30 de mayo de 2012

DOS EXTREMOS.

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Hay dos extremos que tú me despiertas.

Uno me incita a la revolución. A destruir todo,
para empezar a reconstruir.

Otro me enseña a aceptar todo.
Me lleva a la serenidad.


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27 de mayo de 2012

GANAS

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De alguna manera ya sabes que no tengo nada. De alguna manera ya hemos comentado lo que me ha costado conseguir eso, no tener nada. Corrijo. Siempre tienes algo. Es verdad que das un beso en un hombro, en la cara, y no por ello tienes ese hombro o esa cara. Lo único que tienes son las ganas de dar esos besos. Ni siquiera los besos, que una vez que los das, los has soltado. Y una vez sueltos, son como soltar un perrillo chico en la calle: se van con cualquiera. Los besos son lindos y libres, y ese es el valor que tienen. Habrás puesto el alma, pero los das y te descargas de todo.

A veces a uno se le mete en el sentido algo que cree necesario y vital, y el alma aúlla, como un lobo que recorre desnudo los pueblos de la montaña. Y no hay fríos ni calores, sendas espinosas ni abismos que te asusten. Vas del ansia contenida al deseo voraz, te pones las más limpias voluntades, aireas la gallardía y consigues ¿un beso en un hombro? ¿en la cara? Siempre te quedas con las ganas.

Yo siempre me decía que era especialista en echar las cosas en saco roto. Experto en falsas alarmas. Y lo tenía delante de mí y no le daba su valor. Cuando te quedas con las ganas, te quedas con la certidumbre de que todo es mejorable. Tener las ganas es pedir a la vida. Es ser exigente con ella y honrar el tiempo que te han dado. Las ganas empujaron a tus dientes de leche, con constancia, para que acabes dando el mejor bocado.

Estoy pensando que quedándome con las ganas, que nunca las pierdo, ya me quedo con algo bonito y útil en mi vida. Como mínimo, me mantienen atento a la dirección del aire, a los olores, las señales y los rastros de todo lo que quiero. De lo que le pido a la vida. Mis ganas son algo bueno.

Y estoy pensando que quiero seguir con mis ganas, pero las quiero para ti. Mis ganas podrían ayudar a tus ganas, tengo puesta toda mi fe en ello. Y esa fe me da nuevas ganas. Y todo se me hace dichoso con estas ganas que se suben a los hombros de mis ganas primeras, y les da un vientecito fresco en la cara y ven mucho más lejos. Mis ganas te ventean en la noche. Y por eso me pregunto si no sería posible que tú pusieras tus ganas en mi, como yo las tengo, silencioso, puestas en ti. Me pregunto si no sería posible que tú y yo tuviéramos unas ganas compartidas, en las que cada uno pone sus mejores ganas, las más bonitas, las más buenas, para construir juntos, a medias, las mejores ganas que podamos darles al mundo.


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21 de mayo de 2012

EL BUEN VIAJE + FAREWELL

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Para Gretchen, que vuelve a casa.

Cuando vuelves a casa después de un largo viaje, si el viaje ha sido pleno, no regresas siendo la misma persona.

En el camino has aprendido a disfrutar y compartir todo lo que conseguiste, los retos y superaciones que se les exigieron a tu corazón, los resuellos forzosos, las negociaciones con lo extraño, que ensancharon tu espíritu, los ríos profundos que vadeaste o tuviste que atravesar, y todas las cumbres que estuviste escalando en soledad, pero que tenían el paisaje más hermoso. Para ti y para los que te escucharan.

En el camino de un largo viaje aprendes a ver quién eres lejos del lugar donde naciste. Aprendes a entender que nada de lo que encuentras es heredado, que tienes que manejarte en protocolos desconocidos para que, de forma natural, acaben solicitando tu compañía. El largo viaje te enseña a ver en una nueva dimensión a los que cuidaron tus dientes de leche, e incorpora a tu vida diaria aquellas cosas que tú creías tan lejanas, pero que ahora te sirven de soporte para valorar en justa medida todo lo nuevo. Viendo lo que de aquello hay en ti, descubres cuánto de lo nuevo hay en tus primeros pasos. Todo es un bucle maravilloso, una matemática sencilla y natural que, en su momento justo, se desenreda ante tus ojos.

En el camino de un largo viaje, desde el primer paso, no haces más que aprender a ver que todo no puede acompañarte. Cargas dolor en tu mochila, pero aprendes a construir palacios imponentes sobre caricias fugaces y miradas pasajeras. Aprendes a despedirte y quedar en paz con todo lo que ha de perderse.

Al regresar de un largo viaje, descubres que no estás volviendo, sino que estás empezando. Los tuyos, los que te esperaban, también han hecho un largo viaje, a pesar de que los encuentras en el mismo sitio. Tu hogar es nuevo y está proyectado al futuro.

Los que siempre te han querido, reciben el mejor regalo, porque te ven regresar bien alimentado. Se cubre por fin el hueco que dejaste, y hay que hacer habitaciones nuevas, porque vuelves con todo el amor de los que conociste mientras estabas lejos de casa.

Coín, 19 de Mayo 2012
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FAREWELL

(English version by Carolina del Saz-Orozco Huang)



For Gretchen, who is returning home.

When you go back home after a long trip, if the journey has been a plentiful one, you don’t return being the same person.

On the way, you have learned to enjoy and share what you have achieved; the challenges and the overcoming that were demanded from your heart; the strained gasps; the negotiations with the unknown that broadened your spirit; the deep rivers that you waded through or that you had to cross; and all the mountain tops that you climbed in solitude, but which had the most beautiful views. For you and for those who listened to you.

