26 de junio de 2017

COVER (en construcción)

I. Yo sé que soy mejor que lo que pienso por primera y por segunda vez de mí. Soy más y soy mejor que todos los potenciales que me ponga a especular en mi día más eufórico. Yo lo sé. Y más guapo y más deseable y de más interés que lo que yo me digo a mí mismo, e incluso también mucho más y muchas más veces que las veces que lo han dicho para que lo escuche. Yo lo sé. Y lo sé porque no soy tonto del todo. y sé que soy así para los demás, porque yo y los demás sabemos de algún modo que el mundo está compuesto mayormente, incluso dominado por hijas/hijos de puta, y me refiero a l@s que mandan y a l@s que aplauden y posibilitan, cada quién en su nivel, y vengo a ser amable (digno de amor, quiero decir) para la gente que me curiosea y me entiende, porque puedo parecer muchas cosas, pero parece claro que no soy uno de estos hijos de puta que convierten el mundo en un infierno, cada cual desde su nivel de pensamiento y acción. No soy uno de ellos, soy mucho mejor de lo que yo me reconozco y me digo. Y lo sé, además de por la buena sospecha que me sale desde dentro, lo sé por los ojos que me ponen la gente que se me acerca de corazón y de frente, lo sé por las manos nerviosas, por los pies, que no paran cuando me lo dicen abiertamente, lo sé por las respiraciones contenidas malamente, a las que se les escapan suspiros como si hubieran salido a pasear con vasos de agua escondidos en los bolsillos. Soy más y soy mejor. Yo todo eso lo sé, y todo bien. Pero yo no me quiero.


II. Pain y happiness
No sé si esto me vendrá de chico, por las paletas, por el acné quístico, o por ser tan malo en los deportes de equipo. Yo siempre he tenido el mismo pellizco por dentro. Miraba a mi alrededor y me hacía exactamente las mismas preguntas que me estoy haciendo todavía. Pero nunca ha pasado nada que me respondiera. Siempre he tenido la impresión de que lo que yo veía bueno, incluso lo celebrable de mi, no era más que una especie de nota de corte, y desde siempre me he sentido como un utilitario sin extras en este mundo de mierda en el que desde la percepción más temprana ya le adivinaba las orejas. Me apunté a lo normal desde entonces, me asimilé a eso, y no me quiero.

Creo que eso tiene gran parte de culpa en lo de que vaya de fracaso en fracaso, caminando casi conforme y resignado hacia un final que intuyo más negro que el mojón de un oso pardo harto de espinacas. Quiero decir que camino alegremente hacia mi cita con el acabar fundido con el polvo de estrellas, que es lo mismo, pero más para gente que va a leer esto en la playa.

Sólo nos llegan noticias de los héroes que triunfaron. Y cortan la historia cuando aún es bonita y se le puede meter la cuña adocenadora y ejemplarizante. Pero la vida es como una escalerita, tira parriba con un poquito de pain, y al superarlo, pues ya te despejas y te sientes dichoso y te dan ganas de salir a llanear con tu happiness y calentarles la cabeza con tus logros a tus amigos en los bares. Hasta que te viene otro poco de pain, y parriba a superarlo, casi siempre en soledad, y haces pie en otro llano de happiness, pero te viene otro de pain, y tú dices a ver, y te pones a ello, y así hasta el fin, oye, que no hay un sitio adonde subir y establecerse, qué va, no hay nada adonde llegar, y en esas de golpe se acaba el pain con el happiness, y toda la altura que habías conseguido subir y superar en la vida, todos tus logros reales, todos tus envanecimientos van en caida libre hasta el centro del zurullo del oso pardo, o bueno, perdón, ponle un poco de cremita a tu peque en la punta de la nariz. Y que no se deshidrate.

III. Menos tonterías
A veces hay que pararse mucho menos en las definiciones. A veces, mejor que intentar entender, hay que resolver. No todo merece nuestra atención ni nuestro tiempo.




Las cosas se disfrazan de un misterio, de una inaccesibilidad que sólo nos sirve para intentar posponer ante los demás una desnudez insegura; tan sólo busca crear (no siempre conscientemente) un protocolo que retrase, e incluso impida, el encuentro con la decepción, con la banalidad.


Nos miramos y nos hacemos los impenetrables, los ocupados, los interesantes, completamente absorbidos por grandes cuestiones ineludibles e importantes. Así es la vida.

Todo es interesante cuando le pones atención. Porque en todo hay algo de ti, y algo que te falta. En todo. Todo es interesante cuando lo miras con humildad o con necesidad. Todo es interesante porque lo has vestido con tus anhelos, con tu preciosa mirada de construir la vida en dignidad, con tu capacidad para el diálogo y la sorpresa. Pero no todo responde. Somos normales y ya.

Tenemos la posibilidad de ser grandes, únicos, profundos y amplios. Pero todo es vanidad y decepción, comúnmente. Dice Cesare Pavese que seremos amados el día en que podamos mostrar nuestra debilidad sin que el otro se sirva de eso para afirmar su fuerza. Es excepcional la entrega en reciprocidad, cuando observamos de cerca. Tenemos que vivir, y vivimos lastrados por los gastos y los pesos de la convención, de lo que nos imponen como digno y necesario. Los maquillajes, los afeites, disfraces y máscaras son los compinches de la realidad. Este es mi desayuno. Aquí fui con mis amigos. Aquí mis pies en la playa. Esto voy a hacer el finde, y mira cuántos seguidores de Instagram. Llamamos vivir a compartir todo esto, y así alimentamos la ilusión de que tenemos bajo control nuestro mediobaile con lo real.

Somos bellos, y dignos por nosotros mismos, pero tenemos miedo. Miedo a que nos vean y decepcionar.

Somos bellos y dignos, pero tenemos miedo a invertir la vida en encontrarnos con la nada.

Tú y yo tenemos miedo a la verdad.


