no? Y le digo que es más que probable, riendo. Me giro y la mujer me sigue mirando intensamente a los ojos, como a punto de decir, o no. Digo CHAO en voz alta mirándola a los ojos. Cuando se cerraba la puerta de fuera la he visto de espaldas, con los brazos levantados de desesperación, no exagero. Se partía el culo, creo.

Yo me iba medio riéndome, porque sé que hoy no es el día de saber el nombre de esa belleza.

Yo salgo a la calle con el corazón dando respingos. Para variar. Riéndome sin control, manejando como puedo la embriagadora certeza de que God is dreaming about me, de que últimamente mi vida parece tener zancos en el entendimiento, nubes mágicas en los pies, que está llenándose de pasos y señales sencillas que me llevan a donde no sé.

Y también pienso en ti, claro.

En si algún día tendrás la velocidad de los valientes. En si aprenderás la respiración del sabio. Mientras tanto, a mí no me queda otra que reír con la vista perdida en el cielo limpio. Saber que no soy responsable de los cenagales ni de los paraísos que visites mientras me das, a conciencia, un rodeo.

No olvido tus ojos soñolientos pidiéndome todo.

No olvido tus manos compartiendo, la humedad de tus labios adentrándose en las cosas que tú dices, y también en las que digo yo. No dejo de pensarte, aunque la vida sigue tu camino y sigue el mío. No dejo de pensar en ti y en mi luz, que todo lo ilumina. Y es tonto taparla y darle la espalda al amor que tengo para todas las demás.

La verdad es que te pienso, y sin perder esta extraña alegría, no dejo de imaginar qué lejos estarás ahora mismo de mi, en una vida a la que no dejarás que me asome. Y sin perder esa misma alegría, se me cuela en el pensamiento la melena, la mirada de fuego silencioso de la chica de hace un momento. Y me río nuevamente, y la vida es un torrente alegre que va montaña abajo en la noche, arrastrándonos, poniéndole música a lo oscuro.

Y me digo, espera mujer, tu momento.

Espera a que sepa qué hacer con mis suspiros desordenados, espera a que encuentre razones, pasiones o magias en las que dejar colocados mis hilos sueltos.

Ardo por tu primera sonrisa, y aunque pienso en ella todavía, tú espera a que me haga un felpudo amable y espeso con su recuerdo. Espera a que me haga una bandera negra con todo el amor que derroché con avaricia, sin arrepentimiento. Espera a que termine la bandera de todo ese amor que me deben. En el baile de los interesantes todos están sin pareja, y la música no para, y los colores de cada cual ondean ardiendo. Y no hay tiempo de soñar ni tiempo de recuerdos. Sólo hay tiempo para el paso que das, y apenas sutiles chispazos de aliento para el paso que viene.

Tú ya me has visto sintiendo desbocado. Pero no voy a dejar de vivir las cosas como un caballo portentoso. El campo es pequeño y asfixiante. El mundo es infinito y a nadie puedo esperar.

Yo me digo espera tu momento mujer, mientra pienso en ti y en todas las demás. Espera el momento en que recoja los cordones de los zapatos que aún tengo que quitarme.




Barcelona, 31_1_2014


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TODO ES MÁS FÁCIL CON MÚSICA NEGRA.

Pues sin dejar de saber que el alejamiento del estímulo funciona, al menos para ir arrastrándome, obligada y miserablemente hacia algo parecido al olvido, acabo de publicar y compartir "Nacimientos", medio minuto antes de que cierren los ordenadores de la Bonnemaisson. Aparte de que es la hora buena de compartir, lo he hecho tan justo de tiempo porque quería dejar el post toda la noche en el muro, sin tocarlo, hasta mañana, para no mostrar mis reacciones a las reacciones. Hasta mañana.

Y saliendo de la biblioteca a la calle, que se va vaciando de gente, me encuentro con Serena. Atento al nombre. Hace más de un año que no nos vemos. Le pregunto cómo está, y me dice que bien, que cómo estoy yo. Le digo que bien y ella dice que se nota, mientras me mira con extraña fascinación a una zona justo encima de mi cabeza. Le digo que me he enamorado. Que me he malenamorado, le puntualizo, mientras pensaba en tu especie de sugerencia forzosa de alejamiento. Me dice que se me ve bien, que tengo una luz muy bonita, muy fuerte.

Ahora estoy con Yumboldt, dándole vueltas a la libreta, a ver si consigo de una vez hacerme un centrifugado en el corazón. Y que la mierda quede pegada a las paredes. Tienen puesto el "Yegelle Tezeta" de Mulatu Astatke. Mis imbecilidades propias siguen dando vueltas, pero todo me parece más fácil.

Y no dejo de pensar en lo que me dice Serena. No dejo de pensar ahora en esa luz que ella me ve. En si eres tú quien la provoca en mi, o si es esa luz que yo tengo la que te ilumina, la que me devuelve el reflejo ante el que ejerzo de enamorado.


Barcelona, 27_1_2014 



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27 de enero de 2014

NACIMIENTOS

Al principio parece que estamos bastante cómodos, viendo el mundo a través del quicio primero, mientras flotas en el líquido calentito de tu madre. La cosa pinta como que uno no quiere nacer. Pero por cuestiones que se le escapan a tu nulo entendimiento, te llega, sin comerlo ni beberlo, tu primer apremio inmobiliario.

¡Vamos, vamos! Tu madre aprieta y grita y se caga en la puta madre que te parió. Y en una mezcla inmunda de sangre, incomprensión, mierda, improperios, sudor y lágrimas, acabas saliendo a la luz. Contra tu voluntad, incluso. Naces sin ganas, con este panorama.

Y a veces, la madre se pone a llorar desconsolada, y no quiere ni ver al hijo, y el padre, que siempre lo hay, aunque no sea imprescindible que esté, sigue aferrado inútilmente a su mano, y piensa, pero estás loca, no te me pierdas, mujer, que esa masa berreante y sanguinolenta es el fruto de nuestro amor, dice temblando mientras se caga, pantalones abajo.

No, no queremos nacer, parece. Aunque en algún momento misterioso, se le da la vuelta al calcetín, y encontramos razones y pasiones para querer vivir a toda costa.

Pensando en estas cosas, me viene de la memoria un sucedido o un texto inventado que he leído, sin recordar la procedencia ni el autor. Lo contaré, pidiendo permiso sin saber a quién.

