14 de diciembre de 2011

13 de noviembre de 2011

ESTRUCTURAS

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ESTILAZO


De pronto, un día como hoy, caigo en la cuenta de que soy mayor que la mayor parte de los futbolistas en activo. Es la edad madura, creo. Y lo es no sólo porque haya pasado un tiempo y observe que la ley de la gravedad está cada vez más de mi parte, lo es no sólo porque la mamá Natura me ha criado por dentro como un fundamento esplendoroso que ya está casi listo para caer del árbol, y dejar esparcidas y libres, mis semillas por la tierra, no. Es la llamada edad madura no sólo porque por alguna sabia mecánica oculta, mis líquidos empiezan a rezumar, fragantes, a la superficie, y añaden brillo y color a la piel, que por el mismo misterio me hacen adquirir un aire atrayente, jugoso y apetecible para pájaros, mamíferos arborícolas o rastreros, insectos de toda condición, quelónidos oportunistas, reptiles de costumbres omnívoras, carnívoros en horas bajas y, en fin, bestias de variado pelaje que celebran tu descenso a la base de la cadena alimentaria. Se llama edad madura no sólo por esto, sino también porque entiendes, de alguna manera, que ya sea en el complejo estómago de un rumiante, ya sea bajo las elementales pezuñas de un cornúpeta ungulado, tu estado de madurez anuncia que vas estando preparado para corroborar la continuidad de los ciclos naturales, donando tu corporeidad individual al mantenimiento de otra especie, al mismo tiempo que optimizas la aspersión de tus semillas.

La edad madura se llama así porque tienes de pronto el tino o la resignación para entender, sin dar un espectáculo lamentable, que llega el momento en que tienes más edad que el número que calzas. Y con aparente presencia de ánimo asistes a la estabilización del número de tu pie, mientras la edad sigue avanzando sin descanso. Aunque te coman los nervios por dentro, acabas guardando tu poco de talento para no montar el pollo: eso es la madurez.

Yo me he plantado en esta edad y he entendido que no ayudan los estertores innecesarios. Como cuando un explorador cae en arenas movedizas, que mientras más se mueva, peor. Hacer espectáculos con lo de la edad va más hacia lo patético que hacia lo espectacular. El mundo es de los jóvenes. Coleccionan planes, promesas y expectativas. Sus entendederas están pautadas por los ardores de la sangre fresca. No tienen tiempo ni sintonía para comprender los debates de la melancolía. Lo único que les resultaría enjundioso recibir de tu parte, sería, por extraño o por interesante, un cierto empaque, una solidez, e incluso un aire de serenidad ante la ineludible ridiculez del hecho vital: te mueres y la Liga sigue.

Y sin embargo, aunque haya conseguido domar las fiebres de la juventud, aunque haya instalado en mi normalidad la certeza de que el más allá está más acá de lo que me contaban en catequesis, aunque tengo los dos pies plantados en la convivencia civilizada, hago balance de cómo me ha ido en todo este tiempo, y no dejo de pensar que voy a ser un viejo inaguantable. Nadie puede planificar cómo reaccionará ante lo irreversible: las manchas de vino tinto, el amor que va y viene, la calvicie, la vejez y la muerte. Por mucha intención que le pongo, no puedo dejar de ver el peligro de acercarme a la vejez como el que se acerca a la segunda niñez, protestando por la mínima, reclamando todo, señalando fallos y vociferando por las ridículas componendas de la vida, pues, eso sí, uno va aprendiendo, con el reblandecimiento de la pulpa, que nada de lo que uno calla acabaría resultando más vergonzoso que el haberlo callado.

Mi protesta principal sería la de que, después de tanto ruido, después de tanto debate hormonal, en qué ha evolucionado uno, qué es lo que ha cambiado, y me refiero a cambios en la raíz, dejemos aparte los signos de desgaste y las sabidurías del cuajo, que sustituyen a las del ardor de la sangre. Casi nada ha cambiado en esencia. A día de hoy tengo 43 años, y tengo que seguir inventándome la vida. No he aprendido a dejar de añorar con todas mis fuerzas las cosas que me faltan. Tampoco ha mejorado la convivencia con todo lo que me sobra. No acabo de perder la resistencia a morir acunado por la desesperación, el aburrimiento, la decepción, la parálisis, el aislamiento, la mediocridad, la ignorancia, la mezquindad, el adocenamiento, la crueldad, la barbarie, la insensibilidad y la pobreza de espíritu, mayormente. Podría alargar miserablemente mi lista de la disconformidad, pero sería una energía invertida en mala baba, sería seguir desperdiciando mi tiempo, que sé que es precioso. La madurez es aceptar también que el pie se queda en una cierta talla mientras tus años avanzan, y todas esas cosas deleznables siguen adelante, pese a tus esfuerzos por señalarlas, corregirlas, paliarlas, evitarlas, reinterpretarlas, reubicarlas o incluso ignorarlas, todas esas cosas, digo, siguen lozanas y frescas como rosas tempranas. Las mierdas de la vida no envejecen. Hoy tengo 43 años y me percibo, perplejo, como habiendo heredado una casa vieja. He estado toda la vida de reformas, intentando cada día que mi vida sea medianamente habitable, pero mirando siempre de reojo la posibilidad de que un día me alcance el desaliento.

Quizá por eso, esta tarde me ha dado por plantearme las formas. Por si acabo mudándome a la negrura impenetrable.

...

No es bueno el mal karma sin humor. No es bueno ni recomendable. Si llego al extremo de que sólo me salgan crudezas y destemples, entiéndase, que no encuentre tamiz para mi negatividad y acabase corriendo desbocada por mis papeles, estoy pensando que mi naturaleza está más cerca de la desvergüenza sin contemplaciones de Cèline, con su posibilidad para la mordacidad y el distanciamiento irónico, que de la glacial inteligencia fustigadora de Cioran.

Quede por escrito que mi grisura blandengue encuentra cobijo en lo que he leído de ambos. No es que nada me esté pidiendo decidir, que toda decisión va a parar al mismo boquete, pero la tarde, entre indignada, ansiosa, protestona, floja, escéptica e incluso ociosa, me ha llevado a pensar en eso: si tengo que soltar mal karma, que no sea sin humor. Quede también en este escrito, que mi intención de poner risa (la mía o la tuya) en mi negrura, no es por suavizar. No, que todo reviente, que no se arreglaría nada con medio incendio o media catástrofe. Más que nada, lo hago por constatar por escrito el apoyo que encuentro en cierta tradición regeneradora que aún tengo por esclarecer y asentar.

De entrada, ya pienso que este planteamiento es estúpido, pues llegado el momento de caer a la altura de mis cimientos, qué importarían esos detalles en mi forma o en mi redacción. Pero no, todavía no he llegado a eso, y sí, por qué no voy a pensar en esas cosas ahora, en frío, cuando todavía puedo mantener a distancia prudente mi temida actitud de ardamos-todos-en-la-misma-grasa.

Así, y puede que no más por ocupar la tarde en pasatiempo escrito, o por haber intuido no sé dónde las orejas al lobo, hoy me planteo lo dicho, que de llegar a un extremo rabioso, si me veo en ese punto de empezar a soltar chorros de vinagre caliente, sea porque haya llegado a la temperatura de ebullición mi nivel de amargura, sea porque en mi ceguera obtusa no encuentre otra opción que la de desfogar, entiéndase, montar el pollo porque ya no me quede gota de esperanza en la buena marcha de la negociación conmigo mismo, con los demás, o con el propio mundo, si no tengo a mano otra salida que empezar a soltar kilos y kilos de mierda ante el temor de tener que reprimirme y abonarme –por esa represión misma- a una mala leche estable, si ya tengo presentido el dolor –que ya es real cuando se imagina o intuye- de que morderme la lengua me llevará a la úlcera, si es eso lo que, aunque sea desbarrando, tengo que compensar o solucionar, que no sea sin humor.

Eso me lo pido, mientras aún esté a tiempo.

Nuestra oscuridad más impenetrable no está tan lejos como nos parece. Nos acompaña en un cómodo segundo plano hasta que algo le da pie, y entonces, se acabó tu ilusión de protagonismo. Y por eso mi patético intento de aceptar antes de tiempo las llagas antes de la herida.

Aceptar la cercanía de posibilidades que me lleven a un punto de descontrol momentáneo o sin vuelta atrás, y fantasear con que podría sobrellevar la situación, más bien o más mal, escribiendo. Asimilar que no voy a aguantar mucho rato callado o impasible ante parajes de arrogante estupidez o incomprensión descarnada, entender con la mayor frialdad posible que puedo ser la víctima o el causante de injusticias y enfermedades, comprender que puedo esperar de mí, entonces, arranques de desesperación, ofensa y ruido inútil. Y me planteo que, cumplidos esos temores, tengo que encontrar el paso alternativo o compensador del lanzarse de cabeza a la picadora, al tirar los días abrazando explosiones. Y veo que tengo que poner empeño en entender la posibilidad de mi parte cruel, bregar con situaciones violentas, impertinentes, sucias y vergonzosas que, por mi claudicar, mi apoyo tácito o mi iniciativa, incluso, acaben oscureciendo este mundo. Puedo verme finalmente en eso, ¿por qué habría de ocultarme ese temor?

Yo era fuerte y limpio como un río transparente. Tenía en el corazón un cierto signo brillante y certero que me hacía flotar por encima de las distinciones entre bondad, candidez y tontura. Mi energía era como un gas, podía estar amoldada a la forma que la contuviera, pero todo sería momentáneo. Libre. Como un venero que no sabe de fangos ni de aguas oscuras. Mi trabajo escrito, que era inocente, y por tanto fuerte y decidido en su limpia inconsciencia, no sabía nada de hondas e imborrables suciedades. No entendía las impurezas, y quería, en su juventud temprana, ennoblecer con belleza el tiempo que me fuera dado. Quería llenar de manjares exóticos la despensa de mis apellidos. Quería sembrar de luces mi pueblo. Quería construir un palacio imponente en el centro de mi familia, en el suelo y en la idea de mi país. Quería una canción hermosa que cantaríamos con un aliento, una fuente de cordura nutritiva, una huerta de banderitas blancas que limpiarían la atmósfera. Pero mi trabajo escrito creció conmigo. Se ha contaminado con mi estupefacción, y no he sabido mantenerlo alejado de la rigidez descarnada de mis fantasmas, que me echan a un lado de la cama y me quitan la comida de la boca. Ahora sé que contengo tormentas, ahogados y devastadoras inundaciones. También, para mi dolor, soy libre en eso.

Por eso hoy me pregunto si no será lícito desear, a modo de baboso intento crepuscular, que con el vómito que malamente contengo en la boca del corazón, no salgan al menos algunos cuajarones de humor. Esto no se puede prever, pero con la edad, mi escrito y yo mismo, hemos evolucionado de tontos a tontos sin remedio, y ese crecimiento ya nos permite ciertas licencias acerca de lo que podemos desear. Total, repito, flores y vómitos, irán juntos al mismo boquete.

Finalmente puede imponerse la parte más mísera de mi humanidad, la que no puede taparse con orgullos ni enmendarse con lacitos. Si al final va a acabar el caos atrayéndome a sus filas, antes de que el dedo me tiemble demasiado, quiero señalar mi último resquicio digno, y no entregarme alocadamente a lo enfermo, al triunfo de la barbarie. Quiero encontrar, en la medida de lo posible, un aire de resolución en ese paraje de abandono que va a ser mi escepticismo sin retorno. Un brote verde insignificante en medio del monte calcinado.

Humor pues, quiero en mi senda ardiente.

Esa sola intención, con ese hormigueo nihilista que me sube de las uñas de los pies arriba, me está apaciguando el espíritu maltratado. El corazón jadeante, rodeado, atosigado por tanta belleza mema, por tanta construcción banal, por tanto amor fingido, tanta música hueca, casi se me serena ante esta posibilidad: la de que tú estás sola o solo, en tu cuarto, en una biblioteca o en la playa, o en un parque de una ciudad que no he visitado, y en un tiempo que no veré, tú, que estás sola, que estás solo, ante un papel o una pantalla, estás leyendo páginas de mi desespero, de mi claudicación, y te has reído.

No quiero soltar mal karma sin humor.