IV. Ojitos
Es verdad que, amando, es mejor pensar más tarde.
Durante el tiempo que me dejaste, miré lejos y sentí profundo. Mientras me desengañaba o no, empecé a plantearme cómo y qué estarías dispuesta a querer conmigo, y pensaba por qué, y hasta dónde y cuándo. Te bebía de ganas y me consumía en suspiro. Y esa ligereza tuya, esa risa tan fácil mientras me decías "ojitos".
Deseable y necesario que seamos duros en este mundo frío. Resistir suficientemente, y que no dejemos la ternura del corazón al aire. Que no nos dañen. Que no nos desgasten.
Deseable y necesario que se nos acerquen, que se sientan bien en nuestra presencia y busquen nuestra compañía. Incluso que el recuerdo de nosotros perdure, y hable bien de quiénes somos cuando estamos lejos, ausentes. Que nada tenga que defendernos.
Deseable y necesaria una piel dura bajo una apariencia amable. Una imagen eficaz y atrayente. Bonitos colores a flor de superficie.
Vivir la vida es disfrutar y resistir, equilibrar sensibilidad y dureza. Compartir.
Te quejas constantemente de la ingratitud del mundo, pues muchas veces te vendieron humo. Te entregaste alguna vez, y te fallaron. Quizá no entendiste la respuesta o quizá no valoraron, a tu criterio, tu regalo. Pero observa que al tiempo que te descubrías vulnerable, crecían tus espinas hacia fuera. Y pides, pero se alejan. Y cuando te acercas, haces daño con lo que pides, y te duele porque pides lo que no puedes dar.
Ojitos.
Queremos bonitos colores, para que nos deseen, y para gustarnos. Que nos quieran y nos pidan, y que se queden fuera las quejas por este mundo ingrato.
Ojitos.
A veces cuánto habrá de bonito por dentro. A veces, ven conmigo y quédate cerca cerca. A veces, cómo de bien te comprendo, y me acerco, y más anhelo que timidez o miedo. Y cuánto tesoro que serás por dentro, cuánto de preciosa desnudez imaginas, bajo la piel, escondida de la frialdad, de la apatía de todo. Y vamos a intentarlo aunque acabe doliendo y nos caigamos de boca. Qué sería del mundo sin amor y sin poesía. Nada. Una espera que desespera por la muerte, si no nos ponemos tú y yo a inventar la hermosura cada día.
Por eso nos lanzamos a meter un dedo en el desconchoncillo de la piel. Grandes frescos que el mundo no supo cuidar, imaginamos. Imponentes estucos que nadie más que tú merece, escondidos del alcance de la risa floja y la mano sucia.
Ojitos.
No das nada y perdona que te diga. A mí no me engañas, capas de glamour para esconder que estás golpeada, y eres un sol triste que yo amo, y te dedicas a pregonar la belleza de tu piel. Ojitos, y ven. Ojitos, y dame lo que tienes, sin que saquemos demasiado el tema de lo que yo escondo en mí. Ojitos. Dame halago y tus palabras biensonantes. Dame reír y despreocuparse, dame ardor controlado, dame razón y brillo, dame canción de fácil estribillo, aprobación y apoyo rápido. Dame aceptación sin meterte en mi sembrado. Mira mi canal mientras te escondo la llave del agua. Dame hombro de lágrima, ojitos, dame espalda contra el viento frío. Dame pecho, pero sólo de dormir. Dame mano de dar y pierna de resistir. Dame tu gas para encender cuando yo quiera mi fuego, y dame, ojitos, corazón de red social.
A veces, te digo, cuántas ganas legítimas he desperdiciado. De una lista aprendí que con el amor te gastas, y sí, cuánto alargarme miserablemente, esperando que vengas de hacer tu ronda, y como los perros, en mi esquinita me sueltes una meada.

A veces, qué dolor no ser más que una remota estación de malamuerte, un punto perdido en la ruta de tu ansia, o los restos de un simple burdo calor que se volatiliza por días, como un amor radiofórmula que va bajando puestos, que te riega un poco sin más y gracias, ojitos, contente educado, mantente contento y conserva esta precaria alegría, para la próxima vez que te mire, que siga fresca la tonada. Y a ver qué poema me haces.

V. Por las paletas y por mi fútbol me ponían motes. Estuve toda la primaria con la boca cerrada y escondiéndome de todo el mundo. Me daba vergüenza reírme o intentar alguna gracia delante de la gente. Sexto fue el peor año. Seguía siendo el más chico y los repetidores me encontraron perfecto. Salía a cachetazo y burla diarios, y revolcón por semana. Todos se apuntaban a las risas, menos una niña canija que me miraba de lejos, con una especie de sufrimiento contenido y solidario. Mis padres sólo se enteraban cuando había sangre.

Sólo cuando los malotes de octavo me pedían dibujos, sólo cuando las guapas aguantaban la risa con mis caricaturas de maestr@s, empecé a sonreír abiertamente. También hacía buenas redacciones sin faltas. Y eso me ayudó a encontrarme mejor entre la gente, a atreverme a tener opinión de las cosas.



Pero todos mis veranos desde sexto han tenido exámenes de septiembre. Toda mi abierta alegría ha sido frágil como la caída de la tarde de un domingo.


Desde lo más profundo de mi corazón, quería hacer teatro contigo.

VI. Hoy lo único grande que puedo hacer es dar de beber de un vaso de agua a mi padre. Cerrar una ventana, encajar una puerta por el mínimo frío de la mediamañana de primeros de Junio, mientras todo se desmorona. Intentar palabras y tonos amables, e inventar un poco de convicción en el momento de decir de algún modo que todo va bien, que los amigos del camino de Huertas Viejas nos recuerdan, nos dan la mano, nos desean cosas buenas con el humor que se puede, y esperan con paciencia a que nos acomodemos despacio, serenamente, en la sombra.





VII. País 
No queda mucho de aquel país. Como por pura justa dignidad, se mantenían en pie paredes sueltas, con alguna cara impoluta, que milagrosamente se mantuvieron a salvo de explosiones, suciedades e incendios. Y árboles que tampoco ardieron ni se desplomaron, misteriosamente. Pero nada de lo que quedaba en apariencia erguida, daba una imagen de solidez o consistencia. No olía a orden ni a alegría. No olía a prosperidad y no olía a frescura. Fue un país que, con tantas muestras de debilidad e inseguridad, de dejadez y puerilidad a lo largo de su corta historia, parecía abocado a la ruina y al derrumbe de su cuerpo, de su idea y de su posibilidad.




Ya no hay humo ni charcos. Ya no hay gente que espera o pregunta. Ya no hay pañuelos ni banderas. Ya no hay risas de niños, ni besos de buenas noches, ni lluvias repentinas, no hay padres sonriendo a sus hijas ni largas colas expectantes a la puerta de los espectáculos. El país se deshizo en humo de fuegos artificiales. Perdieron toda la convicción los himnos, y todo lo que tenía que poner la fe para señalar su razón y su lugar en el mundo, se disgregó por la tierra y aprendió a malvivir cada qué por su lado.