Lo sucedido, lo inventado, tiene que ver con un médico, una parturienta, la casa de ésta y su marido, los familiares que se agolpaban ansiosos en la puerta de la calle, con cien vecinos curiosos, y el bebé dentro de la madre, que se resistía a nacer. Pues tras esfuerzos denodados, poniendo toda la sangre y el sudor necesarios, ni la madre ni el doctor conseguían convencer al niño de que la placenta acogedora estaba convulsionándose, de que sus líquidos de temperatura ideal se derramaban para perderlos para siempre. Porque llegaba el momento en que todo aquello dejaba de tener sentido y debía avanzar. Acabar. Que al otro lado del dolor y lo incierto está la luz, la vida, y había que nacer. Pero el bebé no se convencía, no.

La mamá lloraba exhausta. Al papá ya lo emborrachaban los hombres en la calle, para atontarle noticias fatales. El médico, desalentado, rebuscaba entre sus saberes y audacias, viendo cómo todas sus herramientas estaban ensangrentadas y nada, sólo había conseguido traer a la luz apenas una manita exangüe del bebé. Una mano inmóvil que parecía haber salido al mundo para despedirse de él.

Cuando languidece la fe, la vida medra. Negros y pesados son los pasos cuando te sabes caminando hacia la muerte.

Y no se sabe si por desesperación, si con desgana, que el médico acercó su dedo índice a la manita que se apagaba. Y tampoco se supo nunca por qué fue, pero parece que el niño comprendió, al notar cerca el calor que desprendía aquel dedo gigante, que aquel mundo extraño, seco, frío y luminoso era la vida, que le esperaba y no debía evitar, que le correspondía dar su primer paso y poner las ganas de vivir. Demostrarlas.

De improviso, todo pareció despertar de un mal sueño, pues el doctor, apenas rozando sin fe la manita inmóvil, notó, en un sobresalto, cómo se le agarraba con todas sus fuerzas, y supo que había que sacar de donde no había, para que ese niño naciera.

Yo pienso ahora en ti, ya sabes, constantemente, aunque a tu pesar. Y no puedo evitar iluminarme esperanzas al saber que con sólo una pequeña señal, el bebé mostró sus ganas de intentarlo, y el universo, disfrazado de madre empujando, contenido en los alientos desesperados del médico, el universo, digo, abrió todas las puertas necesarias para que el niño que quería nacer, finalmente naciera.

No puedo dejar de saber que no toda mi fe se ha derramado cuando, jadeante, en la madrugada fría, veo el lecho seco y latente del Río Nacimiento, en nuestro pueblo. Pues veo que no todo lo vivo se muestra a nuestros ojos, a nuestros alcances. Veo cuánta alegría, cuánta emoción y cuánta vida audaz puede vivir contenida en el silencio, esperando su momento mejor, su momento de estallar de ganas por dentro y empezar a humedecer la tierra, y cuajarla de pequeños charquitos que, con voluntad pujante, se van uniendo en regueros que suman un cauce que, a conciencia, van preñando, por dentro y por fuera, las riberas que nos parecían secas. Y el Nacimiento se lanza con alegría a hacer la vida que le corresponde, buscando el Pereila, para encontrar al Guadalhorce y reunirse con el Todo, o disolverse en la Nada, que es lo mismo, cuando los tres ríos mezclados llegan al Mediterráneo, que los espera para repartirlos, de Levante o de Poniente, como mejor se pueda.

Igual que el Amor te llueve encima, porque en un tiempo y un lugar distantes se había evaporado, con la misma lógica inexplicable, no puedo dejar de pensar que tú y yo tenemos una cierta humedad compartida, escondida, por lo visto, a tus ojos, contenida en mi boca, latente.

No dejo de tener fe en el día en que se te desnuden las ganas de mí.

No dejo de creer que un día sacarás la mano para nacer en mi mundo. Sólo por eso, porque intuyo cuánta vida daría nuestro río que nace y llena sus cauces, buscando el mar, sólo por la posibilidad de rozar tu mano, que de pronto me pide, permanezco atento, distante, esperando, cuidándote, en silencio, a tu lado.


Barcelona, 27_1_2014


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25 de enero de 2014

OLVIDAR

es cuando la cobardía natural entre dos personas, hace que descuiden esos detalles importantes, y los dejen desvanecerse en las brumas del tiempo, en una lenta agonía.


Barcelona, 25_1_2014


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EL AMOR TE LLUEVE,

pues viene
evaporado de otra parte.

Barcelona, 25_1_2014


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23 de enero de 2014

SONRISAS POR DEFECTO

Suspiros en spray
Mendrugos a la carta.

Y una linterna se enciende
se apaga
bajo la manta espesa.

Tengo que morderme la lengua,
normalizar el tránsito
de la dulzura al amargor.

Y dejar de soñar tu mirada en la cama
como un amanecer que empieza.

Abrir los ojos y esperar.

Recibir todos los frutos de tu carácter.

Empezar a ser guapo también para las demás.


Coín, 23_1_2014


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22 de enero de 2014

20 de enero de 2014

TRANSPARENTE

Es a fuerza de darme topetazos con una y con otra como llegué a balbucir, en su día, la firme resolución de intentar emanciparme del íncubo de las pasiones, e intentar, en lo posible, vivir desligado de tanto espectáculo vano que acecha en el correr del tiempo cotidiano, despistándote, desligándote, queriendo o sin querer, de lo que en esencia eres, o quieres, o necesitas, o vaya usted a saber.

Lo realmente insoslayable es que, más veces de las que quería, he acabado nadando dos mil metros diarios, porque con una mujer había aventurado los nombres de unos hijos que finalmente no íbamos a tener. Y nadando así, cada día, parece que no resuelves nada, pero tampoco puedes decir que no obtienes respuestas. Con otra mujer, fallaron los nombres de empresa, y se desmontaron viajes fascinantes y planes infalibles. Y ahí me tienes otra vez, machacándome en bicicleta hasta acabar cada día debajo del mismo algarrobo en la montaña, intentando descifrar la matemática de los dolores y las culpas, que tiene infinitas páginas, pero ninguna con las soluciones.

En esos días, a fuerza de violentar la respiración, a fuerza de buscar los límites del cuerpo, quizá por aburrimiento, o porque simplemente te has quedado sin salida, es cuando encuentras explicaciones íntimas. Como respuestas que, sin palabras, sirven para uno solo, para al menos, llevar decentemente la situación y sobrevivirla.