Si mi vida, finalmente, ha errado y sólo encuentra estampidas de enloquecidos ungulados rabiosos que se precipitan sin remedio hacia un abismo espinoso e insondable, y en sus cerebros primarios ya barruntan el trastazo colectivo y fatal, yo tengo que intentar que la suma de sus berridos desesperados y los pedos que se tiren mientras agitan inútilmente las patas en el aire, compongan para nosotros una música decente de final feliz, de manera que mi escrito, su encuentro con la fatalidad y el sentido que acabe destilando del tiempo que estoy viviendo, al fin, tengan un tufo aceptable.

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9 de noviembre de 2011

MI JORNADA LABORAL

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Por la mañana, al estudio,
por la tarde, a la biblioteca.

Todos los días
me los tomo de asuntos propios.


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9 de octubre de 2011

UN PRINCIPIO

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El amor
es el interruptor
de tus mejores cosas


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UN PREFACIO O ALGO ASÍ

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Antes de enseñar a la gente lo que escribía, cuando empezaba a darme cuenta de que no sólo estaba anotando las cosas que se me ocurrían, sino que estaba anotando mis cosas para ir aprendiendo a hacerlo bien, o al menos de una manera que a mí me gustara, y acabar enseñándoselo a la gente; antes de decir siquiera por primera vez mira lo que he escrito, yo, que nunca me he visto muy contundente ni seguro de nada, pues yo pensaba en qué pensarían ellos después de escuchar mi frase y encontrarse ante sus narices mis papeles escritos. Por supuesto que en vacío, antes de hacer nada, ya me había hartado de tirarme piedras a mi tejado, y me imaginaba que los amigos y los familiares aguantarían por compromiso. Y no pensaba mucho más allá, de verdad que entonces no cabía en mi cabeza un público más amplio que la gente que ya conocía. Qué obligación tiene nadie, me decía yo. Y tenía unos temblores que me dejaban estirado el pellejo: escribir me parecía difícil, y más difícil todavía reconocer que eso que escribía no iba a ser para mí solo. Y qué maldita necesidad tenía yo de sacar los pies del tiesto, me preguntaba con un pellizco en la barriga, y dentro de ese temor, intentaba elegir lo más cuidadosamente posible quiénes decidiría que iban a ser los primeros en aguantar el compromiso o (por una remota casualidad, esperanza que yo abrigaba) descubrir su curiosidad por mis cosas. En cualquier caso, el motor verdadero de mis temblores es que estaba seguro de que los que no tenían costumbre de leer, ya se sintieran obligados por un compromiso o curiosos por mi ofrecimiento, iban a pensar: y dónde irá éste escribiendo. Por otro lado, cuando me planteaba la posibilidad de enseñárselo a gente que sí solía leer con frecuencia, diariamente o al menos de vez en cuando sin que nadie les obligara, yo pensaba que por qué iban a sacar tiempo para mí, y dejar de leer los libros que se habían comprado o sacado de la biblioteca, o que les habían regalado sus novios o sus novias o sus tíos o sus vecinos en la comunión. Yo pensaba que cómo iba yo a competir con escritores de verdad, con sus libros publicados por miles y miles de ejemplares en ciudades muy lejanas, con las portadas en color y letras guapas en todos los tamaños, y traducidos de idiomas desconocidos en mi pueblo y sin rastro de típex. Claro, una gente que lee cosas de verdad, una gente con ese mundo, iban a pensar: y dónde irá éste escribiendo.

Yo, antes de hacer nada ya estaba acojonado perdido, porque sabía que las opiniones tanto de unos como de otros iban a ser fuertes para mí, que ya en aquel entonces estaba casi seguro de que no iba a vivir de goles por la escuadra ni canastas en el último segundo, ni de mis grandes inventos ni de mis músculos. Ahora sé que aquello era terror. Y contra eso no podía ayudarme ni mi madre, que ella estaba descartada desde el principio, porque yo sabía, con ese sentido intuitivo que tiene uno desde chico para pensar cosas que te joden la vida, que ella, incluso antes de empezar a leer ya iba a decirme: y dónde irás tú escribiendo.

Un maestro que tuve, que ya escribía entonces, y al que le pregunté en aquel tiempo, me dijo que para escribir, hay que vivir y escribir. Yo ya había empezado escribiendo algo, pero en la parte de vivir, yo estaba poniendo este sinvivir, y la verdad, dudaba de que eso valiera.

Por suerte y por desgracia y por otras cosas, mucho de lo que me temía por aquel entonces, hoy sé que es verdad, es mentira y otras cosas. Por vivir, e ir escribiendo mientras vivía, he aprendido una cosa que, de tan simple y tan sencilla que es, parece tonta, y al final casi nadie le echa cuenta: el sinvivir es vivir y el vivir es sinvivir cuando me pongo a ello. Y esto lo aprendí con mis junteras y mi esfuerzo, y lo aprendí con tantos amores que yo pedía o que daba, con tanto querer que me rechazó o cuando salí por pies, por hartura o por no ser una mala compañía; lo aprendí de trabajarme en cosas dignas o ruinosas, que pasa el tiempo y todo se va moviendo de un lado a otro, y las amistades más profundas te parecen convenidas y al revés. Y cuántas cosas honorables te han acabado dando vergüenza, y cuántas cosas buenas te han venido de la mano de tanto miserable. Todo, todo eso lo he estado aprendiendo por mi cuenta y por la cuenta que me traía. Y escribiendo vi cómo flores tiernas de bellísimos colores inexplicables, de la ternura de los primeros flanes que probaste allá en tu primera infancia, y cosas mucho más pragmáticas y muchísimo menos cursilonas brotaban de los rajones sangrantes de mi corazón malherido; y mi cabeza vacía y desorientada por la mierda negra que a veces sin medida ni sentido todo lo cubre, encontraba lo justo de audacia o de ingenuidad para animarse a dibujar con pulso tembloroso otra raya del horizonte y decir:

-A partir de ahora, esta mierda negra que sin medida ni sentido todo lo cubre, a partir de ahora, va a tener un arriba separado de un abajo. Y ya veré si quiero que tenga un cielo azul luminoso o de otro color que se me ocurra por el camino, porque va a ser el cielo de mi mundo, si es que el mundo de los otros no me vale. Y bienvenidas sean las músicas de todo timbre, las mujeres hermosas y los vinos perfumados. Bienvenidos sean aunque vengan cabalgando tempestades con espuma de rayos y bestias furiosas escupiendo comida que se echa a perder. Que venga lo que venga, aceptaré que traigan de la mano océanos de luz, preguntas sin respuesta o heridas misteriosas de amores cobardes sin techo; que vengan rayitos de esperanza o aires limpios del campo llenos de distracciones para el espíritu o pájaros arrancando cables de la luz. Que lo que venga, venga ya, a ver si en poco tiempo y con el menor dolor posible vamos parcheando mi mundo con cosas nuevas, hasta que ni me acuerde de que al principio todo era una mierda negra en la que hice una rayita en el horizonte.

El tema es que uno hace su suerte. A veces es buena y a veces es mala, pero es la que te has hecho. Y no sólo es el tiempo lo que pasa, qué va, son las cosas, que se suceden y así vas midiendo el peso o la bonanza, la ridiculez, la magnificencia o la podredumbre de lo que conquistas o te encuentras.

Y ahora todo me parece muy sencillito y hasta simple. Aquí presento unos textos, y muchas cosas no han cambiado esencialmente. Claro que es importante lo que los lectores saquen de ellos, aunque sí he aprendido a no verme bloqueado por opiniones a la contra, que hay tantas cosas a la contra, que casi las necesito, que si no las tengo no me hallo. Se me han aflojado los músculos de los ojos de tanto esperar cosas que me prometían lo sublime y no eran más que estúpidas falsas alarmas. Y a pesar de todo, no me explico cómo sigo reaccionando con buen espíritu honrado. Supongo que es mi buena leche, que me inculcó la bondad como fin último, y el espíritu colaborador y positivo y el amor al prójimo. Y todas esas cosas que quedan tan monas en las mentes de los que nacieron con el culo a salvo, en los corazones henchidos de agradecimiento para con el Altísimo, Hosanna, Hosanna allá en las alturas. Y ya está bien de tanto pseudoanalizarme, que me quedaré seguramente corto, y no quiero por nada del mundo añadir esta vergüenza a mi nómina de hechos sonrojantes. Ya está. Ya está. Presento mis textos porque ahora son lo mejor que hago. Me han ocupado un largo tiempo en el que podía haber buscado ocupaciones más dañinas para la marcha del Universo, me han liberado de tramas y lecturas venenosas, y mientras otros se estaban poniendo las botas en el sector de la corrupción inmobiliaria o el tráfico de estupefacientes a baja, media y gran escala, pues yo estaba escribiendo, y eso, en este pobre mundo que sólo sueña con tener lo máximo haciendo cada vez menos, pues ya es algo.

A veces tenía en la cabeza o en el corazón un texto limpio como una mañana de verano. Yo quería colaborar, en mi medida, con que las cosas fuesen mejorando. Y leyéndolo después de haberlo escrito, aunque estoy bien con el intento, no puedo esconderme de que la verdad es que la movida, la mayor parte de las veces, me ha salido como una mierda. ¿Y qué? Soy limitado, hombre. Y vaya descubrimiento, tanto meollo en la basura para una conclusión tan pobre, tan poquita cosa. ¿Y qué? ¿Para quién estoy trabajando, si no es para mí mismo? Si descubro algo así, que iba de arquitecto y no tengo techo levantado, que iba de gourmet y las tripas me atronan con su poquito arroz blanco; si mi aportación, si el mundo alternativo al de los otros (que no me servía) es sólo esta fritura de decepción y pequeñez, ¿por qué no voy a rizar el rizo de mi estupidez, y en vez de lamentar las horas de sol que he perdido, sigo adelante y ocupo la noche al ordenador? ¿No soy yo quien dice qué es vivir y qué es sinvivir? ¿Acaso no soy yo quien decide y valora, quien asume el debe y el haber en este negocio ruinoso?

Me he criado con himnos que me han sacado de mí mismo, me han conmovido hasta hermanarme con pasiones que no conocía, con fábulas plenas de esperanza o desasosiego, da igual, las recibí como primeros platos de mi madre, como nervio sabio de mi padre. Y cómo no iban a arrebatarme, y cómo, pensando que toda esa magnificencia la ha escrito gente, con dolor y alegría como yo, con dignidad y mezquindad, y tantas otras cosas que yo sabía que todos tenemos, cómo quedarme indiferente, cómo no empezar a decirme que si unas palabras escritas me han dado vida, voz, fibra y amor, yo también podría intentarlo, a mi manera, con otros. Cómo quedarme tan tranquilo, con el tesoro en mis manos y no hablar siquiera de la deuda en que me siento con todos ellos. Y cómo ponerme al menos a la altura de esa deuda si no es lanzándome, como ellos, a este sueño imposible.

Los pájaros de mi cabeza me cubren de mierda, y el griterío ensordecedor hace que pierda constantemente el hilo de las cosas normales de la vida, pero me desvivo para que sus nidos encuentren acomodo. ¿Acaso no son esos pájaros los que me siguen alimentando la certeza, de que pretender el bien en este mundo no ha de llevar por fuerza a la estupidez, al fracaso, la locura? Y aunque así fuera, yo soy consciente en todo momento de que libro esa batalla sin sentido. ¿Y cuantas cosas sin sentido están llenándonos nuestras vidas? ¿Y cuántas veces –seamos conscientes de ello o no- nos ha faltado talla para encontrar sentido en ciertas cosas? ¿Y a quién mierda le importa nada de esto si yo soy YO porque cabalgo hacia el precipicio? De niño he leído a algunos GRANDES y yo, pobre imbécil desdentado, quería ser como ellos, acercarme todo lo que pudiera. No me enteraba de nada. Yo soñaba que en el futuro mujeres hermosas se destacarían de entre la muchedumbre y se lanzarían en tropel a competir por mi amor o mis atenciones, yo soñaba que el mundo iba a mejorar ostensiblemente por mi concurso, tú. Un antes y un después. Sí, ríete, pero ahora que escribo esto, ahora que ya es el futuro, y anoto y subrayo mi pobre y tonta inocencia, bajo mi apariencia de derrotado que cabalga hacia el precipicio, en mi mente, en mi corazón, y qué lástima que nadie lo vea, mientras cabalgo hacia las lágrimas de la decepción y el desperdicio que aporto a mi casta entera, dentro, muy dentro, he criado los compases de una sinfonía grandiosa de tintes épicos, que pone banda sonora arrebatadora a la dignidad y pureza de mi corazón tonto que cabalga hacia el abismo, un número final que no oirá nadie más que yo, pero que va ensanchando hasta el dolor las fibras de mi espíritu, siempre fiel, siempre fiel hasta embriagarme en el momento final, con la certeza de que cuando la palme, va a morir algo más que un inocente, algo más que uno más de los que intentaron tanto para conseguir tan poco.