Aprieto con rabia en el papel, y con tinta de amargura, acabo preguntándome en qué momento comencé a equivocarme tan hondamente. Y con una aflicción ruda, mastico los nudos de cómo puedo llegar a admitir que mi aurora, la luz del sol de mi día en mitad de la noche negra, no era sino una tonta dolorosa ilusión más. Otra vez. Yo no sé cómo voy a decir con esta boca de este corazón de esta alma que te amaba, que fracasé hasta la raíz de lo que pueda para su vida desear un hombre, deseando un tan simple tomarnos de las manos. El dolor por la posibilidad de esa vergüenza, no tiene fuerza que oponer a mi certidumbre de que amarte, el simple y puro amarte aún en tu vaguedad de centro del universo, el amarte limpio y llano y tonto y humilde, amarte y llevar el sí escrito en la cara, amarte sin razón ni explicación, era el país más hermoso en el que yo imaginaba que podría vivir. Y en ese amarte, al parecer, yo no era más que un líquido invisible que jugó a empaparte silencioso como a una tela. Yo quería que fuésemos siendo uno a los sitios. Que no hubiera nunca rigidez ni dolor ni violenta angostura. Que pobláramos el campo con niños con la risa de Dios. Pero no hicimos bandera ni gobierno, amor.


Ay, esa ilusión que me llevaba el alma flotando por la calle cuando hablaba contigo. Esa ligereza, esa frescura de sentir desde mi corazón que tú y yo podíamos decírnoslo todo. Ay mi país hermoso, del que te vas y se desmorona y debo despedirme. Ay, cómo decirle adiós sin que se me muera para siempre la paz y me desgarre a dentelladas la pena. Adónde podré acudir a recomponer mi fe por la vida, adónde iré a reparar los trozos de mi alma, los que te daba y no quisiste.

VIII. Sé que en realidad no me quiero desde nunca, porque cuando algo a lo que le puse importancia y empeño me ha salido de culo, media conclusión ha sido un auto te-lo-dije, y la otra media un casi te-lo-mereces. Así no avanzo, oye. De siempre el corazón como encarcelado en una jaula que le viene estrecha, y siempre con esta desazón de fábrica y la respiración medida.

Con estos antecedentes no tengo estómago para llamar a esto "aflicción". No es buen momento ahora para ponerme a hacer balance entre las caricias y las angustias de la vida. Con la maquinaria abollada, yo sé que la cuenta va a salir penosa.


Si en el momento de ahora, por lo que sea, ni tu corazón, ni tu atención tienen inspiración para sostenerme una mirada de frente, es realmente injusto dejar toda la culpa en ti. Todo eso se apunta a una especie de tristeza general de casi siempre, como una congoja de fábrica, de manera que cuando en días sueltos de repente me entiendo con ganas de vivir, siento que a pesar de todo, soy un tío de mérito y ole.


El trastazo que me he pegado contigo, supongo que es también una extensión de una pesadez y una amargura de las de cada cierto tiempo.


Supongo que también podría haberme ahorrado leer "El Libro del Desasosiego", y algunos otros. Yo qué sé.


Esta vida no es de mi talla.


IX. A eso huelo yo

Que sí, que a lo mejor quedé marcado por la atmósfera trip-hop o algo así, que la melancolía me espera a la vuelta de cada esquina, pero ¿quién me manda escuchar los consejos y lamentos de gente lista, abollada, rota y sucia como yo? Ya puestos a tenerlo todo perdido, a quién voy a escuchar, si la vida te escupe al mundo, y no te has despegado de la placenta cuando ya empiezan las mijitas de paja, de piedra y barro. La vida es allá te las compongas y yo qué tengo que perder. La vida es ilusiónate de verdad y busca una veraz compañía. Y así soy yo el tuerto y el rey. En mi mentira mando yo, y en mi película no asistiré a los aplausos del final. Y sí, a lo mejor no creo en nada y por eso apuesto todo y soy del amor.

Del amor no para quien lo comparta o lo comprenda.

Del amor porque sí y ya.

Del amor por el accidente del que está todo conectado.

Del amor, y me la suda la risa floja de la poesía bien colocada y las burlas de los solistas marcapaquete del Rock.

Del amor, sí.

Porque quiero lo mejor, y a la mierda si todas las ilusiones se precipitan y me corta el verso guapo el último estertor. Soy del amor, y no hay equivocaciones y todo son resultados. Y si mendigo amor para alguien que se está pudriendo solo, pues que se aplique la lección. Lo que es válido siempre lo he dicho yo, ya se hunda el cielo y la tierra. Y digo con Levante y con calima, que soy del amor.

No le tengo miedo a la lírica que no se pone de mi parte. El amor no es una obra de caridad ni un fruto de la comprensión. No le tengo miedo al cansancio de mi corazón. No le tengo miedo a saber de más ni a a echar de menos, porque soy del amor.

Del amor, entérate. Del amor que viene y va, y se esconde y te engaña, y se disfraza y está dentro de ti y de todo, y se te aferra y descansa. Del amor, que vive estupendamente sin ti, y a pesar de todo lo impasible que se muestre, tienes que comprenderlo. Del amor ese que la gente sin fe desprecia por imposible. Del amor que te limpia el culo cuando te quedas sin manos. Del amor de una gota de verdad cuando todo está oscuro, y te has pasado solo en el suspiro tantos años. No hay decepción posible. Y me la suda lo que ella piense asomada a su ventana de rencor. Es sin SU futuro mi amor. Es sin sus olores mi amor. Porque huele a vivirte cogida de la mano, y huele a huerta y huele a volcán. Huele a preñarte de niños difíciles y a perder las amistades con la pobre inteligencia que se devanea egoísta en mi equivocación. No hay hombre ni mujer equivocada para el amor. Y por eso huelo a casa y huelo a mano. Por eso huelo a ti y no me despego ni me voy. Siempre te estás defendiendo, y me da igual. A veces me estás llegando demasiado tarde o temprano, porque tú y yo estamos cansados. Te soy del amor aunque vivas absorbida y hay que ver cuánto ruido en la calle. La película sigue pasando y estás en mi. La vida sigue pasando, helada y violenta, y si fuera por mi, ya te pegaría yo un calambrazo en el culo, y que se precipitaran todos los eufemismos que desbravan el tenernos por dentro compartido algo que siempre ha sido tuyo y mío. Estás en mi de siempre, tan grandiosa, tan infantil e inexplicable, y te amo, aunque me gustó mucho más el libro.