Una mujer perdió el gusto de dormir conmigo porque, me dijo literalmente, que otro la llevaba a la bolera. Ahí tenéis un criterio de vida redactado y expresado con claridad. Y al final, no tengo otra que agradecer la sencilla elocuencia de su imbecilidad, pues el mundo cerrado e inexplicable en el que me sumió, llevó a que durante todo un mes, yo acabase sentándome, cada día, al lado de la misma flor allá, en una vertiente umbría de la sierra. Y a fuerza de mirar a esa misma flor, sabiendo que nada en este mundo tiene sentido ni explicación plausible, y a pesar de ser malo en ciencias, supe desde el centro de mi ser que un átomo es un universo. Y apartar la vista de esa flor, y proyectarla al cielo que nos cubre, y saber de paso que la bóveda inabarcable que nos contiene es la cáscara en expansión o concentración de otro átomo. Y saber también que nosotros mismos somos eso, y perdemos el tiempo y la conciencia en nuestros estúpidos problemas, y desperdiciamos la oportunidad de ser universos plenamente responsables de los átomos que contenemos, que a su vez, etcétera.

La conclusión a la que yo iba llegando, en su tiempo, es que es estúpido ir lamentándote por las esquinas cuando, por ejemplo, tu chica está mirando a otro. No puedes poner tus ganas de vivir en manos de gente que, con plena inconsciencia, dirige los pasos del universo que son, cabalgando caprichos y apetencias. Por muy simétricos y gustosos que tengan los labios mientras te sonríen.

Y la cosa es que, de la mano del tiempo y otras cosas, como estúpidas nubes ociosas, han acabado pasando los amores que, por mí o por ellas, se nos frustraron. Pasaron esos amores, como digo, pero no pasaron las poderosas sensaciones que recolecté nadando dos mil metros diarios, ni las de largas tardes bajo un algarrobo en el monte.

Y qué tonto sería si pusiese mi serenidad, mi capacidad para amar, en manos de nubes ociosas que pasan, en la amabilidad del sol de invierno, que te calienta la sangre, en un instante sublime y fugaz.

Es una cuestión de valentía saber que el Amor es el átomo y el universo a la vez, saber que el Amor nos contiene y lo atesoramos, todo a un tiempo, y por eso nunca lo vamos a comprender. Es una cuestión de valentía y sencilla confianza asumir que no tenemos asas para cogerlo, ni palabras que le hagan un honor suficiente, pues, como nosotros mismos, el Amor está hecho de carne y hueso, y de todo lo que no sabremos ver, y de todo lo que nos negamos a entender.

La lectura que a mí me queda es que mi serenidad, mis ganas de vivir, no puedo ponerlas en manos de nada que no sea yo mismo. Ya en los aromas y las temperaturas que se insinúan en los aires cambiantes de finales de abril en mi pueblo, empecé a aprender a entender que el AMOR con mayúsculas es lo que ES, no lo que HACES. Quiero decir, el AMOR es algo EN SÍ MISMO, aunque nosotros, que somos cobardes y mezquinos, acostumbramos a percibirlo y valorarlo sólo en sus MANIFESTACIONES, en los reflejos que nos llegan. Sólo entendemos el AMOR a través de nuestras COMPONENDAS.

Llegué a éstas, mis soluciones, en soledad. Guardándome para mí los procesos y los hallazgos. Y eso a pesar de que quiero sentirme útil al mundo, a pesar de que mi idea de utilidad es, precisamente, aprender para compartir.

He de confesar que no fue fácil reprimir durante tanto tiempo mi impulso natural de dar a los demás. Pero más difícil es explicar a la gente, incluso a gente que te apoya y te quiere, que te has curado de una separación, mirando tarde tras tarde, a una misma florecita blanca que has encontrado en la vertiente umbría de la sierra. Y lo mismo vale con el ejemplo del algarrobo. Lo normal sería que la gente, también la que te quiere, pensara que tras la ruptura, te has abandonado a las drogas, que el dolor y la desesperanza te han dañado el equilibrio psíquico/emocional. Y no podría culparles: con mis descubrimientos tipo “un átomo es un universo” yo mismo me veía precipitándome a alguna forma leve de chaladura. Pero el miedo a revelarme ante los demás como un desequilibrado psíquico/emocional, no lograba que ocultase ante mí mismo el hecho comprobado de que esas “soluciones”, aunque raras, me proporcionaban una calma efectiva. Realmente me “curaban”. Así que el paso siguiente fue admitir ante mí mismo que estaba volviéndome majareta, aunque era un majareta especial: uno que se lo monta de cine para conseguir salir de sus mierdas. Imposible compartirlo, contarlo, pero lo de salir de la mierda, en la esfera de mi estricta intimidad, era una verdad como un templo.

Casi nunca tenemos las palabras que definen, certeramente, lo que sentimos. Y sin embargo, aunque ciegamente, seguimos sintiendo ¿no? Pues eso mismo es lo que hice, continuar adelante con mis soluciones raras, aunque no tuviese forma de explicármelas, ni valor para compartirlas. Y ocurrió que, aunque más remolonas, las palabras fueron alcanzando a los sentimientos, y se fueron formando frases cortas que parecían anticipar explicaciones complejas.

No doy más vueltas: ansioso por aprender, impulsado a la urgencia de definirme y comprender lo que hacía, encontré reflejos fieles de mis soluciones raras en el mundo del Zen.

Y llegado a este punto en que uno que viene de la mierda encuentra confirmaciones, legitimaciones de sus soluciones en un mundo externo a sí mismo, llegado al lugar en que puedo llamar, como los practicantes del Zen, “iluminaciones” a esas rarezas que, aunque sin sentido ni explicación, me han servido para encontrar nuevas cualidades en la realidad que yo mismo era, y en la que me circundaba, llegado a este punto en que uno como yo se siente apoyado por maestros de papel y de carne y hueso, llega también el momento de cuidarse del envanecimiento. Y es que no es cuestión de convertir una mirada serena en un himno a la soberbia, que, pase lo que pase en mi vida, sean como sean mis debates, pobremente humano sí que soy, y no habría manera de eludirlo. No es sin esfuerzo como me liberaría de la tentación del sentirme maestro, sólo porque las hormonas acaban llegando a unos límites de sobrevivencia, y sueltan chispazos de líquidos inteligentes, y confundirlos con lo que he leído acerca de los maestros Zen, el satori, la iluminación que todos buscan. No, yo debo conformarme con saberme en enfoques parecidos, en herramientas similares. Y sentirme contento, al menos, porque he visto que viniendo de parajes en los que simplemente no tenía ganas de vivir, a fuerza de indagar, en vela, he sabido encontrar mis recursos para acabar dándole una oportunidad al tonto transcurrir del tiempo. Y confiar. Y disfrutar, colmado, de lo poco que uno puede juntar, a veces, en el presente que se escapa.

