17 de diciembre de 2012

Lectura de José A. González en "DICHOSA CULPA"

Estimados lectores de "Hambre":
En esta entrada comparto el vídeo íntegro de mi primera lectura pública de "Hambre".

Ocurrió en el Cabaret Literario "Dichosa Culpa", organizado por el colectivo Gilles de Rai, el 15 de Noviembre de 2012 en el Espai RAI, en Barcelona.

Empecé muy nervioso, pero la gente acabó pasándolo bien, creo.

A ver qué os parece a vosotros. Gracias!

http://vimeo.com/54960785




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8 de diciembre de 2012

NIDOS EN LOS NOGALES


Tú, que tan ajena  a mis debates escondes aires salados tras el mostrador, y con dulzura inocente me dejas ver un poco de la blancura deliciosa del pan de tu dentista, sonriendo, y me enseñoreas el chip con la voz suave, tú, que me llevas dos días faltando al trabajo, que me has puesto a afeitar antes de tiempo, que has hecho que me duche dos, tres veces en un día y has hecho, además, que insista más que otros días en zonas que no se ven y que no creo que en realidad huelan tanto, tú, hermosa y diligente, pidiendo perdón por lo que no debieras, tan sólo con el simple gesto de mover los dedos de una mano en un fichero minúsculo, las pupilas de los ojos recorriendo una pantalla invisible para mí, tú, que con el simple murmurar de tu aliento casi introspectivo me enviaste a mí, o en mi dirección al menos, tu poquita de brisa de la mañana mientras yo, pobre de mí, estaba aún por recuperar el resuello de veintidós o veintitrés escalones por planta, y en el desatarse de mi batalla de fogonazos y pálpitos y persecuciones y expediciones a la caza de señales verdaderas, o al menos veraces, convincentes, yo, patético unas veces, indefenso la mayoría, dudé si escuché que me decías “Dios” o “diez”, que da igual, créeme, en este contexto, pues para el caso a mí me sonaba a “unidad”, ¡la unidad, figúrate! Ambos frente a frente, separados apenas por un triste mueble de aglomerado, tú, que haces estas cosas en horario laboral, aunque no estén contempladas en las negociaciones del convenio colectivo, tú, digo, conseguirías de mí, intuyo, hazañas de héroe anónimo que no desmerecerían en páginas de épica cotidiana.

Eso era. Que lo sepas. Date por advertida y tírate el detalle de poner en frascos dosificadores la bondad de tus efluvios e inciertas ensoñaciones, divina roedora de mis entrañas. Tenme, en lo que puedas, un poco de justa clemencia, no vaya a ser que un día me encuentres por la calle, henchido de amor iluso, y sin disimulo, y delante de gente que conozcas empiece a mirarte con cara-de-cuánta-ropa-me-llevas-siempre-de-más-corazón. Mientras los elementos me dejen un margen, siempre mantengo en niveles aceptables mi caballerosidad, mas, te lo advierto, si no te comportas, vas a saber cierto el día menos pensado que sí, que yo plantaría ginkgos por ti, que reordenaría filas enteras de sauces o abedules a tu elección, que subiría encantado a buscarte nidos a los nogales, que blanquearía los naranjos bravíos por ti. Sólo lo tendrían que desear los labios de tu boca, y mis muros de piedras acumuladas en años de falsas alarmas y vergonzosas reorganizaciones vitales tras la decepción, se vendrían abajo en jubiloso estrépito. Y verías mi parte blanca, mi aroma oculto, mi más dulce y deseable afán latente.

Por eso, deja pasar los ríos, deja la flor de tu cerezo temblando en la bonanza del viento cálido, mientras la hierba alta ondea colina arriba.


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4 de diciembre de 2012

TENEMOS QUE ENCONTRAR REBELDÍA.



Tenemos que encontrar rebeldes incluso en una generación que vive con sus padres hasta los treintaycinco años, aproximadamente.

Tenemos que encontrar rebeldes entre los que, con cualificación universitaria, no se lanzan a por una vida segura en el funcionariado.

Tenemos que encontrar rebeldes entre los que, al perder el primer trabajo, al fallar el primer amor, no vuelven a lamentarse a la habitación donde dieron el estirón.


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3 de diciembre de 2012

EL FIN DE LA JORNADA

Algunas noches, al final del día de trabajo,
decido
que me voy a tender a leer.

Cuando pasa un rato,
me digo
que sólo me voy a tender.

No encuentro el interruptor
de la lámpara buena.


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El deseo

va quedando sepultado
por el paso
de la espera a la decepción.


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27 de noviembre de 2012

La sencillez

proviene de la acumulación
y el paulatino depurado
de las complicaciones.


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HIGIENE POSTURAL

Al negar o afirmar,
tu cabeza puede estar clara y decidida.

Pero vigila que los pies
estén fuertemente asentados,
pues la vida sigue,
más allá de tu intervención.


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11 de noviembre de 2012

EN SINTONÍA

A pesar de que la mayor parte del tiempo me reconozco ingenuo, casi patético, me sobrevienen de tanto en tanto ciertos chispazos de una briosa convicción que hace que todas las piedras que mira mi corazón acaben convertidas en oro. Llámalo amor, o búscale un nombre de hondura o pomposidad equivalente. Alguno que no tenga que alargarse en explicaciones para expresar la más maravillosa alquimia. Son esos chispazos de luz instantánea la única energía que puede abrirnos, a ti, a mí, a todos, de verdad los ojos. Esos chispazos, que no se pueden forzar, que no se pueden pedir, son la única puerta que se nos abre para que, asomados, podamos ver las cosas desnudas de falsos atavíos.

A cada cual llega, en su momento o en su grado propios, esta posibilidad de ver su sendero propio iluminado. No pueden trazarse itinerarios conjuntos, y es ocioso planear el momento, el grado y la compañía. Por mi parte, desperezado de la dicha del descubrimiento de esas posibilidades, me dispongo a disfrutar de esas energías, pues no son constantes ni siempre vienen a favor. Te pienso, por mi parte, y no dejo de adivinar, desde un rincón inexplicable, las notas de nuestra sintonía. Ya creo tararear una tímida línea de bajo, incluso aventuro el sordo rumor de las percusiones. Y pienso estas notas, y me encuentro en su tempo, y te pienso, y las vivo como un tempo compartido.

Nada dura. Y si algo durase sería algo externo, extraño a nuestra propia naturaleza. No sabríamos verlo, no podríamos disfrutarlo. Agua y aceite. Los remansos en los que percibimos la vida como una canción tienen su tiempo, su anchura, su límite. Son eso, pequeñas aperturas por las que, en un momento maravilloso, podemos asomarnos y comprobar, en un instante, el complejo mecanismo de la gran sintonía que lo gobierna todo. Nos contiene, nos lleva y nos trae. Por eso es bueno aprovechar el momento a favor, el momento de limpia claridad en que nos sentimos, desde dentro, parte insustituible en el gran meollo. De pronto, por mi parte, sin tiempo para esperarte, para contrastarlo contigo, encuentro esa especie de sentido total que tienen las cosas que esperaban, en el tiempo o en el espacio, algún elemento precioso que no estaba en su mano, que no podía estar en su plan, para realizarse. Ahora parece que sí. Ahora, aún cantando solo, siento una cierta sensación de eco que me acompaña. Como quien se adivina frente a un espejo en la absoluta oscuridad, canto solo pero sé que podemos ser parte de la misma canción. Te adivino.

Es ingenuo, sí. Suena patético, repito. Como los exabruptos del que contó sirenas donde había manatíes. Es esencialmente incomunicable la dicha de sentir tu lugar inscrito en la mecánica del todo. Y no sé si es música o simple obsesión lo que me hace intuirte en las tinieblas. No sé si es sólo una especie de ilógica estupidez, pero me suena a tono. Y no voy a embarrar mi suelo limpio. Sé que proyectar es manejarte en terreno equivocado. Sé que nos alzamos para caer, pero hay que aprovechar ese momento de tu máxima altura. El aire está limpio y gozas de tu mejor perspectiva. El suelo está lejos, y puedes descansar de la derrota y del dolor.

Antes de que todo se apague, yo sé que soy una tímida luz que avanza en la negrura. Lo que dure. Cantaré mi canción limpia en este mundo enfangado. Y me ilumina imaginar que tú puedas componerla, cantarla conmigo. Incluso me vale que hayamos empezado a componerla, a cantarla por separado. La certeza de la posibilidad de esa sintonía me llena el corazón de momentánea energía inagotable. Nuestros días, así, no se sucederán con frialdad, pues ambos sabemos, cada uno a su manera, que componemos juntos un canto que no está equivocado. Es la canción que cantamos tú y yo y otros que no conocemos, en tiempos y lugares distantes, pero es una canción que dará amparo a la gente en sus tiempos más oscuros. Imagino que esa melodía, compuesta en esa soledad que es tuya y es mía, es una melodía compuesta por todos, y va a alzar en los espíritus airosas torres, y va a abrir hermosos espacios habitables en los corazones.

No quiero otra cosa que no sea perseguir ese tono, seguir venteando ese aroma esquivo que nos une a todos. Sin señales, sin partitura, tenemos que coger al vuelo las canciones que otros empezaron y cantarlas con ellos. Tenemos que continuarlas, sin señales ni partitura, y hacer lo posible por que esas canciones nos sobrevivan, pues otros como tú y como yo, que se verán solos e ingenuos, las continuarán, aportando su parte a la gran sintonía, que nunca acaba. Y así seguiremos, endureciendo la piel, templando las vísceras, haciendo de nuestra vida un silbar con alegría, enmedio de un mundo sucio de vulgaridad y ruido.



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THE HIGHER LAW


Ya quisiera yo hablar de las cosas que avanzan, 
caballos de madera, de fuerte estructura, 
que soportarían el peso de un niño hasta su madurez, 
con ruedas de giro holgado, suficiente. 

Caballos de madera hechos por mi mano, 
con mi cara en técnicas aditivas, 
con corazón cálido, alma vital, viento salado del sur, 
del mar a la montaña y del río al llano. 

Hablar de las cosas en las que tu sonrisa me tienda la mano. 

Ya quisiera yo hablar de esas cosas que 
hacen brillar los ojos y sirven 
para que la gente camine junta y avance hacia delante. 

Hablar de cosas que cantan y no de las que no han de nacer, 
en momento oscuro, revelador.


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No por mucho preguntar

te responden más temprano.


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Mil hojas.

¿Sería una catástrofe ver las cosas poniendo en un segundo plano el enamoramiento, la desazón, el descontrol de las emociones, y priorizando el cambio por el cambio? ¿Sería lícito, sería aconsejable el provocar los desenlaces, el tener ese cambio como fin último? Seguramente, y sería lo más sensato no hacerse preguntas –o dejarlas preguntadas como al aire, sin considerar una espera mínima por sus respuestas- en este estado de empantanamiento mental/emocional en que me veo. Quizá lo más sensato sea dejarlo todo correr, una vez más, si es que, como mis escasas fuerzas revelan, no encuentro la bravura del amor. Mejor estarme callado y sentado en esa penumbra mediocre que es la indecisión, pues, ¿por qué con sólo pensarte me vienen a la boca no más que dudas y preguntas? ¿Por qué sólo me veo moviendo miedo en esta especie de apuesta cobarde? ¿Qué me está engañando, qué me está mediatizando, limitándome la apertura de la boca y el ímpetu del corazón? ¿Se me están tambaleando los cimientos sobre los que yo montaba ese artificio esplendente que acabé llamando amor?

Tengo que parar de hacerme estúpidas preguntas en este estado. Sólo conseguiré enmerdar mis partes limpias. Lo inteligente es fabricar o esperar a la energía que me ayudará a salir de mi obstinado lado melancólico, y ver las cosas en una dimensión más justa. Quizá más desapasionada y aburrida, pero puede que más real. Sobre todo porque, con tomar una cierta distancia de mí mismo, me oigo y no me reconozco. No me admito. Porque,  ¿a qué decir de mi amor, que es mi parte más grande, que es mi más profundo don como un “artificio esplendente”? No quiero ponerme de parte del desaliento. No es justo desperdiciar en banalidades y absurdas quejas los momentos preciosos que nos ha regalado la vida. Sentirte vivo es aprovechar tu tiempo. Y tienes que encontrar virtud e impulso para merecerlo. Vienes a la vida a criar cuerpo, agrandar los pulmones y ensanchar el corazón. Vienes a encontrar la máxima elasticidad de los tendones y a estirar las articulaciones de la emoción. Vives para tomar conciencia de tu libertad y para ganártela. Fuera de eso, todo el sentido que pongas a tu existir es engaño y desazón. Si mi alma resbala hacia la negrura, es mejor callar y construir tiempos mejores. En silencio, con paciencia y humildad. Y no malgastar. No ensuciar la vida de los demás, ni pasar de largo la tuya.

Siento que no tengo derecho, por mi escasa energía de hoy, a ponerte entre paréntesis, como si una remota posibilidad de tu amor fuera algo sin valor. No tengo derecho a ponerte en duda, por mirarte desde las mías, no tengo derecho a menospreciar mi valor  ni mi cobardía, pues son un estado momentáneo y, en realidad, no definen adecuadamente el tamaño ni el alcance de mi fe. Si te he empezado a amar desde la pregunta ¿qué derecho tengo, bobo irresponsable, para, por falta de aliento puntual, rebajar la calidad del amor, juzgándolo desde las estrechas miras de las respuestas?

Las preguntas se echan al aire, y se van amplificando, abriéndose al horizonte, como gases flexibles y conformados en la apertura y en la mezcla. Las preguntas, como los amores, tienen su sentido en la expansión, en el crecer. Lo que uno llama respuesta no es más que una cata puntual de esas expansiones. Son pequeños refugios, descansos que nos inventamos, que sólo ilustran un punto, un momento. Las respuestas son claudicaciones ante el movimiento perpetuo del todo.

Tengo que dejar de atormentarme en el temor a que no comprendas mis debilidades, y acabes perdiendo la paciencia por la parte más humana de mi cansancio.