Y a eso huelo yo.


X. Gotelé
Te pienso nuevamente, en esa lejanía que tan bien te sale, y pienso que desde aquel primer momento neblinoso de llovizna, yo te imaginaba casa. O mejor te imaginaba casa conmigo, poniendo cada cual su material. O no sé, era algo así, al mismo tiempo algo bello, corpulento y abstracto, con el dibujo difícil de definir. Pero seguro que casa. Y seguro que imaginado, como una diapositiva nuestra proyectada sobre nubes que pasan, lentamente, con el viento. Imaginado, que el sueño ahora lo tengo raro.Y te imaginaba, con nuestros olores dándose la mano, como formando una casa sutil, más que nada, porque yo sé que hay que hacer muchas cosas extrañas para conseguir salvar lo bello. Es que si no, la vida, ya ves. Es más nada, como tú dices. Una casa.
En este silencio que ahora nos hace, ya ves lo poco que tengo a lo que atenerme. Imaginar.Soñar es más real que esperar. Y hacer es más real que soñar.
Y ahora qué puedo hacer para hacernos. Porque imaginar es sólo proyectar sobre nubes las ansias de uno. Las formas están siempre cambiando, y si te pones práctico, las ganas acaban desganadas. Una casa.
Las personas somos una casa en la que vivimos con nosotros mismos. Pero no somos casas que se quedan como son, porque una persona relacionada con otra, de cualquier manera, pues ya son otra casa. Otra casa nueva en la que cada cual pone la casa que estaba haciendo, que aunque vives siempre en ella, pues nunca se termina. Una casa de dos, que es todo puertas y ventanas, y salas de ser y de estar, y cocinas para cocinar y baños para limpiarse las suciedades constantemente, y trasteros para acumular las cosas que no somos a diario, y de las que nos acabamos desprendiendo el día de máxima luz, o el día de máxima oscuridad.
¿Te acuerdas de "Epifanía"? Esa era la casa que contigo podía, con lo que me dejabas. Me gustaba la casa que imaginaba contigo. O para ti. O para nosotros y para la gente nuestra, que siempre está en la casa que somos. Me gusta la casa que soy cuando te pienso. Pero ¿nos gusta a nosotros mismos nuestra casa? No lo sé. A veces las casas las hacemos más con lo que podemos que con lo que queremos. Ay, la imaginación y el deseo. Ay, las visitas, a veces, qué incordio, ¿no?
¿Te gusta el color del gotelé? ¿Sí? ¿No? Ah, que no te gusta el gotelé ¿Demasiado bronco para ti? ¿Demasiado áspero o parco, quizás? Ah, vulgar, sí. Demasiado como todos los demás, seguramente. Sí, tú mereces algo especial, sin duda. Como yo, corazón. Siempre alguien especial, que nos vea nuestra brillantez en toda su dimensión, y la realce si es posible. Un ser especial que vea lo especial que eres tú, ¿no? Como yo. Aunque a veces me pregunto qué sentiré con una persona especial, cuando ella o yo andemos en zapatillas con calcetines rotos, desvelando cada cual su normalidad. Y sobre todo, y peor aún, qué sentiré con una persona especial, si no me manejo bien, e incluso me cansa y me siento extraño con la gente normal.
Nos miramos unos a otros, constantemente, y proyectamos nuestra casa. Y suspiramos por vivir en abrazo y armonía. Pero qué lástima de inquilinos que pasaron por nosotros, ¿verdad? Hay que ver qué mal nos cuidaron, cómo ensuciaron con sus ideas propias, y cuántos boquetes, cambiándonos los cuadros y el mobiliario. Qué insensibilidad. Y vaya gusto. Qué ganas de que se fueran ¿no? Aunque tenían que venir otros ¿no? Es ley de vida y ley del corazón inmobiliario. Hay que pintar todo, qué molesto, hay que limpiar lo más grande. Las instalaciones, los desagües, los rincones, hay que ver. Y todas las veces, las conversaciones de los vecinos. Te lo dije. A mí nunca me dieron buena pinta. A mí no me engañaron con sus buenas palabritas. Ángeles en la calle, demonios en la casa. Y ahora tienes que invertir otra vez. Ahora casi tienes que volver a contratar la luz del sol. Renovar los papeles para el canto de los pájaros. Poner a tu nombre el frescor del aire, el cristalino rumor del riachuelo. Volver a la vida ¿no? Nuevos maquillajes. Y gotelé, que aguanta con todo. No es ideal, pero ya le pondremos un color bonito. Ya le pondremos una alegría rapidita con dos manos de esperanza ¿no? Ya todo va a salir bien, mi vida. En los días de sol, estamos estupendos. Cambiamos el mueble de sitio, que con aquellas humedades no hay manera. A ver, que no hay tiempo ni materia para una reforma profunda. Lo ponemos delante de la grieta y les decimos a la gente que por la mañana en la pared de enfrente da una luz muy bonita. Y tapa la grieta. Y que la sonrisa tire para arriba todo el tiempo posible del corazón cansado, estropeado irremediablemente. Tapa la grieta de las tetas caídas y las carnes fláccidas. La de los ojos sin brillo. La de los dones que a nadie importan y acaban naufragados en el escepticismo. La de la confianza traicionada. Tapa la grieta del sexo mirando siempre al suelo porque le dimos un papel que le venía grande. Tapa la grieta de la desgana, de la piel olvidadiza, y menos fuerzas que las justas. Tapa la grieta. Y sonríe. Que nadie la vea, que nadie meta el dedito en tu desconchón de Instagram. Que nadie vea que debajo del gotelé todas y todos somos hermanos, que no hay estuco veneciano, ni un maravilloso mural sepulto detrás de nuestra desamparada sonrisa. Que nadie vea que sólo hay una capa de pintura plástica encima de otra. Una y otra, todas las que ibas poniendo para tapar las suciedades, para ponerles un poco de ingenua alegría a tus naufragios y arrepentimientos, mientras descargaba, inmisericorde, la tormenta. Una capa tras otra, que milímetro a milímetro, año tras año, te va dejando cada vez menos espacio para respirar. Cada vez una casa más estrecha y angustiosa para jugar a la felicidad.
Yo te amo en tu casa, tan lejos. De eso me queda. Y tengo que amar mucho, casi todo, para que atravesando tus capas de indiferencia te llegue algo limpio y me vivas menos de cuarto y mitad.
Haz como yo, te pediría, y quédate con esta luz bonita de ahora. Y que nadie meta el dedo, que detrás de las capas de plástica no hay nada más. Sólo la casa de los vecinos. Te lo dije.