De todas maneras, uno como yo, admirando a los maestros y maestras que me han acompañado, intentando dar pasos efectivos, como los suyos, para sobrevolar o esquivar la mugre de las pasiones, de las necesidades y dependencias, uno como yo, digo, después de tanto átomo que deviene en universo y viceversa, después de tanta lectura de los maestros, después de tanto sutra parriba y pabajo, uno como yo no ha de dejar de reconocer que uno mismo no está hecho de una pasta que garantice la elusión del dolor y sus derivados.

Y uno como yo, que se sentía habituado a esa disciplina seca del vivir en lo parco para no andar como loco persiguiendo vanos chispazos, uno como yo, que vivía instalado en la paciencia, en el camino de la serenidad, en la manera sabia del monje guerrero, en la manera audaz del príncipe mendigo, no deja de sospechar por qué todos lo grandes maestros, al confirmar su iluminación, su satori, decidían añadirse nombres denigrantes, rábano lacio, pepino torcido. Uno como yo, insisto, tan pobremente dotado en musculatura esencial, no deja de sospechar por qué esos maestros, sus burdos aprendices como yo, tienen que retirarse once años a vivir en una choza de montaña.

Uno como yo, fraguado en mierda endurecida, acaba desterrando, tristemente, toda posibilidad de maestría sabiendo que todo está perdido cuando una mujer como tú se pone a mirarte de frente. Y uno no deja de resbalar hacia la mezquindad, pensando que tanto zazen en el tatami helado, tanto Namu Amida Butsu, tanta privación, tanto té verde metido en el cuerpo, no son más que torpes maneras de entretener la verdad, y posponer todo lo que se pueda la posibilidad de que una mujer como tú se relaje los elastiquillos delante de uno como yo, y que todo, de pronto, con el ímpetu arrollador de una verdadera iluminación, esté perdido para siempre, porque el pobre maestro zen, como el burdo aprendiz, saben de improviso que, a pesar del camino recorrido en pos de la serenidad, en lo más íntimo de su ser, dormita un macho alfa que puede despertar embravecido y sin miedo a perderlo todo. Y tener la percepción clara de que Bodhidharma también era un hombre, y que en realidad, viajó hacia oriente porque tenía metido tu olor en semejante parte, y al principio creía seguir el rastro de su serenidad, pero tardó más de la cuenta en saberse equivocado, y subió del mar a la colina, de la montaña al llano, y se sorprendió soñando con encontrarte en buena disposición, y que le permitieses ponerte trocitos de amor concreto en todos los agujeros del cuerpo.

¡Ay, qué mísero presente prolonga el hombre en el mundo! ¡Ay, qué pobre alma agujereada revela mi vivir transparente! Saber que aparece una mujer como tú y se va a la mierda mi satori.

Tanto Zen, tanto percibirme ciudadano etéreo del Amor Universal, para acabarme sabiendo emperrado en todo lo tuyo, en particular.

Tanto perseguir la iluminación, para acabar cada noche, a oscuras, mirando tu foto. Soñando milagros que me abrirán las puertas de tu alma y me pondrán al lado de los besos de tu carne, qué vergüenza.

Coín, 20_1_2014



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ACEPTA

Amo
todo lo que venga de ti.


Fuengirola, 20_1_2014


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TU RASTRO EN LA BRUMA

Algunas veces
sólo pienso en encontrar
el rayito de luz
que sé que tengo contigo.


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NO TE APRESURES

Los cobardes tienen alas.

Aunque necesitan audacia para saberlo,
compromiso, necesidad
para usarlas.

Consciencia para saber hacia dónde.



Coín, 16_1_2014


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CURIOSIDAD

Cuando le quite toda la paja a lo que sueño contigo,
quiero encontrarte a ti.


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NUEVA CONFIANZA

El Amor
muerde con la boca cerrada.

Va elegantemente en chándal
hacia el desnudo.


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18 de enero de 2014

NUECES


La revolución empezó en el momento justo en que, delante de la gente, enmedio de la fiesta, me dijiste:

-Algún día te voy a encontrar.

Aunque, con el pasar de los días, se confirmaría que ese comentario era más inocente y despreocupado de lo que interpreté en el primer momento, a pesar de que supe mantener milagrosamente el tipo y responderte con naturalidad:

-Soy un tío fácil de encontrar,

a pesar de no haber roto aquella corriente armónica de afabilidad y despreocupación, lo cierto, digo, es que al escuchar lo que me dijiste, el cuerpo, no sólo el corazón, me entró en una especie de protocolo de descomposición y recoloque generalizados. Recuerdo, por ponerte un ejemplo rápido, que mientras conseguía articular en voz alta, delante de la gente, mientras la música atronaba, aquello de:

-Soy un tío fácil de encontrar,

recuerdo que las rodillas me flojeaban levemente, mientras se me erizaba un poco la piel del cuello, en la zona de las cervicales. A pesar de ello, yo, que soy el campeón de mis emociones, Cinturón Negro Georgie Dan a la hora de administrar lo que debo o no debo mostrar, a quién, o a quien no quién, en mitad de una fiesta cualquiera, recuerdo, digo, que la expresión me salió convincentemente sosegada, incluso suficiente, diría. Mas no puedo dejar en el olvido la extraña sensación de que, con tu frase, un insecto leve, acorazado, me recorría la espalda de abajo arriba con zapatitos de hielo. Desde entonces, te pienso constantemente, y una especie de fuego amable, desvergonzado, se ha venido a pasear, sin permiso, por mi mundo. Y me he quedado con esa maravilla o con esa intranquilidad intactas, en los recónditos bolsillos secretos del alma.