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RENUÉVATE O RETÍRATE DE LA CIRCULACIÓN

Acepta de entrada que todo tiene su momento y lugar. No hay que aferrarse a nada. Si lo intentas contravienes a la Naturaleza y haces el ridículo. Acuérdate de los cantantes o los grupitos que se mantienen en su rollo de siempre y le dan la espalda a los tiempos, que siguen su paso inexorable. Siempre es nueva el agua que va pasando por el río. Sigue adelante con tu rollito simpático de siempre, el que te funcionó una vez, y vivirás de la admiración rancia de una legión de apalancados. Ellos se van quedando calvos y ellas van engordando y les brillan los ojos mientras dicen aquello sí que era música. Se te acabó el glamour y olvida toda esperanza: no te quieren, quieren embalsamar su juventud. No te ayudarán a encontrar el paso siguiente en tu devenir creativo, pues son incondicionales de tus trucos de siempre. No quieren nada nuevo que no sea una tele nueva o un coche nuevo, sus espíritus están jugando en el barro. No quieren que crezcas y les dejes atrás, quieren ver gordura y calvicie en tu arte, pues eso les ayuda a aceptar su estatismo y preparación para la decrepitud. Sus espíritus están cansados de buscar y se sienten incapaces de crecer y salir de sí mismos.

Sigue adelante por tu propio pie y acepta la crudeza de un horizonte vacío. Sigue adelante y que te sigan los valientes. Sigue adelante y acepta a los nuevos que acepten tu pan nuevo. Sigue adelante, con su parte de gusto por lo incierto, o en caso contrario, acepta de una vez que se ha acabado en ti el hambre por la emoción del porvenir: quédate y asume que se acabaron tus fuerzas, que rompían las gargantas y desgarraban orillas enteras, acoge con serenidad que todo aquello acaba en un lodo silencioso que sedimenta en una parte de la ribera. Acepta que te vas parando y consuélate, o mejor, CELEBRA la fertilidad que traes de tus tiempos de tribulación.

SIETENRAMA, TORMENTILLA

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Creo que a Sietenrama no le había parecido bien la respuesta que di a Tormentilla aquella mañana de Agosto. Digo “bien” por resumir y tirar por el camino de en medio. A él le gusta contestarlo todo, polemizar donde casi nadie encontraría polémica, preguntar aunque no haya cuestión e incluso responder sin pregunta. Con él tengo por seguro que no habrá lugar para silencios embarazosos. Se te hace buena su predisposición a la búsqueda del Saber, cuando lo tratas un tiempo, le pillas la vuelta y estás de buen espíritu. Pienso que, seguramente Sietenrama echaba de menos una respuesta más concreta, menos sesgada que aquel “gracias” con el que respondí a Tormentilla. Aunque seguramente también hubiera puesto objeción de haber respondido cantando, en lenguaje mímico o con alejandrinos. Sietenrama es así.

Cuando digo “aquella mañana de Agosto” me refiero a las doce y media pasadas: la hora en que yo llevo más de dos horas trabajando y empieza a despertarse la actividad de la Kasa. Laxitud que rebulle. A esa hora, usualmente Sietenrama, como decía Calvino, es un todavía que se echa conmigo una conversacioncita mientras encuentra inspiración para un popó antes de irse a la piltra. Hablamos de fútbol y mujeres, de Filosofía en general. A esa misma hora, y siguiendo a Calvino, Tormentilla es un ya, que empieza a bullir en su incomprensible y ajetreado no-plan: va al váter, saluda, buen día, qué hase, sube, baja, resopla, se para y pregunta algo, o se lanza a explicar cuestiones que nadie sabe de dónde vienen y que casi siempre escapan a mi entendimiento. Ese es su despertar. Y aquella mañana-casi-mediodía de Agosto, los tengo a los dos en las sillas del estudio, que tengo una para mí y dos para visitantes, hablando de mujeres, el único tema inteligible en boca de Tormentilla, un tío que si le preguntas por el color de los ojos de cualquier chica, los va a recordar de color carne. Y se agobiaría con nuestra verborrea o se aburriría o sería hambre de verdad, que se levanta y nos pregunta.

-¿Un té, un café? Voy arriba.

Y Sietenrama se pone a soltarle una retorcida filigrana dialéctica porteña, arguyendo movidas relacionadas con el horario, el buen equilibrio estomacal y mil y un otros rebusques que nadie le había pedido, y que a fin de cuentas querían decir que no quería (que no estaba queriendo) nada, mientras Tormentilla iba poniendo en silencio cara como de pero-quién-me-mandaba-preguntarle-a-este-pelotudo. Yo, por mi parte, y sin descuidar la fidelidad que debo a mi tarea, le respondí con un escueto y sonriente “gracias” con un sentido netamente afirmativo. Al menos, así lo pareció entender Tormentilla, que ya se iba escaleras arriba. Pero al otro, eléctrico y automático como el instinto de supervivencia, le faltó tiempo para bombardearme con qué le estaba respondiendo al chaval con eso. Que qué quería decir con gracias me dijo.

Y no quiero que nadie huela en mí tintes de resabio ni de malos modos, pero aunque soy amante de la armonía, campeón de la concordia, no he de negar que a veces el ánimo me flaquea, y a la boca me sube como un regusto de sangre que me tensa los nervios en sentido positivo y me enardezco, y un estremecimiento me abre los ojos de los músculos ante la irrenunciable certeza de la confrontación. Y los huesos parece que se me aferran con encono a un orgullo que mantuvo en pie a mis antepasados. Y ese amargor se me concentra en la boca y aprieto los puños de lo que soy y de lo que quiero ser, y todo mi mundo se reduce al contrincante, y el alma se me endurece como el cemento y todo mi pensamiento es: si quieres, vamos, soldado, pues rojo será el día.

¿A qué tanto seguir preguntando, Sietenrama, si nebulosamente sabes que podría enterrarte en cinismo? ¿Qué sentido recóndito hallaste en el cubil del oso hibernado? ¿Qué fatales respuestas, di, perduran hoy escritas en tus heridas?

Pues como los ríos y los mares, que rompen las orillas sin advertencia, a su constante y épica pregunta incondicional, con malévola burla le improvisé cuatro cargas de caballería, que sin descanso quebrantó sus líneas y llevó el dolor y la furia hasta los corazones de sus últimos soldados, que empapaban con lágrimas de niño las faldas de sus mujeres.

Y las cuatro respuestas, en estilo directo, son las que siguen:

-Pues diciendo simplemente “gracias”, no sólo estoy considerando a quien me pregunta, mostrándole, cortés, que le he oído, no. Al mismo tiempo y con esa sola palabra, le respondo su deferencia con el sincero deseo de un bien divino: Gracias.

-No le abrumo, querido Sietenrama, por otra parte, con un discurso acerca de mis gustos perdurables o mis apetencias del momento presente, pues ambos sabemos qué frágiles ambos son ¿Y por qué elegir al pie de la escalera lo que puede haber cambiado al final de ella? Máxime si ya se ha colmado mi contento sólo con el ofrecimiento, además de que todas las opciones que Tormentilla había nombrado ya eran de mi agrado.

-Y observa, oh, pobre corazón de fierro, calavera insensible, que en tu penosa miopía, donde tú ves no más que una coja respuesta yo he abierto un camino: si no he decidido, es porque dejo en sus manos esa decisión. No ha sido por descuido ni simpleza, sino por confianza de hermano que se entrega a compartir su desayuno. Y tomaré, con seguridad, lo mismo que tomará él, que será, de lo que encuentre en la despensa, lo que halle más a mano, lo que tenga en mejor cantidad, o lo que convenga al caprichoso arbitrio de su ánimo. Y estaré bien pensando que él pensará que, siendo buena su decisión que agradeceré, de alguna manera conocida o por conocer, por esa confianza que en él deposito, Tormentilla se respeta algo más a sí mismo.

-Y es la confianza, al fin, el camino más holgado y limpio entre la gente. Y a su ofrecimiento le respondo ya agradecido cuando aún no tengo nada en mis manos, y confío en su decisión por tomar y en una promesa que infiero y está por cumplir. Y de paso dejo en el aire, por mi parte, la promesa de un renovado agradecimiento cuando en mis manos se halle en su momento la decisión que tome y la promesa que cumpla.

No tengo que ser un hombre violento para afirmar en alta voz que amo el olor del NAPALM en la selva. Justo es el castigo del que ofende, si el correctivo endereza sus actos. Mas, si la ofensa, la burla o el desprecio persisten en el corazón del contrario, su dolor no hallará arrepentimiento en el mío. Es más: me excitará el ardor guerrero la visión de sus campos quebrantados si en la lejanía escucho, débiles, sus obstinados tambores de batalla. Pobre ignorante, loco imprudente que no pone rienda al orgullo. Haciendo por mantener mi diestra aferrada al hierro que castiga, y mi siniestra al fuego que regenera, ¿qué mano habré de ocupar en levantar morada para la clemencia?

Como el niño que eterniza su “por qué” mientras sus luces le dan para encontrar otro juego, Sietenrama, sin desmayo, siguió encontrando motivos para la sorna después de mis cuatro razones. Pero no reemprenderé hogueras que ya considero agotadas. No he de martirizar a quien me presta atención con toda esa tinta aburrida.

Como justo epílogo, Tormentilla me trae un tazón caliente de café con leche al punto de azúcar. Y basta.

UN CEBOLLAZO EN EL ALMA

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A la luz de nuestros últimos encuentros, querida, mi primera reacción ha sido congelar el paso. No ha habido cambios sustanciales en tu forma de actuar, y no he conocido nada nuevo en ti que me dé fuerzas ni argumentos para, de alguna manera, poner tierra entre tú y yo. No quiero ni necesito darte ni aún buscar explicaciones de por qué este pie, de pronto, se me queda colgado en el aire y se niega a avanzar hacia ti. No me lo explico, pero a poco que pienso un poco y escucho qué me dice mi instinto, noto cómo recibo un cebollazo en el alma, y tras ese golpe, sólo encuentro la inspiración de tirar para atrás ese pie en standby, no fuera a despertarse por las buenas tu afán de superación o tu entusiasmo, o lo que sea que uses para superponer una buena cara a estas cosas horribles que te digo. Piensa de mí lo que quieras y no me metas, por favor, en tus negocios ni hagas pasar por mí tus ilusiones. No voy a excusarme por mi crudeza, pues sólo tiene por objeto comunicar sin adornos ni rodeos innecesarios. Alejarme de ti, se me presenta como una reacción espontánea y natural, y convertir esto en un final romántico, me parecería simplemente patético. Así que, por favor, comprende mi terror absoluto a componer, con tan pobre contenido, una escena trágica.

Algunas veces la verdad es tan sencilla que no comprendo cómo nos obstinamos en oscurecerla. Y es estúpido jugar a alquimistas cuando la verdad –como cuando miras al sol medio segundo- está tan clara y diáfana ante tus ojos que la sigues viendo aunque los cierres y te niegues a verla. Y la verdad es que en nuestra última cita, no tardé ni quince minutos en pensar que quería irme a mi casa. No te sientas culpable por lo que dijiste o callaste, ni por lo que hiciste o dejaste de hacer. Fue una sensación muy animal por mi parte, plenamente irracional e impulsiva, y es por ello que ahora pienso que se me accionó algún resorte en mi maquinaria de la supervivencia. Allí, en aquel momento, eché tremendamente de menos mi casa desordenada y desquiciante, y se me presentaban así, a primeras, soluciones insostenibles para el sinvivir que me asfixiaba, tales como por-qué-no-me-traga-la-tierra o por-qué-en-vez-de-estar-aquí-no-estoy-leyendo-un-libro-en-soledad-aunque-sea-delictivamente-aburrido.

