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Mi vecinita era un poco regordetilla. Un año mayor. El pelo muy corto y grandes parches rojos en las mejillas.
Aquella tarde decíamos palabrotas y hablábamos de cosas prohibidas saltando en el sofá de skay verde. De pronto se sentó y en el revés de su mano izquierda hizo algo extraño. Se lo pellizcó con el pulgar y el índice derechos y me dijo: “Esto tienen las niñas”. Era como una rayita con un bultito de carne a cada lado. Me decepcionó, me pareció tonto.
Jamás podría haber imaginado que aquella arruguita absurda empujó a Shakespeare a escribir Othello y además provocó la Guerra de Troya.
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