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NADIE

ha de mirar por mi.

Pues de esfuerzos con pobre fruto,
de largas horas sin brillo
está conformada
mi alegría.


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Un barco que se aleja.

No sé tu nombre. Te has ido.

No tengo que fingir bien ni mal, dolor ni alegría. No tengo que opinar, no tengo que elegir el cómo me siento qué.

Ni ante ni hacia quién.

Amar en libertad es el goce ligero del dulce desamparo de un paisaje limpio.


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No quiero

escuchar un silencio más alto que otro.



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Suelto caprichos,

que crecen por su cuenta,
y vuelven seriedades.


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POR QUÉ LOS ENAMORADOS PARECEN GILIPOLLAS.

Porque no tienen una percepción firme del tiempo y del espacio.

Porque confunden los apetitos con las necesidades.

Porque se preguntan demasiadas cosas a sí mismos.

Porque siempre proyectan sus deseos sobre la realidad, con lo que la deforman.

Porque nunca saben claramente qué están viviendo.

Porque viven diluidos en el objeto de su amor y así, deforman también la percepción que tienen de sí mismos.

Porque sienten frío y creen que es amor.

Porque tienen hambre y quieren comer amor.

Porque a pesar de tener todo el día el amor en la boca, confunden el amor con el picor.

Porque creen que no pueden hacer nada sin amor.

Porque no entienden el término medio: sintiéndose optimistas flotan por el aire, sintiéndose pesimistas se tiran de cabeza al barro.

Porque la obsesión por el objeto de su amor les hace olvidarse del resto de la Creación.

Porque se sienten castigados y eso les envalentona.

Porque se sienten gilipollas y les da igual.

Porque se sienten enamorados y eso es un orgullo adicional para ellos.

Por eso.

Por eso los enamorados parecen gilipollas.


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El Bocadillo.

Tengo un mensaje esperando en el móvil. Puede ser alguna gilipollez de alguien, y también –Dios no lo quiera- una mala noticia en serio. Yo prefiero pensar que es un mensaje de la mujer que amo, un mensaje que esperaba y que no me lo esperaba hoy. Que me cuente algo bueno en pocas palabras, algo bueno para los dos, o algo bueno sólo para mí, en el peor de los casos. Algo bueno para ella sola... de eso no me fío, sobre todo si supone además algo malo para mi...

El caso es que el móvil me ha pitado el mensaje y me ha pillado haciéndome un bocadillo. Acabo de ver en una pelicula un rollo zen de samurais, y dice que cada momento tiene su lugar o algo por el estilo, y eso me ha convencido. La verdad es que puede decir cualquier cosa el dichoso mensaje en espera. De todo me ha llegado, y a cualquier hora. Y he pensado que a ver si después del mensaje pierdo las ganas de bocadillo, y que el cuerpo no lo tengo yo para grandes alardes.

Voy a comer y que espere el mensaje. Si es urgente lo lamentaré mientras hago la digestión o –Dios no lo quiera- toda la vida. Además, que van a dar por la tele la repetición del gol que ha metido un fulano, que dicen que ha sido un pasote.


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7 de noviembre de 2012

Con un pie en el suelo.


Estoy casi recién llegado de una minigira de trabajo: monitor de pintura y juegos cooperativos para grupos de empresa en Lleida, el lunes, y en Valencia, el martes.

En la actividad de Valencia, una rubilla con gafas, que va a trabajar en un nuevo MediaMa_ _ _, me suelta que hacer bien un color es una cuestión de amor.

Después, en otro juego de creatividad/organización, se pone a hacer cosas, por su cuenta y fuera de guión, con plena conciencia de que su iniciativa va a favorecer y perfeccionar el resultado final del trabajo colectivo.

Lo que ha hecho, lo que ha dicho así, tan sencillamente, me puede, me inspira a nivel humano.

He estado todo el viaje de vuelta dándole vueltas.

No hablo de lo que conseguía sonriendo, con la voz.

Por supuesto, he tenido la precaución de no preguntarle el nombre.

Este post es por las cosas que van desafiando la física, por las que le añaden anchura y profundidad a la realidad. Por esa chica que sabe de qué están hechas las cosas, vendiendo USBs y móviles allá, a lo lejos...
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3 de noviembre de 2012

ESE PUNTITO DE CONSTANCIA.

En algunos momentos, no sólo en los malos, me asalta la poderosa impresión de que estoy en cosas artísticas por cortito, y no por lo contrario. Lo de ser artista por ser un negado para la vida normal. Esa vida normal, a mí, no me ayuda a que haga otra lectura.

Cuando haces cosas artísticas, visto desde dentro, casi puede decirse que te dedicas a estar encerrado en ti mismo. Carl G. Jung decía que “el que mira afuera, sueña, y el que mira adentro, despierta”. Luego está lo del “conócete a ti mismo” y cosas por el estilo. En fin, muchas citas podría poner para justificar mis introversiones, pero la base es que cuando miro afuera, me siento un inepto. Cuando te acostumbras a estar más de la mitad del tiempo confrontándote y poniéndote obstáculos para saltártelos, acabas poniéndote quisquilloso con las cosas y contigo mismo. Te tiras así las horas y los años, saliendo a la calle a por una barra de pan o cosas así, paseando manchas perennes en pantalones de pana, en camisetas de propaganda y viendo siempre desde  lejos verdaderas bellezas inaccesibles para ti, para tu gusto o al menos para tu consuelo. Y te acabas creyendo el papel de pobre inepto para la elementalidad, para la vida en directo.

Hoy me he dado cuenta de que, si a pesar de todo esto y más, sigues aguantando el tirón y no das el brazo a torcer y sigues en esas trece, si sigues adelante incluso sospechando que todo esto te viene grande y en realidad no estás en tu sitio, que todo esto es fruto de que en plena pubertad te coincidió un momento raro de la hormona con un libro de Dostoievski, o Platero y él en la época del instituto, o Rothko o calendarios de Picasso o de algún otro, y te acabaste zambullendo, pobre de ti, en LA ELECCIÓN EQUIVOCADA, si sigues adelante a pesar de estar convencido de que a lo mejor no eres más que un caso concreto de la psicología no patológica –de entrada-, lo que queda de un pobre niñato que sólo quería un poco más de atención que la media de entre los que consiguen acabar la FP, si sigues insistiendo en el equívoco, a pesar de que la vida te vaya de culo la mayor parte del tiempo, y lo sepas, y ese saberlo y seguir adelante te adorne para siempre con un magnífico humor de mierda, porque sabes que intentar desandar el camino hasta convertirte en una PERSONA NORMAL, ya es cuando menos complicado, porque a estas alturas, presentas credenciales y sólo te toman en serio para ir a marear la perdiz, y ya no hay más remedio que insistir en el alambre, y con ese nivel de ingresos, sólo puedes permitirte una casita de alquiler bajo en Zancadilla de la Torre, Avenida de las Pieles de Plátano, sin número, esquina con Palos de Ciego, y a pesar de que el tiempo se te espesa enumerando las contras de tu vida, y sigues en lo tuyo, interesándote en todas esas cosas que te acaban encerrando en ti mismo, si sigues porque sabes que algo maravilloso e inalcanzable está en juego y escondido, y como un bobo despreocupado has ido pasando así de adolescente interesando a joven promesa, y de frustrado te diriges a vieja gloria otoñal sin haberte enterado de pasos intermedios que te hubieran permitido meter mano para enderezar la situación, si te has tragado todo cuando has visto cómo te adelantaban mediocres por la izquierda, ineptos por la derecha, ignorantes por arriba y oportunistas por abajo, y si a pesar de todo esto sigues intuyendo ese algo maravilloso en lo que haces, si además consigues pagar el alquiler y poco más, si a pesar de conocer todo esto de ti aún hay gente que te envía mensajes de amor o de aliento y muestras de interés por pasar tiempo contigo, hostia, al final, esto es tu vida ¿no?

Qué menos que intentar enardecer el corazón de la chica que te gusta, ¿no?



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A TU DISPOSICIÓN.

Pienso en tus cosas, y aunque sé que de forma autónoma estarás viviendo tu vida, a mí no deja de agarrárseme en algún sitio indeterminado un grado mínimo de indemostrable certeza por nuestro contacto. Me encuentro sólido, a pesar de todo. No encontré pisadas en la maleza, ni señales en los astros, no encontré afirmaciones terrenas ni pistas en los cielos de que vaya a ser yo quien va a procurar tu acomodo. Contado suena banal, sentido suena torpe y afirmado suena impertinente, pero tormentas peores se descargaron en risa, y con solidez evanescente, veo mis alientos asentados en tu vida.

Pues sólo con estar cerca, enviando un mensaje, interesándome, apareciendo de vez en cuando como para hacer bulto, preguntando en voz alta por tus cosas, relacionando en público las tuyas y las mías, llamándote en mitad de la noche para darte la imprescindible referencia de un pintor, escritor, filósofo, saltimbanqui, educador, cantante, erudito, cocinero, gañán de la escena pública, héroe de la idea, malabarista de la consciencia del saber o personaje famoso por la exquisita belleza de su pellejo interior, por su ruindad, capacidad para la reflexión lúcida, para la polémica pertinente, señalado por la talla del enfoque de su saber o por su simple y atronadora zafiedad, sólo con estar al quite, siempre que pueda, a darte la respuesta que tenga, sólo con estar despierto cerca tuya, por si necesitas un apoyo visual, una mirada cómplice, un gesto de consuelo, un guiño de comprensión, sólo con mantenerme ocupado en mis cosas, pero con un ojo puesto en tu mundo, cuidando de no convertirme en un estorbo, pero manteniéndome a la vista, aunque sea de refilón y desenfocado, sólo con mantenerme contigo en mí, ya sé que estoy poniendo algún tipo de sabor o reflejo coloreado o aroma o bonanza o extrañeza o rara atmósfera o nueva claridad o sombra acogedora en tu paisaje, a tu disposición, sólo con ser YO, con lo que tenga en ese momento, sólo con aparecer y seguir empeñándome en ponerme en tu trayecto, sólo poniéndote delante alguna de mis formas, sé que estoy aportando algo al sabor que vas teniendo en la boca, a la temperatura de la cara, al relajo o la crispación de las manos. Yo lo sé. Y eso me empuja a seguir adelante.

Y está bien que mantenga la atención concentrada en tus lugares más inverosímiles. No sólo porque cada noche al acostarme quiero dormir con la impresión de que he hecho lo posible para que mi bien suceda, no sólo por eso. También porque tus maneras viven presas de una divina y turbadora estadística. Debo mantenerme pendiente de todas tus formas, de todos tus disfraces.

Cuando consigues creer que el amor está en tu cuenquito, de pronto se evapora, se mezcla con las nubes, y se va a llover a otra parte.

Adónde va todo esto no lo sé. Alguno recogerá las semillas que levanté de la tierra, las que regué con mi sudor. Para comer no me queda otra que confiar en la grandeza del campo. Y no puedo planificar nada con respecto a lo que realmente me importa. Bastante tengo con manejar esa ensalada de impulsos momentáneos que tengo que callarme para que esto –y yo mismo- no nos salgamos de madre. Bastante tengo con intentar saber si hay conciencia en tu reacción cuando estábamos allí. Bastante tengo con escrutar tus palabras o pensamientos callados ahora que estás allí y yo aquí, pensando que somos entes diferentes, cuerpos distantes y discursos tangentes. Aunque a veces yo ponga mis fuerzas en estar, de alguna manera, en tu paisaje.


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Deficientemente comprendido

es el amar
cuando se considera intimidad
el mero enseñarse las partes que
un pudor suficiente mantendría ocultas,
al menos un tiempo.

Igual cuando se llama confianza
a un simple intercambio
de rumores o secretos espinosos
referidos al uno, al otro o a un tercero
que no está presente.



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29 de octubre de 2012

Si me publico,

no es
para gustar.


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DOS AÑOS DE HAMBRE

Queridas y queridos.

Tal día como hoy se cumplen dos años de la publicación de la primera entrada de “Hambre”.

En aquellos días lo hice todo con ímpetu de ingenuo. Básicamente, la intención al abrir ese “trayecto literario y visual” era conseguir escribir todos los días. Mucho antes de “Hambre” ya había probado diversas tentativas de esas que tienen como objetivo que te sientas escritor: presentarte a concursos de relatos, a ver qué pasa, escribir cartas de amor, a ver qué pasa, participar en revistas de instituto, a ver qué pasa, redactar currículums, a ver qué pasa... También, incluso, me autopubliqué libros, y ayudé a que otros se los autopublicasen. Siempre todo, a ver qué pasaba. Con estos intentos me han pasado cosas memorables. Unas por enjundiosas, y otras por deprimentes. Lo de escribir, frío no es. Al hilo de aquellos intentos, llegas a la conclusión de que no va a aparecer de repente una señal en el cielo que te dice que eres escritor. Lo dice uno mismo y va que chuta. Con la boca más chica o más grande, dependiendo del momento, del público presente, de la autoestima, del descaro, o de tu poquito de orgullo. Cada uno busca sus pruebas. Yo digo que soy escritor porque caí en la cuenta de que tengo ideas inconsistentes en mitad de la calle, y aún así me las apunto en el dorso de la mano con un boli que se está gastando. Uno dice que es escritor porque alrededor de ese hecho sencillo hay infinidad de hilitos que salen y llevan a otras implicaciones y compromisos vitales, de forma que, aunque no camines sobre las aguas, ni corras más que los demás, ni te llueva la lencería fina cuando pases por la calle, sigas aceptando esos compromisos vitales con naturalidad.

Esas implicaciones acaban caracterizando mi vida, esto es, cómo me tomo las cosas, cómo las veo y qué hago con ellas. Supongo que es una forma específica de ser humano. Una manera concreta de ser normal.