Doy este paso atrás porque no tengo, ni quiero, inspiración para otra cosa. Tengo terror pánico a cometer estupideces con los ojos abiertos; ya es bastante verte a ti mismo como un tontolculo más de una vez por semana, como para ir provocando catástrofes con pasos que sabes imprudentes y elecciones que sabes erróneas. La mayor parte del tiempo me percibo, entre otras cosas, como un cabezón solitario aburrido, soberbio e intransigente. No sé qué hay de real en este desamor que me tengo, no lo sé. Pero lo único que me faltaría para verme definitivamente adornado sería salir de la apatía tirando ciegamente hacia delante, como un borrico desesperado con los ojos llenos de tábanos sanguinarios mortalmente hambrientos. Esas maneras no entran en mi lógica, ni las he contado entre mis actos reflejos. Qué solución hay en correr hacia lo que de seguro sabes que es un precipicio o una esquina de piedra; qué estúpida esperanza alimenta el tiempo de tu corta carrera o tu caída hacia el desastre. Quieto. Ni soy un borrico desesperado, ni corriendo sin rumbo dejarán los tábanos de ensañarse.

Aquí estoy con mi helado de mortal aburrimiento o insípida realidad, pero me siento mejor si mantengo, en lo que atañe a nosotros, intactas las fuerzas en mi calmo corazón. Y no hay mucho más. No creo en ti y en mí. Y para mí es una cuestión de Fe, como ves, y teniendo momentos –como el presente- en que la Fe es mi única guía en este mundo desequilibrado, está de más seguir adelante con esto que hay entre tú y yo, que no es más que una conjunción copulativa, que no me despierta energía ni para tirarme un detallito contigo.

Muchos de mis conocidos me ven equivocado. Que presupongo cosas, dicen. Que me abra y dé oportunidades, dicen. Y que la vida es una. No les quito la razón. Sé que pierdo horas ilusionadas que darían alimento efectivo en su momento. Pero si sé que piso un campo de piedra y sal, ¿por qué debería esforzar el gesto del sembrador? ¿para no olvidarlo? ¿para no perder la práctica?

Amar a alguien no es un deporte. La práctica en sí puede resultar beneficiosa: crece el corazón y se ensancha el espíritu, y todo se ilumina, y esas cosas; pero en el amor casi nadie sabe perder. A cada tentativa estéril se aplasta un poco el ánimo, y un buen resultado nunca arregla ni oculta ni hace olvidar el sufrimiento que vino con un desastre pasado, que nunca deja de pasar.
Cuando en amor sabes que no esperas nada útil o conveniente, o al menos agradable, el tiempo se te espesa como una carrera en un barrizal hacia ninguna parte. Todo es angustioso y agota estúpidamente tus fuerzas. Van pasando los tiempos y se suceden las debacles, y uno va echando de menos las energías para recuperar el buen ánimo y el afán por poner nuevas esperanzas en nuevas aventuras.

Querida, no puedo dejar de ver ese campo de sal aplastado sobre mi horizonte. Lo tengo metido en el sentido, y porque sé que la vida es una sola, no mancho el gesto de sembrar, no tiro mis semillas preciosas, que no caen de los árboles ni las encontré por la calle, en este terreno yermo. Es doloroso equivocarse y agotador corregir después lo equivocado; pero es indigno y estúpido ir consciente y alegremente al encuentro de más precipicios de los que la vida te tenga reservados.

Siento el hilo que se nos rompe y el muelle que se destensa entre nosotros, pero ante todo soy amante del amor. Palidezco cuando no me mira, y sería incapaz de ir a su encuentro sin mis mejores galas y sin mi más honesto entusiasmo. Tranquilízate en el amor que te llegará, y lo que sea que, a partir de este momento veas que me esté pasando, di por ahí que yo solo me lo he buscado.

30 de septiembre de 2011

CAUCES.

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Algunas veces has puesto en el límite de su acción todo lo bueno de lo que eres capaz, has tensado hasta casi la ruptura las fibras de tu inteligencia y buen espíritu en la consecución de un trabajo o de algún fin noble o útil que perseguías. Has quedado exhausto y con el resuello perdido y la mirada vidriada de perplejidad porque, muchas de esas veces, la única conclusión que has sacado tras ese esfuerzo cargado de expectativas e ilusiones es la de tu pobre y torpe limitación. A veces el único resultado de un trabajo es la dolorosa conclusión de que no estabas preparado para llevarlo a buen fin, y después de esa fiebre que es aventurar un crecimiento o un cambio, después de parir esa esperanza y ver que todo va a quedar en nada, pues te ves en la penosa perspectiva de tragarte tú solo los amargos frutos de tu torpeza, de tu falta de empuje, de tu mala distribución de fuerzas o simplemente del cúmulo de desdichas que plantaron su casa en la misma puerta de tus buenas intenciones.

Bien. Bien, no te rindas a la desgana, no te tortures inútilmente. No ha sido un tiempo perdido, aunque en ese momento de zozobra no te sientas capaz de pensar otra cosa. Por muy altas que veamos las montañas, hemos de saber que aún están creciendo y erosionándose al tiempo, sólo que en un tiempo que no sabemos ver o no podemos esperar. Lástima que no tengamos patas de saltamontes en el alma, para saltar en el momento en que creemos estar fracasando, y vernos a nosotros mismos, a nuestro dolido fracaso, en su dimensión verdadera desde otra perspectiva.

Vivimos en un mar todos mezclados, y encontramos la desembocadura de los grandes ríos, y los remontamos, como a los grandes hombres, hasta su cuna. Y nos parece que esa cuna es la razón de ser de nuestro mar. Y no sólo olvidamos, pobres infelices, que hay otros mil ríos, olvidamos mil debacles y cataclismos, simas infinitas, exasperantes desiertos ardientes, que tuvieron que sortear o superar los ríos que conocemos para encontrar su curso. Olvidamos que su curso es una prueba no sólo de sus ansias de mar, sino de la superación o elusión de los obstáculos que les cerraban el paso.

Vemos las cosas desde su conclusión y no se nos ocurre valorar la diferencia que hay entre lo que vemos y su plan inicial. Si nos obcecamos con la idea primigenia que tenemos acerca de nuestros planes, si no los sabemos ver como algo que va fluyendo y haciéndose, cualquier cambio que acontezca y nos separe del plan maestro, lo vamos a considerar fracaso. Podemos ver, en cambio, que nuestra idea, nuestro método y nosotros mismos (nuestro empuje, nuestra convicción) son algo vivo que va creciendo y evolucionando en presente continuo. Si en un punto del camino, concluyes que no llegarás a buen fin, bajo estas consideraciones, podrás buenamente sentarte a valorar si tu plan, que no va a salir adelante, necesita una mejor idea, un mejor método o incluso un mejor tú. No te quejes y ponte manos a la obra. Ante el fracaso de una idea que queríamos llevar a buen fin, hacemos una evaluación demasiado apresurada que casi siempre incluye algún juicio de valor acerca de nosotros mismos, yo no sirvo, yo no sé, no doy la talla; y eso nos descalabra y nos anima a revolcarnos en el desamor propio, y al tiempo nos exime de hacer una evaluación exhaustiva y da alas a la apatía. Y de la apatía a la cama. Y de la cama a la autocompasión. Y si podemos, cariñitos y sopitas de mamá.

Los ríos que conocemos no se fueron a la cama. Superaron, con fuerza o paciencia en talla equiparable los obstáculos que se ponían en su camino al mar. Y si el obstáculo era mayor que la talla de su esfuerzo, o esperaban a crecer, o simplemente lo eludían y encontraban un camino más asequible. Los grandes ríos no consideraron fracaso tener que bordear un sistema montañoso, ni lamentaron alargarse en rellenar una depresión y continuar adelante por donde la tierra se le mostraba más amable. Continuaron. Y lo hicieron a pesar de la fiereza o la simplicidad del paisaje, y también gracias a ellas. Algunos tramos del curso se dibujaron con determinación, otros con comprensión, y otros simplemente se dejaron dibujar con lánguida inocencia. No pusieron mala cara los grandes ríos, porque dejándose fluir tuvieron tiempo de saber que el contacto de su dibujo, incluso con la roca desnuda y el desierto ardiente, son siempre cantos a la vida.

Y a todo esto, qué tontura momentánea o pertinaz, relajada o concienzuda, me ha hecho deslizar la idea de que el curso de un río tiene como plan llegar al mar. Justo es que diga que es justo al contrario: es el mar el que, evaporado en los deberes de un niño de primaria, va en forma de nube buscando su alta cumbre, y a veces tiene un tropiezo y llueve sobre los campos de labranza que llenan las bocas de la gente, sobre enamorados absortos, que aprovechan para juntarse un poco más y decir sonriendo “hay que ver, hay que ver” o sobre los puestos de cintas o cedés deuvedés. Pero otras veces el mar evaporado, gracias a su buen espíritu, no le echa cuenta al agua que ha perdido por el camino y así poquito a poco llega a su montaña, y por alguna alquimia que yo no entiendo, va y se nieva sobre ella, el mar. Pero paciencia, que hasta allá arriba llega el verano, que lo pone todo más flojo, y el mar helado pues se tiene que aguantar y otra vez para abajo, como un río cualquiera, a lavar las ropas sucias, a darle caña a las competiciones de piragüismo, y a darle cosas que hacer a la gente los domingos.

Y el agua que baja ya no se acuerda de si es mar o si es río, pero por el camino se va dando cuenta de que riega los campos, y cría flores y chopos inmensos que serán el papeo de los poetas más listos. Y cuando ve esto, el río o el mar, tira para abajo con una alegría, con una cosita por dentro… y si le preguntas por su objetivo, te dice qué leche de objetivo, viento en popa a toda vela con este andar ligerito, y que vengan montañas o desiertos, o trampas del Señor o caricias del Demonio, que ya veré yo por dónde tengo que tirar…

Y basta ya, si estamos cansados de pensarnos como grandes mares o grandes ríos, y pensémonos como hombres y mujeres. Grandes o simples hombres y mujeres que dejándose fluir se dibujan a sí mismos y llevan la vida allá por donde pasan. Es nuestra naturaleza. Si hay algún objetivo, es el dibujo de nuestro río, y saltándome con alegría las metáforas de las coplas, al mar que le den porculo.

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LO FÁCIL NO SABE A NADA.



A veces es mejor que no pase lo que, en nuestra torpeza o miopía, imaginamos como soluciones a nuestras trabas o muros insalvables.

Ingenua y caprichosamente, nos duele todo lo que no sea un horizonte despejado para el libre paso de nuestros anhelos y apetencias. No vemos que el paisaje despejado es irreal. Somos estúpidos, blandos y de queja fácil, casi automática, ante un mínimo accidente en el camino hacia nuestros deseos.

Pero observemos que sólo los reveses, los obstáculos, nos sacan de nuestra absurdamente engañosa comodidad. Observemos que esa oposición es la única defensa contra la autocomplacencia, contra nuestra indulgencia para con nosotros mismos. Los conflictos, los obstáculos, los imprevistos y roturas nos hacen crecer y tensar el carácter, reactivar el espíritu. Nos hacen mantener actualizado el valor de cada momento. Inmersos en una constante negociación, viviendo en un eterno debatir con nuestros errores y conflictos, nos vemos impulsados a revisar y corregir qué somos y qué queremos, en qué estamos y en qué nos gustaría. Nuestros anhelos y necesidades se pulen en concisión y profundidad. Acabamos comprendiendo en plenitud que todo no es posible y nos hacemos mucho más operativos, económicos, tenaces y decididos con lo que sí lo es. Nuestras fuerzas y alientos van creciendo, en extensión, carácter y profundidad, a la par que nuestros horizontes y perspectivas.