XI. Templos


El otro día, por levantarme, supongo, con los ojos llorosos por la alergia, me demoré de más en el espejo. Y eso siempre es ver de más. Y también pensar de más. Siempre es mejor acostumbrarme a esta nada normal, y hacerlo sin pensar. Que total para qué. Acostumbrarme y empezar lo más pronto posible el trajín del día, que constantemente hay que esquivar o afrontar el mal. 


Pues ocurrió que el lagrimeo me demoró fatalmente de más. Y me planteé la tira de veces que he traspuesto suspirando las puertas de un templo. Fue por enfermedades y por muertes, fue también por nefastos cansancios, por desesperaciones. También fue por valorar despacio y agradecer alegrías y esperanzas que afloraban en mi pecho. Y también entré por ilusiones que se revelarían vanas. Y por inconsistentes expectativas que cada día me empeñaba en mantener. Por abortos y nacimientos fui. También porque fuera llovía lamentablemente, o porque por dentro llevaba un fuego destructor que me estaba consumiendo. También porque en una gran ciudad es el sitio más tranquilo para llorar en público. Ay, compañera. Un día era por castillos en el aire, y al otro era por silencios que clamaban al cielo. Y qué miedo y qué dolor, siempre. Y qué pena y qué ansia que me destruía. 


Nada. Debería adoptar la resolución de lavarme los ojos directamente en una fuente de la calle, y desayunar mientras camino temprano hacia ninguna parte. Debería. En el espejo siempre hay tiempo de dar un paso más allá de lo que te da tiempo a pensar. Es como que todo se estira un poco más allá de lo conveniente. a veces, mi fina intuición sólo me trae el orgullo de hacerme saber el primero que todo está jodido miserablemente.


Ya tuve tiempo de entender que no es por miedo ni respeto ni recato que no me dices una palabra más. Ante el espejo, por la mañana, no hay filtros de Instagram para disfrazar una fría noche de desamor. El alma ante el espejo, no tiene algoritmos que le administren la verdad. No te llega lo que te agrada ni a quién le gustas. No te llega lo que te toca, te mira y te quiere. No hay ilusión de calor ni constancia. No hay juegos de adhesión incondicional.


Me tengo que quitar de sostener a quien no me quiere. Tengo que dejar de trasponer, por temblor o por esperanza, los umbrales de las puertas de los templos. No quiero más. No puedo más con las promesas de una tierra prometida. No quiero más de ese tufo embriagador a perdón garantizado, no quiero ayudar a sostener la dolorosa sensación de que cualquier trastada niñada irresponsable tiene sobrada asunción en la benevolencia de un ser superior. Así de malcriado va este puto mundo.


Es doloroso, me he equivocado. Y mastico solo mi fracaso. No te pido a sagrados trozos de madera. No te pido a efigies de piedra, mostrando cuerpos que se transfiguran, levedades de mármol que ascienden a las alturas, dejándonos con nuestra pobre humanidad regando de lágrimas la tierra. No quiero gravedad para poner a salvo mi sonrisa. No quiero piedad por amor. No quiero limosnas de tu carne por una vana alegría pasajera. No quiero sobrehumanidad para que mi espíritu sienta que hay una mano para mi mano. No quiero promesas. No quiero ilusiones. Mi dolor acabará muriendo de aburrido, y mi rabia pasará, igual que acabaron bajando las aguas de todos los cataclismos. No te pido a Dios, si no eres capaz de pensar en compartir un pan conmigo.


Me siento solo y seco, pero no hallo compasión por los peces que se eternizan en lo que creen que son las aguas de un mismo río.


Ahora sólo pienso en cómo hemos llegado tú y yo a manejarnos así, tan epidérmicamente, en cómo hemos llegado a hacernos así, tan de juego, con tantas palabras que sentimos tan nuestras, tan deseadas desde siempre. Tan de nuestra talla. Tan del color que siempre nos ha gustado. Y tu nombre, todo el día diciéndolo, y tan a gusto en mi boca, ay señor! Tan sediento que anduve de tu boca, y tanto que te tuve por predilecta de Dios, ay desatino.


Vivir es apretar el bolígrafo hasta el final, contra toda falta de fe y convicción. A veces, entregarte a amar es poner en tu mesa un plato al desconsuelo. Es algo tan tonto y tan injusto, que la vida se parece al resultado del juego de un imbécil o de un niño pequeño, y no sabemos si su incendio viene de la inocencia o de la perversidad. Es esa mezcla justa de sencillez y miseria. Lo que no sabes nunca lo sabrás, lo que no es no es, aunque aún no lo sepas, ni se sabe ni lo sabrás; lo que haya de ser, te guste o no, lo sepas o no, a tu favor o en tu contra, en su momento será.


Miro mi cara en el espejo, aprieto el bolígrafo en el papel, y veo cómo va saliendo fuera toda la suciedad, cómo la tristeza sigue adelante, con sus piernas dormidas, como un maratoniano en trance. Me lavo la cara lentamente, ensucio y me aclaro en las hojas de papel. No tengo meta en mi vida, pero si paro, mi corazón ya no va a levantarse. Llevo pues mi angustia adelante, siempre adelante, agotando la tinta y las fuerzas, hasta la llegada de este mundo normal.


Me decías, después de tres días, que te habías acordado de mí. Me decías escribe mucho. Me decías llevo tu carta conmigo. Me decías que te hago el amor con los versos. Y qué. Y qué, si todo eso me decías, esquivándome cada día. Me decías tantas cosas así, como ahogadas bajo esos gestos tuyos tan fríos, tan ausente, que a mí sólo me sale y qué. Y qué. Tantas. Tantas cosas que me decías desde tus ojos sin brillo, que a mí se me figura que vendrán de tus intentos con otros, tantas cosas que parece que se te escapan del corazón, o del desamparo o de la nostalgia por el deseo puro que te deben. Pero no me lo sostienes. Y qué. Seguirás sin más en tu juego de gustar, mientras haces Dios sabe qué por vivir aferrada a algún asa de la verdad. Suspirando por quien tengas que suspirar. Y qué.


Yo sigo apretando el bolígrafo en mi desesperante silencio ahogado. Un poco de pain y un llaneíto de happiness, y sigo mordiéndome por dentro la ley que por un trozo de mi vida con tu alma yo tenía. Otra vez pain, y por Dios un poco de happiness. Y qué.