Sí, ya sé que el mundo nos pone en bandeja el retorno a la normalidad, es decir, la mezquindad, el pobre y aburrido sentido común, la cobardía, y en un absurdo y facilón Ctrl+z, podemos optar por refugiarnos en la resolución de que todo este embrollo que tú y yo manejamos, cada uno en su lado, no es sino el fruto de un malentendido, alentado por la noche turbia y la descarada impostura del alcohol. Entiendo, además, que en tu situación, lo más recomendable y oportuno estratégicamente hablando, sea correr a refugiarte en el tonto y eterno argumentaje de yo te dije A y tú entendiste B. Yo no tengo fuerzas para censurártelo, dadas las circunstancias. Las tuyas, mayormente. Pero ya puestos a reconocerme desbocado, no le concedí medio segundo a la posibilidad de que el tuyo fuese un comentario tibio y sin pretensión ninguna, tan preciosa como, de repente, te estaba viendo.

En aquel momento, empecé a no sentirme tranquilo en ningún sitio. Te dejaba bailando con la gente y me quitaba a conciencia de tu vista, me iba a hacer chorradas propias de una fiesta a esas horas, y así, de paso, iba disimulando ante mí mismo el movimiento envarado y la respiración acelerada, para acabar volviendo, poco después, a bailar y beber cerca tuyo, a ver si de soslayo me venía de ti una señal que inspirara lo que fuese que yo debía hacer o decir.

Todo fue a peor, claro. Mi termostato mental tiene una marcada facilidad para elevar por sí mismo, sin mi cuidado ni opinión, la temperatura de las cosas que uno debería sentir en cero grados, quiero decir, sin frío ni calor. Pero ya estoy acostumbrado a que de vez en cuando la hormona se me ponga tontuela, y por descuido o aburrimiento o puras ganas de que en mi vida pase algo nuevo, la hormona, digo, pegue un resbalón hacia el fondo de las calles que recorre cada día, y despierte mal o bien parada en un paisaje completamente desconocido. Y claro, en estos avatares, lo primero que va arruinándose es mi pretendida inteligencia emocional. Pero me la suda, literalmente. Tener ciertas cosas bajo control sólo me ha servido para estar la mayor parte de mi vida durmiendo solo. Y la soledad es un perro de dos cabezas, esto ya lo tengo escrito en otra parte. De puta madre cuando tienes entre manos un texto esplendoroso que quieres leer o escribir de corrido, pero no veas qué larga puede llegar a ser una noche cuando se te impone la sencilla certeza de que a la parte del pellejo que te mira hacia dentro, no le puedes quitar el frío sin ayuda. Y todo lo que hagas para taparte esto, no son más que pobres parches deshilachados. Salvavidas de plomo.

Lo que vengo a decir a estas alturas del texto, es que aquí está el párrafo en que no me recuerdo temblando ni ansioso cuando nos pusimos a bailar despacito, y nos rozábamos y todo era sencillo, como a mí me gusta, y como que nos descuidábamos y con un codo venía un toquecito en el costado, y la cadera que hace un giro extraño y como que lo convexo de uno encontraba lo cóncavo de otro, así, sencillito, como sin tener que quedar, y tú que alzabas así un poco la manita y la mantenías en vilo como tocándote los rizos, pedazo de imprudente, que no me conoces prácticamente de nada, ni llegas a sospechar lo mortalmente aburrida que es mi puta vida, y que más que nada por eso estoy más leído de lo que quisiera, y todas TODAS esas cosas que me haces como al descuido, pues ya son más que suficientes para que yo me sienta acariciado, porque, sabe corazón, que todas TODAS esas cosas están en los libros de lenguaje del cuerpo, y bueno, llegados a este punto, uno se reconoce esencialmente débil y acaba perdiendo los referentes judeocristianos de entereza y contención. Yo ya estaba bailando sin enterarme de la música, y viendo que estábamos hablando más bien poco, yo sólo acertaba a decirme:

-Yo quiero saber cómo huele esta niña.

Así que, sin llevar sueltas del todo las riendas de la educación, me acerqué un tanto a tu mejilla y, aspirando al lado de tu oreja izquierda supe que ahí, AHÍ estaba mi inspiración:

-Tú ya me has encontrado.

Y yo creo que en ese momento, nuestras caricias empezaron a perder los dientes de leche, como más tarde, en un texto anterior, se demostraría. Se te puso una sonrisa que ya nunca te abandonó, hija mía de mi alma. Es que te pusiste tan pava, TE PUSISTE TAN PAVA, que es que se me hace la boca agua incluso ahora, que escribo esto en el cuarto de mi hermana.

Y no, no es cuestión de seguir por aquí, y solapar nuestros capítulos y acabar convirtiendo nuestro encuentro sencillo en un potaje emocional. Me niego. Empecé este texto hablando de la revolución que en mí has provocado. Y no tengo ciencia ni derecho para poner en la boca de tu corazón los mismos fuegos que a mí me elevan y consumen, pues más que vistos tengo los empeños que pones en decir que nuestra sintonía te duele, que nuestro contacto te avergüenza, mientras obvías tu sonrisa de oreja a oreja, y menosprecias la sencilla disposición de tu cuerpo a mis abrazos. Y yo no hago más que pensar en darte un baño de leche templada, con canela y anís estrellado, mientras puerilmente me repites que la culpa la tuvo el ron, que la culpa la tuvo el whisky o el boogie. Aquí me quedo yo callado, mordiéndome los labios por dentro de la sonrisa, para no soltarte que el interés NUNCA es de uno solo, que inter-essere es, por definición, un espacio común a dos seres distintos. Y quién soy yo para gestionar tu espacio. Soy no más que ése al que, sencillamente, en el primer párrafo de nuestra historia, le dijiste:

-Algún día te voy a encontrar,

¿lo recuerdas? Yo no estoy perfectamente seguro de a qué te referías. He buscado la palabra encontrar en el diccionario, y tiene acepciones distintas, que a veces se matizan y a veces se contradicen. No busco la tuya, pues no es mi tarea analizar lo que sólo a ti te corresponde. Confío en que encontrarás, si es que te interesa, la acepción que marca eso que, según dices, pasará algún día. Yo por mi parte, no dejo de entender, en silencio, que aunque no podemos decir que la espontaneidad sea alevosía, tampoco podemos decir que sea casualidad.

Haciendo cuentas de eso, yo me quedo como tonto, sabiendo solo que esa revolución de que hablaba al principio, no es más que el valor que acabamos encontrando para poner en orden o en cuestión los cimientos, las estructuras y los adornos esenciales de nuestra vida, el valor para discernir entre prudencia e indolencia, el valor para saber en un tiempo razonable si estamos meditando pausadamente nuestras decisiones o eludiendo compromisos con nosotros mismos.