Quería escribir todos los días porque perseguía encontrar “mi voz”. Me he puesto a publicar algo cada mes, y ese era el ritmo de producción mínimo que me exigía para mantener el blog. “Hambre”, inicialmente se plantea como un libro en la red, que se está escribiendo y editando públicamente en tiempo real. Se le llama trayecto porque no tiene plan ni objetivo prefijados. Sus entradas pueden leerse en orden libre, pero también puedo sugerir/dirigir diariamente su lectura mediante la difusión puntual de sus links en las redes sociales. El público puede acceder libremente a la lectura y participar, de forma orgánica, con sus comentarios al pie de cada entrada, o en mi perfil de Facebook. Todo, como siempre, a ver qué pasa. Aunque sé que tengo definidos ciertos intereses y acabo abordando casi siempre los campos semánticos de ciertos temas, no sé cuál es “mi voz”.

Escribir cada día me lleva a valorar la parte verbal de las cosas que me pasan. También me ayuda a elegir los libros que quiero leer. No sé quién escribió que el escritor es un resultado, más que de lo que escribe, de lo que ha leído. Escribir cada día, pues, me dirige hacia quién soy, y pone en juego los ingredientes que construyen lo que quiero ir siendo.

Hasta aquí, el despliegue de una serie de sucesos que se dan en mi intimidad. Como todo lo que hago está teñido del influjo de mi vocación de maestro, esos sucesos íntimos son para compartir. Un maestro es alguien que basa la construcción de su persona en el esfuerzo por saber, aprender y asimilar todo ello como experiencias comunicables que compartirá con otras personas, con la intención de ayudar a que esas personas se construyan. Sonará soberbio y arrogante el que me presente como escritor y maestro. En la claridad de mis intuiciones, en la honestidad de mis íntimas razones no se ve eso. Decirme abiertamente escritor y maestro escenifica mis presupuestos vitales y éticos, mis intenciones. No le da valor a lo que aprendo y comparto, no lo hace bueno ni interesante. No le da calidad a mis escritos ni grandeza a mis intentos. Sólo digo las cosas que son. Al contrario: un escritor que no es leído y un maestro que no se da a compartir, no tienen razón de ser. No se están construyendo, y están eludiendo su papel en la vida. Es aquí donde entra en escena el papel insustituible de alguien como tú, que lees, al menos, esta entrada de “Hambre”. Mientras andaba perdido buscando mi voz, siempre me he visto acompañado por quien leyó o interpretó, por quien intervino para reforzar, apoyar o sugerir, también por quien mostró adhesión, comprensión, sorpresa, cansancio o desacuerdo, por quien ve al escritor, por quien ve a la persona y por quien los confunde, por quien habla abiertamente y por quien opina en silencio. Por quienes asocian “Hambre” a su nombre y por los que lo siguen desde el anonimato. En sus mínimas palabras: los lectores de “Hambre” ayudan a construirme.

Llegado el segundo cumpleaños, pensé en señalar esto, en agradecerlo. Incluso pensé en celebrarlo, en marcarlo como evento. Pero después pensé, por una parte, que eso daría facilidades a la vanidad. Y la vanidad se queda en sí misma, no construye. Por otra parte, pensé: ¿Por qué destacar este agradecimiento hoy? ¿Qué debo agradecer hoy, que se distinga de lo que debiera agradecer cada día? “Hambre” es un cajón de sastre sin plan, se está construyendo y editando en tiempo real. Se comparte a diario y es de entrada libre ¿Cuándo tengo que parar y agradecer? Publicar, compartir y agradecer son lo mismo, me digo.

Se apunta uno la idea en el dorso de la mano, la desarrolla en un cuaderno, la limpia en folios reciclados, la pica en un ordenador, la repasa, a veces la ilustra, la traslada a un pendrive, la lleva al locutorio, la descarga en el administrador del blog, la maqueta, la publica, y una vez que es visible, la comparte con personas concretas. A veces algunos responden. A veces algunos preguntan. Y entre todos se construyen las preguntas y las respuestas. Nos ayudamos.

Ante esto, no encuentro mejor agradecimiento, no hay más digna celebración de nuestro segundo cumpleaños que intentarlo, una vez más, publicando una nueva entrada.

Grácia, Barcelona. Octubre 2012
José A. González


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EL CALOR DE LOS ABRAZOS

Sé que no debería pasar a limpio las cosas que siento. Es abrirle la puerta a los temores que dan cuerpo a las cosas que no pasan.

Si será por buscar refugio al hastío, el tuyo o el mío, no lo sé. Ni sé si será por un juego improvisado o por una desesperanza que sin saber compartimos. O sólo es una fiebre. O un capricho momentáneo. Nada sé. Pero algo se me ha revolucionado en el pecho cuando he encontrado que, de hito en hito en la distancia, saltando de libro en libro, nos hemos encontrado y hemos sostenido las miradas. Te pasabas la mano por el pelo, ordenabas los deseos que tuvieras, admitías los pequeños caprichos que quizá te asaltaban, y mientras, se te veía tan bonita, vigilando tus apuestas... Mis ojos te llamaban. Estamos aquí. Aquí. Y yo estaba detrás de ellos, por si les hacías caso. Y qué anchos y alejados los extremos de la sala de lectura, cuando mis ojos vieron que los tuyos contestaban. Se nos miraban, conversando y sonriendo a su manera, en voz baja, como tramándonos planes infalibles a nuestras espaldas.

Esa visita en la distancia no ha querido, sin embargo, encontrarnos papel de continuidad cuando llegó la hora de que abandonaras, recogiendo, tu mesa. La incertidumbre me dio un brinco, y que sepas que tu gesto no ensayado es culpable de que una cierta ansiedad me sacara los pies del plato. Te acabaste yendo, y ahora no sé lo que me digo, porque lo vi como desde dentro de un puño cerrado. Mis papeles estaban ocupados y no supieron llamarte ni esconderme cuando, recogidos tus apuntes, colgando en tu hombro tu chaquetilla, venías hacia mí. Hacia mí o sólo en mi dirección, en el peor de los casos. No es la dirección adecuada para salir, pensé, y se paró a mi alrededor el normal desarrollo de la biología, la física y el derecho constitucional de 4º. Sigo sin saber medir las cosas importantes, chiquilla. A unos tres metros de mi mesa, esquivando y citando las miradas, alguna razón desconocida paró en seco tu hermosura, diciéndote al oído que no era el objeto, el momento o el lugar o yo que sé. Te quedaste inmóvil frente a mí unos instantes, como absorta despertando frente a un espejo, preguntándote dónde ir. Fueron décimas de segundo. Y el bolígrafo me oscilaba, a milímetros del papel, dudando entre la ilusión de lo certero y la condena al desvarío. Y el papel blanco también te esperaba. La mano de apoyo, congelada, mantenía un dedo estirado, señalando algo que por el momento había perdido su importancia. Se te veia preciosa, se te intuía fragante. Y supongo que complicada. Y yo me decía que vuelva el calor de los huesos, que acuda el latir del deseo, la sangre, que se reconstruyan los vientos y me dejen limpio de cenizas para cuando sus ojos vuelvan a mirarme.

Pero tu cara, tu trenza y tu mochila acabaron poniéndose de acuerdo para darme la espalda. Y siguieron a tus pies, que no me habían encontrado curiosidad ni estima, al parecer. Y allá que te fuiste con ellos, hermosa, adonde quiera que te reclamaran tus razones, tus azares, tus temores o tus audacias. En compañía de tus decisiones o imprevistos te alejaste. Diste la curva de la sección Manga, y supe mantener vivas mis ansias, como mínimo, hasta que desapareciste.

Luego lamenté mi nulo desparpajo. Maldije la escasa fantasía de la vida ordinaria, que no encuentra manera de dejarnos en el sentido los besos que tenemos y no nos damos, y tampoco nos concede manos invisibles en los ojos, para que tú y yo, tan sólo mirándonos, hubiésemos podido montar chiringuitos de caricias y montañas rusas de abrazos.


JAG.
Lesseps 26_9_2012


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28 de octubre de 2012

Malapipa y Gestión del Rechazo.

No tenían intención de entablar conversación, pues parece que ambos, a veces, habían dejado la comunicación, la real, la profunda, en la estantería de los imposibles. No contrastaron nada entre ellos, y por tanto, ni encontraron puntos de acuerdo ni zonas de discrepancia. Yo creo que se dedicaron a soltar, uno su rabieta, el otro su perorata, uno por desfogar, el otro por intentar saber en profundidad en qué momento se encontraba. Lo cierto es que, sin saberlo, cada uno enfocado en la punta de su nariz, absorbido por el sonido de sus propias palabras, estaban hablando, creo, de lo mismo, sin llegar nunca ninguno de ellos a saber que podrían haber colaborado en este asunto, en el de Ella y en el de ellas, en el asunto de este momento concreto y en el de ese momento que parece que se estira y te ocupa los días sin prisa por marcharse, hasta que un día caes en la cuenta de que ese momento, tu momento, sigue ahí, contigo, y con desgana te dices que a lo mejor es que la vida es así. Así que aquí están juntos y separados en el papel. Cada uno lo sentía en sí, lo razonaba en sí, sin sospechar que al lado mismo estaba el otro, como dos monólogos que se rozan en el autobús.


Gestión del Rechazo se aclaró la voz y dijo lo que sigue:

-Quede por escrito al principio, no vaya a perderse entre un párrafo y otro, que en estos tiempos que corren, la última intención que yo dejaría salir de mi corazón sería la de desalentar a otra persona. Me moriría de inutilidad y de vergüenza al ver que mi aportación al mundo es negativa, inhibidora o silenciadora. Por encima de todo, decir que soy partidario de avanzar y favorecer el avance. Aunque ese avance nos acerque al fin.

Sólo con una mirada perniciosa y reducida deja de verse que un fin es un principio. Cuando te cierran la puerta en las narices te están abriendo la calle, dicen.

Y a pesar de ello, a pesar de que periódicamente voy dejando caer mis advertencias de al principio, muchos recelan de mi e incluso censuran mis maneras al hablar de negruras, en las palabras que escribo.

La vida es un campo de posibilidades latentes y pendientes a nuestro paso. Cada mujer y cada hombre atesoran en su corazón una semilla para cada una de sus posibilidades. Unas se siembran y otras no. De las que se siembran, unas brotan y otras no. De las que brotan, muchas no agarran. Y sólo algunas de las que agarran llegan a dar su fruto. Las posibilidades son infinitas, pero no la mujer ni el hombre.

Nacemos y vemos la luz y lloramos, porque nuestra mente, vacía de adornos inútiles, ve con absoluta claridad que crecer es desgastarse. La mujer, el hombre, no pueden ir como bobos, desperdiciando posibilidades, abochornando con dejadez su suerte. La mujer, el hombre, tienen que pensar y sentir, porque al no ser infinitos deben elegir, esbozar qué quieren, qué les ayudaría a conseguirlo y trazar, entre tinieblas, una ruta que les llevará hacia ello. Tienen que buscar ayuda, esto es, compañía, para ese camino hacia un buen fin que a nadie le está garantizado. Haciendo lo que creemos más conveniente para que fructifiquen ciertas posibilidades, desatendemos todo lo que, juzgamos, nos sobra. Así, porque nos sabemos finitos y falibles, al esbozar lo que queremos, definimos lo que no queremos. Para tomar un camino, abandonamos los infinitos restantes. Al elegir cierta ayuda, al apreciar cierta compañía, tienes un gesto natural hacia lo eficaz y lo conveniente: haces lo que consideras favorable para la realización de tus posibilidades. Aunque no son más que apuestas.

Pero claro, la vida es una jungla de elecciones. Los intereses se cruzan, chocan y se molestan. Hay conflictos, roces y desacuerdos. Incluso dentro de uno mismo. Y es imposible evitar que haya personas enfrentadas a tus decisiones.

Todo el mundo nace solo y muere solo, pero todo lo que decidimos, todos nuestros anhelos, sentimientos y pálpitos están basados en la reciprocidad. Lo que somos, lo somos por comparación con algo. En relación a alguien. Nacemos y morimos solos, pero todo el lapso entre nacer y morir se construye en comunidad. En compañía. Así, en esa jungla de elecciones que es la vida, todo se rige en base a protocolos de relación. Y eso se va construyendo sobre la marcha, pues no hay tiempo ni espacio para la experimentación, en interminables sucesiones de ensayo y error. Lo que te favorece a ti está entorpeciendo a otros. La ayuda desubicada es un lastre, y de nada valen las buenas intenciones. Normalmente, tenemos la capacidad de ser certeros e inseguros al mismo tiempo. Mezquinos y maravillosos. Limpios y desalmados, audaces, egoístas, nobles e irresponsables. Así, todo lo que hacemos está mal y está bien, dependiendo de la óptica, del momento, de la opinión, del lugar, del fin, de la reacción de los demás, etcétera, etcétera. En la jungla de elecciones, al elegir las compañías, de partida ya te estás equivocando según para quién. Sobre todo para los no elegidos, si alimentaron expectativas de que sí lo serían. Los no elegidos son incapaces de ver friamente el carácter de tus ciegas apuestas. No piensan en tus objetivos, están pensando en sí mismos, y en cómo con tu elección (con su no-elección) les desprecias. Sin tú quererlo, incluso sin saberlo, cuando eliges algo, cuando eliges qué, cuando eliges con quién, aparte de probar una tentativa sin garantías por tu bien, estás abriendo la puerta de los conflictos.

Tus cosas y tu gente son los protagonistas de tu vida. Las cosas y la gente que entran en conflicto con tus elecciones, son los otros protagonistas: están en tu vida, escribiendo su propio papel en ella, porque la vida en sí no tiene puertas. Todos estamos en el mismo caldo, lo veamos o no.

Todo esto es para llegar a reconocer que no puedes eludir el daño que haces a otros, pues no depende de tu cuidado ni de tu intención. Depende, sobre todo, de cómo los otros hacen la lectura de tu normalidad. De cómo la encajan. Y lo mismo sucede en dirección contraria.