On the way of a long journey, you learn to see whom you are far away from where you were born. You learn to understand that nothing you find is inherited; that you have to observe unknown protocols so that your company will be requested in a natural manner. The long journey teaches you to see those who nursed your baby teeth in a new light, and adds to your everyday life those things that you thought were far away, but that now are an anchor to value everything that is new accordingly. When you see the former in you, you discover how much of the new things are in your first steps. Everything is a wonderful loop, simple and natural mathematics that, in the right moment, unfold before your eyes.

On the way of a long journey, from the first step you take, you keep on learning that not everything can go with you. You painfully carry your backpack, but you learn how to build impressive palaces on fleeting caresses and passing looks. You learn how to say goodbye and how to be at peace with all that will be lost.

When you come back from a long voyage, you discover that you are not returning. In fact, you are starting. Your loved ones, those who were waiting for you, have also taken a long trip, even though you find them in the same place. Your home is new and projected to the future.

Those who have always loved you are the ones who receive the best gift, because they see you returning well fed. The void you left is finally filled, and new rooms have to be built, because you come back bringing all the love of those you met while you were away from home.


Coín, May 19, 2012



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19 de mayo de 2012

ELECCIÓN

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Ayer tarde, ante la despedida inminente, preferí aceptar mi cobardía natural a encontrar valor para fingir normalidad o alegría.


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15 de mayo de 2012

Cada vez que tú parpadeas,

el mundo se sume en un profundo sueño. Por suerte, el miedo a que todo se haya acabado, desaparece a cada instante en que tú abres los ojos para seguir mirando. La vida que te encuentras es el estallido luminoso de un amanecer que sonríe, mientras las tinieblas se retiran.

Avanza pues, sin temor, y no lo mires todo desde tus recuerdos. Escucha a tu corazón, pues sabe que el Amor encuentra su lugar atravesando la estepa helada y el olor de las cenizas, con el simple esfuerzo de sentirse despertando al mundo que se renueva cada vez que parpadeas.

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LAS CERTEZAS EMERGENTES.

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En realidad no importa si el domingo es de campos anegados y el miércoles las aguas se retiran. No importa si el sábado fue de volcanes que rugen y se desbordan.

Mi lunes, mi martes, mantienen el acento revolucionado del viernes.

Por cosas que no imaginaba el jueves.


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CIERTO CANDOR ILUMINADO

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Cuando el sol esté allí,
nosotros
ya no estaremos aquí.


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1 de mayo de 2012

LO QUE SÓLO LAS MELODÍAS ENTIENDEN.


Sí, ya sé que la estupidez puede ser rotunda y consistente, ruidosa como una explosión de la verdad. Sé que también puede constituir el centro de toda una vida, la mía, por ejemplo. Puede ser el eje alrededor del cual puede girar todo, la estupidez. El criterio, el principio rector, la pauta y el referente, la luz de mis pasos. Sé, de alguna manera en la que no me he de extender, que uno puede llenar la vida de buenos propósitos, nobleza en los gestos y honestidad expectante en su relación con las cosas, en las reacciones que ofrezca el mundo a tu acción, a tu intención y a tu presencia misma. Y puedes intentar ser el mejor que puedas ser cuando echas el primer pie a la calle al empezar el día, puedes ser eso, y al mismo tiempo, estar engordando hasta la saciedad a esa estupidez que preña la vida, esa misma estupidez que te pone de los nervios y te deja desarmado y sin consuelo posible, porque no encuentras enfoque que pueda paliarla o disimularla, fuerza que oponer a su acción y efecto incontenible. Sí, puedes estar dando vida a esa misma estupidez que todo lo gobierna y que hace que tengas las esperanzas justas con respecto al futuro lejano y oscuras sospechas del porvenir inmediato: Esa estupidez que suena a verdad, puede estar ahora mismo viéndose alentada por tus mejores, aunque ciegos o inocentes o descuidados buenos propósitos. Terrible.

No hay dónde uno pueda esconderse cuando descubre que, a pesar de la honestidad en la intención, uno puede descubrirse trabajando a la contra de sus alientos, tapando sus propios colores.

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Dios dijo a los poetas que construyeran un arca en la que tendrían que guardar todas las cosas que amaban en la vida. También les dijo que vagaran, con los ojos bien abiertos, por el mundo anegado y procuraran encallar –al bajar las aguas- en una tierra húmeda y fértil alejada del mundo que refundaría Noé con su mujer y todas las demás parejas de animales. Pero ellos lo dejaron todo para el último momento, y con las primeras lluvias todavía no se habían organizado entre ellos. No les dio tiempo a recoger todas las cosas que amaban en la vida, y muchas de esas cosas quién sabe si perecieron entre las aguas o consiguieron llegar sanas y salvas a una tierra lejana que nadie ubica.

Como tampoco habían construido el arca que les dijo Dios, tuvieron que colarse de polizones, empapados, con sus escasas pertenencias, en el Arca de Noé. La convivencia en el Arca fue un desastre desde que los descubrieron, y aún así, cuando por fin tomaron tierra, les persiguió de por vida el terror de Noé de pensar que una de las hijas de las hijas de las hijas de las hijas de sus hijas pueda acabar juntándose con el hijo del hijo del hijo del hijo del hijo de uno de esos poetas del diablo, que huelen raro y se reproducen como conejos. Imagino que Dios estará algo mosca con los poetas. No sé.


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¿Qué plan tiene ¨Trópico de Cáncer¨, por ejemplo? Me ahogo en mis propios devaneos. Pierdo, sin razón aparente, la fe en los saltos del gorrión. Mi absurda inseguridad. Si se puede pensar sin un objetivo fijo, si se puede pasear sin un ritmo prefijado ni un destino claro, ¿por qué no se va a poder escribir así, por el puro placer de ver moverse el bolígrafo mientras avanza por el párrafo? ¡Joder! ¿Qué espero para ponerme a escribir sin más?