Aunque no lo saben, los peces siempre nadan en agua nueva. Cuando se me caigan las varas que me sostienen las metáforas, cuando por fin atraviese este dolor que de cansado y sin sentido se me desvanece, yo ya no sé lo que de ti ni de mí nos vamos a encontrar.


XII. Perros del miedo, lobos de la venganza


Es como dice Marguerite. No salgo del bucle de escribir para que pase todo. No salgo de ese estúpido contar los minutos y ponerlos en palabras. Las semanas, los meses desde nuestra última risa juntos. Y lo peor es que no es ahora, en este oscuro momento dejado de ti, cuando me someto a la certidumbre de que no me tienes en ti ni un tantito así. Y se acabará el tiempo de las mangas cortas y no me necesitas ni para una charla. No sé de dónde me vienen restos de rabia y frustración por ese dejarme ir contigo, y perderme tan alegremente. Estaba loco por ti, y ahora no puedo dejar de tener los ojos abiertos. Ahora he hecho un aterrizaje forzoso en la cordura. Sé que tu vida la tendrás bien ocupada. No se altera conmigo tu preciosa indiferencia hacia mí. Y por muchos aspavientos que me hagas cuando te envío un wassap, la verdad es que últimamente sólo te conozco el silencio, y sólo te veo el perfil. Nunca me he creído tus carantoñas. Y cuando las he desnudado, tu orgullo, tu ponerte a la defensiva tan inmediatamente, no han hecho más que hacer crecer en mí la dolorosa certeza de que para mí sólo has tenido teatro del malo. Ahora se te caen los palos, las tramoyas de nuestro escenario y no te preocupas lo más mínimo. Es más cómodo seguir con gente que no te deja desnuda ante su verdad y la tuya. Es más cómodo entregarse a voluptuosidades vacías, a entretenimientos sin cuestión. Y rodearse convenientemente. Que los que jalean el pecado cantan contigo a coro himnos de vanidad y perdón. Soy demasiado crudo para ti. Quizás demasiado grave, y no importa si quería darte de mí el mundo más maravilloso. Ahora bajo la montaña y te dejo arriba con tu vanidad, tus golpes en el pecho y las fiestas en las que cuentas con la connivencia de tus vírgenes de palo. Te pesan los poemas en que te digo que estoy aquí. Te los tomas como la constatación de una normalidad, que resalta apenas entre el coro de tus adoradores. Te revuelves niñamente contra las palabras mías que te molestan, y enmudeces cada vez que te doy algo amable o valioso. Siempre ha pasado. Eres básica, injusta y cobarde. Y no sé de dónde me vienen las lágrimas por alguien que nunca ha sabido quererme. Puede que sea verdad que el amor sabe más que uno y hace más que siete. Puede que el amor posibilite lo inexplicable, incluso mucho más allá de lo que nos parezca conveniente. Y a pesar de mi cara de asco por la vida que me das, aún te digo que estoy aquí. AQUÍ. Aún se me mantiene desesperada una fe oscura por esa luz que tan celosamente escondes de mí. El amor sabe. El amor entiende el paso del dolor, y da lo que necesita a cada una de sus criaturas. El amor dará a ti y a mí. El amor nos dará lo que nos corresponde, pues sabe dónde están los veneros y denuncia la podredumbre de las alcantarillas. Nos dará a ti y a mí, por nuestra vileza y por nuestra nobleza. El amor cumple sin sentirse obligado. El amor es justo y restablece. El odio es sólo su brazo redentor, y el rencor no es más que un vacío canto de batalla. La indiferencia es ciega, sorda, irresponsable y perezosa. La indiferencia es una reacción. La indiferencia es una reacción infantil al miedo por la posibilidad del gesto puro y la profundidad de la palabra. Yo sé que me he equivocado, y aún así el amor me impide marcharme para siempre. Mi corazón no tiene casa ni comida de ti, y mi alma no tiene aliento de tu parte. Pero no me voy. Y no importa que ni tú, ni yo, ni nadie lo comprenda. El amor viene para llevarnos más lejos y para hacernos más anchos. Y dice Marguerite que deletrea la carne. Y es verdad que duele, mientras nos estira las fibras y nos fuerza los huesos, los cartílagos. Y no me voy, a pesar de que sé que nos duele, este amor. A primera vista, a ti te duele por lo que te sobra, y a mi me duele por lo que me faltas. El que encuentra amor, no tiene que encontrar razones para amar. El que encuentra amor ya encuentra en sí lo único esencial, y no puede, si tiene valor, dejar de aspirar a dirigir, con lo que tenga, el dibujo de lo importante. Es por responsabilidad y ambición que no me voy. Es por la parte imbécil y descarnada que hay en todo crear, que no me voy. Yo sé que estamos equivocados, pero algo de mí sabe oscuramente que todo no ha pasado. Abre. Abre la boca y deja que te pulse íntimamente los botones que faltan. Yo sé que nuestra primera lluvia fue una anécdota, una precipitación aislada que apenas caló en el suelo. Pero no por eso debemos negar ni una vez la primavera. El amor ve a través de las gafas mojadas de los miopes. Y venía a regarnos las flores, a limpiarnos de dolores la vida. Aunque a veces...

Quizá me cansa ya el dolor sordo, la vaga impertinencia de este escrito. Quizá somos, cada cual en su lado, destrozos del amor, que no actúa responsable, ni pide permiso. Quizá soy sólo su ciego brazo ejecutor. Quizá estos textos son sólo artificios de mi parte negra. Como el dolor o el picor ilógico que sentimos en los miembros amputados. No lo sé. Y me duele y no tengo derecho a abandonarme a la oscuridad que me tienes. No tengo derecho a relajarme y dejarme ir con toda mi inhumanidad. No puedo seguir echándome al mundo viendo cómo tiran de mí los perros del miedo. No puedo dejarlos sueltos, ni por mi amor ni por mi odio por la gente. No puedo dejar que me puedan su rigor ni su fidelidad. No quiero adecentar en el mundo las señales de mi desesperanza. No puedo pensarte en otros brazos, no puedo pensarte en otras casas, y dejar escapar el ciego olor de la sangre que persiguen los lobos de la venganza. No tengo derecho a dejar que del amor te llegue sólo la parte salvaje, que sólo quiere arrasarlo todo para empezar de nuevo. Tú y yo nunca nos hemos comprendido. Y la tormenta pasará, y estos feos nubarrones acabarán descargando vida en cualquier otra parte, tan lejos de ti y de mi, tan lejos de nuestra remota posibilidad, al otro lado de mi dolorosa falta de fe, y harás tu canción en otro tiempo, con este silencio que tan a la vista me dejas. Y me cansaré de estar siempre soltando dentelladas al aire. Y todo esto serán escritos baratos y suspiro de pasado caducado.