En todos mis amores frustrados, en los que se truncaron después de haber sido y en los que nunca llegaron a ser, se abortaron cauces, se astillaron puentes y se cegaron las luces de lo posible. O ellas o yo mismo estábamos proyectando nuestro bien en otro lado, e inevitablemente uno ponía jactancia y el otro pesadumbre, uno proponía limpieza y el otro sólo tenía cerrazón, porque en aquellas situaciones de divergencia, mientras uno sigue caminando con el corazón esperanzado en las ilusiones del porvenir, el otro se está hundiendo lentamente en la ciénaga del desconsuelo. Hoy no dejo de ver que la inocencia y la culpabilidad siempre iban de la mano, y cuando te liberabas, al mismo tiempo te lastrabas, y las lágrimas de la risa bajaban por el mismo húmedo y amargo cauce que antes había abierto el dolor.

Uno tiene que esforzarse en decir qué es vivir y qué es sinvivir, porque vistos de cerca no son muy diferentes.

Cuando me abandonaron intenté comprender sus razones, intenté asumir sus impulsos. Cuando las abandoné intenté convencerlas de que era el mejor de los casos, para ellas y para mí. Reprimí venganzas y malas palabras a las primeras, les dejé el máximo de honestidad y compañía a las segundas, antes de continuar mi camino en soledad. Nunca engañé, ni me consta que me engañasen. La amargura llegó con la misma naturalidad con la que, al principio, nos visitó la alegría por el encuentro. Y no olvido que la vida es una senda construida por una sucesión de afirmaciones. La vida se hace diciendo SÍ constantemente. Pero nadie dijo que la vida fuese lineal. Tu SÍ está asediado de conflictos, de implicaciones forzosas e inesperadas que hay que negociar. Disyuntivas, elecciones, zalameros descansos, engañosos desvíos e interesadas matizaciones. La fortaleza del SÍ está alimentada por el tino y el vigor al decir NO a todo lo demás. Elegir qué es el SÍ. Rechazar a qué dirás NO. Aunque no hay garantías de final feliz en tu SÍ, pagarás, en ti mismo y en los demás, dolorosas cuotas de desprecio e incomprensión, de daño y vacío indiferente, alrededor de cuanto te supone decir NO.


Por su parte, Malapipa dijo:

-Nadie me había preparado para esto. Nadie me había dicho que afirmar era dar un primer paso en tinieblas. Yo había pensado que era caminar hacia un amanecer que tú mismo te estabas inventando, que afirmar era construir pese a tu pobre cabeza, a tu limitado corazón, un mundo a tu medida. Y sí, todo esto es claro y cierto, pero también es un camino en las tinieblas que provocas en otros. Yo no puedo dejar de ver esa oscuridad que me acompaña en el camino hacia mi luz inventada. Y no podría caminar si no dejara atrás todos esos cabos sueltos. No podría ensoñar que hay un lugar para mí, pleno de amor, si no paso por encima y dejo atrás el dolor que causo.

Malapipa quedó en un silencio apesadumbrado, después prosiguió:

-De nada sirven las buenas palabras para explicar tu peculiar versión de lo correcto. No hay expresión acertada a la hora de contar tu bien a terceros. Las malas noticias, para el que las recibe, siempre están mal redactadas. Las cartas de despedida nunca son lógicas para el despedido. Las palabras de ruptura son dolorosas para los dos, pero el que decide lleva ese dolor como parte necesaria de su elección, mientras que el otro se hunde, en abandono y orgullo doblegado, con el dolor que le imponen. No hay acuerdos reales posibles para desgajar, sin trauma, lo que estuvo unido. No hay consuelo profundo para quien escucha “tú no me sirves”.

Cuando te cierran la puerta en las narices, recibes de golpe el último aire de lo que anhelabas. Es lo último que obtendrás de lo que deseas, y tu panorama ennegrece por momentos. Todo es bloqueo. No has decidido nada de lo que está pasando, no te dejan opciones a seguir ni oídos para expresar tu desacuerdo, al menos. Hay todo un mundo detrás tuyo, y es infinito en jugosas posibilidades, pero tu impulso, tu ansia, tu percepción y sentimiento siguen encarando la puerta cerrada. Cuesta un tiempo y otras cosas inexplicables el que consigas irte girando poco a poco, el cambiar de dirección y perspectiva, y volver a sembrar nuevas ilusiones.

Sé todo esto por la memoria de mis carnes. Y aunque no quise alimentar venganzas por los caminos que me cerraron, aunque intenté la honestidad, la comprensión, aunque me esforcé por no perder nunca la empatía, sé que no hay negociación comprensible cuando me toca a mí cerrar. No quiero desalentar en estos tiempos. No quiero inhibir las bellas iniciativas de la gente que tiene el valor de amar. Pero cuando se me esbozaron negocios imposibles, tuve que responder con crudeza.

Cuando se da un portazo, a ambos lados de la puerta hay dolor y silencio. En el lado de la calle duele el problema, en el lado de la casa, duele esa solución. A pesar de mi capacidad para empatizar con el dolor de los demás, a pesar de mis habilidades para comprender, a mi manera, casi todo, también he acabado acumulando crueldad. Y porque sabía que en la gestión de un rechazo la vía de la argumentación lógica está cegada, con el mismo doloroso silencio que me regaló una, le estoy respondiendo a otra. Y llevo con toda la elegancia posible la cobardía, la desesperanza, el debatirme en la certeza de no sentirme preparado para amar, puntualmente, según a quién. Mantengo a duras penas una maltrecha dignidad en la eterna discusión del estudias trabajas serruchas la hipoteca, la del bailas no bailas, la del sí pero, oye, que creí que tú decías, aunque puede que a lo mejor no es mi mejor momento, y no me olvides pero déjame mi espacio. Así que, con todo ese vaivén descarnado, con todo ese cóctel de quiero y no debo porque no puedes ni sabemos, aunque puede que no te preocupes de saber que somos sin estemos, con este constante gruñir de avances hechos de paremos, a veces, consigo serenarme y mirar una florecita oscilando por la brisa, la miro en su silencio, y miro cómo tenuemente cambia la luz, la temperatura del día con el ligero paso de una nube despreocupada, y sé de alguna forma rudimentaria que es ahí, en la escondida alma de ese preciso instante que se escapa, donde está mi amor puro, ahí está mi hermana del alma, mi compañera, la esperanza remota de mi espíritu afín, amante y constructivo. Ahí y nada más. Y sé que miro el mirar de un perro y veo claro que entre él y yo es a mí al que le está faltando algo esencial para comprender esta vida.

Así sigo adelante, a día de hoy. Estado civil: cansado. Rodeado. Asediado por lindas mujeres que cuchichean en la bruma. Oigo sus suspiros y sé que alguna me está confundiendo con algún soltero de oro del manglar. Se equivocan cuando ven en mi un prometedor osito de tela de toalla, un oído descomunal con un hombro mullido e infinito. Cuando ciertas bellezas se ven escuchadas, atendidas, valoradas, les salta el chip parcelador de aquí está mi maestro, aquí mi terapeuta, mi psicólogo fecundador ¡Oh, mi macho alfa! ¡Oh, mi campeón, mi sostén! ¡Mi cazador/recolector! ¡Oh, el orden de mi caos, la comprensión de mi universo conflictivo! ¡Oh, mi cajita de pañuelos del domingo por la tarde!

Y la vida es un incendio en construcción. Y yo miro tu cara, que está a la vuelta de la esquina de la quinta puñeta, y no me dices ni hola ni adiós. Sólo te quedas calladita, como saboreando ese talento que tienes para rumiar lo que sientas sin arriesgar un pelo. Y supongo que seguirás en tu escondrijo, levantando imponentes construcciones de rara comprensión indiferente, con tus anhelos silenciados, con tus quejidos y adhesiones desubicadas. Y criarán mala hierba los puentes. Y se me oxidarán los goznes de las ventanas. No quiero poner mal ángel en estos tiempos. Quiero construcciones eficaces, semillas verdaderas para el pan del mañana. Pero tú estás lejos y andarás resguardándote de las asechanzas del maligno. Y ya no sé a qué atenerme con tus suspiros en el anonimato.

El tiempo se me espesa y ocupo los días en despachar pensamientos mezquinos que me llevan a los besos que le brindarás a tu maestro, a tu amante, compañero, calzador, confidente, director, enfermero. Tengo que poner tres dedos de aceite en lo que sueño contigo. Y por eso salgo cada día a barrer la fila de cucarachas que hacen cola en mi puerta, ansiosas por un gramo de los kilos que te tengo, desquiciadas por la promesa que no les hice de mi incendio acogedor.

Y ya está bien de tanto pensar en picado. Tengo que repuntar la piel y normalizar una salida para las adicciones por tu belleza fría, por tus olores serenos, por tus manos calladitas adornándose las heridas. Y me digo qué fácil. Qué fácil es saltar de un tren de candidatas al amor con la nariz taponada por las expectativas del instinto. Y caer donde sea, cualquier sitio es bueno. Me digo qué fácil. Qué fácil y, quién sabe, qué plana e insípida hubiera sido mi vida si tú, mi luz, mi maestra, mi abismo acogedor, me hubieras tenido un amor sencillo. Algo que encajara en los instintos que nos juntaban, algo que diera algo de calor en los huecos que deja la razón y añadiera algo de sentido a esta pradera humeante. Daría por clausuradas la rabia y la desesperanza si un día te encontrase, de golpe, con tu poquito de inspiración para ayudarme a construir, con miles de ladrillos de nada es para siempre, un sólido edificio de amor a tiempo completo.


JAG.
Grácia 19_10_2012



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21 de octubre de 2012

Las injusticias,

están rodeadas de gente normal,
que son quienes
las sufren,
las revisan,
las arreglan.

Abre los ojos. Hoy.



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20 de octubre de 2012

Mi parte más tangible.

El día se ha levantado gris,
otra vez.

Sigo con mi duelo tecnológico y
pienso en otras cosas vacías
o mal rellenas, y sé
que a ciertas cosas,
a ciertos días,
sólo les es posible mejorar.

A falta de otras cosas,
hoy pongo ganas.

Es lo más tangible que encuentro.



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19 de octubre de 2012

16 de octubre de 2012

13 de octubre de 2012

SEGURAMENTE VOY A SER UN VIEJO INAGUANTABLE.

Cada mañana, cuando el día no está marcado, de entrada, por un acontecimiento extraordinario, esto es, uno que desde el propio momento de abrir los ojos ya me está absorbiendo la atención, como un niño en la mañana de Reyes, cuando al despertar se me presenta un día normal, como buenamente podría decirse, en esos días, tengo tiempo de varias cosas. Y tengo tiempo de varias cosas a la vez, entre otras cosas, por la cuenta que me trae, porque empiezo el día apagando el despertador y haciéndome dos series seguidas de remoloneo. Como un campeón. A veces media o a veces la hora entera dando vueltas en la cama. Unos días midiendo el día que viene, otros días meditando argumentos para la temprana certeza de “hay que levantarse, pero en realidad, para qué”. A esas horas, todo lo que no sea horizontal es hostil.

Me acabo levantando, claro, y la mente empieza a buscar su lugar trazándome planes infalibles, enfocados a la optimización del tiempo perdido, del tipo: pongo la cafetera antes de ir al baño, aunque me esté aguantando chubascos tormentosos, porque así, el café va hirviendo, y de paso al baño, enciendo el ordenador, y mientras carga, que lo suyo le lleva, yo descargo en el baño, y mientras me lavo las manos, me lavo la cara, y cuando me esté secando, ya está el café sonando en la cocina... En fin, un pequeño protocolo de tonterías que permiten que la cabeza vaya ejercitándose y pase felizmente la transición del estado pastoso del sueño, violentamente abandonado, a su normal consistencia blandengue.

A esas horas, y yo se lo achaco a la brusquedad con que he pasado del reposo horizontal y meditabundo a la frenética actividad de la vertical, a esas horas, digo, la normalidad puede verse rara. O al menos puede presentarse bajo el influjo de sombras o reflejos extraños. Esta mañana, incluso antes de abrir el grifo, el espejo me ha espetado que, si enviara un currículum, si en él pusiera una foto mía actualizada, una foto con la imagen que él, el espejo, está viendo en este momento, la señora o el señor de recursos humanos, o el divino ordenador que da los trabajos al voleo, cualquiera de ellos, vería desde el primer momento que ya no soy un hombre joven.

(un silencio respetuoso)

Bueno, yo le he dicho al espejo que ningún problema, que no voy a enviar mi currículum por el momento. Le he dicho que mi opción laboral es distinta. O algo así. No quería empezar el día hablando/me de mi edad. Así que he abierto el grifo y me he lavado las manos, y me he refrescado la cara.

Normalmente, cuando despierto, tengo ante mí el día completo, quiero decir, nadie me espera, y raramente alguien espera algo. En mi opción laboral no hay un jefe, ni una empresa propia con horarios rígidos. Mis plazos están marcados por retos que yo mismo me impongo, con energías y ritmos que voy buscando/encontrando sobre la marcha. Tengo responsabilidades y apremios, claro, pero parten de mi y ante mí mismo responden, bajo criterios, más que morales o económicos, de pura supervivencia física y emocional. Como, por el momento, tampoco estoy dibujando mi singladura por este mar proceloso en compañía de una señora, también puedo decir que las responsabilidades y apremios que asumo, o no, atañen a una familia unipersonal. En fin, creo que para los servicios sociales no existo ni como minoría étnica ni como persona en riesgo de exclusión social. Me ven como parte de la población activa, y aunque a nivel estadístico soy una persona sana como una manzana, en ciertos foros se me mira como si fuera la manzana podrida del canasto: los más superficiales dicen qué bien vives y los funcionarios me miran entre paternales, incrédulos y condescendientes. Así, aunque puedo decir que a nivel estadístico vivo en un halo, en una zona neutral escasamente comprendida, llevo a gala que en el súper me miran a los ojos al ofrecerme cupones de la batería de cocina que siempre he querido tener, y en el banco recibo y mantengo un trato amistoso, mientras la tarjeta tiene saldo, se entiende. Casi siempre me faltan cosas que la gente considera normales. Las echo de menos, aunque sólo las conozca de oídas. Lo que vengo a decir es que al abrir los ojos por la mañana, tengo el día completo para mí solo. Quiero decir en soledad. En el momento justo antes de levantarme, el cuerpo y el ánimo los tengo de quedarme en la cama. El tiempo que quiera. Es como una felicidad espesa y pegajosa. Pero como dije antes, me levanto, pongo en juego mis rutinas y acabo desembocando en algo que una opinión mainstream consideraría útil. A los pocos instantes de verme en esa actividad caigo en la cuenta de que:

1. SÍ tenía fuerzas para empezar el día, aunque no estaban activas mientras pensaba, dando vueltas en la cama,
2. Lo que estoy haciendo en ese justo momento, lo estaba esperando yo, como mínimo, y también la gente que me quiere, y,
            3. El propio hacer las cosas que hago, consigue que algunas personas que no conocía antes descubran una curiosidad por esas cosas que hago y comparto, y acaben, con el tiempo y en cierto modo, esperándolas. A veces, incluso las piden. Con el tiempo, sumado al interés por esas cosas, algunas de esas personas incluso acaban preguntando por mí.