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A veces hacemos las cosas siguiendo un impulso, dejándonos fluir por un pálpito, por un instinto turbio. La razón está en penumbras, o se esconde, o se aburre. Puede revelarse por el camino, en la propia acción de recorrerlo. Y puede revelarse como un fin glorioso o como un ánimo sencillo que sólo quería servir de interruptor de tu caminar. Y a veces las razones son ingenuas, hasta tontas y decepcionantes. Y la verdad es que nunca acabo de aprender lo corta que viene a ser la lógica en mi vida. Me siento extraño en el camino recto. Sospecho de los propósitos bien definidos, de las áreas bien delineadas. Las medidas exactas. Los sentimientos bien acotados, las relaciones clasificadas y los afectos minuciosamente conceptuados. Todo viene demasiado corto o superficial, o exasperantemente largo o ridículamente profundo hasta hacerme perder el hilo de las cosas, mi relación con el qué, el por qué y el para qué. La verdad es que a veces todo viene cabalgando una solemnidad que huele raro. La verdad es que a veces lo racional hace la vida menos lógica. Más inhumana en términos humanos. Menos animal en términos animales y menos animal en términos humanos. La verdad es que la mayor parte de las veces, tanta racionalidad nos arruina la vida, nos jode la perspectiva que nosotros mismos nos construimos como animales racionales. La verdad es que a ese pobre animal racional que (opinamos que) somos, lo único que le salva del desastre total, del sinsentido, de la nada más cruda, es el resto del recuerdo que le queda de su prerracionalidad. Y la última verdad de este párrafo, es que a veces en nuestra vida sólo encontramos sorpresas en las grietas y resquicios de nuestra ilusión de control. A veces sólo hay emoción en nuestros desastres.


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Algunas veces me porto como un hombre: tengo ante mis narices cosas que me gustan y cosas que no me gustan; peleo por las primeras y peleo contra las segundas.

Algunas veces me porto como un imbécil inservible: peleo contra las cosas que me gustan porque me huelo que son mentira y me van a decepcionar, peleo por las cosas que no me gustan porque tengo la esperanza de estar equivocado con ellas, por si tienen el puntito que esperaba encontrar en todo lo que de entrada me gustaba y probé y resultó insípido.


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Sí. Era ella. Llevo algunos días llamándola mentalmente. Suena básicamente ridículo e inmaduro, quizá porque también es, a grandes rasgos, el mismo juego al que tontamente me confiaba cuando tenía quince años o así: la llamo mentalmente, me imagino conversaciones con ella, acerco mis itinerarios a los que considero suyos, me visto a conciencia, alegro la cara a conciencia y me pulo una sonrisa a conciencia. Como preparado para encontrármela de improviso a la vuelta de la esquina. Me lavo los dientes a fondo. Me froto a conciencia incluso lo que no se va a ver y lo que probablemente tampoco se va a oler. Y lo que en mis tiempos de aprendizaje pseuductor era acercarme a su colegio, pasar por su calle o por los rincones escondidos en los que yo sabía que fumaba con sus amigos, ahora se convierte en pasar por la calle en la que sé que trabaja. Uno se imagina que ella, como si no tuviera otra cosa que hacer en su horario laboral, va a estar asomada a la ventana de su almacén, precisamente en el momento en que uno pasa. Y como es gratis y uno hace su propio guión, ella me va a reconocer desde la cuarta o la quinta planta, caminando entre furgonas aparcadas y contenedores de reforma, y no me va a reconocer y ya está, sino que va a ver algún signo de belleza que me distingue entre el resto del paisaje, va a apreciar algún don que no tengo computado, y por eso, al verme le va a brotar una cancioncilla silbada en el corazón, mientras me ve caminando hacia el taller, sorteando bicis caras pintadas a brocha, y va a suspirar por algo irresistible que va a encontrar en mi andar gracioso y descuidado, que se juega el tobillo sobre el adoquinado vacilante, oculto bajo la hojarasca de los plátanos de indias de Pujades.

A ella la vocecita le sale suave. Casi no le quiere salir del cuerpo. Me emociona. Al menos, mientras está de buenas, que es lo poco que le conozco... Porque su vocecita enmedio de la frustración, o la decepción, o el desespero... No, no será una cancioncilla que te pones antes de ir a dormir...

El caminar solo mientras uno piensa en ella, la soledad, también antes de empezar a pensar y a caminar, y ambas cosas juntas, la soledad pura, digo, te deja tiempo y te da aliento para imaginar sin límite. Uno puede construir despacio su propio valor y su propia fe. Y una vez en estas, ya ves claro que nadie va a venir a recortarte el guión.

La soledad y la imaginación te hacen libre.

Y como la vida imaginada la hace uno a su medida, pues ya me iba yo poniendo nervioso cuando me iba acercando a la calle donde la conocí, tan fugazmente. Y yo me iba diciendo, vete tú a saber si no me florece alguno de estos frutos de la imaginación, que para anchura, la de la realidad. Y qué hago entonces, me decía. Y el andar y el respirar se lo encuentra uno condicionado, porque vete tú a saber, también, cómo va a reaccionar tu anhelada si de improviso te ve aparecer por una calle de barrio obrero, vete tú a saber si no se conforma con reclamar tus atenciones. Vete tú a saber, además, si no se va a poner, ebria de entusiasmo, a lanzar besitos jugosos, mientras se arroja al vacío loca, transida al menos, de amor y se planta, como en las películas épicas de Zhang Yimou, flotando delante mío en la acera, con la ropa vaporosa flotándole alrededor, a cámara lenta, como una sílfide, o una ondina, descuidando mágicamente sus encajitos y enseñándome las carnes que no le conozco. Y todo esto va a ser mirándome profundamente a los ojos, y sé que ambos, de mutuo acuerdo, vamos a posponer nuestra jornada laboral. Vete tú a saber...