Comprenderás, cuando todo esto serene, que no puedo decir con la boca pequeña mi parte más valiente. Y entiendo que puede que ciertas palabras importantes, oídas de mi boca, para tí no sean más que ruidos que nos separan. En otros tiempos, con esto que nos ha pasado, con los tempranos vislumbres que te sentí desde el primer momento, yo hubiera dejado escapar imprudentemente todas las inspiraciones que en un segundo de profunda lucidez y valentía imbrican tiempos distantes y lentas decisiones de la vida. En otro tiempo, temerariamente, hubiera dicho que le den por culo al vivir arrepentido, y hubiera dejado escapar mi torrente emocional, que arrasaría contigo y conmigo, consiguiendo apenas, de entrada, que nos cagáramos, tú en el tanga, yo en los gayumbos, empezando a construir, o a arruinar, con celeridad y despropósito, algo que debería hacerse en armonía, fluidez y calma. Supongo que he aprendido a administrar los cuajos de la sangre, a no ser tan macho alfa ni tan arrogante con las proyecciones y certezas que veo dibujadas en las emociones que me despiertas.

Los dibujos buenos en la vida, son los que sólo piensan en sí mismos. No tienen ansiedad por el tiempo, pues disfrutan plenamente su momento. No disciernen entre acierto o equivocación, pues saben íntimamente que poner alientos en las expectativas, en los resultados, es una forma imbécil de malgastar el presente, que es lo único que tenemos.

Con todo esto, como hombre libre, ahora vivo pensando en ti, pero no quiero vivir pendiente. Tengo que ser íntegro, comprensivo y grande, y saber, serenamente, que tú ya sabes que estoy cuidándote, aquí, que soy un tío fácil de encontrar, como te dije. Así que, en un disciplinado silencio activo, me como todas esas palabras que a ti y a mí nos separarían. Me como todos los ruidos, a ver si el día que me encuentres, no hay más que nueces.



Coín, 18_1_2014


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16 de enero de 2014

DESMESURA

Si no lo derrochas
no es Amor.



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DESESPERO

Se me ha gastado
la indeterminación.


Coín, 16_1_2014


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LA RESPUESTA, LA PREGUNTA

A la pregunta de si el Amor se resuelve en la Unión o en la Unidad, yo le respondo que lo único importante es el Amor.

En realidad el Amor es lo único que importa. En ésta y en todas las demás preguntas.

Es la única respuesta.


Coín, 16_1_2014


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15 de enero de 2014

PARECE

que,
por lo visto
todavía no tienes las palabras para entender
cómo me miras,
cómo me sonríes.

Y ni mi espera vigilante
ni mi desespero impaciente
te las enseñaría.

De ello estoy convencido.

Por eso me retiro.

Aunque sepa
desde un primer instante balbuciente
que nos vamos a querer.


Coín, 15_1_2014


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LA ESTRATEGIA SENCILLA

Con este silencio que nos hemos montado,
me siento en una posición inmejorable
para olvidarte,
para que te entregues de una vez.


Coín, 15_1_2014


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RESISTENCIAS

De entrada,
estoy poniendo todo mi universo a tu alrededor,
sin ruido.

Todos los recordatorios posibles,
para que un día que quieras buscarme sepas,
como te dije,
que ya me has encontrado.

Que sepas de improviso
que todo el tiempo ha habido
un aroma,
un sabor mío en ti.


Coín, 15_1_2014


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11 de enero de 2014

ÉL

No dejo de pensar que, visto desde cierta óptica, me estabas esperando. Que algo hermoso a lo que yo podía asomarme, tenías escondido en lo profundo.

Soy el último interesado en dignificar con falsos ropajes las cosas que me dan la vida. Es por ese intento por observarlas en una medida justa que no te veo desde la alevosía, aunque tampoco desde el puro azar. Ahora se me ocurre que sólo querías preguntar y guardar la ropa, igual tu actitud era el resultado de un descuido, de una laxitud inocente, y realmente no contemplabas la posibilidad de que a mí me superase la belleza de tu callada quietud ahí mismo, a apenas dos pasos del sincero interés o del puro atrevimiento.

La cosa es que te encontré de pie, inmóvil, en aquel lugar tan poco adecuado a la conspiración romántica, te pregunté algo que no recuerdo, y por respuesta sólo obtuve una sonrisa callada. Así que ahora no sé de qué parte de ti o de mí mismo viene ese sentirte tan bonita y frágil allá, al lado de la nevera de los helados, sonriendo sin plan y temblando sin frío. De tan rápido, a veces todo pasa casi instantáneo, y para mí no fue empezar a pensar un quizás cuando ya me vi catapultado hacia el deseo, abierto a lo que fuésemos imaginando. No sé a ciencia cierta de dónde vino esa urgencia, la necesidad de que yo diese un paso de más y tú uno de menos para que te alcanzase en aquella baldosa fría y me pusiese, con devoción, a recogerte uno a uno los besos que se te estaban derramando de la boca, que me estabas poniendo el suelo perdido de amor inesperado, niña.

¡Ay, qué alegría!
¡Ay, qué desgracia!

El amor llamando a tu puerta cuando ya ha entrado hasta la cocina,
y tú diciendo con esas botas,
con esos modos,
con esos harapos.

¡Aguanta, corazón, no me tiembles entre paredes de gotelé y azulejo sevillano!
Olvida los quereres de fritanga y abandona los palacios de aglomerado.

Entrégate.
Entrégate ahora mismo,
pobomm, pobomm,
ábreme la compuertas de la sangre y vámonos,
vámonos por ahí lejos a dibujarnos abrazos.

La vida iba básicamente así, linda, placentera, mientras conversábamos a mano. Y aunque el amor no se siente extraño en ningún acuerdo, aunque no se detiene ante las minucias del decorado, todos sabemos que es una planta muy suya, que viene cargada de frutos para probarnos. Y estábamos así, sin trabas ni preguntas, con las manos en caricia, con los pies dulcemente encajados, cuando noto que con los aires lindos que te salen del cuerpo, viene el nombre de él.