No es tan sólo por tu liviandad y dejadez que me cuesta mantenerme enamorado de la vida. Pero te cansan mis efluvios y explicaciones, sobre todo cuando dejan desnuda una verdad exigente y una belleza que pida trabajo y aliento constante. Yo soy un cultivador y tú eres una cazadora. Yo quiero verdad y tú sólo estás dispuesta a sus brillos, sólo quieres seleccionar sus buenas fotos. Yo quiero construir alegría duradera, y tú te haces con las risas del momento. Yo tengo hambre, y tú paseas por tu apetencia. Y todo está bien. En estas que estamos, yo sigo sabiendo que eres un ser precioso al que besaría en la luz y en la sombra. Pero siempre te sobran mis explicaciones y ofrecimientos, y todo se me queda, a la vez, en un si yo te contara, y en un para qué.


Ahora mismo me parece chocante y vergonzoso la de días que llevo escribiendo con un bolígrafo al que la tinta le renquea. Uno con el que tengo que apretar a conciencia, y se me resbala, y me falla en los rabillos de las letras mientras me come los nervios, y tengo que girar en los puntos, y apretar después de apretar. Es un cansancio ya decirme a mí mismo que tengo que escribir algo más de todo esto, para no acabar gritando a la gente que me rodea, para no gastar el desespero rompiendo cosas inocentes. Pero escribo y aprieto, y me digo que todo esto, yo lo tengo que gastar. Y no sé mucho más de este sordo doler que resbala a una rabia elemental. Ahora me está pareciendo que esto del bolígrafo que renquea, tiene que ver con eso de aguanta este dolor, que te va a servir para después. Con el rabillo del ojo del entendimiento puesto a lo suyo, eso de gastar el bolígrafo que me enerva es llevar hasta las últimas consecuencias el saber que me doy hasta el fin. Es remachar que exhaustivo la oportunidad y el tiempo de recapacitarnos, de sabernos hasta el fondo que podamos. Tiempo de agotarnos hasta gastarnos, ahora que no somos, ni nos llamamos ni nos estamos. Sí, mujer, ya sé que no tienes célula de tu cuerpo ni respiro de tu alma para aguantarme esta pesada soleá en el calor del verano asfixiante. Ya ves mi tonto ritual. Ya ves lo que mi desvelo viene a dar: poner el plazo en la tinta para llamar escribiendo, tan tontamente, al agotarse de todas las esperanzas, al extinguirse de la huella de toda posibilidad. Y cantar solo que el amor tiene un rostro sucio y despellejado, detrás de su dulce nombre. Y guardar tan ingenuamente, la tonta ansia de volver a caer en nuestros brazos, y considerar sonrisa de la fortuna el que volvamos un día a llamarnos bobitos de humedad. No tengo remedio. Soy un toyo carcamal. Pero todo se va gastando. Menos mal.


XIII. Desolado

Los diccionarios están en la planta de arriba. Inalcanzables en este momento de desidia ¿Y desolado qué será? ¿Será sin más sin sol o sin suelo? Y en cualquier caso, ¿porque nunca lo has tenido, o porque los has perdido o te los han quitado, el sol o el suelo? De siempre me ha dado igual esa estúpida ambición por la exactitud, por la perfección, que acaba deslizándose hacia una fría corrección sin más, una mera manera entre otras sin más. Pues será sin sol y sin suelo. Cómo te lo digo. Que nunca hayas salido de tu vida por curiosearme, no quiere decir que no pueda estar aquí echándote de menos. Sin sol y sin suelo. Y aún disfrutando de lo bonita que te pones apagándome el deseo, y tus chisten infantiles para contestar a mi corazón desbocado. Sin sol y sin suelo, y tú tan lejos de entender mi naufragio.


XIV. Bolígrafo

Era un Parker, de cuando trabajaba como representante de comercio.

Cuando se puso enfermo, mi madre hizo limpieza y tiraba las cosas antiguas de su trabajo. Me quedé con un portafolios, con una caja de gomas de borrar, y con el Parker con el que mi padre hacía las notas. Gasté la tinta que le quedaba, y le compré un recambio. Quería escribir mis cosas con ese boli. Lo llevo haciendo desde el verano pasado.

Era de esos de clic clic. Le fallaba mucho el muelle, creo que podía tener perfectamente treinta años. Era de estos que puedes colgarte en el cuello de la camiseta. La pestañita de colgar de los Parker es una flecha. Y eso me pone para escribir.

La flecha es lo primero que se rompió, un poco antes de las pasadas navidades.

Escribir con su bolígrafo viejo, era como darle mi parte de vida, que sigue pujante, con todo el amor que puede, y con más o menos ánimos. Cuando se iba gastando la tinta, y sobre todo, cuando se rompió la flecha, me sobrevino al corazón que nos gastamos, y que mi padre se rompe. Yo también.

Ayer, cambiándole el recambio, se rompió la rosca que atornilla el cuerpo de resina al metálico.

Tenía un cuerpo precioso ese bolígrafo. La letra iba como la seda. Por experiencia sé que si la mano va cómoda, la letra se divierte y el corazón respira estupendo.

Con ese bolígrafo, mi padre escribió pedidos e hizo cuentas para él, para una mujer y cinco hijos, durante más de treinta años.

Me resistía a perderlo, y le hice con cinta aislante un apaño raro. Pero el tacto era duro, maltrecho y horrible. Y la escritura lo notaba. Era difícil seguir escribiendo con él.

Ahora, lo que me faltas y lo que quiero, lo que le pido a la vida y lo que se me va sin remedio, lo estoy escribiendo con mi propio Parker.

XV. Machoalfa

Me he levantado corriendo

a buscar un bolígrafo verde
porque me ha sobrevenido de pronto
que el viernes pasado
ella me andaba preguntando
que yo a qué huelo.

Yo le dije que me había

emocionado con gota, sencillamente,
mientras iba por mitad de la calle.