El juego es tonto, y ella en realidad nunca se asoma, y uno tiene que tener fe o paciencia o un inquebrantable espíritu lúdico-constructivo para seguir adelante con una magia débil e infundada, que no da pistas. Y esto, de entrada, no facilita las cosas. Pero uno sigue adelante con esas cosas, por aburrimiento, o porque no se lo cuenta a nadie, o porque total, qué daño haces imaginando. Y la cosa es que uno se deja guiar por una espinita que tiene clavada en el sentido, y se empecina en perseguir un aroma indescriptible, o un rayito de sol que se cuela por un agujero del cielo encapotado de otoño, uno continúa con esas tonterías, y en el sitio que uno menos se lo espera, plaf, florecen los tesoros que marcan y embellecen los días normales.

Sin ninguna razón, como gobernado por un control remoto, aquel mediodía me remoloneé en la tienda de cómics al salir de Lesseps. No tenía para comprar y no tenía ganas de sufrir, pero aún así entré. El mismo control remoto me envió, posteriormente, a haraganear a la tienda de videojuegos que llevan unos niñatos repelentes que siempre me dejan claro que la gráfica de mi ordenador está obsoleta. Después, el mando me desvía a Travessera, sin una razón de por medio, y con la misma arbitrariedad, me para a los pocos metros, para que vuelva sobre mis pasos y continúe bajando por Gran de Gràcia. Y todo esto para qué, pregunta uno enmedio de la normalidad, mientras la magia acaba de tejerse...

Todo esto porque sí, porque ella venía a cruzarse conmigo en Sant Domènec. Cargada de vidrio, camino del contenedor, supuse.

1. ¿Vive en mi barrio?
2. ¿Trabaja en un bar-restaurante de mi zona?
3. ¿Ayuda en una mudanza o una limpieza de una casa de mi vecindario?

Me crucé con ella con el corazón en un puño e incapacitado para saludar y resolver siquiera la duda primera. Su cara seguía adelante. Sin duda, ese era su precioso perfil, con su mirada indiferente, a mi entender, absorta en un punto lejano del final de la calle, haciendo esquina con sus propios pensamientos... Sí, el recogido del pelo mientras caminaba, también, también seguía adelante, y me dejaba atrás, y yo, en mi absurdo momento atenazado, no tenía otra que irme despidiendo de ella, tan ajena, tan fragante, tan solícita y enfocada vete tú a saber en qué, y pasaba, y a cada paso se me hacía cada vez más lejana, cada vez más pequeñita, como centrándose en un plano general de despedida, y yo callaba, y le miraba la figura, o más bien ciertas partes de la figura que le iban bailando deliciosamente bajo el pantaloncillo holgado... Que sí, que sí, que era ELLA, que acude a mi llamada, para poner su puntito de miel a mi mañana que languidece. Era ella, el encuentro está fundiendo a negro, y no me ha reconocido, ¡ay!

Igual que cuando tenía quince años o así, oye.

Supongo que en su mundo propio, en aquel momento, sólo había espacio para aquella simple trama de transición de Sant Domènec a Gran de Gràcia. Supongo que no había ánimo, o peor aún, las cartas ya estaban echadas. Aceptarlo, supongo. Lo cierto es que no tuve el valor o la seguridad para proponer un giro, para poner mi texto e incidir en su paseo de mediodía. Salí de su plano sin que me enfocara un segundo. Ni con el pensamiento, como si me hubiera pasado a través. Dos películas distintas en la misma localización. ¡Ay! Y sin embargo, el guión de la mía, avanzaba a su lado, se alimentaba con lo poquito que podía encontrar y estaba engordando como una vaca: la vida me manda tesoros. Fugaces shots imprevistos. Intensas fases de arrebatadora poesía puntual. Yo sé que algo maravilloso e invisible está latiendo por debajo de las tramas inconexas. Se están escribiendo nuevas escenas. Que no caben en mi mente ni en la suya. Yo sé que, inconscientes, cobardes, despectivos, ociosos y despreocupados, estamos poniendo nuestra parte propia de sabor en este caldo que nos contiene. Estamos unidos y distantes en la vastedad de las calles y plazas. En los trabajos, en los sufrimientos, en nuestras vanas alegrías y placeres atesorados con rabia, con consciencia y desesperación. En la pelea de sabores amargos y dulces en la boca. Estamos rumiando una partitura común en la distancia. Estamos perdidos en nuestras particularidades, como el segundo violín y el timbal de una gran orquesta en la que el director se retrasa. Porque él, el director, también está mortalmente ocupado en su trama, a la que juzga primordial, única, imprescindible, sin saber que en su mano está el dar sentido a toda una sinfonía, el desarrollar hacia un buen fin los sonidos particulares, el proyectarlos hacia una armonía global que le revelará el sentido de sí mismo, que le colocará en el mundo y abrirá los ojos del instrumento más remoto. El director de nuestras alegrías y quejidos, de nuestros ratos ociosos, de nuestras lagunas de desesperanza y ceguera, el que domaría tanta euforia inútil, tanta frustración estéril, está absorto e inmóvil, concentrado en su individualidad, sin saber qué hacer con su batuta. A poco que abriera los ojos fuera de su ombligo, revelaría un sentido global que abriría todos los ojos en la construcción del universo. Sería el cocinero de este potaje general.