En resumen, aunque al levantarme nadie me está esperando, hago lo que hago para mí, porque quiero ir hacia esas cosas, y también las hago para quienes me quieren, porque quiero llevarlas conmigo cuando voy hacia ellos, y por último, las hago también para la gente que no me conocen ni a mí ni a mis cosas, pues con esas cosas que ellos no esperaban, hago un puente, entre ellos y yo, que podemos usar libremente en ambas direcciones, para acercarnos a hablar de las cosas, de nosotros o del propio puente, se me ocurre.

-Así que no vas a enviar ningún currículum, ¿eh? -insistía el espejo del baño.

Pero yo seguía concentrado en los grandes retos de recién levantado por la mañana, hacer un pocito con las palmas de las manos para refrescarme la cara. Hacerlo lento, dejando correr el tiempo necesario para que el zumbido espeso del sueño insatisfecho vaya tomándose su tiempo de salir. Respirar un poco. Mirar la loza. La cal. Descubrir un pelito en el jabón. Acomodar las articulaciones inferiores. Coordinar los pensamientos para algún propósito elemental que dé, por fin, el día por inaugurado. Finalmente, el agua fría estalla en la cara y empiezan a llegar los rumores del vecindario. Las primeras señales de las temperaturas de la mañana. El olor de las tostadas, la radio, algunos platos que entrechocan, algunos niños que se levantan tarde. Madres con la vocación tambaleante. Imprecaciones. Prisas. Destemples. Herramientas que, respetuosamente, empiezan ahora su actividad inaguantable, con su ruido ensordecedor, a musicar las reformas de la zona. Y sí, dé la vuelta que dé, al acabar de secarme la cara, ahí está nuevamente el espejo, constante y puntual como un apremio inmobiliario.

Que sí, que ya sé que no soy precisamente un brote verde. Me miro en el espejo, y le doy la razón, ya veo que va pasando la época en que se le podía echar la culpa al Cristasol. Lo que se ve (lo que yo veo cuando miro), se ve talludito, por muy subjetivo que me ponga. Por algunas partes, incluso, el tallo va haciéndose leñoso. Y gracias a que la mitad de las cosas que hago para vivir se hacen sentado, lo leñoso se va tornando quebradizo. En fin, no espero que la parte fenoménica de mi ser construya en la segunda mitad de mi vida los alardes que tontamente balbució en la primera. Sí, siempre había tenido, enfocando plazos cortos, la percepción de que un día soy mayor que el día o el año anterior. Pero, sin saber cuándo, el ritmo, o la percepción de ese movimiento cambia: un día que no es distinto de los días anteriores, te ves mayor, a secas. Un día parece que abres los ojos o más o mejor que antes, y notas que el paso de los años es una tonta anécdota. Una circunstancia sin más. Lo peor es cuando, de pronto, observas que ya has quemado algunos cartuchos, que ya has sacado algunas de las cartas que tenías guardadas en la manga. Mayor.

Uno acaba sabiendo que en la vida, cada día, todo empieza de nuevo, en la alegría y en la miseria, en el regocijo y en la tristeza, es cierto, uno acaba entendiendo que hay implícita cierta nobleza en el ir oscilando entre la dicha y el desconsuelo. Uno sabe que la vida es un deporte en el que el amor viene de la mano del dolor, y alégrate, que te dan dos opciones: la de lo tomas y la de lo dejas.

Y no, no me siento mayor porque me haya sorprendido un penoso cansancio por todo esto. Qué va. Es sólo que de pronto veo que mi sentido de la irresponsabilidad, de tanto andar en el descaro, paradójicamente, va perdiendo frescura. Y te acaba sobrevolando una rabia amarga, oye: las mejores fuerzas de la juventud se desperdician en interminables sucesiones de ensayo-error.

Tú sabes que en realidad, en verdad el tiempo es un muñequito frío que se te deshiela entre las manos, y que con tu mayor entusiasmo estás alimentando la cálida certeza de que el vigor desfallece, de que rompes y se desperdigan los papeles en los que apuntaste tus apuestas. Notas que el fuego es más conscientemente devastador, y las lágrimas traen los sedimentos que han ido arrancando desde las cumbres, pero la risa, si te digo, cuando sale, va ganando en profundidad y brío.

Tras el vómito sabe dulce el agua del grifo.

El orgullo, seguramente va a ir a menos, que no ha de recogerse en la cosecha del otoño el fruto de semillas que no se cuidaron ni aún plantaron en primavera. Yo quisiera ver llegar un sosiego más o menos resistente, que me viniera un saber que las cosas se van colocando por sí solas, que es cuestión de que las dejes que se expliquen por sí mismas. Eso quisiera yo, sí. Pero pesan los ejemplos que me preceden, que van de la mano de mi fino olfato para la ruina inminente. Pesan la firmeza y la tensión que mantienen y aún incrementan, en vigor, mi lado intuitivo: yo SÉ que voy a ser un viejo inaguantable.

Para intentar desechar que este escrito se convierta en poco más o menos que un clamor a la venganza, decir que esa percepción, digamos, la percepción de tu entrada en un nuevo escalafón de la estadística, sólo es verdaderamente dura al principio, cuando te la encuentras por primera vez. Se puede decir que uno se cruza con ese bicho inmundo en mitad del campo, y todo era campo antes de que apareciese, y era estupendo, aunque no eras plenamente consciente de ello. Ahora aparece éste, con sus formas aparatosas, sus andares burdos y su presencia pestilente. Al principio, uno dice “¡Ay, Dios!”, pero el bicho inmundo no es que venga a por ti, no, él vivía en ese campo, y viene simplemente a cruzarse contigo, a que le mires a los ojos y sepas que ahí está. Es inmundo, aparatoso, burdo y pestilente, de acuerdo, pero es ley de vida. Al principio todo en ti son estertores y rechinar de dientes (en la fase postrera a la madurez, este último paso te lo ahorras), pero cuando ves que el bicho sigue andando sin tocarte, sin ponerse a sacarte conversación ni nada así, cuando ves que en tu campo visual, cada vez es menos significativa la presencia de su lomo grasiento, cuando ves que su cola está siguiendo los torpes andares de su cuerpo, y cada vez se estrecha más y más, hasta que en tu panorama sólo queda el campo de antes, en el que poco a poco se va disipando el olor, entiendes que, pasando la violencia inicial de ese encuentro con la percepción de tu madurez, llega una especie de serenidad.

La percepción de la madurez se madura.

Percibir tu madurez te da un punto de madurez.

La vida es un paseo con tu traje más blanco. Disfruta mientras vas hecho un figurín, y no hagas movimientos inútiles cuando te metas en barro hasta la rodilla, pues sólo conseguirías empeorar las cosas. ¿Quién te había dicho que la vida era un paseo por una pasarela, un escaparate o un jardín florido? ¿Eh? La vida es maravillosa por eso: porque tienes el traje más blanco mientras sorteas las zanjas y los charcos. La suciedad te ennoblece, porque relata tus intentos y tus renegociaciones con lo mal parado. El lamento continuado es indigno: un ruido inútil para ti, y un estorbo a la comprensión y aún a la empatía de los demás. Llora y llorarás solo, dicen. La ira alterará tu aliento y no mostrará más que las sombras de los debates de tu dignidad. El lamento pondrá en tu cara un aire patético que deformará sin remedio y aún ocultará tus verdades. A la gente sólo le llegarán tus modos, y no tus contenidos. No comunicarás tu mensaje. Así que parece que lo inteligente sería que te relajes, que dejes pacíficamente la posada que ocupaste, saber, con serenidad, que va llegando la hora de salir y continuar el camino, dejando la cama, el refugio, al próximo que le corresponda disfrutarlo.

Todo esto de la vida, el traje blanco y la posada, sobre el papel lo tengo claro. Mi cabeza lo sabe. Mi corazón lo acepta. Pero juntos intuyen, a estas alturas de mi vida, cuántas preguntas me van a quedar sin respuesta, cuántos de mis más nobles intentos van a quedar ninguneados, prescritos, sobreseídos. Y sé que mi traje blanco, en el último paseo, va a tener una pinta lamentable, porque ya empiezo a saber cuánto de lo que tenía para dar a los demás se va a podrir en la bolsa. Y cuánto vacío seré capaz de cargar, me pregunto, a cambio de todo el amor que yo tenía para dar. Y tanto que pedía. Me intuyo. Me voy a ver sucio y derrotado en mi tonta lucha por un mundo que juegue sin las cartas marcadas. Sé que lo que ayudé a levantar, lo que esperé ver avanzar, acabará acomodado en su tonta complacencia, en su miopía. Lo que quise alentar con lo mejor que encontraba en mi corazón, acabará aprendiendo a reír con los chistes más burdos, acabará paseando a gusto con los deseos más bajos. Me intuyo dolido e insensibilizado, me intuyo brusco, resentido y fatalmente mancillado en lo más profundo de lo que yo pretendía ser. Me veo con las manos llenas de mierda, aplaudiendo rabiosamente los manidos gracejos que vayan soltando en este teatro indecente. La sangre hirviente, con el impulso del venero que se abre paso desde las profundidades, ya me lo aseguraba en la primera juventud; la sangre de hoy, más densa y sosegada, va cuajando sin haber aprendido a refutar con sus sedimentos la impresión de que la obra no va a ir mejorando cuando se aproxime al final. Con dolor se intuye que nada alterará su ritmo cansino, que nada va a venir a alegrar su trama insípida. Seguirá el dudoso argumento de que nada es urgente ni necesario, porque Dios es misericordioso y todo lo perdona. Seguirá adelante, plena en irresponsabilidad, esta obra imbécil, sin que nadie tenga necesidad de caer en la cuenta de que todos somos el director.

Seguirá adelante, y gol.

Todo el mundo estará empanado y ausente, contemplando un vacío desarrollo coral en el que ninguno de los personajes va a coger las riendas. Y cada uno de ellos, sin disputa, sin ansia, va a esperar su ratito de cañón, de gloria en la escena. El conformismo dirá la frase que le den, sin pasión, el egoísmo sobreactuará la suya y pisará la entrada de la mediocridad, que vestida de lentejuelas del polígono, cantará su frase sin entenderla. La dejadez repetirá sin reflexión lo que le susurren en el último momento, el orgullo dará codazos por seguir en el centro, mientras recita con el ombligo. Y mientras, la violencia, afilando los dientes, pintándose las garras, permanecerá entre bastidores, pues hará los coros de más de uno, llenando sus frecuentes vacíos. Saldrá colgada del brazo de cualquiera. ¿Y la estupidez? ¡Eh, que te toca! Ponte los zapatos ¡Los tuyos! Y venga, que sales a decir tu frase ¡La tuya! Y no te vayas lejos, que tienes mimos con la miseria, coreografías con la ignorancia y haces los coros a la cobardía.

Y así, en ese tonto debatirse, pocas luces encuentro para encender ánimos o sembrar esperanzas. La obra viene huérfana de giros brillantes y arranques de la inteligencia. No hay papel para la honestidad, ni vestuario para la alegría. La sencillez es sustituta en el coro, y a la firmeza le han hecho el vacío. La paciencia siempre está en camino, y la lucidez salió a la calle, pero se enamoró de la utopía, así que, prácticamente, las podemos esperar sentados.

Con este cuadro, y mirándome al espejo, viendo cómo mis sonrisas de ahora, mis preocupaciones de esta mañana se ven en mi cara, predichas por las alegrías y desazones de antes, viendo todo eso, ¿cómo se puede esperar de mí un gesto de clemencia cuando llegue la hora de la contabilidad? ¿Me va a llegar el Amor con el declinar del resuello? ¿Va a acabar venciendo lo justo, como en una película de la sesión matinal? Lo dudo. Me miro hoy, y siento que cuando llegue la hora de recoger, voy a acabar cansado de inventar mi alegría. Sé que no hay nada que celebrar cuando tu empeño languidece: seguramente voy a ser un viejo inaguantable.

Leí en un cómic que, en realidad, la felicidad no es lo más deseable. Que conseguirla nos dejaría sin margen de mejora. Iba a formarme una opinión al respecto, cuando me llega el olor desde la cocina: la cafetera ya está haciendo currr, currr, currr. Mientras arranco hacia allá para apagar el fuego, con el rabillo del ojo me despido del espejo mientras le digo:

-Enciendo el ordenador y me tomo el café sentado. Me hago una batalla rápida antes de empezar a trabajar en mi lienzo blanco. Todavía tengo tiempo.