Sí, él. ÉL, cómo podría llamarlo, el corazón que no siente, ese dolor necesario. Todo iba tan bonito, tan tenso e inspirado, que no supe ver sino la impertinencia del que, aunque viva mínimamente en ti, entraba en nuestro momento sin haber sido invitado. Y qué quieres que te diga, tan bien que me sentía con el sentido común relajado, no esperes de mí hospitalidad, pues sólo tú tienes por costumbre su visita, en el recuerdo o en el acto, y aunque haga ingentes esfuerzos, créeme, por mantenerme en la senda de las formas, bajo la luz que me impone esta situación, yo no puedo dejar de pensar:

-¿Qué pinta éste en el centro de nuestros besos, metiendo la nariz en nuestro abrazo?

Supongo que, razonablemente, debería calmarme y atender las razones del sabio. Ése que, dando vueltas y vueltas, mirando al infinito cielo estrellado, nos trajo la certeza de que el Hombre es un universo en chiquitito, y el Universo es sólo el Hombre disgregado. Supongo que sólo tengo que calmarme y pensar que ÉL es una parte de mí que a ti ya ha llegado. Supongo que debería disfrutar, pues, de lo que ya tengo sembrado en ti, y no sufrir por los hilos sueltos que te dejo, no sentir que los desperdicié, ni ambicionar lo que el otro te está recolectando.

El caso es que de repente, como traicionando la dulce inercia del beso, veo que te me separas un tanto para decirme:

-Dime que esto no ha pasado.

Y yo iba a responderte, aunque viese con claridad que no era el momento de ponernos a evaluar los placeres ni los daños. Pues tanto dime y dime, y antes de que consiguiera abrir la boca en tu defensa, ya estabas otra vez aferrada a mi camisa para subirte a mis labios.Y digo yo: así no hay quién piense con claridad, pues dime tú, amor, qué te digo que no sea que eso que encontramos y de pronto te horroriza, eso todavía está pasando.

Y enmedio de un beso que no acaba, qué quieres que te diga. Yo no vine a resolver tus dudas, ni a parchear con caricias lo que sea que echas de menos en tus caldos. A mí qué me dices, no le pongas culpas ni cadenas a mi gusto por explorarte, niña. Te encuentro y me quedo a vivir en ti, y mientras pueda, sostendré la mirada a tus dudas, irresponsabilidades, azares, impedimentos o atascos. De ti no me echa ni un juez, que fuera graniza mierda, tontura y asco. Si mis ansias o aceleros te vienen grandes, respira, date tiempo, toma agua, espacio, y confía en mi. Yo te veo tesoros a los que por rutina o descuido les estaba haciendo falta un abrillantado.

Sé que ÉL planea sobre todo esto como un cielo plomizo de Mayo. En cualquier momento podría descargar en furia, pagarla con tus flores y dejarme alimentando charcos. Sé que no es inteligente mi actitud, pero observa mujer, que no hay azafatas de amor en el pasillo del supermercado, dándote a probar pinchitos, hasta que encuentres, ufano y goloso, el que va a rellenar la copa del deseo y acaba colmando tu agrado. No, no las hay.

Si para mi desgracia ocurre que su recuerdo o tus culpas son más fuertes en ti que un amor de mi talla, ofrecido en esplendor a tu lado, yo no voy a dejar de preguntarme para qué, niña, para qué me preguntaste quién eres ¿Para escapar a esconderte mientras te estoy contestando?

Deja de pensar como si te juzgara. Deja de decir lo que tú misma te quieres oir. Dame un beso y demos un volantazo a la rectitud de tu ciclo kármico. Ven, amor, aunque vengas con ÉL. Bórrate el pintalabios de timidez y desnuda tu arrebato. Ven, que no juzgo tus dudas y comprendo tus parapetos, mas, vigila la dignidad de tus defensas mientras me dices vete, pues fíjate que mientras, me sigues mirando con ganas, manteniendo encendidos tus abrazos.

En realidad, no tienes que echarme cuenta, pero no ignores lo que te digan de mí las yemas de tus dedos ni lo que te he dejado escrito en la dulce mucosa de tus labios. Con esa atención tuya, puesta en la lógica del arrebato, yo no dejo de pensar que entonces sí, entonces tendrías la bondad o la suerte de construir conmigo un refugio de amor improvisado. Te prometo que haré lo posible por mantener la premura y la ansiedad propia de los amores en sus inicios, en los que nadie se atreve a abandonar el lecho. A lo sumo, acompasar el resuello, levantarte a hacer un pipi, comer un aguacate, y volver rapidito a compartir la horizontal, no vaya a ser que se enfríe ese incendio que nos consume y alimenta, ese que tú y yo solitos hemos iniciado.



Coín, 27_12_2013


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10 de enero de 2014

MEDIO APARADOR

Me has dejado un poco así.

Acabo de borrar tu número de mi agenda, por segunda vez.

Es que tienes un móvil que pilla medio aparador, niña.


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DIEZ DEL UNO.

Las andaluzas te miran como si acabaran de bajar de un caballo, 
después de haber trotado toda la marisma.

Parece que vienen de urdir y consumar una venganza.

A mí no me hace falta ni verte, corazón.

Como cuando Chicote entra por primera vez 
en el almacén de un restaurante,
ponerme medio rato a tu lado
me ha zarandeado todas esas emociones que tengo
enquistadas,
adormecidas,
en suspenso.

No pidas más mi número por ahí,
y quédate en tu vida real.

A pesar de que sospecho que
no somos de tallas parecidas,
no he cerrado los ojos cuando
se me empiezan a ocurrir nombres de perro grande.

Y miedo me da. 



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8 de enero de 2014

CUIDA A TU MUCHACHO

Finalmente me llamaste, con la voz y el ansia disfrazadas, creo.

Redactaste todo con el aire conveniente del que mide, temeroso, sus culpas. Y me preguntabas:

-¿Qué hice?

Y seguí tu juego, respondiéndote con dulces paseos y vaguedades de dudoso contorno.

Todo por tu calma, pensé. Todo a juego con un arrepentimiento etéreo, voluble, persistente, que se te asomaba a la boca, al otro lado de la línea.

Tierno pájaro ensayando graznidos.

Pensé, mientras te oía, en tus labios mirándome, dando vueltas por el parque solitario, pensé en tus manos atrayéndome hacia ti con prisa, con brusquedad. Y me vino a la mente la palabra “deseo”, y de pronto la noche, a este lado del móvil, se me puso dolorosamente fría.