Pero se retrasa. Y ella sigue, irremisiblemente hacia el contenedor, templando sola su instrumento, ajena a mi melodía. Manejando una luz que le vi y me ahoga. Se me ensaña la voz que le recuerdo, mientras pasa de largo, tan rápida, tan fría y ausente. Su cara, es como de puente sobre un riachuelo...

Y venía despreocupada, como una naranjita verde que me he encontrado rodando calle abajo. Y por dentro voy como silbando mi canción: todo va a ir bien, todo va a ir bien. Una música que no se sostiene, pero que es la única luz que me recibe enmedio de la noche oscura. El corazón se aburre en las estaciones del dolor. Pero ella está cerca y está lejos, como colocadita en el escaparate de una confitería. Pego la nariz al cristal, y me relamo. Ah, esa graciosa manera que tiene...

Aquel día me miró fugazmente, y con una especie de sabiduría juguetona, como de polilla descalza, parecía saber que estaba despertando algo bueno y escondido en mí. Algo grandioso, vital e insustituible estaba ayudando a mantener vivo en mí. Porque cuando ella viene descalza y se asoma a mi mundo, aunque no esté pensando en quedarse, aunque venga absorbida por sus cosas, aunque no logremos ni una mala tangencia, sólo con su presencia callada, sólo con leves retoques y susurros hace que mis monstruos retrocedan. Porque ella, sin furia, sin ruido ni intención, con tan sólo su lírica sencilla y despreocupada, hace que mis monstruos quieran irse, por su propio pie, sin violencia, entre miedosos y avergonzados.

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Poemas, canciones contra los monstruos.

Los días pasan lentos para las cosas que se hacen esperar. Los días se estiran como una agonía de goma eterna. Ella ya tuvo su tiempo de improntar, con su paseo fugaz, sus hierros en mi recuerdo. Las dulzuras que le intuía o le proyectaba. Sus bellezas evidentes. Su previsible capacidad para el placer. Sillitas en el porche en una interminable y aburrida tarde de verano. Ella en mi recuerdo obstinado. Y todo lo demás en exasperante quietud.

Cuando el espíritu de los días está columpiándose en algún extremo, en un desquiciado y sofocante invierno interior, o en una llanura gélida e incomprensible que sólo devuelve el eco empobrecido, humillado, de tus propios pasos en soledad, cuando sólo se tiene esa desazón, esa especie de resuello mal avenido, uno pone demasiadas esperanzas en la cara de los domingos de la gente, que es, al fin y al cabo, la cara que ponemos delante de los desconocidos. Malo, si hemos puesto toda nuestra apuesta en lo posible. Malo si todo consiste en esperar. Malos negocios llevan a turbios presagios que se ciernen sobre los corazones confiados que se lanzan al futuro cercano a lomos de la poesía. Desolación y desengaño llenarán los graneros del que se entrega a los perfumes que intuyen en semillas que no han de prosperar, pues nada crece cuando sólo se le riega con pálpitos, cuando sólo se le abona con promesas.

A veces uno quisiera que el peso de los días, sus fibras, sus músculos y tendones, los alimentos que los yerguen y los hacen avanzar, los aires que respiran y engrosan sus alientos, las brisas que renuevan la sangre, sus consecuencias y proyecciones, todas esas cosas que mantienen de pie la máquina tangible de lo que somos, a veces a uno le gustaría que estuvieran hechas del mismo material que los poemas y las canciones. Y sí, ya se puede poner a protestar enérgicamente tanto y tanto majareta elevado y distinguido, elegido por el hado por sus pasmosas habilidades para entrar en estado alfa. Cuando todo explote, yo voy a ser el último en negar los mundos que hay en los cuadros, poemas y canciones. El último. Son mundos paralelos al que te recibe cuando abres un ojo por la mañana, maldita madre, con lo bien que me iba y lo bonito que estaba todo mientras soñaba. Son mundos preciosos e imprescindibles en esta mezquina vida de mierda. Y un vientecito frío me acaricia la cara serena. Lo he dicho, y no he de avergonzarme por reconocer, a dos o tres manzanas de la madurez, que he dedicado mis mejores perreras obstinadas, mis más magníficos valores, enconos, energías y abalorios espirituales a la construcción y mantenimiento de evanescentes y formidables mundos paralelos al mundo de la gente.

Con maravillosos soles artificiales puedes seguir adelante sólo en mundos artificiales. Paralelos.

Todo adquiere una rara belleza cuando estás henchido por un arrebato poético o hinchado por un acceso calenturiento. Las mujeres, pongamos los dos pies asentados en el frío mármol de la realidad tangible, no son canciones. Tampoco son canciones ni el AMOR, ni sus derivados, sus imitaciones o sucedáneos. Todo es mucho más que los remedos de la poesía, por suerte. Por buena y por mala suerte. Para lo bueno, la realidad es más buena de lo que podemos anhelar, tiene mucho más que todo de lo que le pidamos, la realidad. Pero también tiene holgura en mezquindad. Lo que livianamente pretendemos glosar en cuadros, poemas y canciones, en realidad, tiene una grandeza y una hondura que no podemos soportar. Generalmente. Por eso hay artistas, poetas y cantores, para dar al mundo medidas ilusorias de la realidad, de su acceso y de su control. Son juegos para la holganza. Son refugios para la infinitud y armaduras contra el desespero.