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24 de septiembre de 2012

Un fragmento provisional. (21_9_2016)



Me gusta el contacto frío de los pies descalzos en el mármol, quizá con la espalda perezosamente recostada sobre una pared de piedra antigua, quizá incluso un monumento histórico, mientras se acerca el tiempo frío, mientras sigo el dulce ritmillo de una canción en la que una mujer se rasga las vestiduras de desesperación por el niño de madera que ha encontrado en la alcantarilla. O cualquier canción que pueda llevarse a ritmo con el pie descalzo sobre una losa de mármol. Es lo mismo, qué más da. De vital importancia sería que me permitiera seguir manteniendo mi integridad circunstancial, que no me pidiese una concentración tal que me distraiga la mirada perdida en la marea de curvas de los grupos de veinteañeras que están fotografiando toda la plaza. Hermosas y frágiles como un campo de trigo verde azotado por la ventisca inclemente. Lástima de prisas que tienen. Lástima de impostura hormonal que las mantiene en el desvelo y la ceguera a su verdadera belleza. Lástima de lágrimas y risas que no encuentran su justa ubicación. Lástima de afectos desmañados que no encuentran pertinencia y acaban anidando en corazones equivocados. Lástima, finalmente, de reacciones estertóreas y vociferantes. ¿Es que para comerse el mundo hay que gritar tanto? Ya casi no me acuerdo de las púberes ostentaciones del entusiasmo. ¡Dichosas en su preciosa inconsciencia!

Y claro, el aire benévolo de la tarde, la dulzura de la compaña involuntaria me dice vamos, me dice adelante, me dice arriba, y mi corazón se rasga las vestiduras y atraviesa el suelo de mármol. Y atraviesa las brumas y hace una visita al recuerdo de nuestro encuentro de la otra tarde noche.

Smile me a river.

A mí ya sólo me faltaba que alzaras el brazo entre el gentío y acogieras mi compañía. Que me despacharas tu franca alegría y una cierta mezcla de ternura y cinismo mientras ríes y nos saludamos. Sólo me faltaba que dijeras con frescura que tú eres tú fácilmente cuando yo soy yo, que la vida es una especie de mar templado y expectante. Sólo me faltaban pequeñas cosas así, dichas con los ojos abiertos, para que quiera estar sentado a tu lado cada vez que nos encontremos, rozándote el codo, aplaudiendo tus risas o llenándote la copa. A veces las hambres se me concretan maravillosamente, a veces se me materializan flores hermosas en medio de campos de espino. Y te huelo la fragancia peligrosa en el centro del matorral oscuro e impenetrable. Y te miro también cuando no estás y te sigo diciendo hola cuando ya me he despedido, y me pongo a inventar los cauces y caminos más largos por los que irte acompañando, desviando en silencio la mirada hacia los escaparates o los transeúntes, a ver si acabo de una vez de distraer las ganas de irte besando por la calle. Y mientras se me cumplen las hambres que dicen que en el amor, lo que es, es con sencillez, aunque venga envuelto en coraza espinada, y lo que no es, no es, igual de sencillo, aunque venga cabalgando en alegre trotecillo un potro ardiente, mientras ante los ojos de mi corazón se claven, sencillas, esas hambres, tengo que aprender a manejar la descabellada realidad de que mi calor busca tu frío.

Algunas veces me parece demasiado difícil el verme incluido en alguna de tus aspiraciones, la que sea, aunque sea una de las que te sobran, una de las que te molestan, de las que rezas por la noche para que al levantarte por la mañana te hayan desaparecido. No sé, algunas veces no encuentro fórmulas factibles para mantener una química decente. Por eso algunas veces, acordarme de tus cosas, hacerme una imagen de las cosas que me quieres, es para mí un esfuerzo desmesurado, miserable e impertinente. Ni me voy a poner a llamarte por teléfono, ni sabría cómo adornarme, cómo poner prestancia en la voz. La verdad es que, por pedir, ya me conformaría con charlar contigo en público y acompañarte al metro un par de veces por semana. En fin, será que el corazón no lo tengo todavía para altas cumbres, me temo. Y así, la realidad es que puedo poco más que imaginarme tus olores y suspirar por los besos de tu cuerpo quebradizo, seguir con paso firme hacia ninguna parte, rodearme de libros, poner películas que se atascan, recalentar lo que sobró a mediodía y comérmelo, amándote a mi manera, en silencio, con pan y con cerveza.

(Tenemos mucho en común. Ella es de vino blanco, yo soy de arroz blanco).

OFICIO
También se llega lejos cuando el amor promete. O cuando uno se siente en deuda.

El bolígrafo que yo no quería haber heredado tiene una buena anatomía, un tacto elegante, y la tinta tiene suavidad y rapidez.

A pesar de sus borbotones al principio de los trazos, sé que puedo escribir mi piedra y mi río. Mi techo, mi alegría, mi marrón y mi palo. Lágrima y sangre, sudor y cortesía y etiqueta en harapos. Y cuidadito con resbalar hacia Benedetti, y venas abiertas y esas tonterías de charango y cuchara a la luz de la luna, qué cansancio. Más bien le daré mi bicho.

Le daré mi semilla, y ya estamos otra vez con los niños de papá que hablan de ponchos desde el centro de Paguí, y la nostalgia, y el dolor y la tierra y el hombre y el revolucionario humo de los autos, bebiendo tinto caro con alguna guayaba que no da palo al agua, y que huye de la barbarie y la incomprensión con los billetes de su popó y su momó. Rusa mismo, viste.

Más bien le daré malestar, confesión, marea. Y desnudez, indefensión, le pondré. Y una suavidad percutora que se oficia. Y una nobleza que yo tenga.


Y una humedad, le pondré.
A veces me levanto con el gesto torcido, con las maneras más groseras que me encuentro. Yo, que quería seguir instalado en la inocencia, en la confianza y el apoyo a la bondad natural del Hombre. Pero no me dejan. No es que estén pendientes de mí, para acabar haciéndome la vida más dura. No creo que entre en sus planes siquiera, no creo que tenga un peso real en su paisaje perceptivo. Pero lo cierto es que consiguen que a mi vena amarga le entren ganas de pasear. Les sale de fácil... Hoy he leído, y no me quiero extender, que un elegido a dedo está censurando (juzgando) públicamente a un juez que, por lo visto, no comparte con él -el elegido a dedo- una opinión adecuada acerca de la gente que protesta y/o expresa su malestar. El juez minúsculo sugiere el destierro del Juez mayúsculo. Y digo yo que algo estará podrido en el menú, si un elegido a dedo puede erigirse en juez de un Juez.
Yo creo que lo lógico es que si el menú está podrido en esta vida, hay que quitar la mesa. Habría que dejar algo para los comensales que queden a la expectativa y para los que vendrán después. Para nuestras próximas comidas, digo. Hay que dejar los tenedores, para seguir pinchando en los platos comunes, antes de que todo se enfríe. También hay que dejar los cuchillos, para cortar lo que viene demasiado grande para nuestro provecho. Hay que traer servilletas limpias, pues seguramente nos mancharemos cuando nos dispongamos a separar lo que venga pegado al hueso. Veo noticias como esa cada día, y seguido me pongo a pensar en mi inocencia frustrada, en el ninguneo del honor y la dignidad de las personas al que asistimos diariamente, y mira qué extraño, que a mi lado amargo le sale la metáfora de quitar la mesa. Separar lo que daríamos a nuestros hijos de lo que sólo pueden comer los perros.

El día se vuelve brumoso, finalmente. Está bien. El aire se refresca con una impresión de humedad que limpia el ambiente, aunque agrisa las perspectivas.

De pronto los turistas, parecen darse cuenta de que, ni en vacaciones, ni con la moneda más fuerte, ni con la piel más sonrosada, el estómago más exquisito, ni con la juventud más expectante, se tiene todo el tiempo del mundo. De alguna manera el día brumoso trae la descarnada certeza de que en una misma vida pueden ir de la mano la suficiencia y el hastío.

Los contornos de los turistas se vuelven imprecisos en la tarde gris. Se esfuman, en pequeñas multitudes definidas pero desorganizadas, buscando un menú lo suficientemente práctico o exótico, suculento, curioso, brillante o exquisito. Algo cómodo y bueno para incorporar a las anécdotas, algo que realmente no desentone entre vacío y vacío, entre monumentos y sitios pintorescos. Momentáneamente absorto en una inacabable rutina del ocio más desapasionado, el panorama se me va disipando, pues.

La piedra está dura y caen tímidas gotas, además.

Los grupos de chicas nórdicas, blancas, tiernas, ruidosas y de huesos fuertes, también se suman al menú. Lo veo. Sonríen, cargando expectación, y miran, aunque siguen adelante con su parloteo. Se las ve enteras aunque frágiles. Están criadas en países acostumbrados más a visitar que a ser visitados, imagino, con la patata en la base alimentaria y la melancolía en la base emocional. Sus calores son buenos, seguramente. Sus sentimientos, sinceros, supongo, aunque no puedo evitar albergar sospechas por el acervo espiritual de un visitante de fin de semana, aunque, sí, me reconozco débil y abierto a sugerencias de amor y/o picor en lenguas incomprensibles. Tampoco sería la primera vez que dos estructuras óseas, vestidas de piel anhelante, guiadas por los titubeos del corazón o empujadas por los arreones del deseo, llegan a algún tipo de entendimiento. Ante la imposibilidad de la certeza, la carne decide y la Naturaleza acierta. Es lo mejor para el mantenimiento de la especie. Es ley.

Y todo ocurre coincidiendo con el instante en que empiezo a sentir que el suelo está dejando de ser acogedor. Todo ocurre cuando, viendo señales de tácita torpeza en alguna de esas jóvenes, decido que sí estaría bien que yo, momentáneamente descalzo sobre el mármol frío, entrara a formar parte, al menos, del paisaje perceptivo de alguna de ellas. El corazón bombea las ganas antes de que la cabeza se haya convencido. Es en ese momento en que la Naturaleza empezaba a alentarme un decorado de esperanzas, en ese momento previo a mover un sólo líquido o músculo para enderezar el día, para moverme de lo normal a la construcción de algo extraordinario, cuando una voz helada me entra por la derecha:

-Circule, si us plau.

Aunque por dentro, sin ruido alguno, la Naturaleza me está diciendo “¡Ay, las muchachas!”, no puedo evitar el gesto de buscar con la atención, o al menos con la mirada, la procedencia de una voz que parece que me habla. Y claro, con ese gesto vienen casi seguidas la serie de convenciones que se aprenden y usan para vivir en una sociedad libre: básicamente mirar a los ojos, reaccionar gestual y corporalmente a lo que te dicen, mostrar tu apertura y disposición para el diálogo, y ya en estas, hablar, argumentar incluso.

Pero no me saltó el chip de la educación. Tampoco es que saltara al extremo del desaire, es cierto. No hice casi nada. Sólo miré. Y de tanto mirar, veía cómo de una callada manera, todas las formas que he aprendido desde pequeño para el juego social, todas las maneras de ejercer al menos unos rudimentos sobre convencionalismos para la libre convivencia entre las personas, todas esas cosas que se usan normalmente para que las personas se relacionen entre ellas, pues yo, sin saber cómo, notaba cómo se me encogían, se me inhibían.

Por un instante minúsculo, achaqué el escalofrío que me paseó la espalda a la frialdad del suelo de la plaza. Lo único cierto es que ese escalofrío, su naturaleza siniestra, unido a lo brumosa que se estaba poniendo la tarde, acabaron de desdibujarme las diferencias entre la educación y la mala educación. Sencillamente, en la propia situación, en la lectura que me sobrevenía de ella, no había lugar para tal distinción. No había lugar ni para la una ni para la otra.

Cuando estás bloqueado, permanecer callado no requiere decisión ni esfuerzo, es más, no hay que hacerlo. A veces, al tiempo que se te cierra el ojete, se te cierra la boca. Supongo que es algún tipo de acto reflejo que la Madre Naturaleza pone a disposición de tus instintos para que:

  1. no se te escape el chi, y
  2. no te partan la boca.

La voz que me animaba a moverme de allí venía de detrás de un mentón, allá en las alturas. Seguro. Eso es lo que deduje, pues cuando, en un silencio helado, llegué con la vista allá arriba, la voz ya no era tal, supongo que ya había acabado con su fórmula de cortesía. Cierto es que a una voz se le suelen asociar, en la vida real, unos ojos y unos rasgos en alguna cara. Nada viene por añadidura, por supuesto, pero no es difícil imaginarle a una voz unos labios más o menos sonrosados, enmarcados por un área de piel con una supuesta consistencia al tacto, y una adecuada temperatura, en condiciones normales. Y sobre los labios una nariz, y sobre la nariz unos ojos, ¿me equivoco?

Pues lo cierto es que yo, que soy un clásico, que antes de mirar ya espera señales de humanidad detrás de una voz, pues sólo vi aquel mentón. Y me sentí solo. Era lo más humano que se me presentaba en aquella situación. Y se podrá achacar a mi mala fe todo lo que aventure a decir acerca de una conversación que no tiene lugar, se podrá decir que, sin haber hablado con esa persona, todo lo que yo opine alrededor de sus motivaciones y maneras no es más que pura especulación barata y sin sentido. Y concedo, ¡qué leche! No quiero hacer un tratado para estudiosos, ni un artículo para curiosos cuando muestro mis reacciones ante una persona que se dirige a mí sin mostrar maneras de respetarme como un igual. Si esto no es más que especulación inútil, adelante los interesados. Sólo quiero comentar mi vivencia, sin levantar expectativas indeseadas. No quiero que nadie saque filo a mis palabras. Tampoco necesito ahora las atenciones que me faltaron en ese lamentable episodio. Por eso me quedo en los márgenes de la literatura, que no está obligada para nadie y, en este caso, sólo se alimenta de mi corazón y de las atenciones de quien me lea. No hay, pues, que contrastar con otras fuentes. Los límites serán los que encuentre al rememorar, obedeceré al intento de comunicar y sólo aceptaré órdenes de la ortografía.

La base de mis quejas está en que el mentón, que también tenía unos ojos, como pude comprobar después, no había sido más que un trampolín para aquella voz que con fría educación, o mejor dicho, con indiferente corrección, o aún mejor, con velada y tensa mala leche, estaba esperando sólo que me levantase del suelo y me largara de allí. Así que me fui sin hacer ruido, que no es lo mismo que decir que me fui sin más.