Los conflictos, los problemas, les quitan paja a nuestros sueños. Les quitan poesía y épica, y los convierten en posibilidades: sistemas concretos, a los que podemos diseñarles planes de acción concisos, secuenciables y cuantificables, dirigidos a la realización de esas posibilidades. Obligándonos a vivir en una constante redacción, corrección y mejora, definen realmente quiénes somos y qué necesitamos. Actualizan el coraje de estar vivos. Nos proporcionan, o mejor, posibilitan que nosotros mismos creemos herramientas concretas para estados y situaciones concretas, inmersas en la corriente de la vida. Los problemas nos acercan a ella.

Así, posibilitando alientos y valores que, o no teníamos o estaban adormecidos, habituándonos a un estado permanente de negociación con nosotros mismos y con el entorno, nos encontramos con que, ayudándonos realmente a profundizar en conciencia sobre qué es la vida, quiénes somos nosotros y qué hacemos al respecto, podemos ver, si lo aceptamos con humor y valentía, que lo que inicialmente apreciábamos como un sinvivir, es el único alimento aceptable y efectivo de lo que, en realidad, es vivir.


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TÚ, QUE VALES TANTO.


No entiendo cómo tú, que vales tanto a mis ojos, te obstinas entre zafios, burdos y artistas de la pose, todos esos que pretendidamente odias o rechazas. Y tanto siento viéndote tirar al barro el corazón, echando el día entero en el camino del tonto al hijoputa. Y con ello, sin querer propicias que me sienta más solo, si cabe, en mi pequeña parcela de intenciones honestas, pese a quien pese, incluso a mí mismo. Y el castillo que levanto, de arena imponente, amor marmóreo, tacto suave paladar consistente y delicado efluvio, ese amor que va creciendo con el alimento que le doy de mi boca, ese amor que es mi sol y mi sombra, mi montaña nevada, mi abismo acogedor, ese amor con el que trenzamos en un tiempo nuestra paz y nuestro abrigo, ese amor, querida, por tu debilidad o descuido, ahora tiene que verse solo. Y todo porque tú desperdicias tu aliento en sabores de un mundo extraño y en esfuerzos baldíos que en tu fina inteligencia, a mi entender, no debían hacer señorío.


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MEDIA VIDA, TÚ.

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Últimamente, cuando en el campo de los sentimientos, me pongo delante de una chica y me quito adornos y máscaras y otras cosas inútiles, y en definitiva, desnudo mi alma mi corazón o lo que quisieran los presocráticos y toda la cohorte de la poesía trovadoresca que de pueblo en pueblo y de aldea en aldea fueron inventando una explicación para los desórdenes estomacales que nos provoca el ponernos delante de una mujer hermosa de mirada serena o lasciva, de alma turbulenta o tranquilizadora y brazos acogedores, piernas nerviosas y un vientre tibio o una melena prometedora, húmeda o quebradiza, cuando me pongo delante, digo, y con sólo abrir la boca, el amor se me escapa anhelante como un pájaro mendigo que ha buscado mil años una rama en la que posarse, y sentirse tranquilo a pesar de que el viento haya ido a la contra y el canto le sale frío, últimamente, digo, cuando casi ni me duelen los pies heridos del polvo del páramo reseco, cuando casi ni me acuerdo de la fe que inventaba en aquellos tiempos de cauces marchitos, últimamente, cuando a mi propio obrar y sentir estéril me he sobrepuesto y me he puesto delante de aquella chica del encabezamiento, y le he sacado la mejor florecita que yo tenía, me he encontrado con que ante mis propios ojos y a pesar de tanto que prometía, esa chica se me vuelve de papilla de flan de tostada de nada.

Y mientras yo, pensando, siempre, al menos dos o tres últimamentes, que qué leche había visto o cómo las había mirado o qué ingrediente precioso falta en mi dieta diaria para haberlas olido estatuas marmóreas imponentes de caramelo de piña para un dios un rey o un mendigo como yo. Y luego a desandar el camino del entusiasmo porque no prospera, el de la Fe ahogada entre zarzas absurdas que no entienden otra cosa que su lecho de piedras. Y luego a encoger el ala y a buscarse tontamente una explicación en un idioma que no desentone delante de la gente, luego a des-saltar el salto, desabrazar el abrazo y desbesar el beso que tenía preparado para ella, porque caigo fijo en la cuenta de que aunque a esa chica se la ve convincentemente de pie y entera, yo ya la estoy viendo derretirse y confundirse con esta vida normal, y yo no puedo y ella no quiere o ella no siente y yo no debo o ella no puede y yo no siento o quiero o debo o cualesquiera de las fatales combinaciones que pueden darse entre dos que se encuentran frente a frente e intuyen que el frío nada tiene que ver con la atmósfera o el cuerpo cortado, y ven cómo sin remedio la solución se está derritiendo o se está disipando o todo resulta ser no más que tonturas de presocrático o caprichos de trovadores sin casa, con absoluto horror a la prosa animal o callejera.


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QUERIDA EX.

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Espero que las cosas que ahora sabes de mí te parezcan buenas. Lo preferiría. Yo no sé mucho de ti, desde que hace un tiempo –por ti o por mí- decidimos que nuestras vidas iban a ir por caminos separados, y la verdad es que algo que me llegara de ti me gustaría que fuera bueno. Yo no dejo de preguntarme si te cuidan y te aman, si hay alguien que va contigo de la mano por la calle. Alguien que presentas a tu familia y a tus amigos.

No es bueno olvidar que ir contigo de la mano era mi aventura de aquellos días. Tampoco debería ignorar tanta música buena que de no haberte conocido ni me habría planteado escuchar. Y entre la gente que te rodeaba, conocí a gente auténtica. Eso no lo voy a olvidar y no te lo voy a dejar de agradecer. Y fíjate que ahora que no estoy contigo, me da por pensar en las calles y en las casas de tus amigos, en todo eso que estoy dejando de visitar y conocer… Y no puedo evitar pensar que a lo mejor me estoy perdiendo algo bueno, con esto de habernos separado. En fin.

Las cosas que te pasan en la vida traen cosas que te vienen bien en el momento. Y las coges y todo está chachi. Pero para conseguir el meollo de esas cosas, tienes que ponerte en juego… ¿te acuerdas del tiempo en que nos poníamos en contra de cualquier cosa con tal de estar juntos? Yo sí me acuerdo. Claro, aquello era mi vida, y eso ha puesto su parte en lo que soy ahora. Superar día a día grietas y escalones entre nosotros, me hacía digno de tu amor. Por todo lo bueno, pienso: gracias. Y por dentro mientras lo digo, me imagino un plano general de una pradera de yerba alta movida por el viento, y yo voy volando a ras pensando: gracias, gracias, mientras la cámara se va alejando de mí, abriendo más el plano. Y yo me voy alejando pensando: gracias, y entra la música de los créditos de mi película de despedida…

Lo bueno pasado te pone melancólico. La melancolía no es buena para el presente, es muy pasiva. Tú no te pongas melancólica, amor. Haz como yo: acuérdate de aquellas cosas nuestras –de nuestro amor- que incluso hoy te ponen la carne de gallina. Verás cómo te activas, te relames los buenos recuerdos y a otra cosa.



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20 de agosto de 2011

15 de agosto de 2011

OLEMOS A SEXO


Lentamente, apoyó la cabeza en mi muslo izquierdo. Con voz cansada y serena dijo: -Olemos a sexo. Fue como si un rayo de luz finísima me atravesase el cerebro. ¿Qué es el olor a sexo? –me dije. ¿Es el olor a mí (y ya sabemos a qué me refiero)? No creo. ¿Es el olor a ella? No. ¿Ambos, mezclados? Puede ser. ¿Y mi sudor? ¿Y el suyo? Ya se aproxima, pero, ¿y el olor de nuestras ropas? ¿no es importante? Claro que sí. Y el de los restos de nuestros respectivos geles de baño. Y el de los tentempiés que nos habíamos comido cinco minutos antes. Sí. Y también nuestros alientos. Claro. Y después de tantas vueltas... ¿no colabora también el olor de las alfombrillas del coche? ¿Y el de la tapicería? Por supuesto. Y el olor que entra por las ventanillas con el sonido insistente de los grillos. También.

Todo eso junto, pensé, forma parte del olor de esos momentos que llamamos “sexo”. Entonces me di cuenta de que los olores que pueden emitir dos personas abrazándose repetidamente son muy pequeños. Al menos si los comparamos con la constelación de aromas que componen lo que creo que es el olor a sexo. Lo solas que pueden llegar a estar dos personas amándose en el centro del universo. Y sin embargo acabamos siempre “oliendo a sexo” ¿Qué pasa con la infinitud de aromas que nos rodean y se mezclan con nosotros? Nada, no pasa nada. El olor de dos personas amándose transforma en “olor a sexo” el olor de un coche viejo en una noche húmeda. Y lo mismo pasaría si se amasen al lado de un cañaveral en verano, o dentro de una habitación con insecticida... Nada importa realmente. Amándose en el centro del universo, en cualquiera de sus rincones, sin que sus olfatos pasen por alto el olor de las comidas, el de las alfombras sucias, el de un coche mohoso, el de un río estancado, el de una habitación cerrada, el de las cañas con los mosquitos zumbando... sin que pasen por alto ni uno solo de los olores que les enmarcan, esas dos personas acabarán “oliendo a sexo”, ya sean millonarios o pobres como ratas, de religiones contrarias, ya estén sus países en guerra o vivan en el paraíso en la tierra, aunque tengan que permanecer escondidos para salvar la vida, aunque vivan acosados por la podredumbre, aunque naveguen en el mar de su propias lágrimas, aunque la vida les haya erizado el pelo, aunque no tengan ni idea de qué será la belleza, aunque nunca nadie haya pensado en ellos, con hambre o con empacho, esas dos personas abrazándose olerán a sexo. Porque son esas dos personas las que con la humildad de sus besos, de sus caricias y respiraciones acaban impregnándolo todo. Y sus olores son un canto victorioso. Porque el amor es la única piedra que podemos alzar ante el mundo.

Bajé un poco la cabeza. Ella tenía la suya cansada y serena sobre mi muslo izquierdo. Acerqué mis labios hasta rozarle la cara y susurrarle: -No quiero oler a otra cosa.




COSAS APRENDIDAS


Algunas veces me miras ajena a los cataclismos que produces en mi. Acaricias mi cara y dices cosas que me iluminan y me hacen flotar en la calma de la noche. Y me amas despacio. Y esperas –ingenua- mis respuestas.

Yo te beso un dedo y aprieto contra mis labios mi silencio. Yo no tengo en mi pecho un pájaro azul para darte. No tengo un soplo de viento fresco que regenere tus aguas. Sólo se me ocurren palabras, frases que otros inventaron.

No quiero amarte con ellas. No con las caricias que puedan darte otros. No con besos que di en otros labios. No puedo darte palabras que aprendí viendo una película, que el director leyó en un libro de papel amarillento que fue copiado de un pergamino casi quemado y que hablaba de algo que en la noche de los tiempos creyó leer un poeta viejo y cansado en una piedra desgastada por la lluvia y el paso de los animales.

Callo y te amo sin decírtelo. Porque no quiero acabar vistiendo los mismos defectos de nuestros padres. Porque con las palabras aprendidas vienen los sentimientos aprendidos. Y yo no quiero acabar como los que llaman Chelsea, Janis María o Kevin a sus hijos.




EN EL PIE


Teníamos el coche cerrado. La noche era negra y el sueño se nos espesaba en los ojos. Nos mirábamos en la oscuridad y sentíamos que todo había sido perfecto. Al menos hasta el momento. Entonces, en un movimiento lento, muy suave, como si mis manos –ciegas y torpes en la oscuridad- tuviesen miedo a despertarla, le desanudé una de sus sandalias color arena. Me abracé a su tobillo y le besé el pie.

Detrás de mi beso, a través de mis labios hacia su piel, fueron pasando los amargores, los trozos de corazón astillado, las úlceras de las súplicas que nunca me oyeron, el escepticismo feroz que taladró mi vida. Todo fue posándose en su pie con mi beso, como los restos de un naufragio, diseminados en una ancha playa vacía, de arena fina y cielo azul.

Yo no hablé y ella no habló. Se limitaba a mantener la pierna a la altura de mis besos.