Pobre de mí, puedo poner mis más altas aspiraciones, mis más profundos anhelos en seguir de cerca los perfumes de sus carnes, en ir dibujando de cerca los itinerarios posibles, por ir acercándome al contacto cálido de su secreto, de sus promesas. Y puedo construirlo todo en soledad, con un mínimo estímulo del recuerdo primero, con apenas la primera huella de su presencia en mi mundo, cuando mi mundo era virgen y andaba desorientado añorándola sin saber dónde estaba ni quién era ella. Y también puedo construirlo todo, reforzar los pilares, asentar los cimientos y revestir las paredes con mis mejores colores mientras ella, en una mañana de otoño incipiente, como descuidada, se pone alegremente a pasear su vida por la mía. Estoy perdido. En los descuidos están los mejores universos. En esos descuidos de su belleza inconsciente. En su maravilla no compuesta. Los universos imaginados. A medida del amante, a medida del poeta. A medida del soñador. Universos ideales y con una estructura concisa, tan queridos por la mente volátil y el caprichoso corazón errabundo.

Puedo, pobre de mí, construir y cerrar toda una epopeya alrededor de su gracioso deambular inconsciente por la praderas de mi alma. Todos los retos poéticos son posibles: ensanchan la frente y el horizonte del poeta y del amante, renuevan sus fuerzas, suplementan sus capacidades y frenetizan hasta el éxtasis sus humores, sus líquidos. Puedo hacerlo, pobre de mí, e insertar como perlas en un himno sus sonrisas que se transforman en dentelladas, sus adhesiones que evolucionan a desprecios, sus perfumes, que acaban siendo pestes. Puedo amontonar buenos propósitos, afinar el oído sólo para la canción amable, amoldar la fibra sólo para la construcción, pero la vida real pondrá nuevas preguntas a mis más atinadas respuestas. La vida real vendrá más gorda, más fuerte, más alegre, agria y desempachada. Si tu sueño, mientras alguien como ella viene por la calle, adquiere solidez y talla suficiente como para construir tu mundo paralelo, pleno de poesía, guarda de todas formas un espacio para la amargura o la alegría del porvenir. Con todo cuidadosamente improvisado en tu mundo idealizado, te encontrarás, tarde o temprano con que, aunque también provienen de tu imaginario, tus monstruos acaban siendo más persistentes, pacientes, tenaces, profundos y efectivos que la más atinada y sólida de tus soluciones poéticas.

En la vida real, cuando encuentras respuestas, descubres que las preguntas han cambiado.


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Es ahora, cuando la pienso paseando como princesa borrosa en el recuerdo, desdibujada en lo improbable, ahora, cuando recupero, refugiado en distancias, mi desazón natural, mi especie de nerviosa indiferencia ante el dibujo de los avatares. Es ahora, digo, cuando acepto con naturalidad el solaparse de esas dos perspectivas ante mis narices. Y lo veo todo a la vez, conviviendo en armonía simultánea, en una misma mirada, en un mismo olfato. Ninguna de las dos me viene priorizada sobre la otra, ni más enfocada, ni más ni menos transparente. Todo ubicado en un mismo tiempo y lugar, en un mismo sentir o percibir o como se le quiera llamar. Ni se excluyen ni se complementan. Ni se miran de frente ni se dan la espalda. Ni una es la verdad ni la otra es su reflejo en el espejo. No hay delante ni detrás, ni arriba ni abajo. No son dos opciones a elegir, creo, son dos verdades en su plenitud y validez. No están compitiendo por mis atenciones ni por mis preferencias. No lo necesitan y tampoco entenderían esa competencia, ni la prisa, ni la elección, ni los celos. Son dos. Y tienen cabida.

Todo está en mi naturaleza y todo está tranquilo y en equilibrio. Todo suena en mi canción, que se va componiendo y va sonando en dos mundos simultáneos. Creo que casi nadie lo entiende, pero perdería tensión compositiva si parara a explicar algo que está creciendo ante nuestros ojos, en directo, y que en su propio crecimiento se está explicando a sí mismo, o no. Tengo que estar sereno ante las cosas que mi mente o mi corazón no saben desvelar en un primer momento. ¿Quién soy yo, de todas formas, para pretender entenderlo todo? A veces las cosas nos vienen como una amalgama de largos trozos de cuerda embrollados en un cajón. Es sólo nuestra ansiedad, nuestra prisa por desenredar del resto al menos uno de esos trozos, la que hará que se aprieten nudos que en realidad no estaban hechos. Es nuestro afán por encontrar, con torpe precipitación, una de las posibles utilidades, la que convierte un abanico de posibilidades en un todo infernal, inútil e ingobernable.

Con su cuerpecito sonriente, trae su canción sencilla, esa que yo veo capaz de acabar, uno a uno, con mis monstruos. Sin esfuerzo, pienso. Sin hacer prisioneros, creo. Toda una limpieza. Y la vida en esa parte de la estantería es una delicia. Un amor. Una construcción sólida y sin peso, sí señor. Yo supongo que mi felicidad, y miedo me da la palabra, no puede hacerse ni tener sentido si me quedo sólo en esta opción etérea de entre todo lo que siento o percibo o como se le quiera llamar. Ella viene, pero yo sé que es mucho más que su canción, mucho más que mi poema. Entregarse a una ensoñación es vivir imprudentemente, es malgastar el tiempo y el espacio que ocupas en torpes, patéticas, arbitrarias e infantiles priorizaciones. Es anudar en un todo indescifrable la simultaneidad de las posibilidades. Entregarse a la impaciencia.