Y aquí estoy, repartiendo mandobles a mis vacíos más descarnados, asimilando que te apresuras a guardar mis partes buenas en el trastero. Donde nadie, posiblemente tampoco tú misma, las vea. Aquí estoy, acunándome con las tontas especulaciones que deduzco de tus mordiscos. Y el corazón, otra vez cuesta arriba, con el respirar acelerado, pensando en esas vueltas y vueltas que dimos, pensando que todo aquello era algo más que un lindo acuerdo momentáneo. Y el aliento se me desacompasa, pues aunque no me conviene, no dejo de pensar que todo era más lejos, más profundo, más tenaz, diáfano y sencillo de lo que estás dispuesta a articular delante mío.

En plena noche, vuelvo a contemplar mi tesoro, abandonado allá, en la profundidad de las calles vacías.

Finalmente, supongo que debo estar agradecido a alguna constelación de azares o alevosías, el que me hayas buscado y encontrado en esta excursión que haces, un pasito más allá de tu vida normal.

Pienso en ti y descubro en mí cierta rabia por mi resistencia, por mi autonomía, por mi ser de hierro, habituado a incorporar mieles como las tuyas a mi despensa anecdótica. Estoy cansado de resistir las frialdades naturales de la vida conveniente. Harto de la puta tramoya edulcorada con que disfrazo las cosas que realmente necesito.

Pienso en ti, en lo que de ti saben mis tripas, en que no me equivoco, en que todo acabará aposentándose en tontas explicaciones, y me viene la imagen de que lo justo es una yegua ardiente que se interna loca, en carrera desenfrenada, en un espeso bosque interminable.

Pienso en ti, a secas, en soledad nuevamente, y a la mierda las metáforas.

La verdad es que, vista aquella situación desde esta frialdad, no tengo por qué creer en tu pretendida rectitud, pues a lo largo de todo el día conservé tus sabores y olores, que no me mienten.

De antiguos dolores, saqué la enseñanza de que no son amores los que se mantienen en suspenso. Aprendí a dar valiente el paso, pues nada deseable encontraría tu valor en mi cobardía, aunque curiosamente, también supe que ni con toda mi valentía podré doblegar ni a tu pavor ni a tu indiferencia.

Así que ya ves lo que me queda.

Pienso en ti, en vela, y no hago más que imaginar el día indeterminado, borroso, en que vuelven a mí, a casa, todos esos abrazos y besos gozosos que encontraste. Y de la mano de nuestro ínfimo contacto, no hago más que imaginar que vuelve exactamente lo mismo, lo que sentiste y callaste, lo que tengo que aprender a leer en lo que hiciste, emborronado de premura y culpa, lo que te respondí con las manos y la boca, igual igual. Y aunque el deseo estalle en nubes espesas, ardientes, ocultando tras burdos ruidos las frescas briznas del Innombrable, no puedo dejar de saber que, en el caso de que yo vislumbrase un pequeño pañuelo, ondeando en la ventana más alta de tu torre, yo acudiría otra vez, valiente, con lo que tuviera en el momento, y te lo pondría todo delante, encima, por dentro y a los lados. Y saber entonces que lo mío te abrigará la piel de dentro y la de fuera, alejando la posibilidad del frio.

Eso sí, pensando en ti constantemente, para la próxima vez que nos busquemos o tropecemos, no estaría de más cambiar quicios y escalones por campos de pluma y lino blanco.


No tengo deseo más ferviente, por ahora.


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NIÑA DE ANÍS

Todo el amor.

En un solo momento
que se desvanece.


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HIGIENE EMOCIONAL

A veces
la mala hierba tiene
mejores frutos
que lo que habías sembrado.


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6 de enero de 2014

1 de enero de 2014

ANOCHE

bebí y sentí,
supongo que en exceso.

Lo dejo por escrito
y no tengo más que admitir
que sólo la buena poesía
podría acabar dignificando
este puto dolor de cabeza.


Cerro Alaminos, Coín. 1_1_2014


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LIMPIEMOS LOS QUEMADORES

En la sonrisa con que me miraste anoche, inmediatamente antes de ponerte a besar a otro, no pude dejar de ver cierta intensidad. 

Sin hablar dejaste que te felicitara por el año nuevo. Ni ahora ni entonces acerté a poner el apellido adecuado a esa intensidad fugaz con que, sonriendo, me sostuviste la mirada en silencio. ¿Era superficial? ¿Era la parte visible de un dulce recuerdo que compartíamos discretamente? ¿Acaso la de algún tipo de disfrute morboso? ¿La de un deseo que entre tú y yo late en silencio? ¿O era una sonrisa para continuar sin más, para evitar exponerte ante mí, ante la gente, ante tu muchacho, o ante ti misma? ¿Hay algún temor escondido en tu sonrisa? ¿Alguna expectación? ¿Desconcierto?

Me acosté dándole vueltas a tu sonrisa radiante y fugaz de anoche mismo, y sigo sin aclarar cuál es su verdadero carácter, el alma que la inspira. Es más, hoy me he despertado demasiado pronto para ser primeros de año y sigo acumulando opciones, apellidos que añadir a tu sonrisa para enfocar en alguna dirección su ambigüedad.

La verdad es que lo más inteligente por mi parte sería parar YA de acumular opciones que no se pueden confirmar ni desmentir en una mente febril que lucha con denuedo por salir airosa de una tremenda resaca. Parar y dejar que todo se serene, que las cosas se vayan aposentando en el lugar que les corresponda, aunque me temo que esa habilidad para saltar del tren ante el choque inminente no la tengo precisamente desarrollada en mi naturaleza.

Si sigo así, atendiendo a todas las opciones que se me ocurren, contemplándolas como posibilidades, me parece que la próxima vez que nos encontremos, no voy a saber saludarte más que con mi sonrisa cargada de todas esas opciones, quiero decir, una sonrisa tan intensa, ambigua y callada como la que me dirigiste anoche, inmediatamente antes de ponerte a besar a otro. Vete tú a saber de dónde vendrá mi sonrisa la próxima vez que nos encontremos. Qué expresaré, queriendo o sin querer. Qué apellido acabarás poniéndole entonces. Miedo me da lo certera o errónea que será la ventana desde la que me verás y valorarás, explorando la intensidad de mi sonrisa radiante, ambigua, y quién sabe si fugaz.


Cerro Alaminos, Coín, 1_1_2014



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