10 de junio de 2015

DESCUADERNADO

Acaba de una vez, no pares. Dale curso legal o deja abierto el grifo, simplemente. Ya es hora, lo sabes, de soltar la gran meada, la hora de escupir la última carcajada antes de que la desesperanza se nos escape del corral y salga salpicando los cálidos espumarajos que guarda en su corazón amargo. Hoy es el día del pataleo, el día en que nadie se atreverá a sonreír mientras tú te mueres de espanto.

¿Cómo estás?

(Silencio)

¿A quién quieres más?

Ejem (ligero temblor de rodillas, imperceptible revolucionarse en la boca del estómago)

Hoy es el día de vomitar y tragar, el día de sentir las cosas y notar que el cuerpo se te descompone, y un invierno se te precipita, una tormenta negra que engañosamente te acoge, como una madre desquiciada.

Porque nada es posible, la aventura es censurable, la suerte, el destino que cada uno se trenza, vienen de la mano de un veneno de segunda, una torpe canción que sube agotada por la garganta, para morir de sinrazón y apatía con apenas asomarse a los dientes. Hoy es el día, observa, en que te tapas con fuerza la boca del alma, porque todos tenemos lagunas y pestes, todos tenemos debilidades, vergüenzas y nuestro corazoncito, ¿verdad? Nuestros derechos, nuestros márgenes de mejora.

Lo cierto es que te han visto sonriendo sin convicción, lo cierto es que, como pequeñas lombrices, el corazón se te escapa en retorcidas virutillas de víscera, por las juntas de los dedos. No te esfuerces en callar ni en decirlo. Deja de aguantar. Deja de sentir, si cabe.

Hoy es día de bula para los abatidos, alégrate, desempolva tus galas, que hoy son los juegos florales de los defenestrados, el santo patrón de los ineptos. Vivan los que tienen la fuerza e ignoran la dirección, vivan los que siguieron de una pieza y no supieron tomar partido, vivan los que apostaron sus asaduras y perdieron la convicción. Que no falte ni gloria en mi alma, como dirían las gentes del otro lado del río, que no falten los manjares, los licores perfumados en la mesa de los fatalmente dolidos.

Dale, y sé deportivo, achucha y estira la pata honestamente, que eres tú, es Ella, y soy yo, y el cielo se nos cierra, y el campo se nos desbroza.

Sus gestos, sus miradas se me vuelven niebla en la tarde que entristece.

Su presencia es un dedal de leche en mitad de la torrentera. Y va apagándose el eco de tiempos vagamente felices, allá en las cumbres, en la inmensidad de la mar marinera.

Ella está descansando de todo. Ella está dando la espalda. Absorta en alguna poesía que se transparenta, Ella se me pierde en una matemática que se complica, sí. Cómo la amaré, cuánto la amaré, Ella está dejándose desfallecer. Ella está cagándose en su sembrado, con encono y renovada convicción, Ella le da alegremente al asunto en mitad de lo fregado. Todo eso porque la quieres o porque no. Porque un día se humilla, y otro día se viene arriba, y otro día es un paso adelante, o por lo menos un rato después. Y todo tiene el equívoco fulgor de las cosas que avanzan por su propio pie.

Por momentos, Ella no necesita tu amor, parece.
Por momentos, Ella no necesita tu primera, segunda, tercera persona, parece.

Que esté bien, Ella, o no, que consiga acomodarse sin culpa en una mesa sencillamente vestida, que encienda un cigarro, deje a un lado el móvil, al otro la bebida, que encuentre sentido o placer en pensar en sus propias cosas mientras el humo se pierde ociosamente, que su pensamiento tenga unos instantes para ti, eso, eso mismo está resbalando poco a poco de los dominios de tu incumbencia. Hoy es el día de seguir sin preguntar. Tú sólo sigue.

Nada vuelve hacia atrás. No puedes volver a desconocerla. No puedes des-soñar el aroma de sus brazos, des-quererla no puedes, a éstas alturas de la caída.

Raramente vamos a sentirnos correspondidos en el desamor.

Pero tú sigue: no cierres por favor los libros, no dejes caer los brazos. Es ahora el momento preciso. Las hojas débiles, manchadas, la tinta que titubea y emborrona, y la esperanza sucia, y el dolor, que se impone sin doblez, el dolor, que gana, y que no emociona.

Ella sonríe con despreocupación, y le pone títulos a sus costumbres, y le pone descuidado corazón a la mirada, le pone su poco de luz al comentario, y el infierno asciende en llamas, y el cielo, en agua sucia se nos derrama. No. No es el halago ni la broma fraterna. No. No es que la generosidad y la franqueza vienen de la mano en afortunada alevosía. Despierta y observa los flecos que tienen esas tormentas, los pinchos que bajan del sol a ponerse morenos, tendidos en su piel. No es la hora feliz, es el día normal, que se ha levantado cansado de sostener opiniones y lamentos de los desamados.