El perseguir los placeres, el establecer como único principio rector de la vida la consecución de satisfacciones –también en el amor- nos lleva a un reblandecimiento del espíritu. Sé que todos tenemos derecho a ser felices, a vivir lo mejor posible. A amar y sentirnos amados, y aunque profundizar en qué es una y qué es otra cosa daría para un texto simultáneo, ocurre que nos cegamos en la obtención de lo que consideramos nuestros derechos. Perdemos la perspectiva, inmersos como estamos en esa búsqueda, y acabamos entregados a soluciones más facilonas que profundas. Amar y sentirse amado es mucho más exigente con nosotros de lo que estamos, la mayor parte del tiempo, dispuestos a admitir. Piden un compromiso, y una profundidad de planteamiento que muchas veces estamos obviando, y medimos lo que es amar y ser amado como un torpe balance entre satisfacciones y precios –físicos, emocionales- que hemos de pagar. Un desastre. Amar y ser amado, a veces, no es más que el disfraz que le ponemos a las conquistas de nuestro orgullo. Y lo confundimos todo, y todo lo estropeamos cuando medimos la validez de nuestros afectos y sentimientos, sin plantearnos su calidad, y sintiéndonos ya satisfechos mientras veamos cumplida una cierta cuota personal de placeres recibidos. Una alegría epidérmica y basada en un hedonismo egoísta y ciego: acabamos perdiéndonos en la búsqueda de la satisfacción casi instantánea. La alegría se vuelve plana y perezosa cuando se habitúa a la vida holgada. Sus articulaciones se anquilosan cuando vive permanentemente en un paisaje sin cimas, depresiones ni charcos que sortear. De la mano de los placeres nuestra felicidad va cabalgando un caballo epiléptico: avanza, sí, pero su marcha es imprevisible, no sabe adónde va ni cómo acabará.

No quiero dogmas ni himnos baratos, no quiero puercas banderas ni palacios que nos alberguen bajo su manto. La mano que protege es la misma que exige, bajo otros perfumes y disfraces. Yo necesito creer en algo más que en una mirada dulce, cálida y espesa como un tazón de miel y limón al calor del fuego. No creo en los tatuajes de la fascinación, que se vuelven manchas imborrables, pues ya amé y probé a vivir en dulce compañía para verme más solo que cuando he de calentar solo toda la cama en invierno. No quiero calores postizos mientras mi alma está ahogada de multitud y friamente desamparada a un tiempo. No quiero amor barato, basado en poesía resultona, en oraciones de catecismo viejo que acabarán alejándome de la vela de mi fe y me harán resbalar de mí mismo. Sé que todo es contradicción y suena incomprensible. Lo sé, y admito la vergüenza de desnudarme, impúdicamente, y mostrar lo que no sé expresar y lo que no podré solucionar. La crueldad. El desencuentro eterno. La resolución del vacío. La risa embriagada de mi ineptitud. Sé que puedo hacer mucho más que sentirlo. Hay mundos completos más allá del pedir perdón a todo bicho viviente que se dé por aludido mientras echo sal a mi herida, sólo porque ha encontrado hueco entre su tiempo de pagar facturas y las energías que dedica a mantener lo que entiende por amor. O compañía. O construcción. O simplemente vivir. Claro que puedo hacer más que elevarme por cuatro coincidencias, por cuatro anécdotas alrededor de una cara preciosa, con su culito inspirador y sus tetitas oscilando amorosamente hacia mí. Ya lo hago: doy sazón a la música, a la poesía, y me quedo, tan sereno como vaya sabiendo, en el cemento.

Desde pequeño lo pienso, y nunca, NUNCA he entendido cuánta melodía inconclusa manejaban todas ellas, cuánto verso germinal y puro se traían entre manos, y siempre acabé viendo cómo acababa todo resolviéndose en el lado de tanto becerro que, cagándose en toda esa lírica, se dedicaba a hacer el imbécil, el machito, el compañero seguro de sí mismo o el cazador-recolector mucho mejor que yo. Supongo que ellas querían todo eso que yo no les sabía dar... El puto teatro barato con que se construyen las cosas de la vida.

No soy de la talla de este mundo. Pero soy algo más que un faro en la niebla. Tengo más de niebla que de luz, pero la bombilla la tengo a tope, si es que eso sirve de algo. Soy mucho más que un asidero, un aliento momentáneo, una silla confortable o una mano oportuna. No quiero esa competición. Me quedo en el paso de antes, por mi inmadurez, por mi obstinación, por mi cobardía o por mis luces. Estoy ocupado. Y no hay miedo. Cuando se manifiesta el AMOR, todo el universo se pone a sus órdenes. Todo se deja dirigir por su sabia y sencilla divinidad.

El amor es el interruptor de tus mejores cosas.

Mientras ella pasa de largo, y aunque mis planes siguen adelante, veo cómo se me borran los itinerarios hacia la cáscara del placer. Que tampoco estaría mal, creo. Por débil, por imbécil, por aprendiz sin plan, me queda un regusto de frustración, pero sigo adelante con mi debilidad, con mi imbecilidad que tiene algo indefinido por aprender. No enfrentaré una vida de ilusión, no perseguiré una estúpida vanidad, no me entregaré al gusto de encontrarle un desconchón y meter el dedito y cerrar los ojos y hacer crac-crac, o ras-ras una y otra vez en compulsiva fruición hasta que no quede nada que desconchar. Hasta que no quede nada de ella o nada de mi. Hasta que todo reviente o todo acabe deslizándose hacia algo más fácil o más atinado o más pertinente o más práctico o más chulo o más elegante, pero que por supuesto tampoco entenderemos ni sabremos manejar. Me niego, y me hago un airoso salto carpado hacia otro amor no consumado. Mientras otra verdad más contundente no consiga apartarme de estos penosos planes, la veré pasar de largo y seguiré adelante mirando al vacío, aunque se me mantengan presentes sus hermosos desconchones.

A duras penas avanzo, y casi no me siento de este siglo, entregando mis enconos y obsesiones a alguna melodía indescrita que celebra algo alrededor de lo eterno, de lo puro. No me siento de este siglo, pero tampoco me siento de espaldas al mundo si pongo mi empeño en aplicar estos valores, esas melodías, al campo semántico del amar y el sentirse amado.

Y a pesar de toda la confusión que haya proferido mi voz, que por encima de ésta resuene una voz última: mi canción no es un himno de renuncia.