En ningún momento dije “sin ti no puedo vivir” o “eres lo mejor que me ha pasado en la vida” o cualquier otra FRASE HECHA que pudieran haberle dicho decenas de tíos que en las paradas de autobús, en las bibliotecas universitarias de provincias, en bares de copas y chupiterías, en establecimientos de comida rápida, en los semáforos en rojo –a través de las ventanillas de sus propios coches-, o sentados –desolados- en el bordillo de una acera, DECENAS –digo- de tíos que a todas horas buscan y ofertan AMOR.

De toda la carga de mi beso sólo quería que supiera que YO estaba con ELLA. Que la estaba amando sin frases hechas, sin condiciones, sin red.

Pero estas palabras se me ocurren ahora, que escribo, y no entonces –quizá entonces hubiesen sonado a jerga convencional de enamorados-. Yo sólo le besé el pie. Era lo máximo, lo mejor, lo único que tenía para ella.

La miré en la oscuridad, estaba mordiéndose los nudillos, o tapándose la boca, no lo sé. Pero estaba muy callada. Mirándome. Quieta. Y sentí que mis culpas se perdían en el cielo limpio.



SUCH A PERFECT DAY


Si la tortilla estaba líquida por el centro (había sido hecha a fuego demasiado rápido) con las patatas cortadas en trozos demasiado irregulares, la lechuga de la ensalada estaba babosa y falta de condimento, y la fruta estaba espachurrada, y no compramos bebida y el agua se había calentado (la nevera se calaba) y no pudimos comprar el pan que queríamos y tuvimos que apañarnos con uno que ni fu ni fa.

Si por todos lados encontramos escombros, papeles, botes de plástico, plantas resecas, latas, vidrios rotos, espinos. Si no había agua ni para mojarse los pies y el calor nos asfixiaba. Y las piedras nos pincharon y también las mantas que pusimos en el suelo. Y constantemente pasaba gente, excursionistas despistados, madres jóvenes que quieren llenar grandes botes de agua en chorritos pequeños, incluso cabreros vociferantes con sus veinte treinta cuarenta cincuenta cabras ocres marrones negras manchadas que pasaban muy, muy, muy, des, pa, cio.

Si se arrugó y se ensució nuestra ropa y se nos rayaron las gafas. Si las ramas de las adelfas nos obligaban a acurrucarnos contra el suelo pedregoso del que salían raíces puntiagudas astilladas que se nos clavaban en la espalda. Si el sol se movía rápido y nos dejaba sin sombra. Si nos acorralaban las hormigas, nos hostigaban las avispas los tábanos los escarabajos.

Si incluso nos dijimos frases que nos recordaron antiguos dolores y nos hicimos daño y discutimos y por eso salimos de allí corriendo y mirando el reloj sin darnos la mano sin darnos un beso y equivocando la vereda. Si nos resbalábamos y nos pinchábamos los pies con las espinas de varias especies de cardo gracias a nuestro calzado inapropiado.

Si se hacía tarde y la moto no cambiaba y todos los semáforos estaban en rojo. Si los cascos nos aplastaban las orejas y no podíamos cerrar los brazos, cada uno con dos mochilas.

Si había huelga de taxis en la estación y no encontrábamos aparcamiento... ¿por qué a pesar de todo esto, cinco minutos antes de separarnos estábamos callados y tristes? ¿Es que es posible que entre nosotros haya algo bueno, algo que sea capaz de convertir este cúmulo de despropósitos en un bonito día de campo?




SILENZA


Parece como si el mundo estuviese almohadillado, como si una tuviera los pies de goma.

Mis paseos provocan apenas un rumor callado, como el de cerrar la cortina de una habitación en la penumbra, o el de cortar la flor más pequeña de un seto frondoso.
Será porque mi casa es el mundo, o porque mi cielo es el suelo que piso, que no tengo que ir por ahí llamando la atención. Yo estoy bien como estoy, y no quiero que piensen en mí más de lo necesario.

Cuando abro los ojos me pongo a mirar al techo. Dura apenas un segundo, lo suficiente para tomar conciencia de que estoy como prestada en este mundo, entre toda esta gente. El techo, por las mañanas es blanco e indefinido, sin manchas, sin objetos que lo midan, quizá sólo algún reflejo metálico, o la proyección luminosa de otra pared. El techo, cuando abro los ojos, no está sobre mi cabeza, está enfrente de mí. Ese es mi horizonte. Mi suelo está en mi espalda, o en mis costados, incluso en mi pecho, mis rodillas o en mi sexo.

Esto me separa de los demás. Ellos, con el suelo en sus pies, encuentran su horizonte allá a lo lejos, en una línea que viene a ser el mismo suelo. Alcanzable en el tiempo y el espacio. Mi horizonte está enfrente del suelo. Cuando abro los ojos, durante apenas un segundo, extiendo los brazos hacia el vacío. Y sé que dos mundos cohabitan en este mundo: el mundo de los que caminan hacia su horizonte, y el de los que tienen que acomodar el cuerpo al suelo porque su horizonte es inaccesible.

Así que cada mañana respiro, aprieto los puños y abandono los ángulos propios de mi naturaleza. Me levanto.

El espejo, desconfiado y añoso, se resiste a devolver las señales de mi triunfo. Se niega a aceptar que mi cuerpo es mi propio suelo, que conserva su propia ley de la gravedad, independiente del mundo, del peso de los días y los años. Y su reflejo me llega contaminado de murmuraciones. De dudas. De temores, incluso.

Al espejo le tiemblan los ojos ante mis labios tensos, mi cara fresca, mis tetas jóvenes. Cuchichea nervioso si observa la firmeza de las rodillas, lo resuelto de los muslos, la frescura de las manos. Capitula ante la fertilidad callada del valle púbico, ante la planicie infinita del vientre, la tersura del cuello, de los ojos.

Lo dejo en sombras, en la duda de haber devuelto un reflejo equivocado, después de tantos años.

Y entre risas me deslizo al armario a cargar mi cuerpo con ropas de señora respetable, y me froto un elixir que me da las cicatrices, el olor a tiempo, el vello perenne, los sudores sedentarios y la sonrisa resignada que ilustra mil dolores cotidianos: las pérdidas irreparables, los sueños incumplidos, los amores que no llegaron a ser, las decepciones más hondas y la nostalgia de la salud, que es un pájaro que sólo anida en las ramas más jóvenes.

Y me maquillo la cara con capas de años, me pinto con surcos los labios, con sombra triste los ojos. Cuento y señalo las uñas quebradizas, y ensayo el baile de unas manos temblorosas y un andar renqueante. Doblo el vientre y humillo las piernas hasta exprimir la última gota de seducción. Y con el último botón del cuello repaso la partitura de una voz entrañable y cansada, y aprendo palabras polvorientas que tilden mi boca de indefensión, que den a mi aura el aroma inconfundible de las colonias añejas, que inspiran una mezcla de fervor, lástima y respeto por la sapiencia que se va quedando pegada a los años.

Y me marcho luego al trabajo.

No tengo que apurarme ni nada por el estilo, soy la dueña de mi propio negocio. Tengo una empresa de distribuciones con una clientela fija y el trato especial de las autoridades: puedo dejar abierto toda la noche, incluso domingos y festivos.

Con esto es fácil pensar que regento un negocio próspero, que mis clientes me asedian, pero qué va. Me voy manteniendo a duras penas. Será por la inflación o por tanto desalmado envidioso que se dedica a hacerme mala prensa, que cada vez se muestra la gente más remisa a visitar el local.

Me fastidia, pero después de tantos años de prosperidad, tengo que ir de puerta en puerta ofreciendo mis productos. Porque mi mercancía es de primera necesidad y no tengo demasiada competencia, puedo permitirme el lujo de tomarme la distribución como un paseo.

Voy de casa en casa dejando folletos informativos. Pero no atestando los buzones con los papelotes vomitivos de los aniversarios de grandes supermercados. No. Yo quiero mantener mi estilo. Yo lo que quiero es el trato directo con la gente: “un cliente, un amigo” es mi lema de siempre, y manteniendo eso he llegado a donde estoy. Mis folletines no están ilustrados con fotografías de colores increíbles, con precios metidos en estrellitas refulgentes y jalonados por señoritas en bikini y niños negritos, pecosos y felices, no. Todo eso suena a engaño. Mis folletines se limitan a decir las tallas, los colores y los precios. Y lo dicen humildemente, sin aspavientos, como quien dice “buenas noches” teniendo la certeza de que con su saludo van a ser buenas las noches. Así, casi sin esfuerzo, voy dejando a cada cual mi tarjeta de visita, y entonces cada familia se dedica a adecentar la casa para cuando yo elija el día en que nos tomaremos un cafelito.

Es así de fácil.

Para algunos es un embrollo, porque nada más recibir mi catálogo empiezan a inventar pretextos, y a decir entre ellos que cómo vamos a pagar esto. Y yo, volviendo a casa si se acerca la hora de comer, o visitando a otro cliente si me da tiempo, voy refunfuñando y dando zapatazos al suelo. ¡Si el dinero es lo de menos! ¡Si para mí visitar una familia y enseñarle el muestrario es una excusa para interesarme por los niños, que cómo anda el catarro del más chico; que si come bien la mayor, que anda con el tonteo; que cómo tienes tú la pierna, que deberías cuidarte y no estar todo el día dale que te pego por los mercados; que cómo le va al Ramón con el taxi; o al Damián, que si sigue con el dominó por las tardes o si lo tenemos pachuchillo con los bronquios! Para esto me arreglo todas las mañanas y me planto en sus puertas, cargada como una mula (que no puedo tirar de las piernas, bien lo sabe Dios), para eso... para que me digan que no saben cómo van a pagar.

Peor que echarme de la casa...

Así, con razón llega una algunas noches, asqueada. Con tanto desagradecido no me quedan ganas ni de cortar los brotes de los árboles.

Con estas mismas, con mis buenas intenciones de siempre, empecé a frecuentar la casa de A.

La nuestra es una amistad que viene de antiguo, como curada en un sótano polvoriento, ajena a las miradas de los curiosos y los detractores que me persiguen.

La primera vez que la vi por la calle, los árboles crecían entre vientos ardientes, en el campo acechaba el eco de un rumor de tambores. Ella iba caminando sin querer mirar más con los ojos, el pelo recogido para siempre en mi memoria, como si el viento lo hubiera condenado a encerrarse a su alrededor. En su mano izquierda una niña de poco tiempo, en su mano derecha el vientre tenso, guardando un niño asustado, y en el codo flexionado se posaba la mano cálida y segura de un hueco que caminaba con ellos.

Suave, callada, casi sedosamente, su vida iba trazando círculos en torno a mi casa.

La veía caminando con los pies arrastrándose, y la huella se iba alargando, dibujando surcos, como esbozos de agujeros en la tierra.

(Yo me balanceaba tranquila en mi mecedora.)

Caminaba, para mi regocijo, acercándose a la tierra, recogiéndose en sí misma. Con los ojos casi vencidos iba abriendo la boca, alzando las manos metro a metro, avanzando a golpes de aliento por la carretera agujereada que lleva al pan de los hijos.

Allá, a lo lejos, detrás de las mañanas más frías, esperaban los cuerpos limpios de los extraños, la ropa blanca de los vencedores, el miedo sin mácula de los camaleones tendidos al sol.

Con el tiempo iba dejando de ser mujer, iba perdiendo el olor, el sabor a hembra. Sólo iba quedando el amor de madre, celoso, posesivo y protector bajo aquella cáscara de alambre cansado.

Su sombra se pegaba con furia al suelo, ennegreciendo las hojas, aplastando el polvo de los caminos. Ella seguía el suyo, pero la silueta en tierra se estiraba, se agarraba a las piedras. Reclamaba su sombra el reposo, añoraba el peso, el abrazo último del cuerpo.

Como despidiéndose, A se iba desprendiendo de los abalorios vitales, de sus reclamos de perpetuación. Escondía los pechos, disfrazaba las curvas, el brillo de los ojos, la longitud del pelo. Y olvidaba las caricias y los gestos propios del amor, la alegría, el entusiasmo, el afán de la belleza, las semillas de los cuerpos ajenos. Y descuidaba, tras los espesores del hambre, los perfumes que propagan fertilidad a los vientos, madurez a los frutos.

Todo enterrado bajo mi reino, bajo los sueños ahogados, bajo las cenizas de las ilusiones.