En estos tiempos, decir que me fui indignado llevaría al lector a la activación de ciertos resortes estereotípicos contemporáneos. Con esa expresión, se pensaría más en ciertas actitudes que calan en el ámbito mediático, cuando yo sólo me quiero centrar en mi percepción personal. Si dijese que estaba indignado, se me encasillaría en un determinado contexto social, moral y capilar que no me corresponde. Y no. Yo sólo quiero hablar de mis sentimientos, y no permitiría que se les valorase desde ópticas capciosas y coloreadas políticamente. Lo que siento no cabe en una pegatina. No quiero desmarcarme de nada, pero tampoco quiero servir a intereses ajenos, así que, sin suscribir ni rechazar nada, me abstendré de redactarme como indignado.

No me fui sin más, me fui sin contestar, pues no me dieron las buenas tardes ni tuve, como dije, la impresión de que hubiera una conversación en ciernes.

Ahora debo reconocer con vergüenza que mi primera reacción, al comprobar que aquella voz estaba encaramada a una negra mole inflexible, a escasos cincuenta centímetros de donde me hallaba sentado, fue de miedo. ¿Qué quieres? Es lo primero que me vino. La sinceridad es el camino más corto. A veces para llegar a ninguna parte, vale, pero para mí es el menos artificial. Fue miedo, y supongo que me consuela saber que la primera reacción de los grandes mamíferos, ante animales de mayor tamaño, suele ser la huída. Se lo he leído a Konrad Lorenz. Si el animal mayor supera una determinada distancia, llamada de fuga, el animal menor usa su vía de escape, si la tiene. Allí sentado en el escalón de mármol, al verme sorprendido en esas cortas distancias, lo primero que me dijo el instinto fue que la voz, la mole, correspondían, al menos en tamaño, a un mamífero superior.

Es cierto que, una vez puesto en pie, calzado, recogiendo mi mochila y disponiéndome a “circular” hacia alguna parte, el miedo reflejo instintivo fue dejando paso a la rabia y la vergüenza por la situación. Mientras me levantaba, había tenido tiempo de hacer un rápido travelling ascendente, recorriendo, de soslayo, su vestimenta y apostura. En realidad, el vestuario era sencillo: las partes rígidas de la estructura ósea estaban cubiertas por masas rígidas de una pasta lustrosa y negra, que se adivinaba ligera y dura. Las zonas de las articulaciones inferiores y superiores, dejaban estrechos espacios, reservados para permitir el movimiento, que, con algún tipo de tela rígida, igualmente oscura, enlazaban los diferentes bloques de masa rígida. En suma, a mí se me figuraba un imponente ingenio biónico, basado en la observación exhaustiva de algún tipo de escarabajo estercolero prácticamente invulnerable. Visto así, mi miedo, ya en pie, no me resultaba tan vergonzoso, pues, ¡qué bien estudiado se lo tienen éstos! ¡Cómo ocultan bajo los uniformes la más mínima señal de vulnerabilidad, quiero decir, de humanidad! ¡Cómo anulan las distinciones y peculiaridades personales para que se imponga, en cada cuerpo, la parte correspondiente a la institución que los viste, y por tanto, los presenta como parte de una función, más que como persona que integra un colectivo! Y por último, ¡cómo se empeñan en disfrazar de protección la capacidad para la agresión!

Todo era negro, reluciente e inmóvil, por unos instantes, en aquellas distancias, se entiende. ¿Formará parte de su trabajo diario abrillantar la armadura y los complementos, limpiarlos de la sangre o del sudor de los ciudadanos, o hay una especie de utillero en el cuartel, encargado de dar lustre a los juguetes, mientras ellos se centran en levantar pesas con el mentón, a la espera de órdenes? Me pregunto.

Visto desde mi altura incorporado, mi miedo cobró una altura más lógica, más comprensible. Paralelamente, la superioridad que inicialmente atribuí a aquel mamífero, empezaba a menguar. Nuestros ojos, aunque fugazmente, se encontraron enfrentados, igualmente alejados del suelo, y aún así, podría afirmar que bajo su armadura, al sujeto se le seguía adivinando más corpulento que yo. No puedo dejar de imaginármelos entrenando duro en una especie de decathlon del choque: arbitrariedad, abuso, desproporción, rabia, ceguera, brutalidad, desprecio, insulto, cerrazón y hostigamiento gregario. Normal que, tomados uno a uno, presenten una apariencia más corpulenta que la del ciudadano medio, aunque para hablar de superioridad... Para acceder a este trabajo, habrán superado, imagino, un examen de la lengua oficial, unas pruebas físicas que habrán pasado con nota, alguna prueba sobre legislación que ya habrán olvidado, y alguna sobre cultura general que, visto lo visto, habría que quitarla del temario, pues no le acaban viendo aplicación práctica al día a día.

Yo juraría que, cuando ya me disponía a emprender la marcha hacia alguna otra parte, un mínimo músculo, situado cerca de la comisura derecha de sus labios, hizo un movimiento casi imperceptible. ¿Era el inicio de una mueca de desprecio mal disimulada? ¿Era el torpe intento de una muestra de amabilidad desentrenada? Nunca lo supe. Con su escasa disposición a desvelar la verdadera naturaleza de estos matices, a uno no le queda otra que ponerse en el peor de los casos y obrar según su propia educación, la densidad de su agenda o la variable temperatura de los humores, en fin. Yo, a pesar de todo el paso de la sorpresa al miedo, y del miedo a la humillación, y de la humillación a la decepción para acabar asqueado en la rabia, a pesar de todo, nunca he querido negar la posibilidad de que detrás de ese mentón despectivo, en alguna parte blanda, perdida por dentro de la negra armadura, haya un ser humano. Aunque, con ese musculito que fugazmente rompió la marcialidad del momento, creí ver confirmadas mis débiles esperanzas, no deja de martillearme la certeza instintiva de que a éstos no les han ordenado fomentar y mantener un diálogo con la ciudadanía.

Así que, maltrecho, me voy. Dolido, porque vuelvo a dudar de mi pinta de usuario, de ciudadano libre. No creo ser el único que tiene la sensación de que en esta democracia, llega un momento en que el beneficiario, el cliente, deja de tener la razón. Con la vista perdida en la plaza, con los ojos abiertos de esa manera en que nada está enfocado, le doy la espalda y voy pensando, con pena, en que vaya trabajito de mierda que tienen, porque, al final, sean como sean, no dejan de ser madres y padres de familia, joder. Debajo del uniforme y más allá de sus órdenes, también son usuarios, beneficiarios. Pueblo, digamos. Como todo el mundo, imagino que conservarán su parte de inocencia, su propia aspiración a la felicidad, o al menos a una alegría para ir saliendo del paso, como todo el mundo. No podrán negar que van en pos de alguna forma de la armonía, que también necesitan dar y recibir amor, y esbozar su humilde opinión acerca de cual es el sentido de la existencia. Vale, hay que pagar las facturas, de acuerdo. Vale, hay que hacer concesiones para mantener un hogar con familia medianamente estructurada, de acuerdo. Pero macho, te has buscado un curro de estar todo el santo día repartiendo hostias. Mal karma. Estás de parte de una fuerza represora de la libre opinión. Cargas contra esa opinión sin que cuente la tuya. Todo el día cerrando el libro de reclamaciones de la Democracia. Míratelo. Todo, todo el día esperando órdenes, manteniendo callado tu espíritu crítico, reprimiendo tu capacidad para decidir por ti mismo, ocultando bajo protocolos e intenciones ajenas tu indudable capacidad para abrirte a la gente. Y lo peor: tu uniforme falsea tu humanidad y no deja respirar a tus chakras. Mal karma, nen.

Aunque yo no espero órdenes, me voy, hago lo que me dicen, porque es el “Estado de Derecho” el que en realidad nos manda a “circular” por ahí. Y nos quieren convencer a diario de que eso es lo mejor para todos, para mí también. Poco importa si la forma es un rugido en vez de una argumentación, poco importa si el fin es razonable o humillante. Yo, porque soy consciente de vivir en sociedad, circulo y pongo, por cojones, mi libre albedrío en otra parte. No es el momento de cuestionar o entorpecer la cadena de mando.

Siguen estirando la cuerda, siguen apretando las clavijas, y no piensan en el punto de control limitado que tienen los que ellos creen mansos. Los pacíficos. ¿Les resultará agradable ejercer el poder, el control sobre los que no parecen aptos o interesados en oponer una fuerza de igual magnitud en dirección opuesta? En el mundo físico, los cuerpos tienen un coeficiente de elasticidad, que, una vez sobrepasado, hace que esos cuerpos pierdan de forma irreversible su integridad estructural. Se deforman o se rompen. Bajo determinadas circunstancias ambientales, ese coeficiente de elasticidad puede verse alterado. Ser más elásticos, admitir excepcionalmente condiciones más exigentes sin romperse, o por el contrario, ser más delicados y disminuir su capacidad de resistencia. En cualquier caso, las personas, los grupos sociales, no son cuerpos con un determinado coeficiente de elasticidad. La respuesta a la presión no está sujeta a un determinado número o previsión cuantificable. Las personas sienten y piensan. Las personas valoran el contexto presente, atesoran experiencias y aprendizajes del pasado, y proyectan sus anhelos y necesidades en la construcción del futuro. No se puede presupuestar una reacción. Además de eso, flotan en el ambiente algunas apreciaciones dolorosamente equivocadas con respecto al carácter de los mansos, de los pacíficos. No todos los pacíficos lo somos por miedo. No todos los mansos lo somos porque queramos recompensas en el más allá. No todos estamos interesados en “heredar la tierra”: muchos queremos la tierra hoy. Y la queremos en paz, y a diario ponemos nuestra parte en ello, con conciencia. Es un trabajo duro y silencioso. No es falta de fuerza, es una fuerza parecida, puesta en favor de convicciones no violentas. En favor de ideas de creación y construcción. No es falta de orgullo o valor, es más bien lo contrario: es la construcción consciente de un valor y orgullo propios. No nos quedamos impasibles cuando abusan de nosotros. Hacemos el esfuerzo de dirigir nuestras respuestas instintivas hacia lo no violento en nuestras reacciones. No nos reprimimos, hay que tener cuidado con no confundirse en esto. También tenemos la opción fácil marcada en los instintos, sólo que nunca lo hacemos. Al menos hasta ahora.

Dice Konrad Lorenz que si el mamífero inferior encuentra cerrada su posibilidad de huir, si el acoso del mamífero superior se acerca a una llamada “distancia crítica”, el animal menor olvidará su miedo y su inferioridad física, y atacará “instantánea y desesperadamente”.

Yo no quiero llegar a lo vergonzoso ni a lo imprevisible. Que el abuso al que nos someten no llegue a que incluso los mansos, los pacíficos, nos veamos con todo perdido, sin esperanzas. Que no tengamos que vernos mordiendo por miedo, por hambre o desesperación. Dejen alguna vía de escape, por favor. Vivimos callados y resistiendo, inventando, incluso basándonos en irrealidades, nuestras alternativas. Pero no nos asocien con la indolencia, pues estamos más bien en todo lo contrario. Los mansos, los pacíficos, también vivimos en el temor a que un día perdamos las fuerzas y abramos de una vez las puertas que mantienen oculta nuestra violencia.

No hacemos ruido, pero no se equivoquen. Vivimos a un paso de la mala educación, los pacíficos. Vivimos en el pánico a rendirnos, los mansos. 

Y fíjate que ahora me da por pensar que me he eternizado en algo que no merece la pena. A estas horas, las estudiantas nórdicas ya habrán entrado en alguna cadena (las pobres).

Algunas veces miro lo pequeño como si fuera grande. Otras veces, miro lo grande como si fuera pequeño.

Voy igual de perdido, pero todo está bien. El día se va poniendo de un gris irremediable en mi tonto deambular hacia ninguna parte. Lo peor es que este gris no deja ver tintes de ruptura con el tedio, no parece venir animado a proponer un cambio drástico. Una pena. Parece, entonces, que la violencia latente va a seguir alimentándose en silencio, engordando. Yo no sé hasta cuando vamos a seguir esperando el instantáneo rayo esperanzador que ciegue a los miopes, a los ciegos y a los avisados por igual, no sé hasta cuando vamos a seguir construyéndonos las ganas de una pesada cortina de agua que acabe de arrasar la invisible negatividad de la atmósfera, la histeria, la desesperanza, el aburrimiento, la esterilidad y la indolencia, mayormente.

Parece que falta temperatura en el horno o sobra complacencia en el obrador. Por el momento se humedece de puro lánguido y no se atreve siquiera a llover. Puedes pasear, pero no te alejes del barrio. Elabora planes mínimos y no se te ocurra tender una lavadora. Sí, todos sabemos que el sol está en alguna parte, pero por ahora sólo brilla en el corazón de los inocentes y en la imaginación de los iluminados. Sólo calienta si le ponemos un poquito de voluntad.

La gente va como loca y apenas tenemos inspiración para saborear la fortuna de sobrevivir. Nos mandan a circular y crece el temor de que se corran las roscas de todas las tuercas, espárragos y tornillos de la máquina. ¿Y entonces qué? ¿Va a mantenerse la presión? ¿Vamos a seguir funcionando acompasados, con eficacia? Yo lo dudo: si el motor no colapsa ¿qué pasa con los antiguos reglajes? ¿Dónde quedarán la potencia y la eficiencia? ¿Hasta cuándo resistirán el circuito de alimentación y el de refrigeración? No pinta bien, según mi modesta cualificación. No es termodinámica ni mecánicamente sostenible, a mi entender.

Yo pensaba que los colores, en el incesante juego de las proclamas públicas iban a articular algún tipo de sucesión lógica, aunque compuesta por la alternancia de sus respectivos monólogos. Pero no. Hace tiempo que le hemos perdido la pista a la eficacia de ese debate inexistente. Ahora, incluso, tenemos cogida por un pelo la confianza en su buena voluntad. Con su estúpida opacidad y engreimiento, van monologando absurdas e ineptas tentativas de cuatro en cuatro años. Mientras, nosotros esperábamos cerca de los soportales. Unos para salir a la plaza, otros para no alejarse demasiado del sofá. Lo más triste de todo esto es que en realidad los gobernantes de nuestro tiempo, los gobernantes a los que estos sucedieron, han tenido toda la Historia para escuchar, para esforzarse por entender las verdades atronadoras que salen de las bocas que tienen los dientes podridos, y no lo han hecho. ¿Es dejadez, relax en sus funciones? No, se limitaban a desbravar el criterio de los hambrientos, a ningunear las letras de los incultos. Miraron para otro lado. No es ineptitud. Es absentismo.