Y todo eso, a pesar

de que sé que
de alguna manera le sobro. Todo eso,
a pesar
de que ya no quiero soñarle
un poco de baba en la siesta
acunado entre sus tetas. A pesar
de que ya no cuento
con que me mire con ganas
su fantástica risa de pueblo, a pesar
de que se me derraman las fuerzas
para soñarle un abrazo siquiera
en esta canción de amor de puertas cerradas.

Por mucho que me vaya,

por mucho que me entretenga,
mi mundo se hace de dibujos de su aliento,
de poemas de su carne. Y mi amor
es lo más bonito que le tengo.

El mundo no sirve,

y yo la quiero a ella. Y
la quiero ahora mismo
aunque ni me mire,
la quiero ahora
aunque ande
subastada, derrochada
entre tanto más guapo que yo,
por lo que parece.

O más acertado,

o más convincente,
o más entero que yo,
o más amable o más a mano.

O más tan así

como para decirle que sí a algo
una o mil veces.

El mundo no me vale

y no me vale una guapa cualquiera.

Si yo elijo esa piedra amorosa,

si yo elijo esa esquina fragante,
allá me dejen atinar o estamparme,
y cada cual
con su hallazgo o desconcierto.

De chico me comí una gamba

que se parecía a Mallorca,
y no sirvió de nada. Anoche
me hice una tortilla
de tres huevos con ajo
y me dio por pensar
en juegos de estrategia. Oye,
lo que pasa es que me parece a mi
que estoy falto de sueño, lo que pasa
es que estoy siendo mayorcito
para convencerme
con cualquier cosa
de algo bueno.

Por mucho que me vaya,

por mucho que me entretenga,
yo le tengo esa anchura
a las canciones de su aliento,
profundidad
al tacto y temperatura
de los besos de sus labios.

Pero ya ves,

ella suele ser de rezar
y yo suelo ser
de sentarme y aceptar 
pacientemente los cauces.

Y la verdad, esto suele ser

tan difícil como casi siempre. Su gusto
por las formas
hace que viva asediada
por cazurros uniformados que le lanzan
horribles poemas eróticos.

Y yo estoy fuera del juego de las flores,

yo estoy fuera del juego de los bailes,
del juego de vivir la vida
y seguir palante con las equivocaciones,
con las cenitas,
con los toqueteos, palabras fáciles
y juguemos a que la vida crece,
se dignifica y adecenta
con el color de tus ojitos cuando callas,
con el ardor puntual
de este beso que nos hemos encontrado.

Y aquí me veo, tan pobre,

escribiéndole poemas en tercera persona,
y todo es así de difícil,
mientras me siento aquí,
tan solo de ella.

Ya me gustaría a mí

soltarle las correas a todos mis incendios.
Ya me gustaría a mí ser más machoalfa,
y plantarme con mis huevos
en la puerta de su casa,
descascarillarle
la pintura del quicio de la puerta
con la peste de mi sudor hormonado. Y decirle
que el miedo es de derechas,
que deje ya de una vez
de atrincherarse y construir miserablemente
con lo que tenga a mano,
que deje ya de defenderse
del construir en vacío,
que se deje
de vivir con el coño estafado
por amores platónicos y por falsos.

Decirle que Dios, como la imaginación,

es de izquierdas, y nos regaló
la vida en un folio blanco
que huele a AMOR. Para
que nunca nos venciese la desgana, para
que nunca nos hundiese la zozobra,
que siempre quisiéramos
escribirle profundidad, anchura,
color, temperatura,
tacto, sabor y textura,
para que fuese NUESTRA, y no de nadie,
y que nadie nos pasara su escrito,
que nadie nos recogiera la cosecha,
y nadie pusiera los precios de nuestro fruto.

Ya me gustaría a mí

soltarle las correas a todos mis incendios.
Ya me gustaría a mí ser más machoalfa,
y que ella entrara padentro y me dejara
cerrar la puerta a mis espaldas.

Entonces, tan felizmente, podríamos ponernos a cantar cuarenta veces lo que vale un peine en la horma de nuestros zapatos. Yo celebraría por todo lo alto un dedito de su piel, que ya me vale más que el mundo, y ya podría, con ella abiertamente de mi parte, desnudarme lentamente. Encender una luz en mitad del túnel, y quitarme la frustración y la rabia. Quitarme el dolor, el rencor por haber nacido sin ella. Quitarme la falta de fe y tirarla pa la calle. Quitármelo todo, quedarme, en toda mi pobreza, completamente desnudo delante de ella. Que ella me mire de una vez, y que sólo vea el amor.


XVI. Algo cálido y fragante

En este momento, casi todo ahora está lleno de mi padre y de ti.

Con dolor voy caminando hacia la nada, desasistido de mensajes. Soy como un creyente que ha visto los palos de la Virgen debajo de sus lujosos ropajes, su cara llorosa, sus manos de porcelana en la punta de unos sucios listones. Soy como un refugiado que se resiste a abandonar el país que no le quiere.

Van pasando los días, las semanas, y los meses, y ya no me acuerdo de la última vez que mi padre hizo algo por su gusto. Tampoco me recuerdo un día en que eligieras hablarme por tu iniciativa y de agrado. No es que mi lectura ni mi época sean negras, es que todo está desenmascarado. Todo lo que veo en mi mundo son contestaciones, y no respuestas. Tan sólo movimiento mínimo en el que no entra mi mano, ni para dar vida, ni para vivir. Todo se va detrás de su propia inercia, ignorándome. Todo sigue su camino hacia lo incierto, y yo no puedo pararlo. No puedo decir descansa un poco aquí a mi lado, aunque sea una vez, aunque sea un rato.

La vida es una furia callada y sorda, es una grasa pesada y asfixiante que todo se lo lleva. Y me arrastra a mí. Yo aprieto el bolígrafo, los dientes, los ojos. Y no sirve para nada.

Pero por debajo o por dentro de toda esta rabia, algo bueno mío permanece escondido. Yo lo sé, pero no se ve, y no puedo manejarlo. Algo cálido y fragante. Algo tierno y lleno de bondad. Algo que está preñado de ganas de alegría limpia y pura del futuro. Aunque por el momento parece condenado a llevar esta cáscara pesada y sucia de veneno y cansancio. Está malversado por un estribillo de fatalidad que ennegrece lo que haya de bueno en mí. Es profundo, pero es un velo.

El verano avanza, y el día a día sigue su paso tenso y ahogado hacia la nada, hacia el resolverse en un silencio de destrozo. Pero algo hay, desde mi parte, que se empeña por vivir, pese a todo.


Jag.
Coín, Junio 2017


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