Podía excluir la casa de A de mis itinerarios, porque su cuerpo, inclinándose a tierra, sus ojos mirando el paso, sus manos moviéndose apenas por un puñado de comida, su miedo a la vida; todo, todo eran señales inequívocas de que me buscaba, de que era ella quien quería visitarme a mí.

Así, serenamente, con esa seguridad en la conciencia, podía atender otros asuntos más inseguros.

Si la pierna de la verdulera del entresuelo se gangrenaba, corría –ahora con más razón- a interesarme por su estado de salud, si el catarro de su chico resultaba pulmonía había que andar cerca, o si el tonteo de la mayor derivaba en anorexia. No debía faltar mi apoyo si el taxi andaba mal –que detrás venía el paro y el hambre-, o si en la respiración del abuelo se oía la musiquilla de un cáncer.

Así podía ir descosiendo el poco misterio que entrañan mis visitas.

Y todos tienen que resignarse a la complicidad inevitable de elegir conmigo el modelo, la talla, el color de la muerte que le corresponde a cada uno. Acaban todos por admitir que lo mejor es abrirme la puerta, invitarme a un café, sin espectáculos, sin lagrimeo inútil, y con un trocito de pastel dar un par de vueltas al muestrario y posar entre todos, amorosamente, un dedo sobre lo que mejor le venga al abuelo, o al padre, a la madre o al hijo.

Con A yo había saboreado el triunfo por adelantado. Tan planeado estaba su porvenir, tan de cajón me venían sus días que parece que todo ha tenido que torcerse en el último momento.

No es que me haya engañado, o que haya logrado eludir mi abrazo, no. Eso es imposible. Lo único que ha pasado –y me molesta terriblemente- es que no me ha rendido pleitesía. Y me fastidia y se me pega al cuerpo como una mosca en un día de calor el que mi trabajo quede deslucido por un simple defecto de forma.

A lo mejor el fallo ha estado en mí, a lo mejor mis cantos de victoria, la evidencia de mi hegemonía me distrajeron en los detalles esenciales de mi quehacer.

La vida de A, lo que se veía venir, daba lustre a mi trabajo, era un ejemplo vivo de mi eficacia. Todo hasta ayer por la tarde.

Mis días pasan –y los hombres no se aperciben de ello- entre los acordes de distintas músicas. Las tocan las personas que hay en el mundo. Los instrumentos son sus pasos, sus lágrimas, los minutos de hastío, de duda, de inconsciencia; las quejas, las alegrías, las ilusiones, los amores que les ocupan, los gritos, los sudores, las palabras importantes, los secretos, los jadeos, las exclamaciones y los cantos; las enfermedades, los dolores, las preguntas de los niños, la brutalidad y las cicatrices del tiempo. Cada uno toca sus instrumentos e interpreta su melodía: una marcha que celebra el advenimiento de mi reino.

Están todo lo que ellos llaman “vida” ensayando la pieza que me festeja. Y el día de su muerte es como una fiesta inaugural donde ellos dicen “estos son mis instrumentos” y me brindan la partitura que yo misma he ido escribiendo.

Y ese día todo es pompa y regocijo en mi reino. Porque durante el segundo que tarda un corazón en convertirse en carne inerte, en el instante en que los ojos se vuelven cristales vacíos, en ese instante minúsculo en el que el aliento se escapa de la persona y desaparece el más mínimo de sus movimientos, yo, durante ese segundo interminable y supremo, me siento fértil.

Fue ayer por la tarde cuando A ultimaba su ensayo general, previo al estreno. El suyo había sido un tiempo de sobresaltos, su cuerpo intranquilo apenas dormía. Ayer, paseando trémula e incrédula por entre las quejas de los presentes vi el cuerpo inerte de A. Todos, con la felicidad que les cabía estaban diciendo la dulzura de su muerte. Reposada. En medio de la siesta, sin ruidos, sin dolores, sin una queja, un simple cesar de la vida. Después de los años agitados por el hambre, la guerra, el miedo, ella había aprendido por fin a dormir y todos habían venido a comprobarlo, a celebrarlo.
Yacía postrada de un lado, cerrados los ojos, un brazo abrazándole el pecho, con una palma entre la almohada y la mejilla.
Nadie reparó en mí. Yo no importaba.
Toda su vida fue un ensayo de mis acordes, el cuerpo venciéndose, buscando el reposo que todo lo mata, el que seca los pozos y niega el deseo, el que apaga la lumbre y festeja los naufragios.
Paseando entre los suspiros de los presentes, buscaba por primera vez en la vida y en la muerte una silla para mí. Una silla para el descanso, para disimular el temblor de las piernas, el frío de los huesos, para descansar los ojos incrédulos: su cuerpo había encogido las piernas hacia el pecho, como buscando la cara con las rodillas.

El cuerpo de A yacía en postura fetal.

Su reposo no era el reposo que yo esperaba pacientemente. No era el que deja todo debajo de tierra, el que acaba, el que niega todo, el reposo negro de la vida truncada. No. Su reposo era una pequeña vela en medio de mi negrura. El suyo era el reposo previo a la esperanza, a todas las posibilidades, a todos los movimientos. Era el reposo previo a la vida.

Los que yo había tomado por dolientes eran los invitados a una fiesta. Lo que yo creía congoja y aflicción se me estaba apareciendo como dicha. Yo había venido a ver lágrimas estertóreas y encontré una celebración, porque aquel era un reposo que anticipaba nacimientos. Nadie había ido a verla morir, a despedirla. Ella los había convocado para que la vieran nacer.

Y como un pez se ahoga porque le falta el agua, aquella falta de muerte me estaba matando.

Salí precipitadamente. Antes de traspasar el umbral hacia la calle, vi cómo la colocaban en el ataúd, nuevamente de lado y en posición fetal: las arrugas de las sábanas, el hueco caliente, el vacío palpitante de la cama me decían que no era yo quien se la llevaba.

Y en mi reino negro hay un hueco mínimo, el de un punto minúsculo que ha rehusado mi hospitalidad. Y ese punto de imperceptible luz en el centro de mi fastuoso imperio de la negación, está comiéndose poco a poco mi tranquilidad. Porque me deslumbra de la misma forma que a un topo lo ciega la luna en su cuarto menguante.

24 de julio de 2011

ALGUNAS PREGUNTAS QUE YO ME HACÍA ANTES, CON UNA CODA SOBRE FIN DE CARRERA (Para repasar y actualizar).

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¿Por qué para hacer mis cosas tengo que estar siempre solo?

¿Por qué se considera que lo que haga o diga un artista tiene que estar fundamentado y ser demostrable?

¿Por qué lo que hace un artista se considera más “elevado” que lo que hace un panadero?

¿Por qué el crochet no está considerado como arte, si muchos artistas al pintar sus cuadros sólo se dedican a exhibir sus habilidades manuales?

¿Por qué no dejan tocar los cuadros en las exposiciones y sí la verdura en las verdulerías?

¿Por qué si la gente ama a sus hijos, para descalificar una obra de arte suele decir “esto lo hace hasta mi hijo”?

¿Por qué a las obras de arte “se las contempla” y a un niño jugando “se le mira”?

¿Por qué algunos artistas piensan que si nadie entiende sus obras, sus obras son más serias y mejores?

¿Por qué además, esos mismos artistas, están todo el día quejándose de que sus obras no las entiende nadie?

¿Por qué cuando una obra de arte provoca la risa se la considera menor que otra que no la provoca?

¿Por qué no hacer obras de arte en las que colabore, por ejemplo, mi madre?


CODA DE FIN DE CARRERA

En el 94 los profesores de 5º de la Facultad de Granada me seleccionaron para la colectiva de fin de carrera. Me gustaba sinceramente lo que hacía en aquel momento. Había trabajado bastante y pensaba que había aprendido –que estaba aprendiendo- cosas. Y pensé que exponer allí estaba bien: mucha gente no lo había conseguido, y era duro, y además, lo hacía al lado de gente a la que casi admiraba. El que iba a ser mi director de tesis (que luego no hice) me vio en ese estado exultante. Cuando estábamos distribuyendo las obras por la sala me preguntó: “¿Qué, qué piensas con todo esto?” Yo le dije que durante la carrera había trabajado bastante y pensaba que había aprendido –que estaba aprendiendo- cosas. Le dije que entre las cosas que había hecho y las que me habían pasado, eso de exponer allí, para mí, era “no sé… IMPORTANTE”. Él, muy tranquilo y sonriendo me dijo: “Nada lo es”. Y se volvió para hablar con otra gente.

Ha pasado todo este tiempo y he seguido haciendo cosas que intentan dignificar mi vida y mi oficio. Me veo ahora y no me he elevado en el gusto ni purificado en la inteligencia, aunque he mantenido limpia mi voluntad y he madurado en juicio. Y hasta hoy he pensado que es verdad lo que me dijo el que iba a ser mi director de tesis (que luego no hice): nada es importante.


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COLOR CARNE




Un hombre encontró una planta que, convenientemente tratada (en infusión, picadita sobre las comidas, en ensalada, como guarnición o dentro de rollitos de primavera, aplicada en emplastos o aspirada en vapores) tenía la propiedad de sanar a cualquiera de cualquier mal, dolor o enfermedad del cuerpo o del espíritu.
Los saltos de júbilo que este hombre dio por su prodigioso descubrimiento convencieron a un afamado periodista para que lo invitase a su coloquio, que se emitía en una importante cadena de televisión en horas de máxima audiencia.
Al hombre se le henchía el corazón de gozo. Sus preocupaciones, sus conocimientos, su vida misma cobraban sentido en este fruto: el fin de los males, los dolores y las enfermedades de los cuerpos y las almas de la Humanidad entera.
Le entrevistaron en el programa, y durante una hora larga dijo lo que tenía que decir y explicó todo lo explicable sin un solo -¿cómo es posible?- corte publicitario.
En su casa, sereno ya en la utilidad de su aportación a la buena marcha del Universo, se permitió la vanidad de soñar con el Nobel en Medicina, en Química, y quién sabe si tras sosegar tantos ánimos atormentados no le daban también el Premio Nobel de la Paz.
Al día siguiente, camino del quiosko de la esquina, se encontró con Luis, uno de sus amigos más íntimos, que dándole un toque simpático y afectuoso en el brazo, le dijo:
-¡Eh, que anoche saliste en la tele! La Puri decía que no, y yo que sí, que sí eras tú... ¡Increíble! ¡Lo que me reí!


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MI VECINITA

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Mi vecinita era un poco regordetilla. Un año mayor. El pelo muy corto y grandes parches rojos en las mejillas.

Aquella tarde decíamos palabrotas y hablábamos de cosas prohibidas saltando en el sofá de skay verde. De pronto se sentó y en el revés de su mano izquierda hizo algo extraño. Se lo pellizcó con el pulgar y el índice derechos y me dijo: “Esto tienen las niñas”. Era como una rayita con un bultito de carne a cada lado. Me decepcionó, me pareció tonto.

Jamás podría haber imaginado que aquella arruguita absurda empujó a Shakespeare a escribir Othello y además provocó la Guerra de Troya.

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GÉNEROS

Lui Scroll estaba en su casa viendo una película en la tele. Una de indios y pistoleros. Cuando los indios estaban a punto de cortarle la cabellera al guapo protagonista, un terremoto les cortó el rollo y permitió que el rostro pálido pudiese escapar a refugiarse en los brazos de su chica, una linda y fornida pelirroja de las praderas de Arkansas o de por ahí cerca.

Un terremoto de verdad destrozó en ese momento la ciudad, y con ella la casa de Lui Scroll. Cuando los equipos de salvamento consiguieron abrirse paso hasta ese barrio, y se afanaban en remover los escombros de su edificio, buscando víctimas y posibles supervivientes, Scroll seguía allí, milagrosamente vivo. Estaba cubierto de polvo, atónito y con la cerveza caliente en la mano, frente a la tele, que había reventado bajo un gran trozo del techo. No conseguía asimilar que había visto un terremoto en una película de vaqueros.


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RAREZAS

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Algunas veces me porto como un hombre. Tengo cosas que me gustan y cosas que no me gustan; peleo por las primeras y peleo contra las segundas.