Ella se estará riendo, mientras el día aguanta las arcadas, pues hoy es el día, cuidado, de las sinceridades y las carcajadas. Hoy es el día rojo y es el día gris, hoy es el día torrente que engorda a remanso. Así que toca aguantarte, estará pensando la gente del muro, así que punto en boca y pensar muy alto sin gritar nada, saltar sólo, tanto como se pueda y ponerle huevos en los labios a quien haya dejado escapar este desorden que nos acaricia y nos ahoga.

Hoy es. Hoy es el día en que el amor te ha puesto un banquete de aire, y en mitad de tu orgía singular, te está emborrachando de nada.

Sigue, corazón ingenuo, sigue.

Avanza limpio por la vereda de la mugre.

Sigue a tu mirada sin desmayo.

Sigue,
sigue a los aromas que ventea tu olfato equivocado. Y entrégate
de una vez al resbalón profesional,
a la caída,
al delirio,
al trágico desenvolverse
de lo que quiso ser, estar, y no encontró
piso, agarradero, no encontró
momento, mano,
conversa ni lugar. Así
se estira este tonto deambular,
ese darle vueltas a un chicle sin gusto,
ese ir y venir de lo que
magos, payasos y equilibristas
llamaron amar.

Yo vuelvo y tú te vas.
Tú te quedas y yo me apaño en mi ángulo de penumbra, conteniendo las manos, la saliva, y me voy con el corazón entre las piernas, conformado de soledad, espoleado de anemia y dejando en conserva algunos sueñecitos a los que esta torpe indigestión se propone doblegar.

No es timidez, despierta.
No es parquedad, respira.
A veces,
parece comprensión y es cordialidad.

Hoy es el día en que tú no quieres poner ni tú ni yo.
Hoy es el día en que yo no quiero poner ni Ella ni tú.
Hoy es el día en que Ella
desvela callada su rotunda desnudez entre las burdas caricias de los espinos de los campos.
Hoy es día de piedras, jueces, conejos sucios y gatos abandonados. Grandes cuestiones como
que tú te pongas en mi lugar, que Ella
se ponga a cien y yo,
me ponga en mi sitio, resuenan en el interior de mi mala cabeza. Hoy,
y me canso,
es día de malpensar el bien, o más bien,
de pensar tan atravesado,
en quién mierda nos mandaría
sacar la cabeza del comedero. Quién
ayudó a que nos sintiésemos héroes, quién
nos embargó de equivocada dignidad, quién
nos animó a acicalarnos, a componer el ropaje,
acomodar la arruga y lanzarnos de cabeza
a merecer el amor. Sí, el amor,
como un acantilado que intuye la bonanza del aire y se emancipa, como una península embriagada de la amabilidad del espacio, que se pierde en sus ganas de océano.

Te dieron cuatro palos y no supiste levantar techo.
Tuviste tu lugar y no supiste poner muro externo ni pared medianera.

Hoy. Hoy es el día del lamento encabritado.
Hoy. Hoy es el día de la lágrima diluida. El día de la pobreza y el día de este sentir hastiado. Hoy es día de obrar con prestancia y sin consecuencia, el día de hacerle la cama a nuestros sentimientos que se agotan, el día de hacerles nuestros más sentidos homenajes al desorden que hemos montado.

Mi casa se cae, tú no lo sabes, a Ella se la trae al pairo.
Tu casa se incendia, y yo no puedo, y Ella no siente: su casa se hunde, tremola como un flan caducado, ladran los perros, lloran los niños, y mientras los secretas van preguntando, el sabor de lo que a Ella, a ti y a mi nos prometieron, ese sabor se va perdiendo como el pobre argumento de un enajenado, hacia un regusto indeseable que nos mantiene juntos y olvidados.

Cuándo, cuándo voy a dar de una vez el golpe en la mesa.
Cuándo, cuándo voy a desperdigar por los cuatro ríos cardinales las cenizas de quienes por mi caída apostaron.
Cuándo voy a levantar una mano a los aplausos huecos, maravillas cotidianas y besos lánguidos. Cuándo. Que alguien me diga
cuándo ascenderán, perdiéndose para siempre, ensortijados, esos lamentos, esos desamparos y vergüenzas que me ponen a suspirar desbocado. De alguna manera, saber ahora cuándo se va acabar, dime, esta gimnasia inútil de los abrazos postergados, la coreografía enervante de los besos que comunican, que no se encuentran disponibles, de besos del inténtelo más tarde, y cuando clickas, pues la página ha expirado.

Hoy es el día correcto.
Hoy es el día inseguro en que, seguramente, me veré equivocado.

Hoy es el día de no buscarte la boca, no vaya a ser que no me tengas besos ni abrazos. Hoy viene a ser un día de transición, de normalidad, llaneo y desencanto. Hoy es día de noticias templadas, algunas prescripciones, frecuentes sobreseimientos y en fin, ya imaginamos todos, cada cual, a la ilusión de su exclusiva individualidad agarrados, que el día transita hacia casas que se nos caen encima, clavos que se nos enfrían, amores que se toman temporadas de descanso, y ya ves, viene a ser el día simple en que alargo mi mierda hasta ver si es posible rematar hoy mismo este cuaderno descuadernado.


Grácia_10_6_2015




.

No hay comentarios:

Publicar un comentario