Oídlo, atesoradlo en vuestro corazón, muchachas del mundo.

Sigo dando porculo con mi cancioncita, porque tolero mejor una fase de frustración inicial, basada en esa fe que construyo día a día, desde mi interior hacia fuera, que el directo claudicar de los que tararean una canción aprendida que no les alimenta. Tengo que alejarme de la playa de los conformistas, aunque acabe varado en la playa de los perdedores. Mantengo mi rumbo hacia la inopia, hacia la posibilidad no decepcionada, aceptando los embates y las zozobras propias de la poesía. El amor surge de esa lírica. Su verdad y mi solidez se alimentan de esas tempestades. Sigo, pues, con mi canción anacrónica, sigo adelante con mi batalla perdida por la eternidad y la pureza. Saliendo fuera de los momentáneos relámpagos de mi fe, sólo podría aspirar a tararear, con el resto, un mal FUNK, que con encomiable empeño y sin convicción por mi parte, acabaría alargando pobremente los ardores de la bravata inicial. En apenas diez instantes de euforia acabaría adaptando sus compases a la sórdida realidad de que nadie puede prolongar eternamente una acometida de la sección de vientos. Nadie. En ese amor que ya tenemos instituido, las cúspides tienen la pasión justa para unos breves paseos por la meseta. Nos enseñan que el éxtasis es un raro momento condenado. Nos enseñan a corear un amor que acabará bajando a descansar y agotarse al llano.

Ése amor interrumpe mis mejores cosas, aunque no sé dónde están.


...

Algunas cotas que tienen que ver con nuestra felicidad sólo son posibles en las canciones. Al menos sólo adquieren consistencia estable en las canciones. Ciertas cosas que nos alimentan el alma son sólo fugaces matices. Lugares de paso. Aunque intensos, no son más que evanescencias que hay que atesorar y aprovechar al vuelo. No podemos construirnos parapetos decentes con el aroma de la flor del cerezo, ni con el vuelo entrecortado de un pajarillo. En el mundo real esas cosas, aunque en plena y rotunda validez, acaban teniendo un peso relativo, una importancia prescindible. Y aún así, alguien tiene que encargarse de alimentar esos aromas invisibles...

Todo incauto que haya probado a basar su vida en materiales así, poéticos e inaprensibles, espirituosos, improbados, independientes a la lógica, desasistidos por el sentido común, ajenos al beneplácito o a la aceptación por parte de la opinión general, todos los temerarios que, queriendo o sin querer, sabiendo o sin saber, acabaron apartándose de las formas, del camino sensato, todos ellos van viviendo sin resolver, y siempre aceptando mejor o peor la tensión que genera la coexistencia de su mundo paralelo (que tiene sus lógicas, formas y fines propios), con las lógicas, formas y fines del mundo real. La vida no está hecha para entregarla a la construcción de la sensibilidad, para el alimento de lo inútil que ellos consideran imprescindible. La vida no está hecha para los que se entregan a la consciencia de que hay que renovar, mantener y cimentar el sustrato espiritual de todo lo visible. Todo insensato que acaba asumiendo esa fractura va derechito hacia una normalidad enajenada, desquiciada. Acaba aceptando hasta los límites de lo posible que es un polizón en la vida normal.

Como uno de los nietos de los nietos de los nietos de los nietos de los nietos de los que bajaron del Arca que soy, ya no recuerdo cuál era la cara de asombro, de alegría o de estupefacción del abuelo del abuelo del abuelo del abuelo de mi abuelo cuando, como todos, empezó a deambular para buscar su propio lugar en este mundo encharcado. No sé de quién vengo a descender, y no quiero preguntar demasiado, no vaya a ser que se me desate una furia ciega o se me encone la vena del placer. Sólo sé que no soy de la talla de este mundo. Pienso en la vida, y se me ocurre que el agradecimiento y la mala leche los tengo en un equilibrio delicado. Aunque, básicamente, me siento solo la mayor parte del tiempo, me resisto a renunciar al otro tipo de amor, el que revisa y zarandea las cosas hasta que se le cae la piel muerta. El amor que todo lo renueva y nunca tiene miedo. Ese amor que hace de interruptor de mis mejores cosas. Es el amor por el amor. Es el amor por mi canción, que nunca acaba. Y no quiero marcar distancias con los inconformistas ni con los alelados. No desdeño la posibilidad de ser al menos el meñique de una mano de millones de dedos que modelan ese amor. Ni ellos ni yo sabemos dónde tenemos la cara, pero sí la borrosa convicción de que hay que hacer crecer un sol interior, un sol que no se ve, pero que igualmente da una luz necesaria para vivir.

Sabemos que ese sol tiene que seguir adelante, porque hace crecer flores hermosas que llenarán campos invisibles con su profundo aroma inaprendido.

A los que estamos en esto, por nuestros caprichos nos conoceréis, y por una especie de iluminación enajenada y algunas reacciones eléctricas. Dejadnos un espacio, un respiro. Vivimos acosados por los requerimientos de dos mundos solapados: el mundo que todo el mundo ve, que premia con nuevas exigencias, y el prado que cada uno de nosotros está dejándose crecer en el corazón, mientras caminamos por la calle. Os pareceremos unos atontados que viven embobados en no se sabe qué. Y tendréis algo de razón: al tiempo que seguimos inmersos en las prisas de todo el mundo, estamos paseando con las manos en los bolsillos por nuestro propio campo interior, y silbamos mentalmente la canción que cada uno se va inventando, la que a cada cual, buenamente, le hace crecer jacintos en el alma. Cantamos para nuestros adentros, acompañando a una voz que nos dice:

-Haz lo que sólo las melodías entienden.


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