Algunas veces me porto como un imbécil inservible. Peleo contra las cosas que me gustan porque me huelo que son mentira y me van a decepcionar, peleo por las cosas que no me gustan porque tengo la esperanza de estar equivocado con ellas, por si tienen el puntito que esperaba encontrar en todo lo que de entrada me gustaba y probé y resultó insípido.

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PECES PEQUEÑOS



Hay peces pequeños que sobreviven en el inmenso océano porque no se separan de los tiburones. Son testigos de sus tropelías y matanzas. Nadan en la sangre que ellos producen. Son peces escuálidos e insignificantes, como pequeños juguetes del mar. Sólo comen lo que les sobra a los monstruos con quienes viven, y son testigos de sus amores violentos, sus decepciones más terribles y sus alegrías (que celebran a dentelladas). Esos pececitos viven muertos de miedo todo el día y duermen fatal, presos de convulsiones nerviosas, pero casi siempre mueren de viejos o por enfermedad: ningún bicho del mar pensaría ni por un momento en acercarse a ellos.


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FUERA DE JUEGO

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Algunas veces el amor es como el fuera de juego posicional. Sin intervenir en la jugada estás cometiendo infracción.

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MANO Y POTAJE

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Algunas veces no me siento con fuerzas para gustarle a alguien.

A veces no tengo ánimos en la voluntad para sentir por ti. Me dejo llevar por los ruidos que hacen la gente, los objetos; me tiendo en una actitud de hastío y desesperanza. Juego, o me dejo jugar, a que no hay nada que hacer, a que todo está perdido o dándome la espalda. Es un cansancio casi provocado. No sé qué consigo con esta actitud de poner mi mundo cuesta abajo y dejarme rodar hasta el abismo. Pero en momentos como este de ahora me invade la sensación de que haga o no haga, nada está en mi mano. En todos los sentidos y en todas las cosas que me atañen. ¿Qué será de ti ahora mismo? ¿En qué piensas, qué sientes? A veces me molesto cuando me hago estas preguntas: siento que me estoy fallando en mi plan de dejar que todo florezca o reviente por sí solo. Supongo que soy demasiado débil para dejar libre mi conciencia, para mandarlo todo a la mierda por dejadez. A lo mejor soy demasiado activo para dejar que todo se coloque a su manera. Soy de intervenir. Y claro, mi mundo es un potaje de mil demonios y entiendo que cada cosa tiene su punto de hervor. Y a veces está todo tan frenético como si en el potaje hubiera un cucharón gigante removiendo constantemente. Pues ni así. Unos días se me agudiza el desespero y me muevo por un ansia de supervivencia, y otros días me revive un rescoldo inexplicable de falso optimismo, y salgo al mundo, con ímpetu infantil, a proclamar mis dos segundos de insulsa alegría. El resultado, cuando metes mano en un potaje antes de tiempo, con todo lo individual por cocer, con el conjunto por cohesionar, con todo girando y girando, antes de estar cerca de estar a punto… el resultado, digo, siempre es descorazonador. Decepcionante, y qué esperaba. Por entusiasmo o por supervivencia, cuando la intervención está fuera de tiempo o lugar, no es más que una siembra de desazón y una cosecha de ridículo.

Dejarlo todo es, a la vez, lo más cobarde e inteligente, lo más acertado y lo más pasivo al tiempo. Todo arde y todo se renueva entre fértiles cenizas.

Te pienso en los ratos en que esta lucidez o esta cobardía de enmudecer los gestos se debilita o se pone a descansar, o simplemente a tontear con fuego. Y te siento ahí, donde estés, tan lejos, tan ajena a cosas tuyas que sin que sepas me dan la comida, tan de espaldas a todo lo que sin ser tuyo, le daría aire a tu mundo, tierra a tus semillas y todas esas gilipolleces que te escribo a veces…

Tú vives el momento como una pelusa de diente de león. Cualquier ligera brisa te afecta más que una opinión.

Qué voy a hacer, pues.

Tú eres tu comportamiento en cada momento.

¿Y qué puedo saber yo de lo que va a brotar un día desde debajo de las cenizas?


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CONFIANZA




La palabra que salve al Hombre se escribirá en un papel blanco. Irán a leerla al centro de un tumulto en una plaza en invierno, la esperarán en el estrado o en la punta de una farola, pero todos la oirán.

Los dientes, las uñas afiladas no la rozarán. A su lado se ahogarán gritos y se desbordarán las lágrimas, pero la palabra se mantendrá firme. El cielo se derramará sobre el suelo, sembrado de muerte por tantos depredadores, pero la palabra permanecerá fiel.

La calle temblará al paso atropellado de los justos, pero allí estará, limpia, escrita en el centro de su papel blanco, como si acabase de llegar. Vivirá en este mundo de fuego y no se quemará. Y ni los vientos, ni las tormentas, ni los silencios más vergonzosos conseguirán mover, hollar o diluir a esa palabra pequeña que alguien escribirá en un papel blanco y que salvará al Hombre.

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EL LAUREL Y LA TORMENTA

Estoy atrapado en el tanteo, en la indeterminación. Le he hablado de dibujos como mapas topográficos, de cómo deberíamos enfocar nuestra energía en dibujar completa una determinada cota, y sólo así pasar a la siguiente. Le hablé de paciencia y serenidad, de aprender a saber desde dentro que las cosas se forman ante nuestros ojos, sin forzar su propia naturaleza. Le hablé de tranquilidad, de no apresurar los pasos, que son trampas para el futuro, como las palabras dichas antes de tiempo, como los sentimientos que se conforman con cualquier palabra para definirse y así los decimos, y nos salen desnatados, descoloridos e inservibles, y así los malgastamos. Trampas para el futuro. De cómo una idea que te haces acerca de una cosa es una puerta por la que la obligarás a pasar, aunque le venga pequeña, aunque esa cosa en realidad no tuviera sentido pasando por ninguna puerta. Trampas. Por nuestra prisa, por nuestra impaciencia al adelantar los acontecimientos, usando nuestros colores y frases hermosas en la cubierta de un libro que amamos, pero que aún no ha sido escrito. Y esa premura pudre las palabras que lo balbucían y aborta las que tenían que venir a completarlo. Un desastre provocado por tu mano. Lo que podría ser no va a ser, lo que estaba siendo se queda absorto y desubicado y acaba deambulando insomne, irreconocible e irrecuperable, hasta perderse. No han de crecer con normalidad las cosas que se han salido de su naturaleza. No hay razón de ser para esos sentimientos prematuros: nadie los esperaba, no hay fuerza suficiente en las venas de quien los siente, por eso los pulmones no están convencidos, no hinchan el pecho con ardor por esas palabras. Y la cabeza excitada ya puede pensar en mundos infinitos o amores invencibles, ríos de lava, campos de ambrosía o prados de flores insomnes consumidas por una pasión lacerante. Nada. No era el momento o la temperatura o la situación, y tu prisa ha pillado a la Naturaleza de espaldas, y lo que te sale de la boca, en realidad no te sale, suena como una broma de cristal que se te ha caído. Y de alguna forma sabes que se acabó. No hay sentido ninguno en adecentar una equivocación. Querías blancura, pero por tu debilidad, en su centro resplandece tu mancha. Y ahora no la toques. Y ahora no la ocultes, no intentes limpiarla, pues por pequeña que sea esa mota, sabes que es el centro de tu universo fallido, es el cuerpo de tu sentimiento traicionado. Déjalo todo como está y no pierdas, además, tu dignidad buscando consuelo en tu torpe humanidad.

Y es el miedo a esa torpeza, que en mí permanece en vela, buscando el momento de su reinado, el miedo a tener sólo nubes para pintarle un mundo soleado, el pavor verdadero a desnudar el vacío que rodea este agujero; ese miedo, digo, es el que va de la mano de la seguridad en mi verborrea inepta, el que deja colgado el paso en el aire, sin saber qué hacer con las armas con las que me he pertrechado, porque no sé si ha de librarse una batalla en la que no se distingue el color de las banderas ni las razones del enemigo. Qué batalla puede haber sin amor ni odio escritos, sin sabor a sangre en los dientes ni tenaz calentura en los huesos.

Y así, con el paso congelado, mientras el mundo va haciendo sus ecuaciones con normalidad, mientras ella va paseando por ese mundo de fuera de ella y de mi, al ritmo de su propia apetencia, capricho, necesidad o descuidada naturaleza, mientras ella va paseando ajena, indiferente o expectante, qué importará eso al devenir de los tiempos, a mí sólo me queda abrigarme con mi serenidad, tejida con orgullo y frustración, calzarme la paciencia y encaminarme con paso resuelto hacia mi propio corazón, a buscar o esperar que me rehabiliten los buenos tiempos. Y ponerme en su paisaje sin poner una nota discordante, un solo color que la extrañe, y domar los aires que están ensanchando mi corazón turbulento. Y ponerme a su lado o frente a ella con el puño en alto y no hacer caso a sus caras extrañas ni a los gestos de su sensualidad y respirarle encima mi amor, o lo que tenga, con la fuerza del aliento de un geranio, en un idioma sin puertas por las que pasar. En un lenguaje que le dé su parte de dicha sin peso, porque es un lenguaje comprensible al laurel y la tormenta, porque se pincha en cualquier tierra pedregosa y siempre encuentra vida, siempre aporta alimento para el alma.

Y esa bondad con la lengua mordida se ha de abrir paso como todo lo que es necesario aunque no tenga nombre, como todo lo que nos hace vivir aunque no lo hayamos pedido o necesitado. Se abrirá paso aún cuando ella no entienda nada, porque vendrá con la muda determinación de una brisa suave que nos trae el aroma de la flor del cerezo, mientras la arranca del árbol.


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PUES NO SERÁ AMOR

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Será picor, o algo parecido, ¿no? No será amor, si es que me molesta y me quita el habla ¿Qué puedo saber yo, enraizado en la tribulación, ofuscado en el idioma de los dientes? No será, si la conclusión es hastío del mundo enfermo, somnolencia absurda mientras el día gira, y el sol pasa sobre mi cabeza. Horas, alientos y cariños posibles flotando río abajo. No será amor, si el día es lodo y es gris. No será amor, si te pienso en una amargura vacía, si te imagino en un abrazo fermentado y te beso en brotes abortados, en himnos huecos. No, no será amor lo que crían los bordes de las heridas de la razón. No será amor, seguramente, si en el día encuentro un canon del dolor de la costumbre, y me vibran tontamente las cuerdas, los metales, y se me ensordecen los vientos, las maderas. No será amor, pues alimento al parecer no aporta, ni frase efectiva para mí ni para otros, ni para hoy ni para mañana. No será amor, digo yo, si no encuentro manantial ni prado soleado. No será, si todo se resuelve en el soso pastel o en la caricia burda. No será amor el libro aprendido ni el hueco hollado en la hora convenida. No será amor el cuenco agujereado, ni el suspiro en el campo que se agrieta, ni las manos que se me quedan ociosas, con todo su paisaje en mi costado. No, no será amor, creo, mientras digo adiós a la posibilidad, a la ilusión del océano navegable, al viento a mi favor, a tu sonrisa en horizonte imaginado. No será amor el abrazo que no es. No será amor una alegría prematura, una silla coja ni un tejido endeble. No será amor, si sólo veo cielos bajos, preñados de estrellas de la asfixia. No será amor, pues duelen los pies y se abren las costuras, y la estupidez y la ignorancia van corriendo desnudas por los campos.

Si no será amor, no me importa su figura esbelta, no me importan las certezas del pasado, que se consuman en su caldo las intuiciones y su falsa alegría. Que se rompan los termómetros y rebosen las compuertas, que se suspendan las batallas del ánimo, que se salgan las puertas de los quicios y se agote la poca risa que le quede a la sangre.

Un viento inclemente se está colando en el bocado y en el abrazo, en el trago y en el abrigo. No trae perdón ni resuello, trae el furor uterino de la antorcha que todo lo renueva. Sea pues, y que todo se cubra de mierda, lo que sobra y lo que falta, y que todo se ensordezca mientras balbuceo un solo con las notas de mi nueva canción. No espero nuevas flores. Sólo que el incendio se extinga y la riada se lleve lo podrido, y que mi nuevo aliento tenga una bienvenida para el vacío, pues aunque no sé lo que es ni lo que iba a ser, lo que ahora es, amor, no será.


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