Y al coro tradicionalmente halitoso se le está sumando la mueca torcida de muchas sonrisas cuidadas que se van truncando.

Se les derrama la última decencia mientras nos dicen que hemos estado sonriendo por encima de nuestras posibilidades. La contabilidad negativa desnuda la ineptitud ante el mundo, vigoriza las sospechas del contribuyente ¿qué espacios les quedan para maniobrar?

Personalmente, para no añadir presión a mi grifo del vinagre, suelo pedir cosas sencillas a la hora de construir los criterios de mi bienestar, y por qué no, de lo que yo llamo “felicidad”. Intento adecuar mis fines a premios visibles y accesibles, y me presento a batallas que, aunque inciertas, no vayan mucho más allá de lo que intuyo que, estirándome un poco, estén al alcance de mis posibilidades. Me olvido de heroicidades, y me conformo con satisfacciones cercanas a una boba felicidad. Aún así, cada día tengo algún dolor de cabeza, y alguna noche que otra, incluso pasada la cota de supervivencia mensual, me cuesta conciliar el sueño. A pesar de mi apuesta por la memez, no consigo evitar del todo la incómoda formulación de ciertas preguntas de intrincada respuesta. Soy así y peor. Y así, me mandan a circular por ahí y yo, que no soy quién para romper el orden establecido, yo, que no tengo qué para presentar una alternativa a la elocuencia de los profesionales de la redacción y gestión de la palabrería subvencionada por el contribuyente, pues me tengo que aguantar, me tengo que quedar en la pura y simple especulación, tengo que callar y aceptar que será difícil que sepa la verdadera opinión que a nuestros gobernantes les merece el contacto de sus pies con el mármol frío.

Por la tele he creído ver, de todos modos, que generalmente llevan zapatos. Y no sólo se les ve gobernando sobre suelos de mármol que se adivinan fríos, no. También se les ve, con variable frecuencia, según el plano, deambulando sobre suelos de moqueta y alfombrados. Yo no puedo evitar pensar que es una lástima. A la pésima gestión que están haciendo de su propia electricidad estática, encerrando el pie en una estrecha cárcel de cuero, se me ocurre añadirle una irresponsable falta de sensibilidad hacia los escalones inferiores de la cadena trófica. Obstinándose en llevar zapatos sobre la alfombra, sobre la moqueta, no hacen más que añadir ansiedad y recorte a las posibilidades de supervivencia de los ácaros que las habitan, pues se alimentan con la piel muerta. Visto esto, la regeneración en mi país está fatalmente condicionada, la sensibilidad está en paradero desconocido. Con este cuadro que se me presenta, con mis pobres luces, no encuentro una energía convincente para preguntar acerca de las vidas y los fines, acerca de los valores que guían a los que habitan el parqué. Eso se me escapa, ves? Esos, que hacen su trabajo en la oscuridad, emplean sus vidas en roer la materia que compone y da cuerpo a las estructuras. La labor de estos parásitos sólo se ve cuando, raramente, hacen una salida a la luz. Para entonces ya todo está perdido: salen a la luz sólo cuando no hay nada que comer por dentro. Y es entonces cuando les conocemos, es sólo entonces cuando sabemos de su capacidad para el daño, pues habiéndolas roído totalmente, nuestras estructuras ceden. Y todo lo que debían sostener, se viene abajo.

(PARÉNTESIS DE FINALES DE AGOSTO)

EL PESO

Me levanté temprano, de la mano de un desvelo hecho mitad soledadansiedad, mitad incertidumbre, mitad calor sofocante. Me voy andando a Correos, y tengo que aprovechar la mañana. Finales de Agosto, tú. Con el rabillo del ojo, veo los fichajes, mirando por el otro lado intento sortear la felicidad de los demás, que es tan pesada en esta ciudad, cuando vas camino de tu existir precario. Hay que aclarar que el problema radica básicamente en una cuestión de tiempos: multitudes de bienvenidos y bienvenidas que no tienen apremios más allá (ni más acá) de la paella de microondas que comerán a la caída del crepúsculo, y están delante y detrás, y a un lado y a otro, (prácticamente en todas partes, con sus camarotes digitales y sus extensores del selfie), mientras tú intentas pasar, porque al otro lado está tu objetivo, tu pobre objetivo diario, o simplemente tu alarmante y dolorosa falta de objetivo definido. Y mientras tú estás pensando llego tarde, llego tarde, mientras tú estás pensando qué mierda voy a hacer con mi vida, pues ellos están llenando tarjetas con recuerdos imborrables. Aclarar que cuando van siete por una calle del centro, por una acera, ancha o estrecha, no van como los siete enanitos, cantando a trabajar, ni a casa a descansar, qué va, van como los siete magníficos. Y llegado a este ejemplo no puedo dejar de reconocer que se me ha ido retorciendo el hocico en esta ciudad. Yo antes decía

-Sorry, thank you, merci, danke, grazie mile.

Y pasaba, sonriendo.

Ahora, cuando se me paran a contemplar el pálido reflejo de una voluta en un escaparate, cuando se me paran de improviso, en gran grupo, porque se han acordado de que en alguna parte han despreciado la posibilidad de comer sin ganas una piadina, o un crépe, o un shawarma, pues ahora sólo me sale

-A ver si nos aclaramos de una puta vez (pronunciación andaluza).

Y paso, sin más.

El debate ciudadano no es que se muera Peret ni que se vaya Xabi Alonso. El debate ciudadano es la elección entre tener todo el tiempo del mundo con un bolsillo de mierda, o escuchar el triste tintineo de tus monedas, mientras desperdicias tu música, tu tiempo de sol, de aire puro, en el lugar de trabajo. Sigo caminando, eludiendo estas y otras perniciosas consideraciones. Todo lo mío está cogido con pinzas, con alfileres. Sigo atravesando este Agosto malvivido, en el que mi marcha se ha reducido a una chibeca por la noche, viendo películas de biblioteca comiendo un bocadillo. Menos mal que ya va pasando. Ahora sólo queda superar el síndrome postvacacional de los amigos. Y pensar menos mal, menos mal que no tengo tele, menos mal que no me caliento más de lo debido, y mantengo a distancia prudente la posibilidad de cambiar el libro por el palo. No quiero ayudar a empeorar las cosas. Sobre todo las mías. Prefiero seguir adelante, aunque ciegamente. Prefiero mantener mi bisoñez, a saco. No pensar en que se va el artista denostado, no pensar que se muere el cantante, que se muere el poeta y no baja la proporción de burros, sino más bien al contrario. Sigo, sigo intentando no amargar la cara, sigo, sigo componiendo mi canto por dentro, sigo dando gratis mi tesoro. Cobrando por marear la perdiz y, mientras reviento, todo el turismo que puedo pagar es imágenes de google.

Mejor no hablar del Amor. Al menos mientras mi amor propio no haya descongelado.

He llegado a las escaleras de Correos y el helicóptero, allá, en las alturas, no ha dejado de dar por culo. Qué es lo que vigila, me pregunto, si en el mes de vacaciones están cerradas hasta las tiendas de pinzas, de alfileres. Supongo que la ordenanza les obliga a enseñar los juguetes, más que nada por justificar sueldos, partidas, presupuestos y oposiciones. En fin.

En la escalera, mientras subo, veo cómo la duerme a pleno sol un guiri treinti blanco de moreno salmonete. Uno de los que han venido, es preciso aclarar, no uno de los que se han quedado. Y yo me digo hay que ver: en su país bebiendo en una bolsa, besando bajo el muérdago, y aquí follando entre contenedores con las claritas del día. Y empujo la puerta giratoria, y me digo no me extraña, me digo que no es raro que con tanta facilidad, se sigan produciendo Milers, Orsonweles, y Heminguays.

Entro.

Pulso mi botón, cojo mi turno.

Busco el formulario de envío certificado nacional.

Lo relleno.

Busco el formulario de envío certificado internacional.

Lo relleno, y me digo:

-Ya veremos ésto cuánto me va a costar.

No he acabado, y ya ha pasado mi turno, pues la oficina está propia para hacer un rodaje.

Pulso (nuevamente) el botón de antes y,

cojo el turno de ahora.

Qué cansancio.

Me toca, al fin.

Me acerco, digo:

-Buenos días.

-Buenos días- contesta el funcionario.

Meto los formularios por la ranura.

Meto los paquetes en el torno giratorio.

El hombre se dispone a girar el torno, pero como es un verbo compuesto, ya lo he girado yo, que no tengo toda la mañana.

Con esa alegría de trabajo fijo, automatizado,

coge el paquete del envío nacional,

lo pesa,

hace unos tecleos en la calculadora,

pegatinita,

código de barras,

sello y firme aquí.

Yo me tenso, no he visto el precio ni el peso en la balanza, pues

tengo las gafas del lejos.

El funcionario, como sin sangre,

coge el paquete del envío internacional,

lo pesa,

hace unos tecleos en la calculadora,

pegatinita,

código de barras,

sello y firme aquí,

y yo, que sigo tenso, pues

mientras el funcionario pone mis envíos cada cual en su cesto,

yo sigo sin coscarme de lo que sale en la calculadora.

Inquiero (solicito):

-¿Ésto llega, verdad?

-Tiene que llegar- me dice con un acento marcial desganado, y añade- son envíos certificados.

-Ahí dentro van mis trabajos- le suelto- y TIENEN que llegar, que una vez, envié normal, y me perdísteis un mosaico.

El señor andaba sacando el tíquet, grapándolo a los resguardos, y asomándose por encima de sus gafas, me dijo:

-Hombreeeee, es que si envías normal, jejejejeje.

(Cinco “e” y cinco “je”. Un doble cinco: ...)

(Respiración, por mi parte, domando el acelero, conteniendo

malamente la rabia, el improperio, la leche que me sube, mientras

una neblina de incomprensión se va extendiendo, helada, amenazadora, sobre el cristal que separa su silla, su oposición, sus trienios,

de mi aguante,

de mi ira natural,

de mis menguadas fuerzas para la educación.

Unos tensos segundos que me concedo para ver que el hombre

ha abierto los ojos a su metedura de pata, y ahora

no tiene cojones de levantar la mirada.)

Al final, gasto la corrección que me quedaba, para decirle:

-Te pagaré con tarjeta.

Y poco más. Me clavó quince euros, y se nos acabaron las palabras.

En un silencio formal, pulsó el botón de siguiente, mientras yo me encaminaba hacia una parte insignificante de tiempo libre.

Pensé en políticos concretos, en asesores anónimos, en familiares a dedo y en jaurías de subsecretarios. Pensé en catetos trajeados, pulsando los botones que ponen a funcionar a estos funcionarios. Y luego me vinieron a la cabeza, las risas de mis amigos guiris residentes, cuando hablan entre ellos de los servicios del país. Me vino, sonrojantemente, el peso que tenemos. Sí. En PLURAL.

Verás, yo no ando con banderitas y esas mierdas, pero cuando falla lo normal en el sitio en el que estoy viviendo, yo no me río. A mí me da vergüenza. No me importa que sea responsabilidad de otros. Y no me río, además, porque a mí la vida no me perdona ni un fallo. Actúo lo mejor que puedo por decencia, por responsabilidad, y porque si no lo hago bien, lo acabo pagando. Es muy simple. Yo no dejo de pensar en que si los gobernantes, con todos sus consejeros, chóferes, chupópteros en nómina y tristes asalariados, admiten con humor y desparpajo la parte podrida de nuestra normalidad, si se ríen abiertamente de lo que está mal y debería estar bien, si admiten esa base traicionada, ¿no es eso condicionar con trágica alevosía las bases de los que tenemos que pelear por acceder a la normalidad? ¿No es eso reírse, en definitiva, de los que, pese a lo que pese, intentamos hacer lo correcto, aún cuando sabemos que el juego está adulterado?

Salgo con un pellizco que me corta el cuerpo, pues no se me olvidan esos que se ríen de su propio trabajo mal hecho. En los políticos que los crían con ese humor, mientras miran para otro lado. Y en nuestra pobre normalidad de migajas, que sólo se sostiene con nuestras buenas interpretaciones, con nuestro buen humor, natural de país meridional. Los guiris se ríen con razón, pues además de ver claro el peso que tenemos, asisten atónitos a nuestras ínfulas de mundo civilizado. Por no hablar de tanto mareo con la identidad, la cultura, los símbolos, las sensibilidades traicionadas, y las fechas, las efemérides a las que agarramos nuestros tenderetes para cargarnos de razón, cada uno en su decorado. No puedo dejar de pensar qué desastre.

Salgo para el gótico, no sé si con prisa o con ansiedad por saber de una vez qué mierda puedo hacer el resto de la mañana. Algo que sea sencillo, me pido, que sea mío y que sea honesto. Que sea de MI normalidad. Algo que pueda crear con rabia no destructiva, con humor no avergonzante. Algo que sea productivo, que me dé tiempo a comer y no llegue tarde a los flyers.

Encamino, pues, el resto de la mañana hacia una biblioteca que queda abierta.

En el Carrer de la Ciutat, la balanza anti-complejos, dice que YO tengo el peso de George Clooney.

(Siento haberme quedado sin comentarios.)


Se levanta, al fin, el velo gris de este mundo, y nacemos, quizás, a la orilla blanca, a la verde campiña que intuíamos en el corazón. Nacemos en ese campo de cereal que sobrepasa el dulce tacto de la hierba, el de la frescura de las lluvias de primavera. Cae el velo gris mientras las espigas se secan y anticipan el tacto materno, el calor acogedor del pan que a lo largo de la vida ha ido amasando tu corazón.


(...)


Los datos sobre comportamiento animal presentes en este texto, los he leído en el libro:

Lorenz, Konrad: “Cuando el hombre encontró al perro”.

Ed. Tusquets Fábula. Barcelona, 1999.